PRENSA INDEPENDIENTE
Septiembre 9, 2004
 

PRISIONES
Cervantes

Cubanacán Press

SANTA CLARA, septiembre (www.cubanet.org) - Cervantes no es un reo como otro cualquiera. Dentro de las ergástulas castristas abrazó las ideas justas para resarcir los males de la patria agobiada por casi medio siglo. Allí adquirió la tuberculosis y desde entonces ha sufrido como nadie las torturas más horrendas del sistema carcelario cubano.

Nació en el seno de una familia campesina allá por el año 1968 en un pueblito llamado Matías del municipio Tercer Frente en la provincia de Santiago de Cuba. Cuando andaba por los siete años ocurrieron algunos hechos que jamás ha podido olvidar. La familia pierde la parcela de tierra que poseía y sus padres se divorcian. Él quedó solo con su padre, mientras su madre con siete de sus hermanos se marcha con rumbo desconocido. Comienza -así él lo llama- diáspora familiar, el dolor y las lágrimas.

Allí en Matías cursó los estudios primarios, pero en su casa tenía hasta que lavar los pantalones del padre para que no se pudrieran dentro de las bateas. En la escuela lo tomaban de ejemplo por el mal porte y aspecto; veían la suciedad de sus ropas, pero nadie alcanzaba ver la tragedia familiar del niño.

Creció y sobrevivió como un perro callejero. Aquí mostraba los dientes, allá peleaba o tiraba piedras. El padre intentó hacer de todo para mantener al niño: cocinaba hierbas, se hizo zapatero, llegó a ser sereno, mensajero y hasta intentó a aprender a coser a máquina, pero no pudo.

Por iniciativa propia, siendo niño aún, Cervantes se internó en una secundaria básica en el campo en la provincia de Matanzas, para cursar 7º y 8º grados. Un hermano cargó con él para el municipio Bartolomé Masó, provincia Granma, donde concluyó los estudios preuniversitarios, a pesar del trauma familiar que gravitaba sobre su existencia. Sus notas nunca fueron buenas, pero gustaba de la lectura y de las asignaturas de letras. Gracias a los libros, aprendió muchas cosas que ocurren en otras latitudes y no lo que diseña el sistema educativo cubano.

Como las notas no fueron buenas, su bregar continuaría en el Servicio Militar, luego de unas breves vacaciones. Enviado al Ejército Juvenil del Trabajo (EJT), tuvo que sembrar, desmontar y hacer de todo. Pero lo que no podrá olvidar jamás el joven, fue el juramento militar aquel día de lluvias, levantando una pala o un pico, con una rodilla en tierra, frente a una manada de jefes barrigones. Tenía que jurar defender a la revolución al precio que fuera necesario.

Cuando gana un concurso de Historia le proponen integrar la UJC, pedido que rechaza alegando que aún le faltaban muchas cosas que corregir en su conducta. Tenía conciencia como para no ser despreciado por los demás porque a los militantes en Cuba se le llaman chivatos. Es cuando le ponen a dos espías a vigilarlo. Al año se acoge a la orden 18 y marcha a Guantánamo para cursar una escuela previa a la carrera de Ingeniero Agrónomo, pero la mala suerte lo llevó a salir en defensa de un primo. Un negro grandísimo lo estaba avasallando. El negro salió grave de la cuchillada, y un tribunal militar lo sanciona a dos años de cárcel por un delito común.

Veintiún años tenía cuando la cárcel abre sus fauces para el joven. El director de la escuela le había dicho que como la Revolución es muy grande, cuando saldara la deuda con la sociedad, podría culminar los estudios allí.

A pesar de convivir con vicios nunca imaginados, con personas degradadas y corrupción extrema, salió al año por conducta ejemplar de aquel martirio. Marchó entonces a más de 400 kilómetros de su casa para visitar la antigua escuela; Dios sabe lo que sintió en su pecho cuando divisó la escuela, después de recorrer los últimos 10 kilómetros a pie, pero ya el director no era el mismo. En su oficina, después de buscar el expediente académico, serenamente aquel hombre le dijo que con esa mancha no podían recibirle. Cabizbajo y con dolor profundo en el alma hizo la caminata de regreso. Después buscó en otras escuelas y todas le cerraron las puertas, porque tenía como agravantes tener el expediente manchado y ser hijo de campesinos sin ninguna influencia.

Fue así que tomó total conciencia de la naturaleza injusta del sistema comunista. Tampoco tenía a quien recurrir y lo decidió por sí solo. El quería ser alguien en la vida, un hombre de bien, pero no lo dejaron, desbarataron sus sueños, con una única opción: el trabajo agrícola. Decidió entonces rebelarse.

Se rebeló a su manera. Escogió delinquir para sobrevivir, robar, aunque él nunca se ha considerado un ladrón, porque entiende que estaba arrebatando al enemigo, por la fuerza, lo que a él le correspondía y le negaban. La primera vez que robó una tienda, lo hizo con miedo, contra su voluntad y con repugnancia, porque eso no era lo que le habían enseñado sus padres y hermanos. Él sabía que no había nacido para ladrón, pero fue a para a la cárcel más de una vez, por el mismo delito de siempre.

En la cárcel ha conocido gente de bien; compatriotas que luchan por un futuro luminoso para su país. Con ellos abrazó la causa; es por eso que no se avergüenza de su destino, porque sigue la prédica bíblica que "todo tiene su tiempo debajo del sol", aunque le duele saber que allá por la década del 80 cuando decidió robar, ya existían centenares de hombres desafiando al oso comunista, a pecho abierto por toda la isla.

En Las Tunas, en 2002, fue instruido de cargos en el Centro de Operaciones de la Seguridad del Estado por los delitos de propaganda enemiga e incitación a la rebelión en la cárcel. En el año 2003, durante su estancia en la cárcel de Boniato, fue acusado de nuevo por propaganda enemiga junto a su hermano Agustín. Entre las rejas aprendió del líder y patriota habanero Pita Santos, del profesor santiaguero Juan Carlos Castillo, de Rigoberto Cacilles Ibarra, de Rivero Mendoza, de Vidal, de Rafael Vera, de Alberto Piñón y más recientemente de Léster González Pentón y de Juan Carlos Herrera Acosta, entre muchos otros. Ya son más de cuatro años desarrollando la labor propagandística, de proselitismo, de denuncia, de enfrentamiento y rebeldía en las ergástulas cubanas, sin buscar liderazgo ni protagonismo, excepto el espacio necesario en la trinchera del combate.

Producto del hambre, los castigos y los golpes adquirió la tuberculosis pulmonar, de la que aún arrastra secuelas, padece de hernia inguinal y en su cuerpo lleva las huellas imborrables de las torturas. Son hechos, no palabras. Cuenta con la satisfacción personal del apoyo incondicional de su familia; a Agustín, su hermano más pequeño no fue preciso que le dijera "empínate", para que éste respondiera presente ante el llamado del clarín. Hoy sufre prisión por sus actividades dentro del Movimiento Cristiano de Liberación. Cervantes al fin tiene un rumbo y un sentido para su vida. No pide nada material, sólo comprensión y vías para superarse en la vida.


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