PRENSA INDEPENDIENTE
Agosto 15, 2005
 

CORRUPCION
El perro y los niños represores (I)

María Elena Alpízar Ariosa, Grupo Decoro

PLACETAS, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) - En uno de los pueblos del interior de la Isla donde la represión política es más férrea reside una periodista independiente, que convive con un primo hermano que sufre de serios desórdenes mentales congénitos. La mujer nació y se crió en el mismo barrio, y ha mantenido siempre cordiales relaciones con sus vecinos, los cuales, en su inmensa mayoría, se asentaron allí después del triunfo revolucionario.

La comunicadora lleva una vida austera y casi monacal debido a la constante vigilancia de los personeros castristas para encontrarle una falla que debilite su prestigio ante los ojos de la población, cuya solidaridad hacia la mujer se manifiesta de una forma u otra. La más importante consiste en que los ciudadanos de cualquier extracción social o ideología política le hacen llegar informes fidedignos de la corrupción gubernamental, y sobre otros hechos existentes en el lugar, que después son fáciles de verificar por la reportera. Muchos de estos casos no necesitan verificarse, pues son escandalosamente notorios y manejados por la voz popular.

Luego del discurso pronunciado por el primer mandatario cubano el pasado 26 de julio, comenzaron una serie de medidas represivas contra los activistas contestatarios y los periodistas independientes cubanos, con características desconocidas hasta ese momento. Anteriormente los agentes de la Seguridad del Estado eran quienes decretaban -de manera inconstitucional- la reclusión domiciliaria de los opositores, pero después del 26 de julio son los militantes del Partido Comunista de Cuba quienes realizan esta tarea, además de mantener una vigilancia en los alrededores de las casas y amenazar con golpizas a esas personas. Ocasiones que pueden prestarse para saldar viejas rencillas personales.

A los grupos de militantes comunistas que efectúan tareas paramilitares se les han unido otras personas con posiciones seudo revolucionarias, cuyo interés primordial es defender sus riquezas mal habidas mediante el saqueo de los bolsillos de los trabajadores, aprovechándose de los bienes que pertenecen al estado.

A la periodista de esta historia le tocó como represor un espécimen de esta fauna de nuevo tipo, y también menores de edad, quienes fueron manipulados por alguien o incentivados por algo.

El individuo en cuestión llegó a la vecindad de la periodista hace muchos años. Trabajaba como chofer de alquiler utilizando un carro de su propiedad. Vivía con modestia y trataba a sus vecinos con aires de humildad. Luego de varios altibajos económicos obtuvo una licencia como trabajador por cuenta propia para reparar cocinas eléctricas. Con el paso del tiempo el taller de reparaciones se convirtió en una productiva fábrica de hornillas eléctricas y calentadores de agua. La fábrica tenía empleados, ayudantes y viajantes que comerciaban los artículos por todo el país.

Las hornillas eléctricas cobraron fama nacional, debido a los materiales de calidad que se empleaban en su fabricación: alambres nicron, cables eléctricos de todo tipo, tuercas especiales, materiales aislantes, enchufes, etc.

Como es sabido, el gobierno cubano concede licencias de cuentapropistas a ciertas personas, pero en el territorio nacional no existen específicos almacenes de venta al por mayor para que los comerciantes o fabricantes particulares compren sus materiales, artículos o sustancias para realizar el trabajo por el que pagan su licencia al estado, por lo que este señor obtenía (continúa obteniendo) todos sus materiales en el mercado subterráneo, que se sustenta con la corrupción existente en las empresas y organismos estatales.

Era tan público y notorio que la mayor parte de los materiales -y los mejores- procedían de Nuevitas (provincia Camagüey), y a muchos de sus clientes les decía que esperaran a su yerno, residente allí, para que se los trajeran o se los remitieran por tren, ya que las hornillas fabricadas con el material camagüeyano eran de una calidad óptima.

En los inicios del negocio, el precio de una hornilla era de 60 pesos. Luego se fabricaron de varios tipos que costaban 80, 90 y hasta más de cien pesos. Hubo personas que no pudieron llevarse las hornillas por falta de cinco pesos para completar el precio, y otras que fueron molestadas por el dueño hasta la saciedad debido a la ridícula suma de los dos pesos que no tenían en el momento de adquirir la mercancía.

Tal vez por los comentarios de la gente que se preguntaba quién era este hombre que se estaba volviendo "millonario" con supuestos negocios ilícitos, el comerciante contó una leyenda relacionada con la huida de él y su familia de su provincia natal en los años sesenta; historia sobre alzados contra la revolución que tirotearon e intentaron quemar su vivienda, lo que ocasionó la enfermedad de sus dos hijas. También dijo que su nombre estaba escrito en un libro que trataba sobre la lucha contra los alzados contrarrevolucionarios. Su leyenda le proporcionó una patente de corso para seguir delinquiendo.

Aunque los policías le registraron varias veces su domicilio nunca le encontraron nada. Según parece, recibía previos avisos. Además, almacenaba los materiales en otras viviendas de amigos y familiares. La población comentaba: "Poderoso caballero es don dinero".

Pero de la noche a la mañana el hombre se convirtió en un intransigente con todo aquél que le señalara algún pequeño error al gobierno. Recordaba aquello de que "debajo de la piel de un extremista hay un oportunista". Se volvió más comunista que Marx y Lenin juntos, o más fidelista que el propio jefe de estado cubano.

Cabe destacar que sus relaciones de amistad con la comunicadora eran respetuosas, cuando él no tenía riquezas y ella no ejercía el periodismo. La periodista dejó de cultivar las relaciones con este señor y su familia por dos razones: él la atacaba políticamente de manera sutil, y la posición anti corrupción de ella no le permitía estar ligada a personas involucradas en negocios delictivos de tal magnitud.

El fabricante de hornillas pasó del sutil ataque al pertinaz acoso, sin muestra alguna de profesionalismo: permanente vigilancia "al descaro" y hostigamiento diario valiéndose de un pequeño perro. Al animal lo acostumbraron a hacer sus necesidades en el portal de la periodista. Los mosaicos y columnas manchadas de orines hablan por sí solas. De nada valieron las quejas cordiales de la periodista ante la arrogancia del fabricante de hornillas, quien intensificó sus acciones perrunas.


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