PRENSA INDEPENDIENTE
Octubre 14, 2004
 

HISTORIA
Recordando de nuevo a Hitler

Tania Díaz Castro

LA HABANA, octubre (www.cubanet.org) - En el año 1923 del siglo pasado, Adolfo Hitler trató de tomar el poder por la violencia en Munich. Luego de su fracaso fue detenido y llevado a juicio donde exclamó: "No serán ustedes, caballeros, quienes nos juzguen. Ustedes nos pueden declarar culpables mil veces, pero la diosa del tribunal eterno de la Historia sonreirá y hará añicos la acusación del fiscal y la sentencia de esta corte. Porque ella nos absuelve".

HItler fue a prisión, condenado a cinco años, de los cuales sólo cumplió nueve meses. Su bandera tenía dos colores: el rojo de la sangre y el negro de la muerte.

Sin dejar de usar jamás su vestimenta militar, alcanzó el poder en 1933. Asumió los cargos políticos más importantes de Alemania y creó una temible estructura represiva que controlaba a la sociedad en todas sus manifestaciones. Reprimió cualquier expresión de descontento por muy insignificante que fuera, e identificó el nacionalsocialismo con Alemania.

Durante varios años, gente de pueblo, intelectuales y científicos creyeron que Hitler era una suerte de enviado que cambiaría el rumbo de la humanidad. Algunos piensan aún que poseía poderes de mago, nacido precisamente en un pueblo austriaco conocido tradicionalmente como un centro de médiums y videntes.

Hitler repitió sus consignas para que penetraran en la mente de los hombres. Sobre esto, expresó: "Hay una determinada cantidad de paredes en el cerebro. Si las llenas de consignas e ideas la oposición no tiene lugar donde poner un cuadro o fotografía, porque el apartamento del cerebro está abarrotado con nuestro mobiliario".

Hitler presumía de conocer la secreta naturaleza de las masas al decir que "la psiquis de las mismas no responde a nada que sea débil o mediocre, por lo tanto prefiere al dominante". Como creía en sí mismo, en su fe, en el poder de su oratoria, se convirtió en el orador más extraordinario de su tiempo, y quienes lo conocieron aseguraban que crecía de tamaño cuando hablaba a las multitudes compuestas por millones de alemanes fanáticos.

Se convenció a sí mismo de su fe, porque según dijo: "Ochenta millones de alemanes no pueden estar equivocados".

Sus discursos se centraban en la defensa e identidad de Alemania, en destruir el imperio marxista y su divisa: no admitir jamás un error, no reconocer nada bueno del enemigo, no dejar sitio a las alternativas, concentrarse en un enemigo y culparlo de todo lo que le salía mal.

El resultado del nazismo no debe olvidarse: estableció una dictadura de partido único, censura y represión de las libertades civiles basada en el culto al jefe, a la obediencia al Estado.

Pero la Historia no es otra cosa que la eterna lucha del Bien contra el Mal. Durante el régimen hitleriano murieron decenas de millones de personas.

Derrotado, el 30 de abril de 1945, fecha en que se celebra en Alemania "La noche de las brujas", se suicidó Adolf Hitler junto a su amante y sus perros. Creyó que había nacido para cumplir una misión y no pudo lograrlo. Lo último que expresó fue que si él tenía que morir, el pueblo alemán no debía sobrevivirle. Tampoco su Estado duró mil años, como pronosticó.

El Bien derrotaba al Mal.


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