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ECONOMIA
Dialéctica de una catástrofe (II y final)
Oscar Espinosa Chepe
LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) -
En el contexto de la acumulación de los
problemas y menesterosidad en la sociedad cubana,
se observa un incremento notable del disgusto
de la población ante un drama al parecer
insoluble.
Ellos se manifiesta en el ostensible florecimiento
de acciones contestatarias, en su mayoría
espontáneas, provocadas por el aumento
de las escaseces y las prohibiciones, en un marco
de continuos cortes de electricidad debido a la
obsolescencia de un sistema energético
nacional cuasi colapsado. Como nunca antes, pululan
chistes irreverentes hacia figuras gubernamentales,
así como críticas dirigidas al sistema,
efectuadas a viva voz por ciudadanos corrientes
en lugar públicos, con la anuencia de los
receptores.
En oportunidades, durante los prolongados apagones,
piedras y otros objetos contundentes han sido
lanzados contra las vidrieras de las "shoppings"
y otros establecimientos estatales. Además,
en algunos lugares airados ciudadanos han protestado
colectivamente, molestos por la carencia de electricidad,
alimentos, agua y otros vitales suministros, lo
cual representa una situación inédita
en una sociedad que, salvo contadas excepciones,
ha estado férreamente controlada y amordazada.
Ante un clima social que a más largo plazo
podría desembocar en conflictos más
serios, el gobierno, en lugar de ir a la raíz
de los problemas, un sistema caduco y rebosante
de contradicciones, y por lo menos instrumentar
algunas reformas como las llevadas a cabo exitosamente
por China y Viet Nam, ha optado por la represión.
La respuesta gubernamental ha sido el incremento
de las detenciones de pacíficos disidentes,
y el acoso a ciudadanos que sólo aspiran
a una Cuba democrática, donde se respeten
los derechos humanos, mediante turbas paramilitares
organizadas para esos fines, que hacen recordar
la "porra" machadista.
Como en otras oportunidades, la represión,
aunque la sufren directamente los disidentes y
opositores, está dirigida para aterrorizar
a la población, y muy en especial a los
sectores que durante muchos años apoyaron
la revolución.
Los especialistas en represión del régimen,
duchos en la materia, conocen mejor que nadie
que el verdadero peligro de una explosión
social yace en el pueblo, y que la disidencia
y la oposición son únicamente un
factor de fermentación de un proceso determinado
por la crisis terminal del sistema.
Ahora debería quedar claro para algunos
ingenuos que la permisibilidad mostrada por el
régimen ante la Asamblea efectuada el pasado
20 de mayo no fue más que simple cálculo
político, sin intención alguna de
retroceder un ápice en su actitud agresiva
e intolerante. Sus motivos, como han explicado
recientemente altas personalidades gubernamentales,
fueron no desviar la atención nacional
e internacional de una campaña mediática
realizada en aquel momento (caso Posada Carriles
y otros hechos relacionados con el terrorismo
en América Latina), y la acumulación
de pruebas falsas para acusar a la disidencia
y la oposición en su conjunto de apoyar
el embargo y otras medidas de las autoridades
de Estados Unidos, cuando es conocido que la mayoría
de las personas pertenecientes al sector contestatario
de la sociedad cubana, a la vez que reclaman la
comprensión y la solidaridad internacional,
rechazan la intromisión extranjera en nuestros
asuntos. Factor distorsionante que en términos
reales representa un apoyo al totalitarismo, brindándole
el necesitado enemigo y los pretextos para justificar
el inmovilismo y la represión.
No resulta casual que en el discurso central
por la conmemoración del 52 aniversario
del asalto al cuartel Moncada el pasado 26 de
julio, se afirmara que todos los disidentes son
partidarios del bloqueo, como las autoridades
cubanas definen el embargo. Una conocida y repetida
táctica para manipular, en especial, a
la desinformada opinión pública
interna, con el propósito de aprovechar
el sentimiento nacionalista.
Desgraciadamente, por si fuera poco, de nuevo
vemos pasos desacertados de la administración
norteamericana, que lejos de promover la democracia
en Cuba llevan agua al molino del totalitarismo.
Ya no sólo se refuerza el embargo y la
Ley Helms-Castro, como una conocida politóloga
cubanoamericana la ha bautizado, sino además
recientemente ha sido designado un Coordinador
para la Transición Cubana, como resultado,
se dice, de las recomendaciones enviadas al ejecutivo
por la Comisión para la Asistencia a una
Cuba Libre. Decisión carente de simpatías
en el pueblo cubano, y que inmediatamente ha sido
rechazada por varios líderes de la disidencia
y la oposición dentro de la Isla, firmemente
convencidos de que "la transición
en Cuba corresponde definirla, protagonizarla,
organizarla y coordinarla a nosotros los cubanos".
De todas formas, a pesar de coyunturas económicas
momentáneas, las subvenciones de una nueva
"Unión Soviética" y la
cooperación política enemiga, la
acumulación de desaciertos y contradicciones
hace que el círculo vital de un proceso
que concitó tantas esperanzas en sus inicios
esté en su etapa terminal, convertido en
su exacta negación.
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