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SOCIEDAD
Fefita la manicura
Oscar Mario González, Grupo Decoro
LA HABANA, octubre (www.cubanet.org) - Aunque
han pasado 24 años, Fefita recuerda como
si fuera ayer aquellos sucesos de la embajada
de Perú, ocurridos en abril de 1980, de
los cuales fue protagonista.
Por aquel entonces tenía la belleza de
sus 22 años y una gracia natural que propiciaba
el diminutivo de Fefita con que todos la identificaban.
De tal circunstancia se complacía enormemente,
porque ocultaba el nombre verdadero de Josefa
Pocadicha con el cual nunca estuvo conforme.
Cursaba el penúltimo año de la
carrera de Derecho. Era, además, miembro
destacada de la Federación de Mujeres Cubanas
y presidenta del Comité de Defensa de la
cuadra en que vivía. Contaba, pues, con
todos los ingredientes de identificación
necesarios para terminar su carrera e insertarse
decididamente en la sociedad revolucionaria y
socialista. Eran sus aspiraciones futuras casarse
con su novio, habilitar el garaje para vivir independiente
de su madre, construir un carrito de dos ruedas
para cargar los mandados de la libreta de racionamiento,
tener un hijo y una sombrilla para cuidarse del
sol cuando fuera necesario marchar por la plaza
pública en apoyo al Comandante.
Pero sus planes cambiaron brusca e inesperadamente
aquella tarde cuando Olga, su amiga y confidente,
vino a avisarle y proponerle sumarse a la multitud
que había invadido la sede diplomática
del país andino. Aquello fue como un bichito
que se le metió en la mente, despertando
y alborotando sus más ocultos y fervorosos
anhelos. Nada le hizo desistir de sus propósitos.
Ni el llanto de su madre ni la negativa del novio
a acompañarla.
Fue aquella tarde cuando aprendió que
diez minutos son suficientes para torcer el rumbo
del destino, pues fue durante los diez minutos
que se entretuvo despidiéndose del novio,
que la ancha verja de acceso a la embajada se
cerró, produciendo un ruido seco, como
de muerte o angustia. Allí la detuvieron
los policías.
Después la llevaron en un carro patrullero
a la estación ubicada en la calle 62 y
avenida 9na. en Miramar, y desde allí a
su casa.
Cuando llegó a la casa la esperaba una
veintena de desconocidos, liderada por un negro
bajito y regordete y una mujer de mediana edad,
blancuzca y pecosa, descomida y alta como una
palma real. Ambos enarbolaban una tela enorme
donde se leía: QUE SE VAYAN LOS TRAIDORES.
CUBA PARA LOS REVOLUCIONARIOS.
Desde la rendija de la puerta vería cómo
llegaban lugareños con carteles, a los
cuales apenas conocía y con los que nunca
había cruzado una palabra. Otros, los menos,
eran de la cuadra.
Pudo identificar a "María Moscamuerta",
de quien invariablemente daba buenas referencias
a la policía, gritando a pleno pulmón:
FEFITA, TAPADITA, ERES TREMENDA PUTICA.
Aureliano Armenteros, a quien le toleraba la
producción y venta de chispa'e tren, chillaba
con su bocaza y su vocecita fañosa: ABAJO
LA DOBLE MORAL. VIVA LA MORAL REVOLUCIONARIA.
Como era de presumir, Genaro "el despistao",
distante de la multitud, miraba boquiabierto lo
que sucedía con los ojos encandilados y
las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
Para sombro de Fefita, el coronel del ejército
se mantenía apartado del tumulto, con la
mirada fija en el contén de la acera y
con cierta expresión de repugnancia.
Ya entrada la noche la turba corrompida se dirigió
a la esquina donde el responsable de la zona de
los CDR les ofrecía una merienda de limonada
y pan con mortadella por la participación
en la "actividad".
En el interior de la habitación, en el
silencio de la fatalidad y con el estigma de la
"traición al comandante" quedaba
Josefa Pocadicha.
Expulsada de la universidad empezó a arreglar
uñas ayudada por Olga, que desde Miami
la abastecía de pinturas, acetona, esmaltes,
calcomanías, uñas postizas y de
cuanto instrumento fuera útil al oficio.
De los que aquel día le hicieron el mitin
de repudio, unos están muertos, otros viven
en Madrid, Miami o Estocolmo, y los menos siguen
en el barrio y se esconden y avergüenzan
al verla pasar.
Ella nunca más hizo algo para irse del
país. Llegó a la conclusión
de que no conoce a la gente y quiere estar en
Cuba para ver cómo es el cubano cuando
éste pueda ser como quiera ser.
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