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SOCIEDAD
Cleptomanía
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) -
Rústico, populachero, bromista e irresponsable.
Es el hombre nuevo forjado en el taller del neo
estalinismo. Cubano por naturaleza, ladrón
por necesidad. Se le ve en marchas patrióticas
entonando consignas contra el imperialismo, empuña
el garrote como un eficiente gladiador en los
actos de repudio que el régimen organiza
en detrimento de los disidentes y canta la internacional
hasta el cansancio. Su ideología es confusa,
su identidad una suma antagónica de actos
y palabras ajustados al vaivén de las circunstancias.
Ha logrado fusionar los ímpetus revolucionarios
con el arte del despojo.
La militancia en las filas de la juventud o el
partido comunista es una de las patentes de corso
utilizadas para perpetrar los desfalcos que de
hecho se han convertido en asuntos rutinarios
en todo el país.
Detrás de la voz de un extremista que
anuncia al comunismo como el legado de un Mesías,
no pocas veces se esconde un villano. Robar es
su esencia, la única manera de domesticar
las penurias.
Una interpretación ajustada a la verdad
indica que más del 80% de la población
cubana infringe la ley al incursionar casi cotidianamente
en el mercado negro, en labores de compra y venta.
El relajamiento en las instituciones laborales,
la anulación de la ética como elemento
rector de la conducta a favor de posturas utilitarias
y amorales, unido a la inercia de la burocracia
y por su supuesto la disparidad entre el salario
y el costo de la vida contribuyen a la revisión
del concepto robar, que hoy en Cuba es parte de
la costumbre y un elemento que por su incidencia
se pudiera considerar un reflejo que desconstruye
la agenda política del gobierno y avala
la descomposición tanto económica
como social.
Los segmentos más vulnerables a la pobreza,
entre ellos los ciudadanos de la raza negra, impedidos
de optar por empleos de mejor remuneración,
por ejemplo en el sector turístico, reinciden
en el robo con fuerza. Esta modalidad afecta a
centros de trabajo, y casas particulares en su
mayoría habitadas por personas que perciben
elevados ingresos gracias a sus funciones profesionales
o a familiares residentes en el extranjero.
Asaltos a turistas y a nacionales que exhiben
prendas de oro y visten con ostentación
ocurren sistemáticamente en zonas donde
la miseria sobrepasa las fronteras de lo admisible.
Los robos con violencia, aparte de constituir
una fuente de ganancias para los saqueadores,
denotan ya por su regularidad como por su carácter
sangriento, una señal de peligro que obliga
a redoblar la prudencia.
Se sabe por vías extraoficiales que el
asunto es grave. No tan sólo desde el punto
de vista económico, sino que tal sucesión
de hechos, aparte de vulnerar las bases del discurso
oficial, que insiste en el apoyo unánime
del sector más joven de la sociedad -según
la retórica- comprometido con el ideario
martiano sujeto a sublimes normas de honestidad,
fomenta lo que ya puede insertarse en los ámbitos
de una desobediencia profunda y anárquica.
Para tales fenómenos no existen espacios
en la prensa controlada por funcionarios del partido.
Se quiere ocultar el declive de los postulados
que a duras penas sostienen la utopía.
Hay lugar para la ficción y el voluntarismo.
Todo brilla al son de la censura y tras la cortina
de humo que se lanza desde las tribunas.
No he podido encontrar alusiones en torno a los
casos de corrupción en el privilegiado
sector del turismo, salvo raras excepciones. Hoteles,
centros comerciales y de servicios son sitios
donde impera una suerte de tolerancia que termina
con los desmedidos apetitos del escamoteador y
su séquito.
Cruzar esa línea imaginaria entre el disfrute
de los privilegios y el delito es un acto que
se repite en este universo que no cumple con los
fundamentos ideológicos del régimen,
ceñidos a presuntos esquemas de honradez
y sacrificio.
Las sanciones a los infractores en no pocas ocasiones
se limitan al traslado de centro de trabajo o
el cese de las acreditaciones como militante del
partido comunista.
Muy pocos pueden sustraerse de la tentación
de perpetrar alguna fechoría con el ánimo
de atenuar los efectos del desabastecimiento.
Unos con mayores posibilidades que otros, pero
casi todos en función de tirar una trompetilla
a veces inconscientemente al dogma que impulsa
la austeridad como condición sine qua non
del hombre nuevo.
En el Hotel Plaza y en el Sevilla, ambos en la
capital, se ha roto una vez más la burbuja
del decoro que tanto enarbola el oficialismo.
Allí los principios revolucionarios se
apagaron con miles de divisas gastadas en lujos
y diversiones.
En estas instancias se llama enriquecimiento
ilícito, desvíos de recursos. En
definitiva es la malversación convertida
en vicio. La venganza ante las exhortaciones que
invitan a soportar la miseria con silencios y
aplausos. En este país tan extraño
y complicado es válido decir que la moralidad
guarda similitud con el olvido.
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