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SOCIEDAD
Más que noventa millas
Adrián Leiva, Grupo Decoro
LA HABANA, septiembre (www.cubanet.org) - Un
vecino avisó a mi madre de una llamada
por teléfono. Al retornar la anciana mujer
de la imprevista comunicación venía
envuelta en un mar de llanto. Junto a ella, su
hermana menor se abrazaba, mientras que las lágrimas
corrían por su rostro. La dolorosa escena
que entristecía a toda la familia estaba
motivada por una luctuosa noticia: mi tío
Alberto había fallecido en su hogar de
Miami, víctima de una penosa enfermedad.
De seis hermanos sólo quedan mi madre y
su hermana menor. Los azares de la vida habían
golpeado los corazones de estas dos mujeres, quienes
han perdido a tres hermanos en un lapso de dos
años. En esta ocasión existía
el agravante desconsolador de que las dolientes
no podrían dar el último adiós
a su cercano pariente.
En estos cuarenta y cinco años la división
de la familia cubana ha sido más acuciante
por el hecho de la emigración con las características
que distingue a la que ha desangrado a la Mayor
de las Antillas cuando miles de sus hijos han
buscado en otras tierras una vida con mejores
perspectivas de desarrollo y libertad. Vivencias
dolorosas como ésta se han repetido incesantemente
en el seno de muchos hogares de la Isla y fuera
de ella. Hijos, madres, padres o hermanos han
sentido avivar el sufrimiento al no poder estar
presentes en los momentos finales de sus seres
queridos o a la despedida fúnebre, a ambos
lados del Estrecho de la Florida.
La funeraria es el lugar de encuentro de todos
los familiares reunidos para compartir el dolor
de la pérdida de uno de sus miembros. Es
también el lugar donde acuden los recuerdos,
donde se originan reconciliaciones, y quizás
el momento de inflexión para un cambio
en las relaciones que a veces se han hecho lejanas
o frías. La muerte es un momento para reflexionar
y por ello la hora de reunión junto al
féretro constituye un gesto sagrado en
la costumbre del cubano, de sus valores y sentimientos
como pueblo.
Mi tío Alberto había emigrado a
principios de los años ochenta, pero su
corazón había quedado en Cuba, algo
que ratificó en las dos únicas visitas
que realizó a la Isla tres años
antes de su muerte. Había vivido en uno
de los barrios del Cerro donde le conocían
como Alberto el Ronco debido al característico
acento de su voz. Querido y respetado por amigos
y vecinos, era un hombre trabajador, buen padre
de familia, respetuoso de las tradiciones y servicial
con sus semejantes.
Heredero de la tradición familiar fundada
por Amado León, dueño de la línea
de ómnibus ruta 58, mi tío ejerció
desde temprana edad el oficio de guagüero,
como se le dice en Cuba a los chóferes
de autobuses. Con la experiencia adquirida en
su trabajo pasaría a trabajar en una ruta
de viajes inter-provinciales, cubriendo el itinerario
entre Santiago de Cuba y La Habana. Después
de la intervención estatal del servicio
de trasporte público, pasó su última
etapa en Cuba laborando en la ruta 104 de la terminal
de Palatino, donde a pesar del tiempo transcurrido
desde su partida es recordado por su constancia
y puntualidad, tanto entre los viejos empleados
como por los pasajeros que hacían su trayecto
habitual en esta ruta.
En los Estados Unidos también trabajó
en el giro del timón, llegando a manejar
hasta su jubilación en una línea
que cubría el trayecto de Miami a New York.
Al conocer su enfermedad decidió realizar
dos viajes a su tierra natal. Sus paseos principales
fueron la tumba donde reposan los restos de su
madre y el recorrido de sus queridas calles del
Cerro para saludar a antiguos vecinos y amigos.
Hacia todos ellos tuvo un gesto de amistad y cariño,
como corresponde a quien no olvida su origen ni
su gente. Consciente de su enfermedad hacía
manifestación del dolor de saber que sus
restos no serían sepultados en el añorado
terruño. En su corazón llevó
el recuerdo de los años vividos en Cuba
y las experiencias de estos postreros viajes.
Varias han sido las visitas de personas conocidas
al hogar de mi familia a fin de presentar las
condolencias a los parientes de Alberto. En el
recuerdo de todos queda su imagen rodeada de las
alegrías y tristezas que conforman la vida
cotidiana de una familia cubana, como tantas en
el país o fuera de él, para quienes
sus miembros significan mucho más que la
distancia de noventa millas que les separa.
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