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HISTORIA
Westerplatte, presagio de la victoria
Miguel Saludes
LA HABANA, septiembre (www.cubanet.org) - En
la mitología escandinava la diosa relacionada
con el reino del frío y de los muertos
se nombra Hel. Con ese nombre se designa además
el lugar donde moran las almas muertas. Desconozco
si el nombre de la península polaca situada
sobre el Mar Báltico está en relación
con esta leyenda de los pueblos nórdicos,
vecinos de la tierra polaca. Pero los hechos ocurridos
durante el final del verano de 1939 en el lugar
conocido como Westerplatte, en el extremo de la
Península de Hel, tienen que ver con la
muerte, el frío y con la fuerza del espíritu
del hombre movido por el afán de la libertad
y la justicia.
La madrugada del 1 de septiembre de 1939 sorprendió
a Polonia con la irrupción de las fuerzas
invasoras alemanas en su territorio. Aquella sería
la última noche de paz que viviría
Europa, y gran parte del planeta durante seis
angustiosos años. A partir de ese día
una gran parte del mundo se convirtió en
un gigantesco escenario bélico donde se
desatarían el holocausto y la muerte. Los
hombres se enfrentarían en un combate sin
tregua por la libertad de la Humanidad. Muchos
de aquellos choques dieron lugar a violentas batallas
que la historia archivó celosamente para
conocimiento de la posteridad. Otros han sido
considerados simples escaramuzas o combates sin
relevancia suficiente como para ser archivados
en la memoria de la historia, quedando solamente
en el recuerdo de los que vivieron el heroico
momento. Con el tiempo muchos de aquellos testimonios
han desaparecido al morir sus protagonistas. Sin
embargo, existen acontecimientos y hechos que
merecen un mejor lugar en el recuerdo de los hombres.
Uno de ellos es precisamente Westerplatte.
Cuando las tropas del Tercer Reich entraron en
territorio polaco lo hicieron de manera arrolladora
y por tres partes diferentes. Una de ellas estuvo
a cargo de la brigada blindada Schleswig-Holstein,
cuyo objetivo era la ocupación de Gdansk,
llamada entonces Prusia Oriental. La península
Hel forma una barrera entre la ciudad puerto y
el Báltico. Ese punto estratégico
estaba defendido por un batallón formado
por 182 hombres bajo el mando del Mayor Henryk
Sucharski y contaba con un pobre armamento, compuesto
fundamentalmente de 41 carabinas, dos cañones
anti-tanques, cuatro morteros y el abrigo de unos
refugios de concreto medianamente seguros. Desde
allí enfrentaron la fuerza de la Wehmacht,
que bajo el mando del general F.G. Eberhardt contaba
con 3,400 soldados de infantería de marina
y brigadas de policía. La fiera resistencia
de Sucharski y sus hombres imposibilitó
la ocupación inmediata por parte de los
invasores.
Mientras aquel grupo de valientes se enfrascaba
en desigual lucha, el resto del país era
dominado completamente por el enemigo. Para colmo,
el Ejército Soviético había
entrado el 17 de septiembre en la contienda, ocupando
la parte oriental del país vecino. Varsovia,
capital de Polonia, cayó en poder de los
nazis el 27 de septiembre. Pero en Hel la lucha
duró hasta el 2 de octubre, cuando por
falta de municiones, agua y medicamentos, los
defensores tuvieron que rendirse. Grande fue la
sorpresa de los alemanes al ver la situación
de sus oponentes, quienes en los días que
duró la contienda les habían causado
bajas que entre muertos y heridos sumaban de 300
a 400 hombres. Cuando contabilizaron las pérdidas
polacas éstas se limitaban a 15 muertos
y 50 heridos. Cuentan que el general al mando
de las tropas germanas, en reconocimiento al valor
del mayor Sucharski, le mantuvo sus honores y
se negó a aceptar la espada en señal
de rendición. El militar fue hecho prisionero
y conducido a Italia. Enfermo de tuberculosis,
pudo ver el final de la guerra, aunque por pocos
días. Murió en 1946.
Con el final de la Segunda Guerra Mundial aún
quedaba mucho por hacerse en cuanto al motivo
sagrado que impulsó a los defensores de
Westerplatte. Al pueblo polaco le había
sido escamoteada su libertad al finalizar el conflicto.
Los líderes vencedores dejaron bajo el
arbitrio soviético el destino de varios
países del Este europeo. Tendrían
que pasar aún cuarenta y cinco años
para que se obtuviera definitivamente la plena
soberanía de Polonia.
Todos estos datos, algunos que he tenido que
actualizar con ayuda de documentos facilitados
por la embajada polaca en La Habana, los conservo
en mi mente desde aquel otoño de 1978,
cuando tuve la oportunidad de visitar el punto
defendido con tanto valor y decisión. Allí
se alza un monumento en honor a los héroes
que escenificaron tan desigual combate. Lejos
estaba entonces de imaginar que a la vista de
aquel obelisco se estaba fraguando otra batalla,
no menos desigual que la librada por el batallón
dirigido por Sucharski, y esta vez sin el uso
de armas de ningún tipo. En 1980 comenzaría
a desarrollarse con fuerza incontenible el movimiento
obrero que daría al traste con el sistema
totalitario implantado en Polonia y removería
los aparentes sólidos cimientos de su estructura
en el resto de los países que lo soportaban.
El ejemplo de los hombres de Sucharski permanecía
enteramente vivo en el corazón de las nuevas
generaciones que no escatimaron esfuerzos y sacrificios
en aras de la libertad. En 1989, el árbol
plantado durante aquella dura jornada de 1939
daría sus frutos con la victoria incuestionable.
Cuando los combatientes de la península
de Hel luchaban su batalla, lo hacían desconociendo
si su esfuerzo resultaría fecundo. A pesar
de la inevitable derrota sufrida, Westerplatte
demostró que los alemanes podrían
ganar ésa y muchas otras batallas, ocupar
territorios inmensos y hasta aniquilar grandes
grupos humanos, pero no podrían extirpar
las ansias de libertad de la conciencia de los
pueblos ocupados. En aquella estrecha franja de
tierra quedó para el porvenir algo más
que una historia y un monumento. Allí quedó
marcada, desde el mismo inicio de la Segunda Guerra
Mundial, una verdad que es válida para
todas las épocas. Las fuerzas del mal,
no importa el nombre que les identifique, podrán
obtener victorias pero nunca prevalecerán.
Su derrota es sólo cuestión de tiempo,
mas no imposible. Ese fue el legado de la batalla
de Westerplatte.
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