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CORRUPCION
El perro y los niños represores (I)
María Elena Alpízar Ariosa,
Grupo Decoro
PLACETAS, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) - En
uno de los pueblos del interior de la Isla donde
la represión política es más
férrea reside una periodista independiente,
que convive con un primo hermano que sufre de
serios desórdenes mentales congénitos.
La mujer nació y se crió en el mismo
barrio, y ha mantenido siempre cordiales relaciones
con sus vecinos, los cuales, en su inmensa mayoría,
se asentaron allí después del triunfo
revolucionario.
La comunicadora lleva una vida austera y casi
monacal debido a la constante vigilancia de los
personeros castristas para encontrarle una falla
que debilite su prestigio ante los ojos de la
población, cuya solidaridad hacia la mujer
se manifiesta de una forma u otra. La más
importante consiste en que los ciudadanos de cualquier
extracción social o ideología política
le hacen llegar informes fidedignos de la corrupción
gubernamental, y sobre otros hechos existentes
en el lugar, que después son fáciles
de verificar por la reportera. Muchos de estos
casos no necesitan verificarse, pues son escandalosamente
notorios y manejados por la voz popular.
Luego del discurso pronunciado por el primer
mandatario cubano el pasado 26 de julio, comenzaron
una serie de medidas represivas contra los activistas
contestatarios y los periodistas independientes
cubanos, con características desconocidas
hasta ese momento. Anteriormente los agentes de
la Seguridad del Estado eran quienes decretaban
-de manera inconstitucional- la reclusión
domiciliaria de los opositores, pero después
del 26 de julio son los militantes del Partido
Comunista de Cuba quienes realizan esta tarea,
además de mantener una vigilancia en los
alrededores de las casas y amenazar con golpizas
a esas personas. Ocasiones que pueden prestarse
para saldar viejas rencillas personales.
A los grupos de militantes comunistas que efectúan
tareas paramilitares se les han unido otras personas
con posiciones seudo revolucionarias, cuyo interés
primordial es defender sus riquezas mal habidas
mediante el saqueo de los bolsillos de los trabajadores,
aprovechándose de los bienes que pertenecen
al estado.
A la periodista de esta historia le tocó
como represor un espécimen de esta fauna
de nuevo tipo, y también menores de edad,
quienes fueron manipulados por alguien o incentivados
por algo.
El individuo en cuestión llegó
a la vecindad de la periodista hace muchos años.
Trabajaba como chofer de alquiler utilizando un
carro de su propiedad. Vivía con modestia
y trataba a sus vecinos con aires de humildad.
Luego de varios altibajos económicos obtuvo
una licencia como trabajador por cuenta propia
para reparar cocinas eléctricas. Con el
paso del tiempo el taller de reparaciones se convirtió
en una productiva fábrica de hornillas
eléctricas y calentadores de agua. La fábrica
tenía empleados, ayudantes y viajantes
que comerciaban los artículos por todo
el país.
Las hornillas eléctricas cobraron fama
nacional, debido a los materiales de calidad que
se empleaban en su fabricación: alambres
nicron, cables eléctricos de todo tipo,
tuercas especiales, materiales aislantes, enchufes,
etc.
Como es sabido, el gobierno cubano concede licencias
de cuentapropistas a ciertas personas, pero en
el territorio nacional no existen específicos
almacenes de venta al por mayor para que los comerciantes
o fabricantes particulares compren sus materiales,
artículos o sustancias para realizar el
trabajo por el que pagan su licencia al estado,
por lo que este señor obtenía (continúa
obteniendo) todos sus materiales en el mercado
subterráneo, que se sustenta con la corrupción
existente en las empresas y organismos estatales.
Era tan público y notorio que la mayor
parte de los materiales -y los mejores- procedían
de Nuevitas (provincia Camagüey), y a muchos
de sus clientes les decía que esperaran
a su yerno, residente allí, para que se
los trajeran o se los remitieran por tren, ya
que las hornillas fabricadas con el material camagüeyano
eran de una calidad óptima.
En los inicios del negocio, el precio de una
hornilla era de 60 pesos. Luego se fabricaron
de varios tipos que costaban 80, 90 y hasta más
de cien pesos. Hubo personas que no pudieron llevarse
las hornillas por falta de cinco pesos para completar
el precio, y otras que fueron molestadas por el
dueño hasta la saciedad debido a la ridícula
suma de los dos pesos que no tenían en
el momento de adquirir la mercancía.
Tal vez por los comentarios de la gente que se
preguntaba quién era este hombre que se
estaba volviendo "millonario" con supuestos
negocios ilícitos, el comerciante contó
una leyenda relacionada con la huida de él
y su familia de su provincia natal en los años
sesenta; historia sobre alzados contra la revolución
que tirotearon e intentaron quemar su vivienda,
lo que ocasionó la enfermedad de sus dos
hijas. También dijo que su nombre estaba
escrito en un libro que trataba sobre la lucha
contra los alzados contrarrevolucionarios. Su
leyenda le proporcionó una patente de corso
para seguir delinquiendo.
Aunque los policías le registraron varias
veces su domicilio nunca le encontraron nada.
Según parece, recibía previos avisos.
Además, almacenaba los materiales en otras
viviendas de amigos y familiares. La población
comentaba: "Poderoso caballero es don dinero".
Pero de la noche a la mañana el hombre
se convirtió en un intransigente con todo
aquél que le señalara algún
pequeño error al gobierno. Recordaba aquello
de que "debajo de la piel de un extremista
hay un oportunista". Se volvió más
comunista que Marx y Lenin juntos, o más
fidelista que el propio jefe de estado cubano.
Cabe destacar que sus relaciones de amistad con
la comunicadora eran respetuosas, cuando él
no tenía riquezas y ella no ejercía
el periodismo. La periodista dejó de cultivar
las relaciones con este señor y su familia
por dos razones: él la atacaba políticamente
de manera sutil, y la posición anti corrupción
de ella no le permitía estar ligada a personas
involucradas en negocios delictivos de tal magnitud.
El fabricante de hornillas pasó del sutil
ataque al pertinaz acoso, sin muestra alguna de
profesionalismo: permanente vigilancia "al
descaro" y hostigamiento diario valiéndose
de un pequeño perro. Al animal lo acostumbraron
a hacer sus necesidades en el portal de la periodista.
Los mosaicos y columnas manchadas de orines hablan
por sí solas. De nada valieron las quejas
cordiales de la periodista ante la arrogancia
del fabricante de hornillas, quien intensificó
sus acciones perrunas.
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