PRENSA INDEPENDIENTE
Septiembre 6, 2004
 

SOCIEDAD
Leandro el inconforme

Luis Cino

LA HABANA, agosto (www.cubanet.org) - Leandro siempre fue un inconforme. Desde la adolescencia mostró su desacuerdo con su clase social, su físico (extrema delgadez, miopía, acné), la voluntad de su padre, la situación nacional y su condición de varón.

Sus problemas comenzaron en el Colegio de Belén. Los discretos llamados de atención de los curas sobre sus modales amanerados y otras rarezas decidieron a su padre a matricularlo en la Academia Militar del Caribe. Allí comenzó a escribir poemas. Además, trató de mejorar su físico enclenque en el gimnasio. Resultaron interesarle más los músculos y otras partes de la anatomía de sus condiscípulos.

Tras un confuso incidente en las duchas y un posterior intento de suicidio con barbitúricos, su atribulado padre se vio forzado a retirarlo de la Academia e inscribirlo en un menos rudo instituto para que concluyera el Bachillerato.

Por aquella época, un amigo que militaba en el Partido Socialista Popular y compartía su afición por el cine europeo de vanguardia le prestó "El Capital" de Carlos Marx y "El Estado y la Revolución" de Lenin, en manoseadas ediciones argentinas.

En noviembre de 1958 Leandro cumplió los 19 años. Sus padres, aterrados, encontraron bonos del M-26-7 ocultos entre sus libros. Decidieron enviarlo al extranjero antes que ocurriera una desgracia. Esperarían hasta después de las Navidades para ultimar los detalles de la partida. Batista se fue antes.

En los primeros días de la Revolución -pese a su fascinación por el apolíneo líder rebelde- los barbudos, con sus uniformes mugrientos, su aspecto montaraz, su machismo cerrero y sus jactancias bélicas, resultaron algo alejados de sus refinados gustos. Pero estaba convencido de que esto era lo que Cuba necesitaba, y se zambulló febril en la efervescencia revolucionaria.

La vorágine verde-oliva lo arrastró a eventos inimaginables hasta un año atrás: vestir uniforme de miliciano, caminar 62 kilómetros calzando horripilantes botas rusas, aprender a armar y desarmar un FAL, cavar trincheras con las manos encallecidas, bailar en una conga por el Paseo del Prado coreando "somos comunistas, palante, palante, al que no le guste que tome purgante".

Cuando comenzaron a confirmarse las sospechas de que el nuevo régimen enrumbaba hacia el comunismo, las cosas empezaron a caer en su sitio para Leandro. De modo rotundo se negó a seguir a sus padres a Miami. Se despidió de ellos en el aeropuerto de Rancho Boyeros, con una mezcla de tristeza y alivio, en diciembre de 1960. Nunca se verían más. Se ahorraron el disgusto de constatar que Leandro se ratificaba como marxista y homosexual.

Leandro quedó libre, dueño de su destino, de un Chevrolet del 58, los ahorros de su padre y de un penthouse con vista al Malecón. La Revolución lo libró de la gris mediocridad del bufete legal paterno. En cambio, le ofrecía un lugar en la construcción de la nueva sociedad, la epopeya de enfrentar al Tío Sam, la concreción de los males de la humanidad.

A los reparos de sus amigos sobre sus defectos de aburguesamiento respondía que eran rezagos del pasado, que había elegido el comunismo como expiación.

Su snobismo sexual quedó enmascarado por sus confusas ideas sobre la libertad, y su rechazo al "decadente conformismo sensual burgués". Su nuevo estetismo bebía de Marx, Lenin y Mao. Hablaba del arte soviético, de Eisenstein, Esenin, Sholojov, Simonov, Bulgakov y Evtuchenko, con la misma languidez con que antes hablaba de Sartre, Camus, Beauvoir, Orson Welles, Vittorio de Sica, Faulkner, Gertrude Stein o Carson Mc Culler.

A los más allegados les justificaba su pederastia como otra forma de ruptura con los prejuicios burgueses. Se ilusionaba creyendo haber hallado en el comunismo un punto de contacto con el proletariado negro, en un pacto más social que sexual. Una forma de purgar sus culpas de clase, de mezclar su sangre y su sudor con los más humildes, aunque fuera en la cama, que le acarreó no pocas incomprensiones, malos ratos, robos y alguna que otra paliza.

De la Crisis de Octubre emergió pistola al cinto, todo un comisario cultural que simultaneaba sus funciones con sus estudios en la Escuela de Letras.

Los primeros años 60 siempre serán el mejor tiempo de su vida: la publicación de su primer libro, su premiación, las tertulias de la UNEAC con tantos que ya no están, las discusiones -de la cinemateca a Coppelia- sobre el neorrealismo italiano, la nueva ola francesa, los "angry young men". ¡Qué días aquéllos del Salón de Mayo, Haydée en Casa de las Américas, los conciertos del Amadeo Roldán, los inicios de Silvio!

Sólo las UMAP ensombrecen sus recuerdos. Varios amigos suyos cayeron en la primera recogida. Su profesor, Fernández Retamar, trató infructuosamente de interceder por ellos. Le replicaron que el trabajo agrícola los haría hombres. Leandro sintió miedo, como nunca había sentido.

Un año después se atrevió a visitar a uno de sus amigos en una granja camagüeyana alambrada y con guardias armados. La primera imagen que vio al entrar al comedor del campamento fue una llorosa señora enlutada que tendía una cantina de comida a su hijo-libélula, separados por una tosca meseta de hormigón. Se le quedó como un símbolo indeleble de la indefensión del individuo frente a un sistema inexorable, bien lejano de sus sueños.

El cierre de las UMAP no contribuyó mucho a calmar su miedo. Después el caso Padilla varió su estilo literario. Convencido de no encajar en la narrativa de la violencia, y tras renunciar a la literatura fantástica, en su nueva novela se adentró en el realismo socialista, reflejando los conflictos de los trabajadores de una obra de choque.

En 1971, su amigo Alfredo Guevara lo rescató del "parametraje", llevándoselo al ICAIC. Su segundo aire vino años después, como guionista de un documental sobre danzas y cantos afrocubanos.

En 1977 comenzó a subir la empinada cuesta de la rehabilitación. En 1980 regresó al Ministerio de Cultura, lleno de proyectos y propietario de un Lada. Hasta 1991 no le dieron el carnet de militante del Partido Comuista. Ya había caído el Muro de Berlín y comenzado el período especial.

Desde hace más de 20 años es una autoridad en el estudio de los cultos sincréticos de origen yoruba. Suele vestir de blanco y viajar en su auto acompañado por su babalawo y un fornido joven negro que pasa los fines de semana en su penthouse del Vedado.

Hoy, su poesía es triste y llena de añoranzas. Sus novelas, liberadas del realismo socialista e invadidas por un barroquismo postmoderno, se ubican siempre en un pasado evocado con placer. Es cauto en sus declaraciones en el exterior, aún cuando posa de audaz.

Leandro teme a la vejez, la soledad y el futuro. Pero sobre todo al Poder. Le cuesta admitirlo. Libra una perpetua guerra interna por no ceder en lo que llama su "vocación de utopía". Dice sentirse en paz, conforme. A veces, hasta se lo cree.


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