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SOCIEDAD
Leandro el inconforme
Luis Cino
LA HABANA, agosto (www.cubanet.org) - Leandro
siempre fue un inconforme. Desde la adolescencia
mostró su desacuerdo con su clase social,
su físico (extrema delgadez, miopía,
acné), la voluntad de su padre, la situación
nacional y su condición de varón.
Sus problemas comenzaron en el Colegio de Belén.
Los discretos llamados de atención de los
curas sobre sus modales amanerados y otras rarezas
decidieron a su padre a matricularlo en la Academia
Militar del Caribe. Allí comenzó
a escribir poemas. Además, trató
de mejorar su físico enclenque en el gimnasio.
Resultaron interesarle más los músculos
y otras partes de la anatomía de sus condiscípulos.
Tras un confuso incidente en las duchas y un
posterior intento de suicidio con barbitúricos,
su atribulado padre se vio forzado a retirarlo
de la Academia e inscribirlo en un menos rudo
instituto para que concluyera el Bachillerato.
Por aquella época, un amigo que militaba
en el Partido Socialista Popular y compartía
su afición por el cine europeo de vanguardia
le prestó "El Capital" de Carlos
Marx y "El Estado y la Revolución"
de Lenin, en manoseadas ediciones argentinas.
En noviembre de 1958 Leandro cumplió los
19 años. Sus padres, aterrados, encontraron
bonos del M-26-7 ocultos entre sus libros. Decidieron
enviarlo al extranjero antes que ocurriera una
desgracia. Esperarían hasta después
de las Navidades para ultimar los detalles de
la partida. Batista se fue antes.
En los primeros días de la Revolución
-pese a su fascinación por el apolíneo
líder rebelde- los barbudos, con sus uniformes
mugrientos, su aspecto montaraz, su machismo cerrero
y sus jactancias bélicas, resultaron algo
alejados de sus refinados gustos. Pero estaba
convencido de que esto era lo que Cuba necesitaba,
y se zambulló febril en la efervescencia
revolucionaria.
La vorágine verde-oliva lo arrastró
a eventos inimaginables hasta un año atrás:
vestir uniforme de miliciano, caminar 62 kilómetros
calzando horripilantes botas rusas, aprender a
armar y desarmar un FAL, cavar trincheras con
las manos encallecidas, bailar en una conga por
el Paseo del Prado coreando "somos comunistas,
palante, palante, al que no le guste que tome
purgante".
Cuando comenzaron a confirmarse las sospechas
de que el nuevo régimen enrumbaba hacia
el comunismo, las cosas empezaron a caer en su
sitio para Leandro. De modo rotundo se negó
a seguir a sus padres a Miami. Se despidió
de ellos en el aeropuerto de Rancho Boyeros, con
una mezcla de tristeza y alivio, en diciembre
de 1960. Nunca se verían más. Se
ahorraron el disgusto de constatar que Leandro
se ratificaba como marxista y homosexual.
Leandro quedó libre, dueño de su
destino, de un Chevrolet del 58, los ahorros de
su padre y de un penthouse con vista al Malecón.
La Revolución lo libró de la gris
mediocridad del bufete legal paterno. En cambio,
le ofrecía un lugar en la construcción
de la nueva sociedad, la epopeya de enfrentar
al Tío Sam, la concreción de los
males de la humanidad.
A los reparos de sus amigos sobre sus defectos
de aburguesamiento respondía que eran rezagos
del pasado, que había elegido el comunismo
como expiación.
Su snobismo sexual quedó enmascarado por
sus confusas ideas sobre la libertad, y su rechazo
al "decadente conformismo sensual burgués".
Su nuevo estetismo bebía de Marx, Lenin
y Mao. Hablaba del arte soviético, de Eisenstein,
Esenin, Sholojov, Simonov, Bulgakov y Evtuchenko,
con la misma languidez con que antes hablaba de
Sartre, Camus, Beauvoir, Orson Welles, Vittorio
de Sica, Faulkner, Gertrude Stein o Carson Mc
Culler.
A los más allegados les justificaba su
pederastia como otra forma de ruptura con los
prejuicios burgueses. Se ilusionaba creyendo haber
hallado en el comunismo un punto de contacto con
el proletariado negro, en un pacto más
social que sexual. Una forma de purgar sus culpas
de clase, de mezclar su sangre y su sudor con
los más humildes, aunque fuera en la cama,
que le acarreó no pocas incomprensiones,
malos ratos, robos y alguna que otra paliza.
De la Crisis de Octubre emergió pistola
al cinto, todo un comisario cultural que simultaneaba
sus funciones con sus estudios en la Escuela de
Letras.
Los primeros años 60 siempre serán
el mejor tiempo de su vida: la publicación
de su primer libro, su premiación, las
tertulias de la UNEAC con tantos que ya no están,
las discusiones -de la cinemateca a Coppelia-
sobre el neorrealismo italiano, la nueva ola francesa,
los "angry young men". ¡Qué
días aquéllos del Salón de
Mayo, Haydée en Casa de las Américas,
los conciertos del Amadeo Roldán, los inicios
de Silvio!
Sólo las UMAP ensombrecen sus recuerdos.
Varios amigos suyos cayeron en la primera recogida.
Su profesor, Fernández Retamar, trató
infructuosamente de interceder por ellos. Le replicaron
que el trabajo agrícola los haría
hombres. Leandro sintió miedo, como nunca
había sentido.
Un año después se atrevió
a visitar a uno de sus amigos en una granja camagüeyana
alambrada y con guardias armados. La primera imagen
que vio al entrar al comedor del campamento fue
una llorosa señora enlutada que tendía
una cantina de comida a su hijo-libélula,
separados por una tosca meseta de hormigón.
Se le quedó como un símbolo indeleble
de la indefensión del individuo frente
a un sistema inexorable, bien lejano de sus sueños.
El cierre de las UMAP no contribuyó mucho
a calmar su miedo. Después el caso Padilla
varió su estilo literario. Convencido de
no encajar en la narrativa de la violencia, y
tras renunciar a la literatura fantástica,
en su nueva novela se adentró en el realismo
socialista, reflejando los conflictos de los trabajadores
de una obra de choque.
En 1971, su amigo Alfredo Guevara lo rescató
del "parametraje", llevándoselo
al ICAIC. Su segundo aire vino años después,
como guionista de un documental sobre danzas y
cantos afrocubanos.
En 1977 comenzó a subir la empinada cuesta
de la rehabilitación. En 1980 regresó
al Ministerio de Cultura, lleno de proyectos y
propietario de un Lada. Hasta 1991 no le dieron
el carnet de militante del Partido Comuista. Ya
había caído el Muro de Berlín
y comenzado el período especial.
Desde hace más de 20 años es una
autoridad en el estudio de los cultos sincréticos
de origen yoruba. Suele vestir de blanco y viajar
en su auto acompañado por su babalawo y
un fornido joven negro que pasa los fines de semana
en su penthouse del Vedado.
Hoy, su poesía es triste y llena de añoranzas.
Sus novelas, liberadas del realismo socialista
e invadidas por un barroquismo postmoderno, se
ubican siempre en un pasado evocado con placer.
Es cauto en sus declaraciones en el exterior,
aún cuando posa de audaz.
Leandro teme a la vejez, la soledad y el futuro.
Pero sobre todo al Poder. Le cuesta admitirlo.
Libra una perpetua guerra interna por no ceder
en lo que llama su "vocación de utopía".
Dice sentirse en paz, conforme. A veces, hasta
se lo cree.
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