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PRISIONES
Cervantes
Cubanacán Press
SANTA CLARA, septiembre (www.cubanet.org) - Cervantes
no es un reo como otro cualquiera. Dentro de las
ergástulas castristas abrazó las
ideas justas para resarcir los males de la patria
agobiada por casi medio siglo. Allí adquirió
la tuberculosis y desde entonces ha sufrido como
nadie las torturas más horrendas del sistema
carcelario cubano.
Nació en el seno de una familia campesina
allá por el año 1968 en un pueblito
llamado Matías del municipio Tercer Frente
en la provincia de Santiago de Cuba. Cuando andaba
por los siete años ocurrieron algunos hechos
que jamás ha podido olvidar. La familia
pierde la parcela de tierra que poseía
y sus padres se divorcian. Él quedó
solo con su padre, mientras su madre con siete
de sus hermanos se marcha con rumbo desconocido.
Comienza -así él lo llama- diáspora
familiar, el dolor y las lágrimas.
Allí en Matías cursó los
estudios primarios, pero en su casa tenía
hasta que lavar los pantalones del padre para
que no se pudrieran dentro de las bateas. En la
escuela lo tomaban de ejemplo por el mal porte
y aspecto; veían la suciedad de sus ropas,
pero nadie alcanzaba ver la tragedia familiar
del niño.
Creció y sobrevivió como un perro
callejero. Aquí mostraba los dientes, allá
peleaba o tiraba piedras. El padre intentó
hacer de todo para mantener al niño: cocinaba
hierbas, se hizo zapatero, llegó a ser
sereno, mensajero y hasta intentó a aprender
a coser a máquina, pero no pudo.
Por iniciativa propia, siendo niño aún,
Cervantes se internó en una secundaria
básica en el campo en la provincia de Matanzas,
para cursar 7º y 8º grados. Un hermano
cargó con él para el municipio Bartolomé
Masó, provincia Granma, donde concluyó
los estudios preuniversitarios, a pesar del trauma
familiar que gravitaba sobre su existencia. Sus
notas nunca fueron buenas, pero gustaba de la
lectura y de las asignaturas de letras. Gracias
a los libros, aprendió muchas cosas que
ocurren en otras latitudes y no lo que diseña
el sistema educativo cubano.
Como las notas no fueron buenas, su bregar continuaría
en el Servicio Militar, luego de unas breves vacaciones.
Enviado al Ejército Juvenil del Trabajo
(EJT), tuvo que sembrar, desmontar y hacer de
todo. Pero lo que no podrá olvidar jamás
el joven, fue el juramento militar aquel día
de lluvias, levantando una pala o un pico, con
una rodilla en tierra, frente a una manada de
jefes barrigones. Tenía que jurar defender
a la revolución al precio que fuera necesario.
Cuando gana un concurso de Historia le proponen
integrar la UJC, pedido que rechaza alegando que
aún le faltaban muchas cosas que corregir
en su conducta. Tenía conciencia como para
no ser despreciado por los demás porque
a los militantes en Cuba se le llaman chivatos.
Es cuando le ponen a dos espías a vigilarlo.
Al año se acoge a la orden 18 y marcha
a Guantánamo para cursar una escuela previa
a la carrera de Ingeniero Agrónomo, pero
la mala suerte lo llevó a salir en defensa
de un primo. Un negro grandísimo lo estaba
avasallando. El negro salió grave de la
cuchillada, y un tribunal militar lo sanciona
a dos años de cárcel por un delito
común.
Veintiún años tenía cuando
la cárcel abre sus fauces para el joven.
El director de la escuela le había dicho
que como la Revolución es muy grande, cuando
saldara la deuda con la sociedad, podría
culminar los estudios allí.
A pesar de convivir con vicios nunca imaginados,
con personas degradadas y corrupción extrema,
salió al año por conducta ejemplar
de aquel martirio. Marchó entonces a más
de 400 kilómetros de su casa para visitar
la antigua escuela; Dios sabe lo que sintió
en su pecho cuando divisó la escuela, después
de recorrer los últimos 10 kilómetros
a pie, pero ya el director no era el mismo. En
su oficina, después de buscar el expediente
académico, serenamente aquel hombre le
dijo que con esa mancha no podían recibirle.
Cabizbajo y con dolor profundo en el alma hizo
la caminata de regreso. Después buscó
en otras escuelas y todas le cerraron las puertas,
porque tenía como agravantes tener el expediente
manchado y ser hijo de campesinos sin ninguna
influencia.
Fue así que tomó total conciencia
de la naturaleza injusta del sistema comunista.
Tampoco tenía a quien recurrir y lo decidió
por sí solo. El quería ser alguien
en la vida, un hombre de bien, pero no lo dejaron,
desbarataron sus sueños, con una única
opción: el trabajo agrícola. Decidió
entonces rebelarse.
Se rebeló a su manera. Escogió
delinquir para sobrevivir, robar, aunque él
nunca se ha considerado un ladrón, porque
entiende que estaba arrebatando al enemigo, por
la fuerza, lo que a él le correspondía
y le negaban. La primera vez que robó una
tienda, lo hizo con miedo, contra su voluntad
y con repugnancia, porque eso no era lo que le
habían enseñado sus padres y hermanos.
Él sabía que no había nacido
para ladrón, pero fue a para a la cárcel
más de una vez, por el mismo delito de
siempre.
En la cárcel ha conocido gente de bien;
compatriotas que luchan por un futuro luminoso
para su país. Con ellos abrazó la
causa; es por eso que no se avergüenza de
su destino, porque sigue la prédica bíblica
que "todo tiene su tiempo debajo del sol",
aunque le duele saber que allá por la década
del 80 cuando decidió robar, ya existían
centenares de hombres desafiando al oso comunista,
a pecho abierto por toda la isla.
En Las Tunas, en 2002, fue instruido de cargos
en el Centro de Operaciones de la Seguridad del
Estado por los delitos de propaganda enemiga e
incitación a la rebelión en la cárcel.
En el año 2003, durante su estancia en
la cárcel de Boniato, fue acusado de nuevo
por propaganda enemiga junto a su hermano Agustín.
Entre las rejas aprendió del líder
y patriota habanero Pita Santos, del profesor
santiaguero Juan Carlos Castillo, de Rigoberto
Cacilles Ibarra, de Rivero Mendoza, de Vidal,
de Rafael Vera, de Alberto Piñón
y más recientemente de Léster González
Pentón y de Juan Carlos Herrera Acosta,
entre muchos otros. Ya son más de cuatro
años desarrollando la labor propagandística,
de proselitismo, de denuncia, de enfrentamiento
y rebeldía en las ergástulas cubanas,
sin buscar liderazgo ni protagonismo, excepto
el espacio necesario en la trinchera del combate.
Producto del hambre, los castigos y los golpes
adquirió la tuberculosis pulmonar, de la
que aún arrastra secuelas, padece de hernia
inguinal y en su cuerpo lleva las huellas imborrables
de las torturas. Son hechos, no palabras. Cuenta
con la satisfacción personal del apoyo
incondicional de su familia; a Agustín,
su hermano más pequeño no fue preciso
que le dijera "empínate", para
que éste respondiera presente ante el llamado
del clarín. Hoy sufre prisión por
sus actividades dentro del Movimiento Cristiano
de Liberación. Cervantes al fin tiene un
rumbo y un sentido para su vida. No pide nada
material, sólo comprensión y vías
para superarse en la vida.
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