PRENSA INDEPENDIENTE
Agosto 4 , 2005
 

SOCIEDAD
José Luis, un tipo del Cayo

Luis Cino

LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) - A un costado de la autopista, humeante, maloliente, custodiado por vigilantes y sobrevolado por las auras tiñosas está El Cayo. Es uno de los vertederos de basura que rodean La Habana. A todos los llaman El Cayo, por Cayo Cruz, el más viejo, el mayor y el más renombrado entre los que se ganan la vida buscando en la basura.

José Luis va al Cayo cuatro o cinco veces a la semana. Recorre en bicicleta los más de cuatro kilómetros que lo separan de su casa en El Calvario. Desde hace más de dos años se dedica, a tiempo completo, por cuenta propia y sin licencia, a hurgar en el basurero. Recoge cobre y aluminio para vender al estado.

En estas vacaciones escolares lo acompaña su hijo de 11 años, también en bicicleta. No quisiera exponer al niño al ambiente insalubre del Cayo, pero necesitaba ayuda para buscar y transportar la carga. El muchacho está fuerte para su edad y es hábil, tanto como él, en escarbar las montañas de basura.

Pasan horas allí. Con sus bicicletas a rastro y sin descuidarse se mueven entre los montones de desperdicios como por los salones de una tienda. Se anticipan a los demás buscadores. Nada se les escapa. No desdeñan lo que pueda aparecer. A veces encuentran zapatos que se pueden reparar para usar, o quizás vender. También tablas, latas, botellas vacías, frutas, viandas y hasta algún enlatado que no tenga muy pasada la fecha de vencimiento. Si no lo pueden aprovechar para ellos, sirven para alimentar al cerdo y a las gallinas.

Entre los dos cargan todo en varios sacos que atan a las parrillas de sus bicicletas. Regresan a casa sucios, hambrientos y con sed, pedaleando despacio y bromeando cuando empieza a oscurecer.

José Luis tiene 35 años. Es presumido en el vestir y tiene fama de mujeriego. Si hace unos años alguien la hubiera dicho que iba a vivir de lo que hallara en la basura se hubiera reído del chiste y celebrado tal exceso de imaginación. La vida da vueltas que uno nunca imagina. Todo cambia, y no siempre es para bien. Estos no son tiempos para andar con remilgos ni escrúpulos. Los pesos hay que ir a buscarlos dondequiera que estén. Así sea en El Cayo.

Al principio no fue fácil adaptarse. La peste y las moscas eran una tortura. El humo de las fogatas de desperdicios lo ahogaba y le provocaba escozor en los ojos. El sol de la tarde -la mejor hora para buscar- es un castigo adicional. Si el infierno existe, su aspecto debe ser similar al del Cayo.

En el basurero los descuidos cuestan caro. Varias veces han intentado robarles las bicicletas y las cargas. Siempre lleva oculto en un saco un machete despalmado. No lo ha usado todavía. Ha tenido problemas con los vigilantes y con otros buscadores de basura, pero ya todos lo conocen y respetan. Si vienen policías se avisan unos a otros y se esfuman del lugar.

Peor que el Cayo es el engorroso proceso para vender la chatarra en los puntos de recogida.

En cada municipio el estado ha habilitado oficinas para el cambio y recogida de materia prima para reciclar. En ellas el estado no paga en efectivo por la chatarra. La canjea por productos que sólo se pueden conseguir en las tiendas por divisas: botellas de refrescos, latas de malta, sábanas, frazadas para limpiar los pisos, mochilas.

Las colas son largas y tumultuosas. Pueden pasar varios días antes de lograr un turno para cambiar. Las oficinas trabajan de 9 de la mañana a 4 de la tarde, pero para alcanzar turno hay que madrugar. Aún así hay que resignarse a las discusiones y los empujones en la cola.

Los intermediarios rondan como buitres. Crean problemas en la cola. Se enseñorean de ella. A veces cuentan con la complicidad de los dependientes. Los sobornan. Aprovechan el menor percance para desestimular a los vendedores y comprarles su carga a menor precio.

Para favorecer a sus amigos o a los que les pagan sobornos, algunos dependientes retienen los productos y regulan los canjes. Las oficinas suelen cerrar a menudo. Los canjes se detienen varios días. No dan muchas explicaciones. Sólo culpan a los almacenes provinciales. Alegan que no tienen capacidad para almacenar.

En varias ocasiones José Luis ha tenido que esperar días para canjear la chatarra. Para que no se le amontonara en la casa, que es muy pequeña, tuvo que construir un cobertizo en el patio. Utilizó la madera traída del Cayo. Ya su mujer no tiene espacio donde tender la ropa en el patio. El hedor del corral del puerco se mezcla con el de la basura. Es como si hubiera trasladado a casa la atmósfera del Cayo.

Pero vale la pena. José Luis vende los artículos que cambia por chatarra. Aunque vende por debajo del precio de la tienda, le reporta ganancias. Tiene algunos clientes habituales. Varios son revendedores. La mercancía sale rápido. Sólo tiene que cuidarse de los inspectores.

Ya no necesita hacer trabajos de albañilería. Gracias a ellos logró atravesar los peores años del período especial. Ocasionalmente aceptó por unos meses algún trabajo estatal para eludir las presiones del jefe del sector. La cuenta no le daba. Su familia pasaba necesidades.

El nuevo jefe de sector lo dejó tranquilo. Está muy atareado vigilando a los muchachos del barrio, declarado "zona de alta peligrosidad".

Lo de la basura se puede acabar. Nada es eterno. En este país todo se pone malo. De un día para otro, de ahora para luego. Entonces inventará otra cosa. Lo suyo es buscar los pesos para mantener a sus hijos.

"Soy un luchador", afirma. "Conmigo no hay casualidad".


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