PRENSA INDEPENDIENTE
Agosto 22, 2005
 

SOCIEDAD
Cleptomanía

Jorge Olivera Castillo

LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) - Rústico, populachero, bromista e irresponsable. Es el hombre nuevo forjado en el taller del neo estalinismo. Cubano por naturaleza, ladrón por necesidad. Se le ve en marchas patrióticas entonando consignas contra el imperialismo, empuña el garrote como un eficiente gladiador en los actos de repudio que el régimen organiza en detrimento de los disidentes y canta la internacional hasta el cansancio. Su ideología es confusa, su identidad una suma antagónica de actos y palabras ajustados al vaivén de las circunstancias. Ha logrado fusionar los ímpetus revolucionarios con el arte del despojo.

La militancia en las filas de la juventud o el partido comunista es una de las patentes de corso utilizadas para perpetrar los desfalcos que de hecho se han convertido en asuntos rutinarios en todo el país.

Detrás de la voz de un extremista que anuncia al comunismo como el legado de un Mesías, no pocas veces se esconde un villano. Robar es su esencia, la única manera de domesticar las penurias.

Una interpretación ajustada a la verdad indica que más del 80% de la población cubana infringe la ley al incursionar casi cotidianamente en el mercado negro, en labores de compra y venta. El relajamiento en las instituciones laborales, la anulación de la ética como elemento rector de la conducta a favor de posturas utilitarias y amorales, unido a la inercia de la burocracia y por su supuesto la disparidad entre el salario y el costo de la vida contribuyen a la revisión del concepto robar, que hoy en Cuba es parte de la costumbre y un elemento que por su incidencia se pudiera considerar un reflejo que desconstruye la agenda política del gobierno y avala la descomposición tanto económica como social.

Los segmentos más vulnerables a la pobreza, entre ellos los ciudadanos de la raza negra, impedidos de optar por empleos de mejor remuneración, por ejemplo en el sector turístico, reinciden en el robo con fuerza. Esta modalidad afecta a centros de trabajo, y casas particulares en su mayoría habitadas por personas que perciben elevados ingresos gracias a sus funciones profesionales o a familiares residentes en el extranjero.

Asaltos a turistas y a nacionales que exhiben prendas de oro y visten con ostentación ocurren sistemáticamente en zonas donde la miseria sobrepasa las fronteras de lo admisible. Los robos con violencia, aparte de constituir una fuente de ganancias para los saqueadores, denotan ya por su regularidad como por su carácter sangriento, una señal de peligro que obliga a redoblar la prudencia.

Se sabe por vías extraoficiales que el asunto es grave. No tan sólo desde el punto de vista económico, sino que tal sucesión de hechos, aparte de vulnerar las bases del discurso oficial, que insiste en el apoyo unánime del sector más joven de la sociedad -según la retórica- comprometido con el ideario martiano sujeto a sublimes normas de honestidad, fomenta lo que ya puede insertarse en los ámbitos de una desobediencia profunda y anárquica.

Para tales fenómenos no existen espacios en la prensa controlada por funcionarios del partido. Se quiere ocultar el declive de los postulados que a duras penas sostienen la utopía. Hay lugar para la ficción y el voluntarismo. Todo brilla al son de la censura y tras la cortina de humo que se lanza desde las tribunas.

No he podido encontrar alusiones en torno a los casos de corrupción en el privilegiado sector del turismo, salvo raras excepciones. Hoteles, centros comerciales y de servicios son sitios donde impera una suerte de tolerancia que termina con los desmedidos apetitos del escamoteador y su séquito.

Cruzar esa línea imaginaria entre el disfrute de los privilegios y el delito es un acto que se repite en este universo que no cumple con los fundamentos ideológicos del régimen, ceñidos a presuntos esquemas de honradez y sacrificio.

Las sanciones a los infractores en no pocas ocasiones se limitan al traslado de centro de trabajo o el cese de las acreditaciones como militante del partido comunista.

Muy pocos pueden sustraerse de la tentación de perpetrar alguna fechoría con el ánimo de atenuar los efectos del desabastecimiento.

Unos con mayores posibilidades que otros, pero casi todos en función de tirar una trompetilla a veces inconscientemente al dogma que impulsa la austeridad como condición sine qua non del hombre nuevo.

En el Hotel Plaza y en el Sevilla, ambos en la capital, se ha roto una vez más la burbuja del decoro que tanto enarbola el oficialismo. Allí los principios revolucionarios se apagaron con miles de divisas gastadas en lujos y diversiones.

En estas instancias se llama enriquecimiento ilícito, desvíos de recursos. En definitiva es la malversación convertida en vicio. La venganza ante las exhortaciones que invitan a soportar la miseria con silencios y aplausos. En este país tan extraño y complicado es válido decir que la moralidad guarda similitud con el olvido.


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