PRENSA INDEPENDIENTE
Noviembre 29 , 2004
 

DESDE LA CARCEL
Televisión tras las rejas

Omar Ruiz Hernández, condenado a 18 años de prisión

PRISIÓN DE CANALETA, Ciego de Ávila (www.cubanet.org) - El televisor, ese revolucionario invento del siglo pasado que nos informa con imágenes y palabras lo que ocurre en cualquier rincón del mundo y a la vez constituye una buena forma de esparcimiento tanto para adultos como a los niños, ha llegado, en una prisión cubana, a convertirse en un instrumento de tortura.

El ejemplo más notable fue durante los 15 días de la Olimpíada de Atenas 2004. Un televisor instalado muy cerca de mi celda no me permitía conciliar el sueño, debido a la algarabía de los reclusos y a las estridencias de los comentaristas deportivos durante todos esos días. Dadas las diferencias entre Atenas y La Habana, y con el objetivo de transmitir en vivo todos los pormenores de las competencias, la programación abarcó casi las 24 horas del día, aunque en la madrugada los espectadores fueran muy pocos y que existía la posibilidad de disfrutar las competencias de forma diferida en horario diurno.

En la avileña prisión de Canaleta la hora de silencio está directamente relacionada con la hora en que termina la programación de la televisión, que se extiende siempre hasta después de la medianoche.

Pero ésta no es la única peculiaridad que tiene la televisión dentro de una prisión cubana, especialmente donde existe un solo aparato para satisfacer el gusto de 40 personas. Si en un hogar cualquiera existen diferencias porque el esposo quiere ver la pelota y las mujeres la novela, imagine Ud. cómo será la cosa en un lugar como éste, donde la gran mayoría de los reclusos carecen de elementales normas de educación y equidad.

En la prisión Combinado de Guantánamo, donde estuve la mayor parte del tiempo que llevo injustamente encarcelado, no se presentaban muchos problemas con la televisión pues en el destacamento donde me tocó vivir había dos televisores, que se repartían la programación, uno destinado a Cubavisión y el otro a Tele Rebelde, los dos principales de los cuatro canales con que cuenta el país.

Pero lo que se ve o se deja de ver depende de los presos y no de las autoridades, excepto las Mesas Redondas y programas especiales.

Los presos que se dedican a mantener el orden y la disciplina en los destacamentos o galeras, son los que deciden lo que se ve, sin llegar a un consenso con los demás, aunque existe un común denominador entre los reos comunes para escoger su programa favorito -el sexo- sin importar lo que se vea, lo importante son los desnudos o actuaciones eróticas. He podido apreciar que los filmes de menos audiencia son los que carecen del factor sexo, y las telenovelas que reúnen la mayor cantidad de reclusos frente al televisor son las brasileñas, no tanto por el argumento, sino por la fotografía y el fuerte componente erótico.

Los reclusos no resisten los teques políticos, ni los comentarios cinematográficos de especialistas antes de la proyección de los filmes, razones más que suficientes para que se haga imposible ver y escuchar los detalles de algún programa de entrevistas, y ni hablar de las Mesas Redondas. Los noticieros pueden verse a medias porque son transmitidos en cadena, pero en la mayoría de los casos, soy el único y verdadero televidente mientras los demás están en lo suyo, en espera del próximo espacio, razón por la que se hace prácticamente imposible escuchar las voces de los locutores.

En ocasiones durante algunos programas favoritos de los reclusos también se hace imposible la escucha sin pegar el oído a la bocina de los aparatos, debido a las conversaciones mantenidas a gritos entre amigos de diferentes pisos y destacamentos.

Pero todo lo anteriormente señalado no es lo único que hace incómodo ver la televisión en una cárcel cubana como Canaleta, porque también existe el derecho al sitio, es decir el lugar de ubicación para poder ver la pequeña pantalla. El derecho al sitio tiene que ver con la antigüedad de los condenados en el destacamento; así, los más antiguos tienen acaparados los lugares privilegiados, mientras que los demás deben contentarse con los sitios más alejados de la pantalla o de peor ángulo.

En mi caso, mientras que estuve en Guantánamo, podía ubicarme cerca del televisor porque las autoridades carcelarias allí me permitieron tener una silla de tijera, pero las de Ciego no la permitieron. Ahora veo la TV sentado encima de una cubeta plástica desde un ángulo casi diagonal, espacio que nadie antes había escogido y que tengo reservado para mí, pero que me permite ver y oír mejor que si estuviera ubicado al final del estrecho pasillo donde tienen el televisor.

Es en esas condiciones en que podemos ver la televisión los presos políticos y de conciencia, a pesar de que el ministro de Relaciones Exteriores de Cuba dijo en conferencia de prensa en abril del 2003 que teníamos acceso a espacios televisivos comunes.


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