PRENSA INDEPENDIENTE
Agosto 12, 2005
 

SOCIEDAD
El Cementerio de Colón, un sitio para conservar

Miguel Saludes

LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) - ¿Para qué le hacen muros al cementerio si los que están dentro no pueden salir y los de afuera no quieren entrar? La pregunta corresponde a uno de los cuentos de la saga de chistes de borrachos, con esa forma tan especial de filosofar que tienen estos personajes. Solamente al adentrarnos en la necrópolis de Colón en La Habana podemos comprender cuán necesaria es la tapia que como un cinturón rodea el perímetro del campo santo.

Considerado como uno de los más importantes del mundo, el cementerio capitalino atesora un inmenso museo a cielo abierto. En su interior se hallan monumentos escultóricos de gran belleza, construcciones caprichosas de rico valor arquitectónico en las que se ha empleado todo tipo de mármoles y vitrales. A esto se unen las múltiples curiosidades, historias raras y personalidades cuyos restos reposan en el sagrado lugar.

Pocos segundos después de trasponer las fronteras que separan la bullente vida citadina de la tranquilidad eterna de los muertos se tropieza con una parte de nuestro pasado histórico. A la izquierda reposa Doña Leonor Pérez, madre de Martí. A pocos pasos se encuentra la tumba de Calixto García y casi frente a ésta, pasando la calle, el mausoleo dedicado a Máximo Gómez junto al panteón de Gonzalo de Quesada. Justo en la esquina una lápida indica que en la parte inferior están los despojos mortales del poeta Julián del Casal.

Pero en el cementerio de Colón se pueden encontrar otro tipo de historias, como la que esconde la inscripción del Hamburg Amerika Linie, bajo la fecha 29 de marzo de 1909. Las manos aferradas a un timón de barco pueden ser la expresión reflejada por el escultor para describir la tragedia del naufragio ocurrido a una nave foránea cuyos tripulantes quedaron sepultos en estas tierras extrañas.

La construcción del cementerio de Colón data del 30 de octubre de 1871, fecha en que fue colocada la primera piedra de la obra. Los antecedentes que dieron lugar a este proyecto provienen del crecimiento poblacional de la ciudad que redujo las capacidades del cementerio de Espada, cuya presencia aún puede ser adivinada en un recodo de la calle habanera de San Lázaro. En 1853 ese terreno resultaba insuficiente para seguir admitiendo enterramientos. Uno de los sitios escogidos como sustituto estaba ubicado en la falda del Castillo del Príncipe, el que resultó inconveniente por el carácter militar de la instalación situada en la cima de la loma.

Finalmente se determinó construirlo en el rectángulo compuesto por varias fincas de lo que entonces era una zona alejada de la urbe. Se realizó un concurso que fue ganado por el arquitecto Calixto Loira, quien asumió la dirección de las labores. Por su parte el obispado de La Habana recibió los derechos de construcción al alegar Monseñor Freix el carácter católico de la obra y contar con el dinero necesario para su levantamiento. La regencia eclesial se mantuvo hasta principios de los sesenta, cuando las leyes revolucionarias determinaron la intervención, y el nuevo gobierno tomó las riendas administrativas.

Como primer elemento curioso se destaca la portada, enorme arco compuesto por piedras de cantería de poco más de 30 metros de largo, 22 de altura y dos y medio de espesor, diseñado por el propio Loira. Suspendido entre cielo y tierra, debajo de las figuras que representan las Virtudes Teologales, se afirma que hay una urna que contiene las cenizas de un desconocido. No son pocas las versiones que han circulado sobre la identidad de esos restos. Lo cierto es que ésta resulta ser la tumba más alta de las allí situadas, coronando simbólicamente la entrada triunfal a través del arco de la Paz que da acceso a la ciudad eterna.

El propio Loyra se convirtió en protagonista de las anécdotas existentes sobre este sitio al morir poco antes de su inauguración, llegando a ser uno de los primeros en trasponer su propio diseño en su viaje definitivo.

El diseño de distribución interna siguió la costumbre establecida por el papa San Gregorio Magno de dividir la superficie de los campos santos en cruces a partir del trazado primario de esa figura central. En la planificación distributiva intervino el arquitecto Eugenio Rayneri. En el centro de este enorme crucifijo se destaca la capilla en forma octogonal y de estilo románico bizantino, en cuyo interior se encuentra un enorme mural pintado por Miguel Melero que representa el juicio final. Este pequeño templo está considerado entre las obras más importantes de la arquitectura colonial cubana del siglo XIX.

Sin dudas el monumento a los bomberos, con sus 15 metros de altura y la profusión de figuras que contiene, es uno de los que más impresión causa a los visitantes, sin descartar el descubrimiento de las tumbas de tantos próceres de la Patria. Uno de los lugares más visitados y que ya conforma una leyenda del cementerio es la tumba de Amelia Goyre, donde miles de personas acuden diariamente a pedir su intervención milagrosa.

Se destacan además los panteones de la familia Baró, el de José Miguel Gómez, la pirámide de la resurrección de la familia Faya-Bonet y el sepulcro de granito rojo del Cardenal Arteaga, que mantiene su brillo original a pesar de haber pasado treinta años sometido a la acción de los elementos. Igualmente se destacan el Panteón de los Veteranos de Independencia con bajorrelieves de Sicre y Gelabert, la Galería Tobías, el panteón del Centro Gallego con dos pisos subterráneos, las bóvedas de Eduardo Chibás, José Antonio Saco, Rita Montaner y José Raúl Capablanca, algunas de los cuales exhiben indicios de la veneración anónima de la gente.

Uno de los grandes peligros que amenazó a este recinto se encuentra relacionado con la acción del hombre. En 1932 estuvo a punto de desaparecer, al menos parcialmente, de haberse verificado un atentado dinamitero que tenía como fin la eliminación de Gerardo Machado. Para ello se planificó el asesinato previo del presidente de la Cámara del Senado, Dr. Clemente Vázquez Bello, con la idea de que al sepelio de este personaje acudirían las más altas figuras del gobierno cubano, entre ellas la del propio presidente. Quiso la casualidad que la viuda decidiera cambiar el destino del entierro hacia Las Villas, decisión que salvó no sólo la vida de los concurrentes al sepelio. Pocos días después un empleado descubrió el dispositivo dinamitero preparado para ser explotado.

Pero otra de las cosas que se pueden vislumbrar durante la caminata entre panteones y tumbas es el apreciable estado de abandono existente en casi todo el interior, y que en la actualidad amenaza con hacer efectiva, aunque de manera menos ruidosa, la acción de la carga explosiva que quedó sin detonar en el machadato. La mayoría de los grandes mausoleos mortuorios están semi derruidos y en un lamentable estado de conservación. Muchos de sus propietarios no dejaron descendencia que se ocupe de ellos o bien ésta se encuentra radicada en el exilio.

Pero no es menos cierto que el mantenimiento de estas construcciones resulta altamente costoso. La sola reparación de una bóveda común puede significar el gasto equivalente a centenares de dólares, una cifra monetaria que no está al alcance de muchos en la Isla y que en caso de poseerla se utiliza para resolver situaciones de subsistencia para los vivos.

Otro detalle que puede ser apreciado en algunos lugares es la conducta irrespetuosa manifestada en la acción depredadora de desconocidos. El mayor ejemplo de esto se observa en el panteón dedicado a los reporters de La Habana, una moderna construcción asesorada por Diosdado del Pozo Fabelo a iniciativas de Guillermo Gener Rodríguez construida el 31 de marzo de 1957. En ella aún se admiran las líneas arquitectónicas modernas que la distinguen, pero cuya observación cercana puede resultar peligrosa por los restos de cristales que penden como cizallas dispuestos a caer por un algún designo malévolo.

Pienso que una buena película de horror, al estilo de la terrorífica Omen, puede tener como escenario este panteón y por falta de argumentación no ha de ser. Según asevera Efrén Fernández, uno de los prisioneros de la causa de los 75 y miembro del Movimiento Cristiano Liberación, en los años noventa él fue testigo de una especie de ritual satánico en el interior de ese mausoleo. En este momento el acceso a su interior ha sido clausurado, pero por las claraboyas e intersticios de la valla de madera que cierra la puerta de entrada se evidencia el estado de suciedad y desorden que reina en el interior. Ataúdes destapados, nichos violentados, basura, pomos y papeles arrinconados en sus ángulos. En las paredes se pueden leer expresiones con cierto sabor existencialista y en las externas aparecen grabados signos de aparente idolatría satánica y hasta ciertas frases anti gubernamentales. El letrero en inglés que una mano desconocida escribió allí: Cradle of filth, cuya traducción puede ser cuna de suciedad o inmundicia, resume la idea de la situación que allí reina.

Lo anterior constituye una verdadera falta de valores humanos y cívicos de las personas que hacen estos actos, aspecto señalado por una persona que trabaja en los ámbitos de cementerio al recalcar que una de las cosas que se denotaba en acciones como éstas y del deterioro generalizado de este sitio, que incluye las tumbas de personalidades como las de Calixto García, Antonio Guiteras o Julián del Casal, es clara muestra de irresponsabilidad, negligencia y apatía, agravado todo con la inmoralidad y el irrespeto que termina por enseñorearse en nuestra realidad presente.

Una de las razones con las que se justificó la intervención estatal del cementerio de Colón es que con esa medida se eliminaban, entre otras cosas, las desigualdades de clases. Panteones engalanados para los ricos y sepultura en tierra para los que no tenían recursos.

No es menos cierto que en estos años nadie ha quedado sin recibir cristiana sepultura en esa porción de terreno, pero las diferencias siguen existiendo, aunque no sean tan marcadas. Uno de los ángulos está destinado para aquéllos que no tienen bóvedas y son enterrados de manera colectiva. Los restos inhumados son trasladados a unas edificaciones destinadas a osario que el gracejo popular ha identificado con la figura de los edificios de micro brigada y que por ello ha sido bautizada como reparto Alamar.

Los que no tiene quien reclame sus restos mortales unen sus cenizas con la tierra haciendo efectivo el mensaje bíblico de que del polvo venimos y al polvo vamos, quizás la manera más natural de continuar por el camino hacia el misterio de la vida que no acaba pero que no debe hacerse realidad en obras como las que encierra el Cementerio de La Habana, un pedazo entrañable para generaciones enteras de cubanos y que es un libro abierto de nuestra historia personal y nacional. En sus páginas pueden ser admirados el arte, la riqueza cultural y la sensibilidad de nuestro pueblo.

Notas de referencia utilizadas: Pastoral de la frontera. Artículo de Jesús Marcoleta aparecido en la revista Palabra Nueva.


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