PRENSA INDEPENDIENTE
Agosto 19, 2005
 

REPRESION
Terror y decadencia

Jorge Olivera Castillo

LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) - Un acto de repudio es el cementerio de la razón. Truenan las ofensas, soplan las obscenidades. Torrentes de ira allanan puertas y ventanas con la intensidad de un tornado que premedita la muerte. La multitud exhibe sus aptitudes para el linchamiento, su fidelidad a la intolerancia.

Es la fiesta del desatino y la impunidad sin las limitantes del tiempo y el espacio. Están allí, donde se les convoca, para proscribir el pensamiento emancipador, la opinión liberada de prejuicios, el derecho cívico dotado de la autenticidad que aboga por una convivencia pacífica y democrática.

La avalancha de insultos busca doblegar la voluntad del ofendido, dejando saber que éstos tienen la capacidad de transformarse en agresión física si la víctima decide, con su voz, defenderse del fusilamiento verbal que la muchedumbre practica con indulgencia. El médico Darsi Ferrer Ramírez se recupera de las heridas que los agravios dejaron en su mente el 12 de agosto último. Recuerda la turba apostada frente a su domicilio, el trauma de su pequeño hijo de cuatro años a expensas de las consignas progubernamentales, las alusiones altisonantes y la terrible huella de la indefensión.

Las intenciones iban más allá de los improperios. Palos, tubos metálicos, y toletes de goma similares a los usados por la policía constituían una señal que le imprimía más terror al escenario, según relata Darsi.

Convaleciente de una Hipertensión Endocraneana, su esposa tuvo que soportar el bullicio y las maledicencias. Quizás no pueda ver nunca más a esos hombres y mujeres que estremecieron su carácter con ráfagas de odio, tampoco a su hijo con la candidez propia de la infancia. No sé su nombre, pero me imagino su agonía ante la posibilidad de perder la visión debido a la enfermedad que padece. Nada pudo apaciguar las voces que clamaban vengar una apostasía. Es el castigo por abjurar del dogma autoritario con análisis independientes y profesionales. Una versión post moderna del cepo y el látigo en virtud de una tragedia que podría conducir al país por el camino del fratricidio.

No es una percepción exagerada. Basta con aquilatar el agotamiento del modelo socio-político próximo a cumplir 47 años a través de las manifestaciones que evidencian los signos de descomposición e inviabilidad de las instituciones gubernamentales.

El notable aumento de la criminalidad, la acentuación del perfil agresivo en la conducta de la mayoría de la población, independientemente de la escolaridad y su zona de residencia, y la distorsionada interpretación de la escala de valores donde la vulgaridad y el pillaje son bases para alcanzar connotación social, indican la urgencia de revolucionar las metodologías con fines terapéuticos.

Actos de repudio, encarcelamientos injustificados, exhortaciones a la confrontación, y el beneplácito para descorrer las cortinas de la discordia y el rencor contra personas que defienden otros puntos de vista, es echarle sal a las heridas de una sociedad enferma.

Estos mensajes de terror no entrañan ninguna novedad, en 1980 tuvieron su debut. Todavía permanecen en la memoria la brutalidad esparcida por las calles, las palizas, los abucheos, las familias atropelladas por las turbas, los gritos de piedad silenciados con la vehemencia de los verdugos que entonan hoy la misma retórica de la muerte. Disidentes, homosexuales considerados no aptos para cumplir con las concepciones antropológicas que privilegiaban la virilidad y personas que pretendían reunificarse con sus parientes en los Estados Unidos fueron tratados con bestialidad zoológica.

Ahora, reunirse para estudiar vías que posibiliten una transición pacífica hacia un estado de derecho, es suficiente para que las Brigadas de Respuesta Rápida pongan en funcionamiento sus gargantas, y si es necesario, dejar en la piel de los desobedientes la marca de sus zapatos, los puños de sus manos o la duradera impresión de un trancazo.

La misma suerte corren los que abogan por la continuidad del embargo y aquéllos que insisten en el diálogo como la manera insoslayable de dirimir los antagonismos.

Se acabaron las conferencias y las tertulias, los ayunos y las conmemoraciones en la vía pública. Esa es la orden para moderados e intransigentes. Es el signo de los tiempos. El tono lúgubre de la decadencia. Los síntomas de la agonía de una dictadura.


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