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DESDE
LA CARCEL
Televisión
tras las rejas
Omar Ruiz Hernández, condenado a 18 años de
prisión
PRISIÓN DE CANALETA, Ciego de Ávila
(www.cubanet.org) - El televisor, ese revolucionario
invento del siglo pasado que nos informa con imágenes
y palabras lo que ocurre en cualquier rincón
del mundo y a la vez constituye una buena forma
de esparcimiento tanto para adultos como a los
niños, ha llegado, en una prisión
cubana, a convertirse en un instrumento de tortura.
El ejemplo más notable fue durante los
15 días de la Olimpíada de Atenas
2004. Un televisor instalado muy cerca de mi celda
no me permitía conciliar el sueño,
debido a la algarabía de los reclusos y
a las estridencias de los comentaristas deportivos
durante todos esos días. Dadas las diferencias
entre Atenas y La Habana, y con el objetivo de
transmitir en vivo todos los pormenores de las
competencias, la programación abarcó
casi las 24 horas del día, aunque en la
madrugada los espectadores fueran muy pocos y
que existía la posibilidad de disfrutar
las competencias de forma diferida en horario
diurno.
En la avileña prisión de Canaleta
la hora de silencio está directamente relacionada
con la hora en que termina la programación
de la televisión, que se extiende siempre
hasta después de la medianoche.
Pero ésta no es la única peculiaridad
que tiene la televisión dentro de una prisión
cubana, especialmente donde existe un solo aparato
para satisfacer el gusto de 40 personas. Si en
un hogar cualquiera existen diferencias porque
el esposo quiere ver la pelota y las mujeres la
novela, imagine Ud. cómo será la
cosa en un lugar como éste, donde la gran
mayoría de los reclusos carecen de elementales
normas de educación y equidad.
En la prisión Combinado de Guantánamo,
donde estuve la mayor parte del tiempo que llevo
injustamente encarcelado, no se presentaban muchos
problemas con la televisión pues en el
destacamento donde me tocó vivir había
dos televisores, que se repartían la programación,
uno destinado a Cubavisión y el otro a
Tele Rebelde, los dos principales de los cuatro
canales con que cuenta el país.
Pero lo que se ve o se deja de ver depende de
los presos y no de las autoridades, excepto las
Mesas Redondas y programas especiales.
Los presos que se dedican a mantener el orden
y la disciplina en los destacamentos o galeras,
son los que deciden lo que se ve, sin llegar a
un consenso con los demás, aunque existe
un común denominador entre los reos comunes
para escoger su programa favorito -el sexo- sin
importar lo que se vea, lo importante son los
desnudos o actuaciones eróticas. He podido
apreciar que los filmes de menos audiencia son
los que carecen del factor sexo, y las telenovelas
que reúnen la mayor cantidad de reclusos
frente al televisor son las brasileñas,
no tanto por el argumento, sino por la fotografía
y el fuerte componente erótico.
Los reclusos no resisten los teques políticos,
ni los comentarios cinematográficos de
especialistas antes de la proyección de
los filmes, razones más que suficientes
para que se haga imposible ver y escuchar los
detalles de algún programa de entrevistas,
y ni hablar de las Mesas Redondas. Los noticieros
pueden verse a medias porque son transmitidos
en cadena, pero en la mayoría de los casos,
soy el único y verdadero televidente mientras
los demás están en lo suyo, en espera
del próximo espacio, razón por la
que se hace prácticamente imposible escuchar
las voces de los locutores.
En ocasiones durante algunos programas favoritos
de los reclusos también se hace imposible
la escucha sin pegar el oído a la bocina
de los aparatos, debido a las conversaciones mantenidas
a gritos entre amigos de diferentes pisos y destacamentos.
Pero todo lo anteriormente señalado no
es lo único que hace incómodo ver
la televisión en una cárcel cubana
como Canaleta, porque también existe el
derecho al sitio, es decir el lugar de ubicación
para poder ver la pequeña pantalla. El
derecho al sitio tiene que ver con la antigüedad
de los condenados en el destacamento; así,
los más antiguos tienen acaparados los
lugares privilegiados, mientras que los demás
deben contentarse con los sitios más alejados
de la pantalla o de peor ángulo.
En mi caso, mientras que estuve en Guantánamo,
podía ubicarme cerca del televisor porque
las autoridades carcelarias allí me permitieron
tener una silla de tijera, pero las de Ciego no
la permitieron. Ahora veo la TV sentado encima
de una cubeta plástica desde un ángulo
casi diagonal, espacio que nadie antes había
escogido y que tengo reservado para mí,
pero que me permite ver y oír mejor que
si estuviera ubicado al final del estrecho pasillo
donde tienen el televisor.
Es en esas condiciones en que podemos ver la
televisión los presos políticos
y de conciencia, a pesar de que el ministro de
Relaciones Exteriores de Cuba dijo en conferencia
de prensa en abril del 2003 que teníamos
acceso a espacios televisivos comunes.
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