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AGRICULTURA
Dulces
cooperativas con sabor amargo
Ariel Delgado Covarrubias, UPECI
LA HABANA, noviembre (www.cubanet.org) - La noticia
de que para la próxima cosecha azucarera
no habrá Zafra Chica (la que se realiza
entre los meses de noviembre y diciembre) no sorprendió
a los especialistas que llevan el pulso a ese
sector de la economía, pero sí a
muchos de los preocupados por el declive vertiginoso
de lo que una vez fue "la primera industria
cubana".
¿A tal grado de depauperación ha
llegado la agricultura cañera?, se preguntan
muchos estupefactos. El desastre causado a la
economía por "las formas socialistas
de producción" en este sector constituye
un vivo ejemplo de lo que representa la aplicación
de conceptos y métodos erróneos
en una producción que viene de siglos atrás.
Casi todo el mundo piensa de inmediato que el
problema está en la tenencia de la tierra.
En general, razón no falta en ese análisis,
pero el fenómeno cañero va más
allá, cuando se conoce que en la actualidad
las tierras dedicadas al cultivo de la gramínea
pertenecen a formas cooperativas en un 90 %. De
ahí que el estudio de esa situación
sea mucho más complejo de lo que parece.
Antes de 1959 se registraban 159 mil fincas dedicadas
al cultivo de la caña. De ellas 9,342 pertenecían
a las administraciones de los centrales, con un
área que abarcaba el 25 % del total y con
un promedio de 248 hectáreas por finca.
Pero la distribución real en este concepto
era muy desigual: por ejemplo, sólo nueve
compañías azucareras norteamericanas
disponían de un total de 134 mil hectáreas
de tierra, de las que el mayor por ciento eran
de caña.
No obstante, el grueso de la tierra dedicada
al cultivo estaban en manos de los colonos (propietarios
individuales) y los arrendatarios. Juntos totalizaban
el 62,4 % de todo el área total dedicada
a la gramínea, y sumaban 93,840 fincas
con una extensión promedio de 60 hectáreas.
Con la Ley de Reforma Agraria y la expropiación
de los centrales azucareros la producción
agrícola del sector se organizó
en las cooperativas cañeras, que vinculadas
a las industrias dieron paso a las llamadas agrupaciones
cañeras, que llegaron a controlar el 12
% de la superficie agrícola total del país.
Fueron integradas por obreros rurales que no
poseían tierras, y también carecían
de la experiencia necesaria y el conocimiento
que dan los años en esa labor. Pese a contar
con jugosos créditos otorgados por el gobierno,
su gestión económica fue el primer
gran desastre en ese ámbito, lo que provocó
su desaparición dos años después
y su conversión en las ineficientes granjas
cañeras estatales, subordinadas a los centrales.
Con el abundante subsidio soviético y
el consumo de grandes cantidades de fertilizantes,
hierbicidas y pesticidas, las granjas estatales
sobrevivieron con distintas denominaciones hasta
la llegada del Período Especial. Fue entonces
que la producción cañera cayó
en picada a niveles de los que no se ha podido
recuperar.
En 1994 surgen las Unidades Básicas de
Producción Cooperativa (UBPC) como variante
para resolver el grave problema ocasionado en
la agricultura cañera. Hasta ese entonces
la producción cooperativa de las CPA y
CCS sólo tenían el 16 % de las tierras
con ese fin, pero con las UBPC actualmente ese
nivel se eleva al 90 %.
No obstante, al cambiar la tenencia de la tierra,
los resultados no son todavía alentadores.
Al cierre de 2003, de las CPA dedicadas al cultivo
de la caña el 83,2 % eran rentables, pero
esos resultados en las UBPC sólo alcanzaban
el 47,1 %
Se puede observar que el costo por peso producido
de esas entidades reflejan un aumento constante,
llegando en 2003 a alcanzar 1,29 de gastos para
producir un peso. La ineficiencia reina en esas
entidades.
Sin caña no hay zafra. Esa ley adquiere
todo su valor en esta próxima zafra, acortada
y con pocas posibilidades de alcanzar el crecimiento
necesario. Pero mientras no se resuelva el problema
de los productores cañeros, y ellos no
vean que su trabajo alcanza los frutos necesarios,
la zafra del despegue continuará siendo
una quimera.
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