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SOCIEDAD
José Luis, un tipo del Cayo
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) -
A un costado de la autopista, humeante, maloliente,
custodiado por vigilantes y sobrevolado por las
auras tiñosas está El Cayo. Es uno
de los vertederos de basura que rodean La Habana.
A todos los llaman El Cayo, por Cayo Cruz, el
más viejo, el mayor y el más renombrado
entre los que se ganan la vida buscando en la
basura.
José Luis va al Cayo cuatro o cinco veces
a la semana. Recorre en bicicleta los más
de cuatro kilómetros que lo separan de
su casa en El Calvario. Desde hace más
de dos años se dedica, a tiempo completo,
por cuenta propia y sin licencia, a hurgar en
el basurero. Recoge cobre y aluminio para vender
al estado.
En estas vacaciones escolares lo acompaña
su hijo de 11 años, también en bicicleta.
No quisiera exponer al niño al ambiente
insalubre del Cayo, pero necesitaba ayuda para
buscar y transportar la carga. El muchacho está
fuerte para su edad y es hábil, tanto como
él, en escarbar las montañas de
basura.
Pasan horas allí. Con sus bicicletas a
rastro y sin descuidarse se mueven entre los montones
de desperdicios como por los salones de una tienda.
Se anticipan a los demás buscadores. Nada
se les escapa. No desdeñan lo que pueda
aparecer. A veces encuentran zapatos que se pueden
reparar para usar, o quizás vender. También
tablas, latas, botellas vacías, frutas,
viandas y hasta algún enlatado que no tenga
muy pasada la fecha de vencimiento. Si no lo pueden
aprovechar para ellos, sirven para alimentar al
cerdo y a las gallinas.
Entre los dos cargan todo en varios sacos que
atan a las parrillas de sus bicicletas. Regresan
a casa sucios, hambrientos y con sed, pedaleando
despacio y bromeando cuando empieza a oscurecer.
José Luis tiene 35 años. Es presumido
en el vestir y tiene fama de mujeriego. Si hace
unos años alguien la hubiera dicho que
iba a vivir de lo que hallara en la basura se
hubiera reído del chiste y celebrado tal
exceso de imaginación. La vida da vueltas
que uno nunca imagina. Todo cambia, y no siempre
es para bien. Estos no son tiempos para andar
con remilgos ni escrúpulos. Los pesos hay
que ir a buscarlos dondequiera que estén.
Así sea en El Cayo.
Al principio no fue fácil adaptarse. La
peste y las moscas eran una tortura. El humo de
las fogatas de desperdicios lo ahogaba y le provocaba
escozor en los ojos. El sol de la tarde -la mejor
hora para buscar- es un castigo adicional. Si
el infierno existe, su aspecto debe ser similar
al del Cayo.
En el basurero los descuidos cuestan caro. Varias
veces han intentado robarles las bicicletas y
las cargas. Siempre lleva oculto en un saco un
machete despalmado. No lo ha usado todavía.
Ha tenido problemas con los vigilantes y con otros
buscadores de basura, pero ya todos lo conocen
y respetan. Si vienen policías se avisan
unos a otros y se esfuman del lugar.
Peor que el Cayo es el engorroso proceso para
vender la chatarra en los puntos de recogida.
En cada municipio el estado ha habilitado oficinas
para el cambio y recogida de materia prima para
reciclar. En ellas el estado no paga en efectivo
por la chatarra. La canjea por productos que sólo
se pueden conseguir en las tiendas por divisas:
botellas de refrescos, latas de malta, sábanas,
frazadas para limpiar los pisos, mochilas.
Las colas son largas y tumultuosas. Pueden pasar
varios días antes de lograr un turno para
cambiar. Las oficinas trabajan de 9 de la mañana
a 4 de la tarde, pero para alcanzar turno hay
que madrugar. Aún así hay que resignarse
a las discusiones y los empujones en la cola.
Los intermediarios rondan como buitres. Crean
problemas en la cola. Se enseñorean de
ella. A veces cuentan con la complicidad de los
dependientes. Los sobornan. Aprovechan el menor
percance para desestimular a los vendedores y
comprarles su carga a menor precio.
Para favorecer a sus amigos o a los que les pagan
sobornos, algunos dependientes retienen los productos
y regulan los canjes. Las oficinas suelen cerrar
a menudo. Los canjes se detienen varios días.
No dan muchas explicaciones. Sólo culpan
a los almacenes provinciales. Alegan que no tienen
capacidad para almacenar.
En varias ocasiones José Luis ha tenido
que esperar días para canjear la chatarra.
Para que no se le amontonara en la casa, que es
muy pequeña, tuvo que construir un cobertizo
en el patio. Utilizó la madera traída
del Cayo. Ya su mujer no tiene espacio donde tender
la ropa en el patio. El hedor del corral del puerco
se mezcla con el de la basura. Es como si hubiera
trasladado a casa la atmósfera del Cayo.
Pero vale la pena. José Luis vende los
artículos que cambia por chatarra. Aunque
vende por debajo del precio de la tienda, le reporta
ganancias. Tiene algunos clientes habituales.
Varios son revendedores. La mercancía sale
rápido. Sólo tiene que cuidarse
de los inspectores.
Ya no necesita hacer trabajos de albañilería.
Gracias a ellos logró atravesar los peores
años del período especial. Ocasionalmente
aceptó por unos meses algún trabajo
estatal para eludir las presiones del jefe del
sector. La cuenta no le daba. Su familia pasaba
necesidades.
El nuevo jefe de sector lo dejó tranquilo.
Está muy atareado vigilando a los muchachos
del barrio, declarado "zona de alta peligrosidad".
Lo de la basura se puede acabar. Nada es eterno.
En este país todo se pone malo. De un día
para otro, de ahora para luego. Entonces inventará
otra cosa. Lo suyo es buscar los pesos para mantener
a sus hijos.
"Soy un luchador", afirma. "Conmigo
no hay casualidad".
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