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ECONOMIA
INFORMAL
Lelo,
el viejo pillo caramelero de Caibarién
Ibrahim Dionisio Rodríguez, Villa Blanca
Press
CAIBARIÉN, Cuba - Agosto (www.cubanet.org)
- Lelo Oramas vivía al lado de mi casa
en la década de los años setenta.
Era cantinero del desaparecido hotel "Comercio".
Años más tarde fue administrador
de la pizzería "Mar azul", en
Caibarién.
Lo que nunca imaginó Lelo fue que se convertiría,
ya en la vejez, en un merolico. Es uno de los
tantos ancianos negociantes que merodean por las
esquinas del pueblo, exhibiendo su mercancía,
por supuesto a escondidas de los inspectores estatales
y los policías.
Lelo, el "caramelero", anda por los
80 años. Recibe una pensión que
apenas le alcanzar para sufragar los gastos del
hogar. Aunque vive en soledad, Lelo consume sus
ahorros y las ganancias de sus ventas en el litro
de leche diario, algunas libras de carne de cerdo
y plátanos enanos que lo acompañarán
a la hora de las comidas. "Me gusta comer
bien. Yo vivo para eso", asegura Lelo a los
vecinos de su cuadra, sentado sobre un taburete
de cuero de carnero, en el portal de su casa,
mientras recibe la brisa que viene del mar. A
su lado, los paquetes de caramelos que pregona
con su tradicional estribillo: "Arriba, caramelos
para endulzar tus anhelos".
Los caramelos que comercializa Lelo son pequeñas
melcochas envueltas en recortes rectangulares
de jabas de nylon que ofertan los establecimientos
en divisas, lo que le proporciona buena presencia
al producto que vende Lelo.
En ocasiones lo visito para conversar sobre la
Cuba de los años cincuenta en la sala destartalada
de su vivienda. El anciano no sólo vende
caramelos amelcochados. Ahora también ofrece
turrón de maní, rebanadas de piña,
libros y revistas Bohemia de 1959. "Con todo
y eso me las veo negras", me dice Lelo, sentado
en un viejo sillón.
El viejo pillo, como lo apodan los moradores
de la calle Goicuría donde reside, lleva
diez años vendiendo caramelos, y no sólo
complace a los más pequeños, sino
también a los adultos, que prefieren endulzar
sus noches amargas debido a los apagones.
Lelo es conocedor como nadie de la receta exacta
para fabricar caramelos. Aprendió de su
padre, que también fabricaba y vendía
la apetecida golosina.
Lelo, el viejo pillo, caramelero de la Villa
Blanca, nunca tendrá días aciagos.
Él resolverá el pan diario para
su mesa con su esfuerzo y creatividad.
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