PRENSA INDEPENDIENTE
Agosto 19, 2005
 

POLITICA
Los Nobel al rescate

Luis Cino

LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) - ¿Quién lo duda? Un Premio Nobel confiere suficiente autoridad y prestigio para hablar de cualquier tema. Lo que sea. A favor o en contra. Lo que importa es opinar.

El mundo los toma en cuenta y les presta oídos. Algunos hasta los toman en serio, y les hacen caso. De ahí la importancia que ciertos gobiernos le conceden al hecho de tener un puñado de premiados a su lado.

Los premiados con el Nobel legitiman -o al menos hacen lo indecible para lograrlo- con sus declaraciones, su presencia o la sola mención de su nombre asociada a algún documento.

El gobierno cubano tiene suerte con los Nobel. Cuatro personalidades premiadas por la academia sueca no vacilan en hacerle el juego a la Revolución Cubana. Le siguen la rima con entusiasmo. Gabriel García Márquez, José Saramago, Rigoberta Menchú y Adolfo Pérez Esquivel siempre están disponibles para sus camaradas de La Habana.

El único problema es que los intelectuales son amigos difíciles. Suelen ser sentimentales, vanidosos y erráticos.

Hasta Gabo tuvo alguna vez altibajos en su relación con Cuba. Hoy es incondicional. Le fascina conspirar y estar cerca del poder. Tanto, que ya no recuerda si firmó una carta en defensa del poeta Heberto Padilla. Los disgustos entre amigos se olvidan pronto.

A Saramago le costó más trabajo hacerse perdonar. En abril de 2003 pecó de honesto y sincero y se apeó del tren en marcha de la revolución cubana. Dijo que hasta allí llegaba. Fue una catástrofe para su amistad con los que gobiernan en Cuba.

Menos de dos años después, el laureado escritor portugués cambió de parecer, firmó un manifiesto en defensa de la revolución y volvió a subirse al tren.

Su firma no bastó para recomponer la amistad. Era preciso todavía más. Con su Premio Nobel a cuestas, como un penitente, en su personal versión de la Humillación de Canosa, Saramago estuvo en junio por La Habana presentando sus disculpas y El Evangelio según Jesucristo.

Dijo que vino porque lo invitaron. Había estado recibiendo mensajes y señales. Pienso que de la embajadora cubana en Madrid, del ministro de Cultura cubano y del oficial que atiende su caso, entre otros.

Rogando por el cariño de la Cuba oficial, aceptó sus culpas y excusó su desacuerdo. Lamentó que lo que dijo hubiera sido manipulado por los medios internacionales. No era para tanto.

El verano boreal no parece ser el mejor momento para los premiados con el Nobel amigos de la revolución cubana. Se enredan en su locuacidad y dicen lo que no deben. Cuestiones de fe.

Mientras por esos días Rigoberta Menchú expresaba en Estados Unidos su preocupación por los indígenas bolivianos, a quienes considera los principales amenazados por la situación que atraviesa ese país andino, Saramago, en La Habana, asombraba al exclamar: ¡Abajo la utopía!

En antológica entrevista llamó a acabar con la utopía porque ha hecho a la izquierda "más daño que beneficio". La calificó de "atentado contra la lógica y el sentido común". A cambio sólo propuso "pasar todos los asuntos por el espíritu".

En la misma entrevista con periodistas de Juventud Rebelde, el autor portugués se armó un lío con las ideas de la izquierda: "Uno de los grandes males que tiene nuestra época es que no tenemos ideas y parece que los políticos -y hablo de los políticos de izquierda- no se dan cuenta de una realidad: la derecha no necesita ideas, pero la izquierda no va a ninguna parte si no las tiene".

¿No bastará el arsenal legado por Marx, Lenin y otros? Chávez, tu turno al bate.

Ambiguo, enrevesado y contradictorio, Saramago reiteró su escepticismo por la democracia y proclamó su desconcertante "socialismo del espíritu". Como colofón, se aventuró a defender, con timidez, el derecho a disentir de los cubanos.

Ingenuo, razonó: "Posiblemente algunos disidentes encarcelados lo están por motivos de opinión". No lo sabe, no está seguro.

Gabo y Pérez Esquivel siguen en silencio, por ahora.


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