PRENSA INDEPENDIENTE
Septiembre 1 , 2004
 

DEPORTES
De Grecia a Beijing

Miguel Saludes

LA HABANA, agosto (www.cubanet.org) - El 13 de agosto La Habana se levantaba bajo los efectos del paso madrugador del huracán Charlie. Ese día, a miles de kilómetros de distancia, tenía lugar en la capital de Grecia la ceremonia inaugural de la XXVIII Olimpiada de la era moderna. La belleza y la rica tradición cultural de la que es heredera la humanidad fue el sello distintivo de este espectáculo de apertura.

Se cumplía así una cadena ininterrumpida de cuatro celebraciones sin interferencias ajenas al espíritu de los juegos desde el cese de la guerra fría, donde la confrontación entre fuerzas de diferente concepción ideológica se trasladaba al terreno de los deportes.

En Munich 72 había ocurrido un hecho sangriento, preludio del terrorismo que hoy nos afecta, al producirse el secuestro y asesinato de los integrantes de la delegación israelí, perpetrado por un comando palestino. Los juegos de Montreal se ensombrecieron cuando una treintena de países se retiró de las competiciones acompañando a las naciones del continente africano, en protesta por la participación de Nueva Zelanda, cuyo equipo de rugby había violado las restricciones contra Sudáfrica.

El horizonte olímpico continuó oscureciéndose por el boicot decretado contra las Olimpiadas de Moscú y la respuesta posterior de los países socialistas con su ausencia en los Ángeles, excepción que hizo Rumania. En la cita de Seúl las cosas fueron diferentes, a pesar de la defección de Corea del Norte al no serle concedida su petición de compartir la sede sudcoreana. Cuba estuvo ausente en Los Angeles al seguir la decisión adoptada por la Unión Soviética junto a la mayoría de los países del Este y en un alarde de solidaridad se quedó entre los pocos países que no estuvieron en Corea del Sur, acompañando al régimen de Pyongyang en su mal intencionada reclamación.

Afortunadamente, después de los cambios ocurridos con la caída del campo socialista y las nuevas concepciones políticas en el mundo se ha logrado estabilizar el clima de confraternidad de estas competiciones milenarias. Las cosas han cambiado, como lo demuestran las imágenes del Patriarca de Moscú dando su bendición a la delegación rusa en una misa donde estuvo el presidente Putin. El mandatario de Rusia y el Patriarca de Moscú posaron en unión de los deportistas de su nación antes de la partida rumbo a Grecia.

En esta última edición de los juegos olímpicos Cuba volvió a incursionar en diferentes eventos para lograr adjudicarse el onceno lugar en el medallero. Por encima de ella se han ubicado países considerados potencias deportivas y por debajo naciones con considerable desarrollo económico como Canadá o Suecia. No obstante la conformidad con el puesto alcanzado -la Mayor de las Antillas quedó por debajo de su actuación en Sydney- parece que el cálculo de preseas a obtener era superior. Si se llegó a la cifra actual fue gracias a la actuación de cinco pugilistas, el baseball y algunas destacadas acciones individuales. Y es que Cuba es una de las pocas excepciones donde se sigue contemplando el color áureo de las medallas y las victorias de sus deportistas como batallas ganadas en la porfía por demostrar la superioridad del sistema político imperante en el país. La mentalidad de combate se encuentra en adjetivos como dignidad, entereza, fidelidad, patriotismo o lealtad, que remiten más al contexto ideológico en que vive inmersa la nación que a la acción propia del atleta.

Un asunto que centró la atención de los comentaristas deportivos cubanos fue la aparición de atletas provenientes fundamentalmente del tercer mundo, o emigrados de distintas naciones que compiten bajo nuevas banderas de adopción. Pienso en los casos de Francis Obikwelu por Portugal, Marlene Oti compitiendo por Eslovaquia, el danés Wilson Kipketer, o de ciertos apellidos rusos que aparecen en nacionales israelíes, alemanes o españoles.

Una vez más vimos en las pantallas de la Isla a una triplista italiana llevando por nombre uno de los que terminan en misleydis, tan comunes en nuestra patria, apellidada además Martínez y con un prototipo que provoca la exclamación "esa negrita tiene que ser cubana". La muchacha, tercer lugar en el Mundial de Francia, apenas fue mencionada por los locutores del patio, quienes evitaron hablar sobre su procedencia.

La forma en que es tratada esta situación hace sospechar cierto menosprecio con gusto a racismo, sobre todo al señalar la aparición de un competidor de piel negra en representación de la blanca Suecia, (¿Ese hombre es sueco?) por poner un ejemplo, o de apellidos chinos en la delegación española (¡Oigan eso, un español con apellido chino!) Me pregunto por qué un deportista africano, o de cualquier lugar, que ve obstaculizado su futuro inmediato en el país de origen no puede acogerse a la bandera de una nación que le permita desarrollar sus capacidades como atleta.

En definitiva, los Juegos Olímpicos son una competición de atletas individuales, no de países. Según aparece reflejado en Encarta: "…los resultados que da el COI realmente no son por naciones. Sin embargo, los medios de comunicación nacionales informan de los resultados obtenidos por sus representantes de acuerdo con uno de los sistemas de puntuación vigentes con la elaboración de una lista (medallero) con el número de medallas ganadas por cada nación". Reafirmando esta reflexión acudo a un pensamiento expresado por el célebre escritor H.G. Well reseñado en la revista Vitral No 62: "Nuestra verdadera nacionalidad es el género humano", idea que está en concordancia plena con el pensamiento martiano y que es la verdadera razón de las competiciones olímpicas.

Por otra parte, los triunfos de nuestros deportistas despiertan suspiros de añoranza por parte de algunos que ven estos logros del deporte cubano como fruto del sistema político implantando en la Isla. Tal es el caso del periodista argentino Nicanor González del Solar. Quizás tengan el convencimiento de que si sus países contaran con un sistema similar, los lauros de sus delegaciones serían parecidos o superiores al del país antillano. Olvidan que ese mismo régimen es el que existe en Corea del Norte, que apenas ha obtenido una medalla dorada mientras su contraparte capitalista del Sur aparece en el puesto octavo con nueve preseas de ese color.

Lo mismo ocurre con los criterios expresados sobre los ex países socialistas, que hablan sobre un desempeño más pobre a partir del cese del sistema que apoyaba el desarrollo deportivo de esas naciones. Los que así opinan deben echar un vistazo al medallero, donde Rusia, a pesar de quedar exenta de las repúblicas ahora independientes, aparece en el tercer lugar del cuadro. Y si sumamos los trofeos obtenidos por Ucrania, Bielorrusia, Georgia, etc. veremos que de haber estado unidas hubieran conservado la posición que antes tenían como miembros de la URSS.

Tampoco determina en el total de coronas el desarrollo industrial del país. Por ejemplo, si por una parte Estados Unidos encabeza el medallero, Canadá, Suecia o Noruega, con mejores condiciones sociales, apenas tienen resultados que les proporcionan de cuatro a tres triunfos de oro. Algo parecido ocurre si se considera la densidad de población como elemento a tener en cuenta en la práctica exitosa de competiciones deportivas. Mientras la India -que goza de un sistema de tipo democrático progresista- cuenta con una población de 928 millones de personas, apenas tiene una solitaria plateada.

¿Es acaso que algunos pueblos están más dotados que otros para el ejercicio de ciertas prácticas? Un ex-compañero graduado de una especialidad naval muy rara en Cuba -tal vez fuera el único en el país- se quejaba de haber escogido aquella carrera, y solía decir entre jaranero y frustrado que nuestra tierra es fértil en médicos, músicos y deportistas. Le hubiera ido mejor con dos maracas en las manos o con un implemento deportivo que con su título exclusivo obtenido en Leningrado. Sin aceptar ese falso fatalismo idiosincrásico, hay que reconocer las aptitudes de los cubanos en la práctica de los deportes. Esto sin dejar de tener en cuenta que el gobierno de la isla mantiene el elitismo dentro del deporte y gracias a ello logra altos resultados. Lejos están aquellos días de la práctica masiva de deportes y de las posibilidades de contar con los medios necesarios para desarrollar cualquier habilidad. Ahora todo vale caro y no todos pueden llegar. Los que tienen el biotipo o las cualidades son los que reciben una esmerada atención.

Otro aspecto que quedó claro en Atenas es el costo de una celebración de esta envergadura. Se dice que la de Grecia superó los diez mil millones de dólares. Ello es un ejemplo de lo improcedente que resulta el otorgamiento de la sede olímpica a países con poco desarrollo económico, ya que son los ciudadanos los que sufrirán las consecuencias del enorme gasto y de los recursos empleados en la construcción de instalaciones especializadas. Incluso en esta ocasión el país sede recibió el apoyo de Italia y Turquía en el suministro de energía.

Nos separan 1460 días de la próxima cita en Beijing. No sé si allí será posible lo que en Atenas no pudo ser. Es posible que mezclados con el público podamos ver en esa ocasión a los competidores de Cuba apoyando a sus compañeros de otras disciplinas como ahora lo hicieran rusos, brasileños, croatas, etc. con las suyas. Quizás sea también posible que algunos de los deportistas cubanos puedan contar con la presencia de sus padres, su pequeño hijo o su compañera para compartir unidos la alegría del triunfo.

Estoy seguro de que la República China se está preparando para hacer una demostración tremenda en todos los sentidos para la Olimpiada en que será anfitriona. Tal vez queden como los juegos más espectaculares y creo que la delegación china se prepara fuertemente para mejorar los resultados obtenidos en Atenas. La Olimpiada de Verano del 2004 ya es historia. La de Beijing está por escribirse.


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