PRENSA INDEPENDIENTE
Septiembre 16, 2004
 

ECOLOGIA
Intentan rescatar frutas en extinción

Reinaldo Cosano Alén

LA HABANA, septiembre (www.cubanet.org) - El anuncio reciente de un programa local en la provincia Las Tunas para fomentar el cultivo de especies frutales en peligro de extinción invita a reflexionar.

El intento puede calificarse como positivo y muy necesario, aunque tardío, porque de la dieta del cubano actual promedio han desaparecido casi por completo las frutas, de las que siempre fue muy goloso desde épocas pretéritas. Tan importantes, además, para conservar y restaurar la salud.

La noticia expone que el rescate será de frutas autóctonas, en cuyo útil empeño de terapia de la naturaleza se dispone de unos tres mil trabajadores habituales y de los lugareños de unos doscientos barrios rurales; asentamientos que, curiosamente, tienen nombres de frutas.

Unos cien trabajadores jubilados han donado varios millones de posturas durante ocho años, logradas en los patios de sus viviendas.

Existe una finca estatal sementera de 13,2 hectáreas en las que hay ya sembradas unas cien especies de las 143 reconocidas como frutas autóctonas tropicales, aunque difícilmente se podrá alcanzar la cifra total de representatividad florística, porque es casi imposible localizar algunas de esas especies, dadas por desaparecidas, como ya ha ocurrido con el plátano (banano) manzano, así llamado por su parecido a la manzana en aroma y color, que pocos años después de 1959 se dejó de ver quizás para siempre. Esta sabrosa fruta era obtenida en el pasado por manejo genético natural, cuando entonces era desconocida casi por completo esa posibilidad técnica científica, como hoy día.
Aunque se ha buscado por muchas partes simientes del plátano manzano, la búsqueda ha resultado infructuosa. Sólo queda escudriñar palmo a palmo toda la geografía cubana.

Entre las frutas del país en peligro de extinción están el anón y la chirimoya, reputados pos su dulce crema; el violáceo caimito; el níspero; el marañón -que aprieta la boca-, de semilla grande por fuera que tostada es comestible, verdadera rareza de la naturaleza; la guanábana, en sus dos variedades de masa dulce o ácida, con la que desde la colonia los abuelos y amas de casa confeccionaban un delicioso refresco: la champola.

Estos cultivos, como casi todos los otros, han quedado reducidos al estrecho marco de patios y jardines de viviendas. El también delicioso rojo zapote, según el habla del oriente del país, o mamey, como se le conoce al centro y occidente. Como también la papaya, al oriente, pero fruta bomba -que nada tiene de bomba, de insípida-, en el occidente; el corojo, sabrosa nuez recubierta por durísima cáscara que hay que partir a golpes y semeja un coco en miniatura, de apenas centímetro y medio; la pomarrosa o manzana del río -por crecer en las riberas-; y hasta el "humilde" capulí, pequeñita cereza, y la guayaba, de la que se dice no es posible esconder porque su fuerte y agradable aroma delata el escondite, están entre las frutas autónomas amenazadas con desaparecer, si no se realiza un intento mayor que el reservorio florístico de Las Tunas, porque la situación es la misma en todas las regiones de la Isla.

La piña -ananás en lengua indígena- ha tenido mejor suerte. El centralismo estatal se ocupó del fomento de esta fruta en grandes extensiones de tierras, principalmente para la exportación. Lo que parece haber sido siempre su destino primero, si recordamos que los conquistadores españoles con Colón al frente, subyugados sus paladares por esta fruta -aunque por otras también- la llevaron como obsequio a sus majestades los Reyes Católicos. Desde entonces, por su rico sabor, su jugosa pulpa y corona verde, es llamada la "reina de las frutas".

Parecida posibilidad de "salvación", y por la misma razón económica, aunque no oriundas de Cuba, sino adaptadas perfectamente a nuestro suelo y clima, tienen la toronja y la naranja dulce, cuyo destino principal no es el mercado interno, sino la exportación. Sólo remanentes de cosecha de estas frutas se comercializan, no de la mejor manera, en el interior del país.

Pero variedades de estos cítricos, como la naranja lima y la mandarina, también logrados en Cuba, casi constituyen una rareza vegetal. Muy raro es hoy ver un canistel o el "fruto del pan", de origen africano; lo mismo que el mamoncillo y el tamarindo, de igual origen, pero más abundantes por ser plantas de producción muy prolifera.

Antes de 1959 -siempre habrá que hacer referencia a esta fecha- nunca faltaron las frutas en la mesa del cubano. Tanto las importadas principalmente de California y de España, entre éstas peras, manzanas, melocotones, uvas, ciruelas, dátiles -frescos o secos- a precios razonables. Y ni hablar de las producidas en el país, que en ocasiones se regalaban.

Entonces, de tanta abundancia, no constituía delito hurtar frutas en el cercado ajeno. Incluso se plantaban frutales en las veras de los caminos por particulares para, puestos casi en las manos, desviar la intención de saltar las cercas. Ese edén sólo subsiste en el recuerdo de las más viejas generaciones de cubanos.

Parece verdadera paradoja que mientras están a punto de desaparecer especies frutales oriundas o aclimatadas -tampoco olvidamos al higo, traído de España, menos que aguja en pajar-, en años recientes una fruta asiática, el noi, perfectamente adaptada en Cuba por nutritiva y medicinal, suscitó la atención de científicos y el gusto de los ciudadanos. ¡Bienvenido el noi! Pero quiera Dios que algún día podamos recuperar el legítimo plátano manzano, y que también en la mesa del cubano reaparezcan las necesarias frutas, porque ni siquiera en hoteles de cinco estrellas, sólo para turistas extranjeros, se puede ofrecer una oferta variada de frutas del país, ya que para colmo -declarado por las propias autoridades del sector turístico- frutos y vegetales ha habido que importarlos para esos centros turísticos que operan con divisas.

Quien quiera detenerse a cuestionar por qué se ha llegado a esta situación, que se debe revertir si fuera posible con toda urgencia y no sólo en Las Tunas, deberá fijarse en los grandes errores en el manejo de la agricultura y la economía, que allanaron el camino de la anómala situación, no sólo referida a las plantaciones frutícolas, sino a toda la flora y la fauna, en el intento de desarrollar la ganadería, lo mismo que la siembra de arroz y otros cultivos como plátanos y viandas. Unido a esto, el portentoso pero inútil empeño de alcanzar en 1970 una zafra de diez millones de toneladas de azúcar, se convirtieron en planes gigantes devoradores de miles de hectáreas de los ya para entonces muy deprimidos bosques, incluidos las plantaciones frutales.

Las errores por el enorme desequilibrio ecológico, madre naturaleza los cobra ahora a un precio demasiado alto, con la pronunciada sequía que asola muchas de las provincias del país, el consiguiente calor y la escasez de agua y alimentos, que pone a las actuales y siguientes generaciones de cubanos en la imperiosa necesidad de tratar de reconstruir la naturaleza, mutilada, en desesperado intento de acercamiento al Génesis bíblico, cuando Dios creó el mundo y también nuestra Isla.

 


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