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ECOLOGIA
Intentan rescatar frutas en extinción
Reinaldo Cosano Alén
LA HABANA, septiembre (www.cubanet.org) - El
anuncio reciente de un programa local en la provincia
Las Tunas para fomentar el cultivo de especies
frutales en peligro de extinción invita
a reflexionar.
El intento puede calificarse como positivo y
muy necesario, aunque tardío, porque de
la dieta del cubano actual promedio han desaparecido
casi por completo las frutas, de las que siempre
fue muy goloso desde épocas pretéritas.
Tan importantes, además, para conservar
y restaurar la salud.
La noticia expone que el rescate será
de frutas autóctonas, en cuyo útil
empeño de terapia de la naturaleza se dispone
de unos tres mil trabajadores habituales y de
los lugareños de unos doscientos barrios
rurales; asentamientos que, curiosamente, tienen
nombres de frutas.
Unos cien trabajadores jubilados han donado varios
millones de posturas durante ocho años,
logradas en los patios de sus viviendas.
Existe una finca estatal sementera de 13,2 hectáreas
en las que hay ya sembradas unas cien especies
de las 143 reconocidas como frutas autóctonas
tropicales, aunque difícilmente se podrá
alcanzar la cifra total de representatividad florística,
porque es casi imposible localizar algunas de
esas especies, dadas por desaparecidas, como ya
ha ocurrido con el plátano (banano) manzano,
así llamado por su parecido a la manzana
en aroma y color, que pocos años después
de 1959 se dejó de ver quizás para
siempre. Esta sabrosa fruta era obtenida en el
pasado por manejo genético natural, cuando
entonces era desconocida casi por completo esa
posibilidad técnica científica,
como hoy día.
Aunque se ha buscado por muchas partes simientes
del plátano manzano, la búsqueda
ha resultado infructuosa. Sólo queda escudriñar
palmo a palmo toda la geografía cubana.
Entre las frutas del país en peligro de
extinción están el anón y
la chirimoya, reputados pos su dulce crema; el
violáceo caimito; el níspero; el
marañón -que aprieta la boca-, de
semilla grande por fuera que tostada es comestible,
verdadera rareza de la naturaleza; la guanábana,
en sus dos variedades de masa dulce o ácida,
con la que desde la colonia los abuelos y amas
de casa confeccionaban un delicioso refresco:
la champola.
Estos cultivos, como casi todos los otros, han
quedado reducidos al estrecho marco de patios
y jardines de viviendas. El también delicioso
rojo zapote, según el habla del oriente
del país, o mamey, como se le conoce al
centro y occidente. Como también la papaya,
al oriente, pero fruta bomba -que nada tiene de
bomba, de insípida-, en el occidente; el
corojo, sabrosa nuez recubierta por durísima
cáscara que hay que partir a golpes y semeja
un coco en miniatura, de apenas centímetro
y medio; la pomarrosa o manzana del río
-por crecer en las riberas-; y hasta el "humilde"
capulí, pequeñita cereza, y la guayaba,
de la que se dice no es posible esconder porque
su fuerte y agradable aroma delata el escondite,
están entre las frutas autónomas
amenazadas con desaparecer, si no se realiza un
intento mayor que el reservorio florístico
de Las Tunas, porque la situación es la
misma en todas las regiones de la Isla.
La piña -ananás en lengua indígena-
ha tenido mejor suerte. El centralismo estatal
se ocupó del fomento de esta fruta en grandes
extensiones de tierras, principalmente para la
exportación. Lo que parece haber sido siempre
su destino primero, si recordamos que los conquistadores
españoles con Colón al frente, subyugados
sus paladares por esta fruta -aunque por otras
también- la llevaron como obsequio a sus
majestades los Reyes Católicos. Desde entonces,
por su rico sabor, su jugosa pulpa y corona verde,
es llamada la "reina de las frutas".
Parecida posibilidad de "salvación",
y por la misma razón económica,
aunque no oriundas de Cuba, sino adaptadas perfectamente
a nuestro suelo y clima, tienen la toronja y la
naranja dulce, cuyo destino principal no es el
mercado interno, sino la exportación. Sólo
remanentes de cosecha de estas frutas se comercializan,
no de la mejor manera, en el interior del país.
Pero variedades de estos cítricos, como
la naranja lima y la mandarina, también
logrados en Cuba, casi constituyen una rareza
vegetal. Muy raro es hoy ver un canistel o el
"fruto del pan", de origen africano;
lo mismo que el mamoncillo y el tamarindo, de
igual origen, pero más abundantes por ser
plantas de producción muy prolifera.
Antes de 1959 -siempre habrá que hacer
referencia a esta fecha- nunca faltaron las frutas
en la mesa del cubano. Tanto las importadas principalmente
de California y de España, entre éstas
peras, manzanas, melocotones, uvas, ciruelas,
dátiles -frescos o secos- a precios razonables.
Y ni hablar de las producidas en el país,
que en ocasiones se regalaban.
Entonces, de tanta abundancia, no constituía
delito hurtar frutas en el cercado ajeno. Incluso
se plantaban frutales en las veras de los caminos
por particulares para, puestos casi en las manos,
desviar la intención de saltar las cercas.
Ese edén sólo subsiste en el recuerdo
de las más viejas generaciones de cubanos.
Parece verdadera paradoja que mientras están
a punto de desaparecer especies frutales oriundas
o aclimatadas -tampoco olvidamos al higo, traído
de España, menos que aguja en pajar-, en
años recientes una fruta asiática,
el noi, perfectamente adaptada en Cuba por nutritiva
y medicinal, suscitó la atención
de científicos y el gusto de los ciudadanos.
¡Bienvenido el noi! Pero quiera Dios que
algún día podamos recuperar el legítimo
plátano manzano, y que también en
la mesa del cubano reaparezcan las necesarias
frutas, porque ni siquiera en hoteles de cinco
estrellas, sólo para turistas extranjeros,
se puede ofrecer una oferta variada de frutas
del país, ya que para colmo -declarado
por las propias autoridades del sector turístico-
frutos y vegetales ha habido que importarlos para
esos centros turísticos que operan con
divisas.
Quien quiera detenerse a cuestionar por qué
se ha llegado a esta situación, que se
debe revertir si fuera posible con toda urgencia
y no sólo en Las Tunas, deberá fijarse
en los grandes errores en el manejo de la agricultura
y la economía, que allanaron el camino
de la anómala situación, no sólo
referida a las plantaciones frutícolas,
sino a toda la flora y la fauna, en el intento
de desarrollar la ganadería, lo mismo que
la siembra de arroz y otros cultivos como plátanos
y viandas. Unido a esto, el portentoso pero inútil
empeño de alcanzar en 1970 una zafra de
diez millones de toneladas de azúcar, se
convirtieron en planes gigantes devoradores de
miles de hectáreas de los ya para entonces
muy deprimidos bosques, incluidos las plantaciones
frutales.
Las errores por el enorme desequilibrio ecológico,
madre naturaleza los cobra ahora a un precio demasiado
alto, con la pronunciada sequía que asola
muchas de las provincias del país, el consiguiente
calor y la escasez de agua y alimentos, que pone
a las actuales y siguientes generaciones de cubanos
en la imperiosa necesidad de tratar de reconstruir
la naturaleza, mutilada, en desesperado intento
de acercamiento al Génesis bíblico,
cuando Dios creó el mundo y también
nuestra Isla.
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