PRENSA INDEPENDIENTE
Octubre 6, 2004
 

SOCIEDAD
Fefita la manicura

Oscar Mario González, Grupo Decoro

LA HABANA, octubre (www.cubanet.org) - Aunque han pasado 24 años, Fefita recuerda como si fuera ayer aquellos sucesos de la embajada de Perú, ocurridos en abril de 1980, de los cuales fue protagonista.

Por aquel entonces tenía la belleza de sus 22 años y una gracia natural que propiciaba el diminutivo de Fefita con que todos la identificaban. De tal circunstancia se complacía enormemente, porque ocultaba el nombre verdadero de Josefa Pocadicha con el cual nunca estuvo conforme.

Cursaba el penúltimo año de la carrera de Derecho. Era, además, miembro destacada de la Federación de Mujeres Cubanas y presidenta del Comité de Defensa de la cuadra en que vivía. Contaba, pues, con todos los ingredientes de identificación necesarios para terminar su carrera e insertarse decididamente en la sociedad revolucionaria y socialista. Eran sus aspiraciones futuras casarse con su novio, habilitar el garaje para vivir independiente de su madre, construir un carrito de dos ruedas para cargar los mandados de la libreta de racionamiento, tener un hijo y una sombrilla para cuidarse del sol cuando fuera necesario marchar por la plaza pública en apoyo al Comandante.

Pero sus planes cambiaron brusca e inesperadamente aquella tarde cuando Olga, su amiga y confidente, vino a avisarle y proponerle sumarse a la multitud que había invadido la sede diplomática del país andino. Aquello fue como un bichito que se le metió en la mente, despertando y alborotando sus más ocultos y fervorosos anhelos. Nada le hizo desistir de sus propósitos. Ni el llanto de su madre ni la negativa del novio a acompañarla.

Fue aquella tarde cuando aprendió que diez minutos son suficientes para torcer el rumbo del destino, pues fue durante los diez minutos que se entretuvo despidiéndose del novio, que la ancha verja de acceso a la embajada se cerró, produciendo un ruido seco, como de muerte o angustia. Allí la detuvieron los policías.

Después la llevaron en un carro patrullero a la estación ubicada en la calle 62 y avenida 9na. en Miramar, y desde allí a su casa.

Cuando llegó a la casa la esperaba una veintena de desconocidos, liderada por un negro bajito y regordete y una mujer de mediana edad, blancuzca y pecosa, descomida y alta como una palma real. Ambos enarbolaban una tela enorme donde se leía: QUE SE VAYAN LOS TRAIDORES. CUBA PARA LOS REVOLUCIONARIOS.

Desde la rendija de la puerta vería cómo llegaban lugareños con carteles, a los cuales apenas conocía y con los que nunca había cruzado una palabra. Otros, los menos, eran de la cuadra.

Pudo identificar a "María Moscamuerta", de quien invariablemente daba buenas referencias a la policía, gritando a pleno pulmón: FEFITA, TAPADITA, ERES TREMENDA PUTICA.

Aureliano Armenteros, a quien le toleraba la producción y venta de chispa'e tren, chillaba con su bocaza y su vocecita fañosa: ABAJO LA DOBLE MORAL. VIVA LA MORAL REVOLUCIONARIA.

Como era de presumir, Genaro "el despistao", distante de la multitud, miraba boquiabierto lo que sucedía con los ojos encandilados y las manos metidas en los bolsillos del pantalón.

Para sombro de Fefita, el coronel del ejército se mantenía apartado del tumulto, con la mirada fija en el contén de la acera y con cierta expresión de repugnancia.

Ya entrada la noche la turba corrompida se dirigió a la esquina donde el responsable de la zona de los CDR les ofrecía una merienda de limonada y pan con mortadella por la participación en la "actividad".

En el interior de la habitación, en el silencio de la fatalidad y con el estigma de la "traición al comandante" quedaba Josefa Pocadicha.

Expulsada de la universidad empezó a arreglar uñas ayudada por Olga, que desde Miami la abastecía de pinturas, acetona, esmaltes, calcomanías, uñas postizas y de cuanto instrumento fuera útil al oficio.

De los que aquel día le hicieron el mitin de repudio, unos están muertos, otros viven en Madrid, Miami o Estocolmo, y los menos siguen en el barrio y se esconden y avergüenzan al verla pasar.

Ella nunca más hizo algo para irse del país. Llegó a la conclusión de que no conoce a la gente y quiere estar en Cuba para ver cómo es el cubano cuando éste pueda ser como quiera ser.


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