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CULTURA
Humor y teatro en La Habana
Miguel Saludes
LA HABANA, septiembre (www.cubanet.org) - En
Cuba se ha hablado mucho sobre la crisis que padece
el humor criollo y que se nota en la ausencia
de programas, radiados o televisados dedicados
a provocar la risa espontánea del público.
Ciertamente, tanto en la televisión como
en la radio cubana, existe poca presencia humorística,
con raras excepciones.
Con un programa televisivo semanal ("Jura
decir la Verdad"), esporádicas apariciones
en la pantalla de actores cómicos y un
antológico "Alegrías de Sobremesa"
mantenido por los libretos del tesonero Humberto
Luberta, es lógico hablar de crisis en
una sociedad tan propensa a reír, aún
cuando ello implique burlarse de la precariedad
en que vive.
Las causas de esta falta de espacios para la
comicidad en los medios de comunicación
de la Isla pueden ser varias, pero asumo que la
principal sea el rigor de una censura establecida
con el fin de romper el binomio inseparable que
conforman el humor y la crítica. Eso puede
explicar lo ocurrido con el tabloide DDT, donde
cada semana aparecían agudos escritos y
caricaturas satíricas que motivaban la
sonrisa junto con la reflexión. Aquel suplemento
quedó reducido a la última página
dominical del periódico Juventud Rebelde
con propuestas que distan mucho de las realizadas
en la época de su apogeo. Solamente ha
sobrevivido Palante, un periódico dedicado
al humor político de carácter partidista,
cuyas humoradas mayoritariamente están
dirigidas hacia el imperialismo yanqui, la burocracia
perteneciente al rango administrativo y a fustigar
rasgos negativos que aparecen en el medio social,
no sé si considerados todavía rezagos
del pasado capitalista.
Pero el humor mordaz y abierto subsiste en algunos
teatros y cabarets de La Habana, los que se han
convertido en una especie de reservas de la risa
libre. Después de varios años sin
realizar una actividad que antes hacía
con bastante frecuencia, durante este verano decidí
romper con la rutina y estuve en varios de estos
espectáculos. En las tres locaciones en
las que estuve pude apreciar que la traba que
pesa sobre el humorismo cubano radica en el sistema
que nos atrapa a todos. Es éste y no el
humor el que realmente pasa por una profunda crisis.
El humor que se hace en las tablas de algunos
recintos de nuestra capital presenta algunas diferencias
con el que nos divertía antes de los noventa.
Entonces había numerosos grupos de teatro
que gozaban de gran popularidad y renombre por
el trabajo que realizaban. De algunos de ellos
sólo quedan restos, como ocurre con la
matancera "Seña del Humor", condensada
en unos pocos integrantes. Esta agrupación
elaboraba un programa muy refinado y universal
al estilo de los argentinos Les Luthieres, pero
con características muy nuestras. Otras
agrupaciones se disolvieron, como ocurrió
con el extinto Conjunto Nacional de Espectáculos
dirigido por Alejandro García (Virulo),
quien hoy reside, o trabaja, en México.
Aquel Conjunto hacía un humor culto, que
incluía el trabajo musical y la utilización
del doble sentido con una gracia particular. Su
crítica estaba enfilada cuidadosamente
hacia los problemas que enfrentaba la sociedad
en esos momentos y de manera más abierta
contra la burocracia de corte socialista.
Peor suerte corrió el teatro bufo, que
tuvo muy buenas épocas en el Teatro Martí
y posteriormente en el Musical de La Habana. Las
dos salas hoy permanecen cerradas y en estado
ruinoso, mientras que el tipo de teatro que se
representaba en ellas parece haber caído
en el olvido.
El humor que se hace en estos días es
bastante crítico y quizás pueda
decirse que más agudo, abierto y crudo
que el de la etapa precedente. Los humoristas
trabajan de manera individual o en pequeños
grupos de hasta cuatro actores. A veces en el
espectáculo de uno de ellos coinciden ocasionalmente
otros a manera de invitados. Así ocurre
con los jueves de Mariconchi en el teatro América,
donde este actor alterna siempre con diferentes
colegas del género.
El público abarrota las pocas salas donde
estos encuentros se producen, incluso parados
en los pasillos. La risa está pronta para
recibir cada bocadillo donde se hace referencia
a la dura realidad vivida por el pueblo cubano.
Por ejemplo, uno de los invitados, que había
interpretado una serie de parodias basadas en
conocidas melodías, al finalizar la que
retomaba la balada "Es Verdad", improvisó
una especie de discurso para manifestar que aunque
decir la verdad costara que algunos funcionarios
quisieran romperle la cabeza a los artistas, ésta
era para ser dicha y no para mantenerla acallada.
Los presentes, puestos de pie, aplaudieron lo
manifestado.
En diferente escenario un actor muy conocido
preparó una simpática narración
en la que se remontaba al tiempo en que estuvo
en el vientre de su madre. Decía recordar
la oscuridad reinante en el seno materno, como
si su progenitora estuviera siendo afectada por
apagones internos. Se quejaba además del
aburrimiento y el silencio tremendo que lo rodeó
por espacio de nueve meses y que le hizo desesperar
por nacer. Después de una pausa continuó
para concluir: "Bueno, a veces pienso que
sigo viviendo en el vientre de mi madre".
Los espectadores primeramente rieron, pero seguidamente
prorrumpieron en cerrada ovación. En otro
momento de su actuación trajo a colación
el problema de la leche diciendo que él
nunca tomaba ese alimento y seguidamente expresó:
"Bueno, como casi todo el mundo aquí"
-breve pausa- "Claro, porque no nos gusta".
La gente hizo el mismo gesto aprobatorio que se
ha hecho característico cuando ocurren
estas intervenciones.
Es difícil lograr que el humor enmudezca.
Su lengua ríspida y punzante es una espada
imprescindible en cualquier circunstancia, sobre
todo cuando las cosas van peor.
Todavía más punzante suelen ser
los shows que se presentan en lugares donde se
cotiza la entrada en divisas, como si el pago
con moneda fuerte garantizara cierta patente de
liberalidad. Pero diez dólares por persona
no es una cantidad de la que puedan disponer muchos
en Cuba para gastarla en un lujo como éste.
Por ello ese humor, hecho para un público
selecto, conformado muchas veces por personas
cercanas al círculo donde radica el poder
de la censura, no merece gran atención.
Es bueno señalar también, a manera
de crítica, que este humor de nuestros
días, descarnado y cruel, apela mucho al
chiste de corte alvarezguediano para buscar la
risa rápida. Muchas veces hace uso y abuso
de la mala palabra, hiriendo en ocasiones por
el desenfado con que se emplean estos vocablos.
No se mide si en el espectáculo hay niños
o menores de edad, aunque son los mismos padres
los que llevan a los infantes al espectáculo.
Por una parte, nadie les advierte del contenido
que van a escuchar allí y por otra, tampoco
a los progenitores les interesa saber si sus hijos
están preparados adecuadamente para escuchar
o ver la función, o si de acuerdo a su
edad van a tener la capacidad para entender el
contenido de lo representado. Me dio pena escuchar
a una niña de escasos siete años
preguntar a su mamá sobre el significado
de la palabra lesbiana. No llegué a entender
lo explicado por la joven madre, pero temo que
por salir del paso recurrió a un disparate.
Paralelo a la cuestión de los espectáculos
de humorismo está el problema de las instalaciones
donde éstos se efectúan. Las salas
que han quedado para las funciones de teatro,
al menos las visitadas, presentan casi todas agudos
inconvenientes con la climatización. O
el aire acondicionado no existe, o se regula tan
mezquinamente que no se siente. El América,
una bella edificación que antes funcionaba
como uno de los mejores cines de La Habana, apenas
tiene luces y resuelve la falta de éstas
con un proyector que se mantiene fijo hacia el
público hasta el comienzo del acto. Esto,
además de molestar la vista del auditorio
tan pródigamente iluminado, crea la desagradable
impresión de estar en un campo de concentrados.
La ventilación trata de garantizarse con
los ventiladores de pared que se mantienen apagados
hasta que comienza la función.
Por su parte, la mayoría de los concurrentes
a los lugares públicos ha perdido la compostura
que le caracterizó en otros tiempos. Los
que llenaban los cines y teatros de La Habana
antes de este período llamado "especial",
mantenían una conversación mesurada
mientras esperaban el comienzo del programa. Ahora
hablan en voz alta, gritan, y entablan un parloteo
que se mantiene casi todo el tiempo, aún
después de empezado el espectáculo.
Para contribuir mejor con esta situación
se mantiene una música (¿ambiental?)
a todo volumen, que sale a través del sistema
de audio con un nivel de decibeles exageradamente
elevado. La bulla expuesta no tiene nada que ver
con el lugar o con lo que va a ser presentado,
llegándose a perder la noción de
si el local es una discoteca, un salón
de baile popular o el reducto de una agrupación
roquera. Esto propicia que el público alce
las voces para sobrepasar el ruido de la música,
a la que pocos están atentos.
Así, entre cosas buenas y no tan buenas,
en instalaciones donde cada vez van quedando menos
condiciones para el disfrute sano de la risa,
se mantiene con vida el humor cubano. No ha muerto,
pero sí padece los mismos males de la sociedad
donde sobrevive. Hay que dar gracias a nuestros
humoristas, pues es por ellos que a pesar de todo
y contra todo pronóstico se mantienen vivas
la risa y la crítica, tan necesarias para
el desarrollo de cualquier sociedad. Ello ayuda
a que el pensamiento transite con alegría
hacia la localización de nuestros problemas,
su reconocimiento y la reflexión para mejorar
o cambiar lo que se esconde bajo nuestra risa
burlona: aquello que nos divierte y devora al
mismo tiempo.
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