PRENSA INDEPENDIENTE
Septiembre 8 , 2004
 

HISTORIA
Westerplatte, presagio de la victoria

Miguel Saludes

LA HABANA, septiembre (www.cubanet.org) - En la mitología escandinava la diosa relacionada con el reino del frío y de los muertos se nombra Hel. Con ese nombre se designa además el lugar donde moran las almas muertas. Desconozco si el nombre de la península polaca situada sobre el Mar Báltico está en relación con esta leyenda de los pueblos nórdicos, vecinos de la tierra polaca. Pero los hechos ocurridos durante el final del verano de 1939 en el lugar conocido como Westerplatte, en el extremo de la Península de Hel, tienen que ver con la muerte, el frío y con la fuerza del espíritu del hombre movido por el afán de la libertad y la justicia.

La madrugada del 1 de septiembre de 1939 sorprendió a Polonia con la irrupción de las fuerzas invasoras alemanas en su territorio. Aquella sería la última noche de paz que viviría Europa, y gran parte del planeta durante seis angustiosos años. A partir de ese día una gran parte del mundo se convirtió en un gigantesco escenario bélico donde se desatarían el holocausto y la muerte. Los hombres se enfrentarían en un combate sin tregua por la libertad de la Humanidad. Muchos de aquellos choques dieron lugar a violentas batallas que la historia archivó celosamente para conocimiento de la posteridad. Otros han sido considerados simples escaramuzas o combates sin relevancia suficiente como para ser archivados en la memoria de la historia, quedando solamente en el recuerdo de los que vivieron el heroico momento. Con el tiempo muchos de aquellos testimonios han desaparecido al morir sus protagonistas. Sin embargo, existen acontecimientos y hechos que merecen un mejor lugar en el recuerdo de los hombres. Uno de ellos es precisamente Westerplatte.

Cuando las tropas del Tercer Reich entraron en territorio polaco lo hicieron de manera arrolladora y por tres partes diferentes. Una de ellas estuvo a cargo de la brigada blindada Schleswig-Holstein, cuyo objetivo era la ocupación de Gdansk, llamada entonces Prusia Oriental. La península Hel forma una barrera entre la ciudad puerto y el Báltico. Ese punto estratégico estaba defendido por un batallón formado por 182 hombres bajo el mando del Mayor Henryk Sucharski y contaba con un pobre armamento, compuesto fundamentalmente de 41 carabinas, dos cañones anti-tanques, cuatro morteros y el abrigo de unos refugios de concreto medianamente seguros. Desde allí enfrentaron la fuerza de la Wehmacht, que bajo el mando del general F.G. Eberhardt contaba con 3,400 soldados de infantería de marina y brigadas de policía. La fiera resistencia de Sucharski y sus hombres imposibilitó la ocupación inmediata por parte de los invasores.

Mientras aquel grupo de valientes se enfrascaba en desigual lucha, el resto del país era dominado completamente por el enemigo. Para colmo, el Ejército Soviético había entrado el 17 de septiembre en la contienda, ocupando la parte oriental del país vecino. Varsovia, capital de Polonia, cayó en poder de los nazis el 27 de septiembre. Pero en Hel la lucha duró hasta el 2 de octubre, cuando por falta de municiones, agua y medicamentos, los defensores tuvieron que rendirse. Grande fue la sorpresa de los alemanes al ver la situación de sus oponentes, quienes en los días que duró la contienda les habían causado bajas que entre muertos y heridos sumaban de 300 a 400 hombres. Cuando contabilizaron las pérdidas polacas éstas se limitaban a 15 muertos y 50 heridos. Cuentan que el general al mando de las tropas germanas, en reconocimiento al valor del mayor Sucharski, le mantuvo sus honores y se negó a aceptar la espada en señal de rendición. El militar fue hecho prisionero y conducido a Italia. Enfermo de tuberculosis, pudo ver el final de la guerra, aunque por pocos días. Murió en 1946.

Con el final de la Segunda Guerra Mundial aún quedaba mucho por hacerse en cuanto al motivo sagrado que impulsó a los defensores de Westerplatte. Al pueblo polaco le había sido escamoteada su libertad al finalizar el conflicto. Los líderes vencedores dejaron bajo el arbitrio soviético el destino de varios países del Este europeo. Tendrían que pasar aún cuarenta y cinco años para que se obtuviera definitivamente la plena soberanía de Polonia.

Todos estos datos, algunos que he tenido que actualizar con ayuda de documentos facilitados por la embajada polaca en La Habana, los conservo en mi mente desde aquel otoño de 1978, cuando tuve la oportunidad de visitar el punto defendido con tanto valor y decisión. Allí se alza un monumento en honor a los héroes que escenificaron tan desigual combate. Lejos estaba entonces de imaginar que a la vista de aquel obelisco se estaba fraguando otra batalla, no menos desigual que la librada por el batallón dirigido por Sucharski, y esta vez sin el uso de armas de ningún tipo. En 1980 comenzaría a desarrollarse con fuerza incontenible el movimiento obrero que daría al traste con el sistema totalitario implantado en Polonia y removería los aparentes sólidos cimientos de su estructura en el resto de los países que lo soportaban. El ejemplo de los hombres de Sucharski permanecía enteramente vivo en el corazón de las nuevas generaciones que no escatimaron esfuerzos y sacrificios en aras de la libertad. En 1989, el árbol plantado durante aquella dura jornada de 1939 daría sus frutos con la victoria incuestionable.

Cuando los combatientes de la península de Hel luchaban su batalla, lo hacían desconociendo si su esfuerzo resultaría fecundo. A pesar de la inevitable derrota sufrida, Westerplatte demostró que los alemanes podrían ganar ésa y muchas otras batallas, ocupar territorios inmensos y hasta aniquilar grandes grupos humanos, pero no podrían extirpar las ansias de libertad de la conciencia de los pueblos ocupados. En aquella estrecha franja de tierra quedó para el porvenir algo más que una historia y un monumento. Allí quedó marcada, desde el mismo inicio de la Segunda Guerra Mundial, una verdad que es válida para todas las épocas. Las fuerzas del mal, no importa el nombre que les identifique, podrán obtener victorias pero nunca prevalecerán. Su derrota es sólo cuestión de tiempo, mas no imposible. Ese fue el legado de la batalla de Westerplatte.

 


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