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HISTORIA
La Esquina de Tejas (I)
Oscar Mario González, Grupo Decoro
LA HABANA, septiembre (www.cubanet.org) - A medio
camino entre la Habana Vieja y la Víbora
está enclavado uno de los lugares más
famosos de la capital: La Esquina de Tejas.
La fama le viene de bien atrás. De los
tiempos de la colonia, y está justificada
porque en ella convergen cuatro importantes calzadas:
Infanta, Monte, Cerro y Jesús del Monte.
En lo que al nombre concierne, se le atribuye
al caserío que aquí existía,
cuyas viviendas ostentaban tejas francesas en
sus techos, por aquellos tiempos ya lejanos, cuando
La Habana vivía amurallada.
Con tan pintoresco nombre, y amparada en tan
estratégica posición, la esquina
fue reafirmando su status de lugar obligado y
preferido por los capitalinos.
A principios del siglo pasado una valla de gallos
que allí se construyó vino a reafirmar
su rango de esquina predilecta por todos los amantes
del criollo entretenimiento, quienes iban allí
a probar suerte y a mostrar el valor y la destreza
de sus plumíferos gladiadores.
Era la valla de Tejas algo así como la
meca de la competitividad avícola. Un triunfo
en su ruedo le acreditaba al gallero y al gallo
el equivalente a un título olímpico.
Allí el dinero corría aún
en los peores momentos de la república,
y no pocos quedaron desplumados en las apuestas.
Al lado de la valla existía un lugar de
inexplicable fama y simpatía, como no fuera
porque llevaba el nombre de aquel bizco de cabello
"brillantinoso" que cautivaba a nuestras
abuelas: el cine Valentino.
Era un típico cine de barrio, especializado
en películas mexicanas y argentinas, que
por los años de la década de 1950
eran casi las únicas cintas habladas en
español. Como cualquier otro cine de barrio,
cobraba diez centavos por entrada individual,
exonerando a las féminas del pago los martes,
"Día de las damas".
Enfrente de la valla había un bar cuyo
nombre desentonaba o no se adecuaba a los denominativos
propios de estos comercios. Se llamaba "Bar
Moral", y según me han contado, pero
no he podido verificar, debía su nombre
al apellido del dueño.
En otro ángulo de la esquina se levantaba
un segundo bar con el nombre "Cantabria",
en alusión a esa zona del norte de España,
cuyas costas están bañadas por el
mar del mismo nombre.
Por último, y frente a la valla, se erguía
el edificio más importante de la esquina,
construido en 1926. Es una hermosa edificación
de tres pisos en cuya planta baja radicaba la
panadería "La Cantábrica".
La reiterada alusión a la actual región
autónoma española sugiere presencia
relevante de sus naturales en la Esquina de Tejas
de entonces.
La panadería "tejana", rival
de su vecina que estaba en la Esquina de Toyo,
tenía una bien ganada fama por la calidad
de sus productos. Desde aquellos bonetes que se
despedazaban sobre el plato de potaje o caldo
gallego hasta enchumbarse de caldo y sustancia,
hasta los deliciosos panecitos de tres por cinco
centavos que crujían ante la implacable
presión de los dientes.
Era propio de la esquina el dinamismo y la aglomeración
de público en sus portales y estrechas
aceras, ya fuera para comprar algo en el lugar,
o de paso hacia el mercado de Cuatro Caminos o
hacia la Escuela Normal.
Muchos llegaban allí de tránsito,
con la intención de coger la guagua para
el barrio de La Víbora o para el moderno
y elegante Vedado, donde estaban los mejores cabarets
y magníficos cines de estreno.
Otros, haciendo uso de su boleto transferencia
al precio de dos centavos, cambiaban el rumbo
del recorrido en ómnibus para dirigirse
a Puentes Grandes, Marianao, La Lisa o en sentido
opuesto, para el Capitolio o rumbo al Palacio
Presidencial.
Era esta la imagen de la Esquina desde los años
veinte del siglo pasado hasta los primeros años
de la década de 1960, cuando los bruscos
cambios ocurridos en el país se hicieron
sentir en ese rinconcito tan cercano al corazón
de los capitalinos.
La
Esquina de Tejas (II)
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