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SOCIEDAD
El Cementerio de Colón, un sitio para conservar
Miguel Saludes
LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) -
¿Para qué le hacen muros al cementerio
si los que están dentro no pueden salir
y los de afuera no quieren entrar? La pregunta
corresponde a uno de los cuentos de la saga de
chistes de borrachos, con esa forma tan especial
de filosofar que tienen estos personajes. Solamente
al adentrarnos en la necrópolis de Colón
en La Habana podemos comprender cuán necesaria
es la tapia que como un cinturón rodea
el perímetro del campo santo.
Considerado como uno de los más importantes
del mundo, el cementerio capitalino atesora un
inmenso museo a cielo abierto. En su interior
se hallan monumentos escultóricos de gran
belleza, construcciones caprichosas de rico valor
arquitectónico en las que se ha empleado
todo tipo de mármoles y vitrales. A esto
se unen las múltiples curiosidades, historias
raras y personalidades cuyos restos reposan en
el sagrado lugar.
Pocos segundos después de trasponer las
fronteras que separan la bullente vida citadina
de la tranquilidad eterna de los muertos se tropieza
con una parte de nuestro pasado histórico.
A la izquierda reposa Doña Leonor Pérez,
madre de Martí. A pocos pasos se encuentra
la tumba de Calixto García y casi frente
a ésta, pasando la calle, el mausoleo dedicado
a Máximo Gómez junto al panteón
de Gonzalo de Quesada. Justo en la esquina una
lápida indica que en la parte inferior
están los despojos mortales del poeta Julián
del Casal.
Pero en el cementerio de Colón se pueden
encontrar otro tipo de historias, como la que
esconde la inscripción del Hamburg Amerika
Linie, bajo la fecha 29 de marzo de 1909. Las
manos aferradas a un timón de barco pueden
ser la expresión reflejada por el escultor
para describir la tragedia del naufragio ocurrido
a una nave foránea cuyos tripulantes quedaron
sepultos en estas tierras extrañas.
La construcción del cementerio de Colón
data del 30 de octubre de 1871, fecha en que fue
colocada la primera piedra de la obra. Los antecedentes
que dieron lugar a este proyecto provienen del
crecimiento poblacional de la ciudad que redujo
las capacidades del cementerio de Espada, cuya
presencia aún puede ser adivinada en un
recodo de la calle habanera de San Lázaro.
En 1853 ese terreno resultaba insuficiente para
seguir admitiendo enterramientos. Uno de los sitios
escogidos como sustituto estaba ubicado en la
falda del Castillo del Príncipe, el que
resultó inconveniente por el carácter
militar de la instalación situada en la
cima de la loma.
Finalmente se determinó construirlo en
el rectángulo compuesto por varias fincas
de lo que entonces era una zona alejada de la
urbe. Se realizó un concurso que fue ganado
por el arquitecto Calixto Loira, quien asumió
la dirección de las labores. Por su parte
el obispado de La Habana recibió los derechos
de construcción al alegar Monseñor
Freix el carácter católico de la
obra y contar con el dinero necesario para su
levantamiento. La regencia eclesial se mantuvo
hasta principios de los sesenta, cuando las leyes
revolucionarias determinaron la intervención,
y el nuevo gobierno tomó las riendas administrativas.
Como primer elemento curioso se destaca la portada,
enorme arco compuesto por piedras de cantería
de poco más de 30 metros de largo, 22 de
altura y dos y medio de espesor, diseñado
por el propio Loira. Suspendido entre cielo y
tierra, debajo de las figuras que representan
las Virtudes Teologales, se afirma que hay una
urna que contiene las cenizas de un desconocido.
No son pocas las versiones que han circulado sobre
la identidad de esos restos. Lo cierto es que
ésta resulta ser la tumba más alta
de las allí situadas, coronando simbólicamente
la entrada triunfal a través del arco de
la Paz que da acceso a la ciudad eterna.
El propio Loyra se convirtió en protagonista
de las anécdotas existentes sobre este
sitio al morir poco antes de su inauguración,
llegando a ser uno de los primeros en trasponer
su propio diseño en su viaje definitivo.
El diseño de distribución interna
siguió la costumbre establecida por el
papa San Gregorio Magno de dividir la superficie
de los campos santos en cruces a partir del trazado
primario de esa figura central. En la planificación
distributiva intervino el arquitecto Eugenio Rayneri.
En el centro de este enorme crucifijo se destaca
la capilla en forma octogonal y de estilo románico
bizantino, en cuyo interior se encuentra un enorme
mural pintado por Miguel Melero que representa
el juicio final. Este pequeño templo está
considerado entre las obras más importantes
de la arquitectura colonial cubana del siglo XIX.
Sin dudas el monumento a los bomberos, con sus
15 metros de altura y la profusión de figuras
que contiene, es uno de los que más impresión
causa a los visitantes, sin descartar el descubrimiento
de las tumbas de tantos próceres de la
Patria. Uno de los lugares más visitados
y que ya conforma una leyenda del cementerio es
la tumba de Amelia Goyre, donde miles de personas
acuden diariamente a pedir su intervención
milagrosa.
Se destacan además los panteones de la
familia Baró, el de José Miguel
Gómez, la pirámide de la resurrección
de la familia Faya-Bonet y el sepulcro de granito
rojo del Cardenal Arteaga, que mantiene su brillo
original a pesar de haber pasado treinta años
sometido a la acción de los elementos.
Igualmente se destacan el Panteón de los
Veteranos de Independencia con bajorrelieves de
Sicre y Gelabert, la Galería Tobías,
el panteón del Centro Gallego con dos pisos
subterráneos, las bóvedas de Eduardo
Chibás, José Antonio Saco, Rita
Montaner y José Raúl Capablanca,
algunas de los cuales exhiben indicios de la veneración
anónima de la gente.
Uno de los grandes peligros que amenazó
a este recinto se encuentra relacionado con la
acción del hombre. En 1932 estuvo a punto
de desaparecer, al menos parcialmente, de haberse
verificado un atentado dinamitero que tenía
como fin la eliminación de Gerardo Machado.
Para ello se planificó el asesinato previo
del presidente de la Cámara del Senado,
Dr. Clemente Vázquez Bello, con la idea
de que al sepelio de este personaje acudirían
las más altas figuras del gobierno cubano,
entre ellas la del propio presidente. Quiso la
casualidad que la viuda decidiera cambiar el destino
del entierro hacia Las Villas, decisión
que salvó no sólo la vida de los
concurrentes al sepelio. Pocos días después
un empleado descubrió el dispositivo dinamitero
preparado para ser explotado.
Pero otra de las cosas que se pueden vislumbrar
durante la caminata entre panteones y tumbas es
el apreciable estado de abandono existente en
casi todo el interior, y que en la actualidad
amenaza con hacer efectiva, aunque de manera menos
ruidosa, la acción de la carga explosiva
que quedó sin detonar en el machadato.
La mayoría de los grandes mausoleos mortuorios
están semi derruidos y en un lamentable
estado de conservación. Muchos de sus propietarios
no dejaron descendencia que se ocupe de ellos
o bien ésta se encuentra radicada en el
exilio.
Pero no es menos cierto que el mantenimiento
de estas construcciones resulta altamente costoso.
La sola reparación de una bóveda
común puede significar el gasto equivalente
a centenares de dólares, una cifra monetaria
que no está al alcance de muchos en la
Isla y que en caso de poseerla se utiliza para
resolver situaciones de subsistencia para los
vivos.
Otro detalle que puede ser apreciado en algunos
lugares es la conducta irrespetuosa manifestada
en la acción depredadora de desconocidos.
El mayor ejemplo de esto se observa en el panteón
dedicado a los reporters de La Habana, una moderna
construcción asesorada por Diosdado del
Pozo Fabelo a iniciativas de Guillermo Gener Rodríguez
construida el 31 de marzo de 1957. En ella aún
se admiran las líneas arquitectónicas
modernas que la distinguen, pero cuya observación
cercana puede resultar peligrosa por los restos
de cristales que penden como cizallas dispuestos
a caer por un algún designo malévolo.
Pienso que una buena película de horror,
al estilo de la terrorífica Omen, puede
tener como escenario este panteón y por
falta de argumentación no ha de ser. Según
asevera Efrén Fernández, uno de
los prisioneros de la causa de los 75 y miembro
del Movimiento Cristiano Liberación, en
los años noventa él fue testigo
de una especie de ritual satánico en el
interior de ese mausoleo. En este momento el acceso
a su interior ha sido clausurado, pero por las
claraboyas e intersticios de la valla de madera
que cierra la puerta de entrada se evidencia el
estado de suciedad y desorden que reina en el
interior. Ataúdes destapados, nichos violentados,
basura, pomos y papeles arrinconados en sus ángulos.
En las paredes se pueden leer expresiones con
cierto sabor existencialista y en las externas
aparecen grabados signos de aparente idolatría
satánica y hasta ciertas frases anti gubernamentales.
El letrero en inglés que una mano desconocida
escribió allí: Cradle of filth,
cuya traducción puede ser cuna de suciedad
o inmundicia, resume la idea de la situación
que allí reina.
Lo anterior constituye una verdadera falta de
valores humanos y cívicos de las personas
que hacen estos actos, aspecto señalado
por una persona que trabaja en los ámbitos
de cementerio al recalcar que una de las cosas
que se denotaba en acciones como éstas
y del deterioro generalizado de este sitio, que
incluye las tumbas de personalidades como las
de Calixto García, Antonio Guiteras o Julián
del Casal, es clara muestra de irresponsabilidad,
negligencia y apatía, agravado todo con
la inmoralidad y el irrespeto que termina por
enseñorearse en nuestra realidad presente.
Una de las razones con las que se justificó
la intervención estatal del cementerio
de Colón es que con esa medida se eliminaban,
entre otras cosas, las desigualdades de clases.
Panteones engalanados para los ricos y sepultura
en tierra para los que no tenían recursos.
No es menos cierto que en estos años nadie
ha quedado sin recibir cristiana sepultura en
esa porción de terreno, pero las diferencias
siguen existiendo, aunque no sean tan marcadas.
Uno de los ángulos está destinado
para aquéllos que no tienen bóvedas
y son enterrados de manera colectiva. Los restos
inhumados son trasladados a unas edificaciones
destinadas a osario que el gracejo popular ha
identificado con la figura de los edificios de
micro brigada y que por ello ha sido bautizada
como reparto Alamar.
Los que no tiene quien reclame sus restos mortales
unen sus cenizas con la tierra haciendo efectivo
el mensaje bíblico de que del polvo venimos
y al polvo vamos, quizás la manera más
natural de continuar por el camino hacia el misterio
de la vida que no acaba pero que no debe hacerse
realidad en obras como las que encierra el Cementerio
de La Habana, un pedazo entrañable para
generaciones enteras de cubanos y que es un libro
abierto de nuestra historia personal y nacional.
En sus páginas pueden ser admirados el
arte, la riqueza cultural y la sensibilidad de
nuestro pueblo.
Notas de referencia utilizadas: Pastoral de la
frontera. Artículo de Jesús Marcoleta
aparecido en la revista Palabra Nueva.
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