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REPRESION
Terror y decadencia
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) -
Un acto de repudio es el cementerio de la razón.
Truenan las ofensas, soplan las obscenidades.
Torrentes de ira allanan puertas y ventanas con
la intensidad de un tornado que premedita la muerte.
La multitud exhibe sus aptitudes para el linchamiento,
su fidelidad a la intolerancia.
Es la fiesta del desatino y la impunidad sin
las limitantes del tiempo y el espacio. Están
allí, donde se les convoca, para proscribir
el pensamiento emancipador, la opinión
liberada de prejuicios, el derecho cívico
dotado de la autenticidad que aboga por una convivencia
pacífica y democrática.
La avalancha de insultos busca doblegar la voluntad
del ofendido, dejando saber que éstos tienen
la capacidad de transformarse en agresión
física si la víctima decide, con
su voz, defenderse del fusilamiento verbal que
la muchedumbre practica con indulgencia. El médico
Darsi Ferrer Ramírez se recupera de las
heridas que los agravios dejaron en su mente el
12 de agosto último. Recuerda la turba
apostada frente a su domicilio, el trauma de su
pequeño hijo de cuatro años a expensas
de las consignas progubernamentales, las alusiones
altisonantes y la terrible huella de la indefensión.
Las intenciones iban más allá de
los improperios. Palos, tubos metálicos,
y toletes de goma similares a los usados por la
policía constituían una señal
que le imprimía más terror al escenario,
según relata Darsi.
Convaleciente de una Hipertensión Endocraneana,
su esposa tuvo que soportar el bullicio y las
maledicencias. Quizás no pueda ver nunca
más a esos hombres y mujeres que estremecieron
su carácter con ráfagas de odio,
tampoco a su hijo con la candidez propia de la
infancia. No sé su nombre, pero me imagino
su agonía ante la posibilidad de perder
la visión debido a la enfermedad que padece.
Nada pudo apaciguar las voces que clamaban vengar
una apostasía. Es el castigo por abjurar
del dogma autoritario con análisis independientes
y profesionales. Una versión post moderna
del cepo y el látigo en virtud de una tragedia
que podría conducir al país por
el camino del fratricidio.
No es una percepción exagerada. Basta
con aquilatar el agotamiento del modelo socio-político
próximo a cumplir 47 años a través
de las manifestaciones que evidencian los signos
de descomposición e inviabilidad de las
instituciones gubernamentales.
El notable aumento de la criminalidad, la acentuación
del perfil agresivo en la conducta de la mayoría
de la población, independientemente de
la escolaridad y su zona de residencia, y la distorsionada
interpretación de la escala de valores
donde la vulgaridad y el pillaje son bases para
alcanzar connotación social, indican la
urgencia de revolucionar las metodologías
con fines terapéuticos.
Actos de repudio, encarcelamientos injustificados,
exhortaciones a la confrontación, y el
beneplácito para descorrer las cortinas
de la discordia y el rencor contra personas que
defienden otros puntos de vista, es echarle sal
a las heridas de una sociedad enferma.
Estos mensajes de terror no entrañan ninguna
novedad, en 1980 tuvieron su debut. Todavía
permanecen en la memoria la brutalidad esparcida
por las calles, las palizas, los abucheos, las
familias atropelladas por las turbas, los gritos
de piedad silenciados con la vehemencia de los
verdugos que entonan hoy la misma retórica
de la muerte. Disidentes, homosexuales considerados
no aptos para cumplir con las concepciones antropológicas
que privilegiaban la virilidad y personas que
pretendían reunificarse con sus parientes
en los Estados Unidos fueron tratados con bestialidad
zoológica.
Ahora, reunirse para estudiar vías que
posibiliten una transición pacífica
hacia un estado de derecho, es suficiente para
que las Brigadas de Respuesta Rápida pongan
en funcionamiento sus gargantas, y si es necesario,
dejar en la piel de los desobedientes la marca
de sus zapatos, los puños de sus manos
o la duradera impresión de un trancazo.
La misma suerte corren los que abogan por la
continuidad del embargo y aquéllos que
insisten en el diálogo como la manera insoslayable
de dirimir los antagonismos.
Se acabaron las conferencias y las tertulias,
los ayunos y las conmemoraciones en la vía
pública. Esa es la orden para moderados
e intransigentes. Es el signo de los tiempos.
El tono lúgubre de la decadencia. Los síntomas
de la agonía de una dictadura.
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