PRENSA INDEPENDIENTE
Septiembre 13, 2004
 

CULTURA
Humor y teatro en La Habana

Miguel Saludes

LA HABANA, septiembre (www.cubanet.org) - En Cuba se ha hablado mucho sobre la crisis que padece el humor criollo y que se nota en la ausencia de programas, radiados o televisados dedicados a provocar la risa espontánea del público. Ciertamente, tanto en la televisión como en la radio cubana, existe poca presencia humorística, con raras excepciones.

Con un programa televisivo semanal ("Jura decir la Verdad"), esporádicas apariciones en la pantalla de actores cómicos y un antológico "Alegrías de Sobremesa" mantenido por los libretos del tesonero Humberto Luberta, es lógico hablar de crisis en una sociedad tan propensa a reír, aún cuando ello implique burlarse de la precariedad en que vive.

Las causas de esta falta de espacios para la comicidad en los medios de comunicación de la Isla pueden ser varias, pero asumo que la principal sea el rigor de una censura establecida con el fin de romper el binomio inseparable que conforman el humor y la crítica. Eso puede explicar lo ocurrido con el tabloide DDT, donde cada semana aparecían agudos escritos y caricaturas satíricas que motivaban la sonrisa junto con la reflexión. Aquel suplemento quedó reducido a la última página dominical del periódico Juventud Rebelde con propuestas que distan mucho de las realizadas en la época de su apogeo. Solamente ha sobrevivido Palante, un periódico dedicado al humor político de carácter partidista, cuyas humoradas mayoritariamente están dirigidas hacia el imperialismo yanqui, la burocracia perteneciente al rango administrativo y a fustigar rasgos negativos que aparecen en el medio social, no sé si considerados todavía rezagos del pasado capitalista.

Pero el humor mordaz y abierto subsiste en algunos teatros y cabarets de La Habana, los que se han convertido en una especie de reservas de la risa libre. Después de varios años sin realizar una actividad que antes hacía con bastante frecuencia, durante este verano decidí romper con la rutina y estuve en varios de estos espectáculos. En las tres locaciones en las que estuve pude apreciar que la traba que pesa sobre el humorismo cubano radica en el sistema que nos atrapa a todos. Es éste y no el humor el que realmente pasa por una profunda crisis.

El humor que se hace en las tablas de algunos recintos de nuestra capital presenta algunas diferencias con el que nos divertía antes de los noventa. Entonces había numerosos grupos de teatro que gozaban de gran popularidad y renombre por el trabajo que realizaban. De algunos de ellos sólo quedan restos, como ocurre con la matancera "Seña del Humor", condensada en unos pocos integrantes. Esta agrupación elaboraba un programa muy refinado y universal al estilo de los argentinos Les Luthieres, pero con características muy nuestras. Otras agrupaciones se disolvieron, como ocurrió con el extinto Conjunto Nacional de Espectáculos dirigido por Alejandro García (Virulo), quien hoy reside, o trabaja, en México. Aquel Conjunto hacía un humor culto, que incluía el trabajo musical y la utilización del doble sentido con una gracia particular. Su crítica estaba enfilada cuidadosamente hacia los problemas que enfrentaba la sociedad en esos momentos y de manera más abierta contra la burocracia de corte socialista.

Peor suerte corrió el teatro bufo, que tuvo muy buenas épocas en el Teatro Martí y posteriormente en el Musical de La Habana. Las dos salas hoy permanecen cerradas y en estado ruinoso, mientras que el tipo de teatro que se representaba en ellas parece haber caído en el olvido.

El humor que se hace en estos días es bastante crítico y quizás pueda decirse que más agudo, abierto y crudo que el de la etapa precedente. Los humoristas trabajan de manera individual o en pequeños grupos de hasta cuatro actores. A veces en el espectáculo de uno de ellos coinciden ocasionalmente otros a manera de invitados. Así ocurre con los jueves de Mariconchi en el teatro América, donde este actor alterna siempre con diferentes colegas del género.

El público abarrota las pocas salas donde estos encuentros se producen, incluso parados en los pasillos. La risa está pronta para recibir cada bocadillo donde se hace referencia a la dura realidad vivida por el pueblo cubano. Por ejemplo, uno de los invitados, que había interpretado una serie de parodias basadas en conocidas melodías, al finalizar la que retomaba la balada "Es Verdad", improvisó una especie de discurso para manifestar que aunque decir la verdad costara que algunos funcionarios quisieran romperle la cabeza a los artistas, ésta era para ser dicha y no para mantenerla acallada. Los presentes, puestos de pie, aplaudieron lo manifestado.

En diferente escenario un actor muy conocido preparó una simpática narración en la que se remontaba al tiempo en que estuvo en el vientre de su madre. Decía recordar la oscuridad reinante en el seno materno, como si su progenitora estuviera siendo afectada por apagones internos. Se quejaba además del aburrimiento y el silencio tremendo que lo rodeó por espacio de nueve meses y que le hizo desesperar por nacer. Después de una pausa continuó para concluir: "Bueno, a veces pienso que sigo viviendo en el vientre de mi madre". Los espectadores primeramente rieron, pero seguidamente prorrumpieron en cerrada ovación. En otro momento de su actuación trajo a colación el problema de la leche diciendo que él nunca tomaba ese alimento y seguidamente expresó: "Bueno, como casi todo el mundo aquí" -breve pausa- "Claro, porque no nos gusta". La gente hizo el mismo gesto aprobatorio que se ha hecho característico cuando ocurren estas intervenciones.

Es difícil lograr que el humor enmudezca. Su lengua ríspida y punzante es una espada imprescindible en cualquier circunstancia, sobre todo cuando las cosas van peor.
Todavía más punzante suelen ser los shows que se presentan en lugares donde se cotiza la entrada en divisas, como si el pago con moneda fuerte garantizara cierta patente de liberalidad. Pero diez dólares por persona no es una cantidad de la que puedan disponer muchos en Cuba para gastarla en un lujo como éste. Por ello ese humor, hecho para un público selecto, conformado muchas veces por personas cercanas al círculo donde radica el poder de la censura, no merece gran atención.

Es bueno señalar también, a manera de crítica, que este humor de nuestros días, descarnado y cruel, apela mucho al chiste de corte alvarezguediano para buscar la risa rápida. Muchas veces hace uso y abuso de la mala palabra, hiriendo en ocasiones por el desenfado con que se emplean estos vocablos. No se mide si en el espectáculo hay niños o menores de edad, aunque son los mismos padres los que llevan a los infantes al espectáculo. Por una parte, nadie les advierte del contenido que van a escuchar allí y por otra, tampoco a los progenitores les interesa saber si sus hijos están preparados adecuadamente para escuchar o ver la función, o si de acuerdo a su edad van a tener la capacidad para entender el contenido de lo representado. Me dio pena escuchar a una niña de escasos siete años preguntar a su mamá sobre el significado de la palabra lesbiana. No llegué a entender lo explicado por la joven madre, pero temo que por salir del paso recurrió a un disparate.

Paralelo a la cuestión de los espectáculos de humorismo está el problema de las instalaciones donde éstos se efectúan. Las salas que han quedado para las funciones de teatro, al menos las visitadas, presentan casi todas agudos inconvenientes con la climatización. O el aire acondicionado no existe, o se regula tan mezquinamente que no se siente. El América, una bella edificación que antes funcionaba como uno de los mejores cines de La Habana, apenas tiene luces y resuelve la falta de éstas con un proyector que se mantiene fijo hacia el público hasta el comienzo del acto. Esto, además de molestar la vista del auditorio tan pródigamente iluminado, crea la desagradable impresión de estar en un campo de concentrados. La ventilación trata de garantizarse con los ventiladores de pared que se mantienen apagados hasta que comienza la función.

Por su parte, la mayoría de los concurrentes a los lugares públicos ha perdido la compostura que le caracterizó en otros tiempos. Los que llenaban los cines y teatros de La Habana antes de este período llamado "especial", mantenían una conversación mesurada mientras esperaban el comienzo del programa. Ahora hablan en voz alta, gritan, y entablan un parloteo que se mantiene casi todo el tiempo, aún después de empezado el espectáculo. Para contribuir mejor con esta situación se mantiene una música (¿ambiental?) a todo volumen, que sale a través del sistema de audio con un nivel de decibeles exageradamente elevado. La bulla expuesta no tiene nada que ver con el lugar o con lo que va a ser presentado, llegándose a perder la noción de si el local es una discoteca, un salón de baile popular o el reducto de una agrupación roquera. Esto propicia que el público alce las voces para sobrepasar el ruido de la música, a la que pocos están atentos.

Así, entre cosas buenas y no tan buenas, en instalaciones donde cada vez van quedando menos condiciones para el disfrute sano de la risa, se mantiene con vida el humor cubano. No ha muerto, pero sí padece los mismos males de la sociedad donde sobrevive. Hay que dar gracias a nuestros humoristas, pues es por ellos que a pesar de todo y contra todo pronóstico se mantienen vivas la risa y la crítica, tan necesarias para el desarrollo de cualquier sociedad. Ello ayuda a que el pensamiento transite con alegría hacia la localización de nuestros problemas, su reconocimiento y la reflexión para mejorar o cambiar lo que se esconde bajo nuestra risa burlona: aquello que nos divierte y devora al mismo tiempo.

 


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