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POLITICA
Los Nobel al rescate
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) -
¿Quién lo duda? Un Premio Nobel
confiere suficiente autoridad y prestigio para
hablar de cualquier tema. Lo que sea. A favor
o en contra. Lo que importa es opinar.
El mundo los toma en cuenta y les presta oídos.
Algunos hasta los toman en serio, y les hacen
caso. De ahí la importancia que ciertos
gobiernos le conceden al hecho de tener un puñado
de premiados a su lado.
Los premiados con el Nobel legitiman -o al menos
hacen lo indecible para lograrlo- con sus declaraciones,
su presencia o la sola mención de su nombre
asociada a algún documento.
El gobierno cubano tiene suerte con los Nobel.
Cuatro personalidades premiadas por la academia
sueca no vacilan en hacerle el juego a la Revolución
Cubana. Le siguen la rima con entusiasmo. Gabriel
García Márquez, José Saramago,
Rigoberta Menchú y Adolfo Pérez
Esquivel siempre están disponibles para
sus camaradas de La Habana.
El único problema es que los intelectuales
son amigos difíciles. Suelen ser sentimentales,
vanidosos y erráticos.
Hasta Gabo tuvo alguna vez altibajos en su relación
con Cuba. Hoy es incondicional. Le fascina conspirar
y estar cerca del poder. Tanto, que ya no recuerda
si firmó una carta en defensa del poeta
Heberto Padilla. Los disgustos entre amigos se
olvidan pronto.
A Saramago le costó más trabajo
hacerse perdonar. En abril de 2003 pecó
de honesto y sincero y se apeó del tren
en marcha de la revolución cubana. Dijo
que hasta allí llegaba. Fue una catástrofe
para su amistad con los que gobiernan en Cuba.
Menos de dos años después, el laureado
escritor portugués cambió de parecer,
firmó un manifiesto en defensa de la revolución
y volvió a subirse al tren.
Su firma no bastó para recomponer la amistad.
Era preciso todavía más. Con su
Premio Nobel a cuestas, como un penitente, en
su personal versión de la Humillación
de Canosa, Saramago estuvo en junio por La Habana
presentando sus disculpas y El Evangelio según
Jesucristo.
Dijo que vino porque lo invitaron. Había
estado recibiendo mensajes y señales. Pienso
que de la embajadora cubana en Madrid, del ministro
de Cultura cubano y del oficial que atiende su
caso, entre otros.
Rogando por el cariño de la Cuba oficial,
aceptó sus culpas y excusó su desacuerdo.
Lamentó que lo que dijo hubiera sido manipulado
por los medios internacionales. No era para tanto.
El verano boreal no parece ser el mejor momento
para los premiados con el Nobel amigos de la revolución
cubana. Se enredan en su locuacidad y dicen lo
que no deben. Cuestiones de fe.
Mientras por esos días Rigoberta Menchú
expresaba en Estados Unidos su preocupación
por los indígenas bolivianos, a quienes
considera los principales amenazados por la situación
que atraviesa ese país andino, Saramago,
en La Habana, asombraba al exclamar: ¡Abajo
la utopía!
En antológica entrevista llamó
a acabar con la utopía porque ha hecho
a la izquierda "más daño que
beneficio". La calificó de "atentado
contra la lógica y el sentido común".
A cambio sólo propuso "pasar todos
los asuntos por el espíritu".
En la misma entrevista con periodistas de Juventud
Rebelde, el autor portugués se armó
un lío con las ideas de la izquierda: "Uno
de los grandes males que tiene nuestra época
es que no tenemos ideas y parece que los políticos
-y hablo de los políticos de izquierda-
no se dan cuenta de una realidad: la derecha no
necesita ideas, pero la izquierda no va a ninguna
parte si no las tiene".
¿No bastará el arsenal legado por
Marx, Lenin y otros? Chávez, tu turno al
bate.
Ambiguo, enrevesado y contradictorio, Saramago
reiteró su escepticismo por la democracia
y proclamó su desconcertante "socialismo
del espíritu". Como colofón,
se aventuró a defender, con timidez, el
derecho a disentir de los cubanos.
Ingenuo, razonó: "Posiblemente algunos
disidentes encarcelados lo están por motivos
de opinión". No lo sabe, no está
seguro.
Gabo y Pérez Esquivel siguen en silencio,
por ahora.
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