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SOCIEDAD
Hablemos de velas
Reinaldo Cosano Alén
LA HABANA, noviembre (www.cubanet.org) - Hachas
encendidas, teas, hogueras, mechones, y hasta
el ingenioso encierro de cocuyos vivos en güiras,
como lo hicieron los indígenas cubanos,
están en la larga lista de medios que la
humanidad ha empleado para protegerse del frío,
del ataque de fieras, en la cocción de
alimentos y para alumbrarse.
Si algo está bien claro es que el hombre,
desde su aparición, no gustó de
andar a ciegas. A ciegas en el sentido real de
luz y también en el intelectual, por lo
que daba explicación, aunque fuera mágica,
a los fenómenos circundantes.
Pienso que a nuestros lejanos ancestros debió
aterrorizarlos la llegada de la noche; peor aún,
la ocurrencia de eclipses de luna y de sol.
Salvando la distancia de milenios hay que decir
que al cubano actual tampoco le gusta andar a
ciegas. Por eso, en busca de la luz de conocimientos
vedados se ha hecho experto copiando y adaptando
antenas parabólicas de confección
casera para captar señales de televisión
allende los mares, o con la proliferación
de "bancos de filmes" de vídeo,
perseguidos por la censura oficial y la policía,
que se ve imposibilitada de acabarlos.
La otra luz real, física, tangible, forma
parte de las vicisitudes que las generaciones
actuales afrontan con los molestos apagones, si
bien han disminuido en las últimas semanas.
La vela vuelve a estar de moda en Cuba. La moda
la han traído los prolongados y mortificantes
apagones. Ni sombra de vela podía verse
en las décadas de 1970-1980. Ni siquiera
las muy pequeñitas puestas sobre los cakes
de cumpleaños infantiles. Pero si alguna
torta era iluminada por las clásicas velitas,
era mucho el cuchicheo entre comadres tratando
de averiguar la vía secreta por la que
las habían obtenido; casi siempre por algún
familiar o amigo, por petición expresa,
de Estados Unidos o España, los dos principales
polos de inmigrantes cubanos.
Tras el coro de Happy Birthday to you! o el nacionalizado
españolizado ¡Felicidades amiguito
en tu día!, el pequeño príncipe
-o princesa- homenajeado soplaba y apagaba las
velitas -azules, si niño; rosadas, si niña-,
y los niños que alcanzaban velitas, golosos
paladeaban el merengue adherido, pero rápido,
porque mamá, presurosa, casi atropellando
y contra cualquier otra intención, las
recogía y guardaba. "Para el cumpleaños
del año que viene", decía con
punzante justificación.
No todos los cumpleaños podían
disponer entonces de velas. Después sí,
con la apertura de las tiendas dolarizadas. Pero
lo que parece muy raro, demasiado raro, es que
el cubano, siempre tan ingenioso cuando se ve
apremiado por imperiosas necesidades, no haya
"inventando" -de nuevo- las velitas
de cumpleaños.
Sí, raro es porque llegó a "inventar"el
huevo frito con agua, en vez de aceite; el bisté
de hollejo de toronja; el trepidante monstruo
como medio de transporte popularmente bautizado
"camello", y capaz el cubano de inventar
cualquier medio para escapar del país,
incluido una camioneta anfibia. Y sin embargo,
no llegó a inventar las velitas del cake.
A lo mejor porque eran escasas las celebraciones,
porque más difícil era conseguir
la harina de trigo y los seis huevos empleados
en cada torta. Y si pocas eran las fiestas infantiles,
es lógico que hubiera poca demanda de velitas.
Entonces, a veces, hasta las velas para iglesias
tenían que ser traídas del exterior,
medio escondidas en el equipaje.
Hasta los pobres difuntos se han fastidiado con
el embargo ¿de Estados Unidos? por esa
escasez, y seguro con mucho disgusto, han tenido
que realizar el tránsito al otro mundo
sin siquiera una vela que les alumbre tan oscuro
camino.
Época en que médiums y otros espiritistas
vieron menguada su credibilidad profesional. No
es lo mismo solicitar la presencia de espíritus
sólo con una bola de cristal y una copa
de agua clara, pero sin una sola vela.
Fue la época también en que surgió
para quedarse la expresión popular: "¡No
lo vas a encontrar ni en los centros espirituales!",
cuando el artículo buscado no aparecía
por ninguna parte.
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