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EDUCACION
Un relato verídico
Tania Díaz Castro
LA HABANA, octubre (www.cubanet.org) - La Escuela
en el Campo es un sistema que comenzó hace
33 años por iniciativa del gobernante cubano
Fidel Castro. Consiste en combinar los estudios
con la tareas agrícolas y contribuye a
cubrir parte de los gastos en que incurre la escuela,
a pesar de que el régimen afirma que la
enseñanza es gratuita. Pero, ¿se
trata de un sistema que aceptan de buen grado
estudiantes y padres?
Lo que a continuación relato lo escuché
de labios de un niño que conozco desde
que nació hace quince años. Un niño
fuera de serie. Habla en voz baja, tiene modales
elegantes y jamás le he escuchado decir
una palabrota. En ocasiones le presto revistas
especializadas, sobre todo de astronomía,
su tema favorito.
Mi pequeño amigo comenzó el nuevo
curso escolar en el pre-universitario en el campo
"República de Guyana", situado
a ocho kilómetros del pueblo Güira
de Melena, en la provincia Habana.
La escuela, me explica mi amigo, fue construida
en los años setenta por el sistema de pre-fabricado
sobre columnas. En ella estudian quinientos niños,
hembras y varones. Treinta en cada aula (a pesar
de que deben ser veinte), y 63 en cada dormitorio.
Para llegar a este intricado lugar los padres
deben "cazar" un riquimbili, una especie
de bicicleta con motor a la que se le adiciona
una estructura con el fin de llevar tres o cuatro
pasajeros, único transporte particular
de esa región capaz de atravesar malos
y angostos caminos.
Acostumbrado a vivir con higiene en su hogar,
mi amigo me cuenta que en su escuela todo marcha
mal. Las literas o camas están rotas, ya
que las cabillas con que fueron hechas se han
desprendido en muchas de sus partes. Las colchonetas
malolientes. Las duchas no funcionan. Para bañarse,
los niños deben subir cubos de agua desde
la planta baja. Tampoco tienen puertas los baños,
ni siquiera los de las niñas. También
las tazas o inodoros están partidas. Y
lo que es peor, el agua que beben es salobre.
"Mi escuela no parece una escuela",
expresa preocupado.
Me hace saber que aceptó el pre en el
campo porque no tuvo otra opción. Sólo
así, al cabo de tres años, podría
matricular una carrera universitaria. Sin embargo,
sus padres dudan de que aguante todo ese tiempo
en un lugar como ése. Y continúa
su relato.
La escuela carece de instalaciones deportivas.
En lo que se supone que son áreas de recreo
se crían cerdos, y en los bajos del edificio
se estacan las aguas albañales. Como no
se fumiga regularmente, los enjambres de mosquitos
y jejenes no dejan dormir. Quizás por eso
los maestros y casi todos los adolescentes, colocan
sus camas en los pasillos, donde instalan sus
propios ventiladores. Si no hay apagón,
claro está.
Por la mañana bien temprano salen los
niños hacia el surco, a desyerbar cultivos
de boniato y otras plantaciones. Muchas veces
sólo desayunan un jarrito de agua al tiempo
con azúcar y un pedazo de pan.
"Como los presos", dice mi amigo, mientras
me enseña las altas calificaciones que
obtuvo en la secundaria habanera del barrio Ayestarán,
donde vive con sus padres.
Al regreso, después de ingerir un almuerzo
escaso y nada nutritivo, se dirigen a las aulas
a recibir las clases del día. Cansados,
muchos cabecean lelos, con más deseos de
echarse de nuevo en sus camastros que de atender
al maestro.
El ambiente de la escuela desagrada a mi amigo,
educado por padres católicos que han sabido
cuidar su matrimonio a través de largos
años. Él piensa que hacer el coito
a escondidas y a las locas no es bueno en edades
tan tempranas, y tiene razón. Pero, ¿acaso
las becas en el campo no brindan la posibilidad
de este descontrol sexual?
El director de la escuela, Osniel Espinosa, no
está de acuerdo con que los padres visiten
este centro educacional porque, según él,
interrumpen las actividades. ¿No será
que está evitando que vean con sus propios
ojos en qué condiciones se encuentra la
escuela?
Al frente del edificio una valla publicitaria
señala una frase de José Martí:
"Los hombres deben estar allí donde
se es más útil". Pero, ¿no
se trata de una escuela donde sólo estudian
niños?
Mi pequeño amigo no se marchó de
mi casa sin decirme que se le olvidaba algo importante.
"¿Hay más?", pregunto
sorprendida.
"Sí", responde muy serio y de
pie ante mí. "Aunque repita a diario
en el matutino 'Seremos como el Che', prefiero
ser yo mismo. Yo mismo".
Nota: Se ha omitido el nombre de este alumno
para evitar represalias contra sus padres.
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