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CULTURA
Dos años sin Polo
Luis Cino
LA HABANA, noviembre (www.cubanet.org) - A los
cubanos nos sobran los mitos y las leyendas. Abundan
más de lo aconsejable para el bienestar
de un pueblo. Los cuentos de hadas, sin embargo,
no son frecuentes en nuestro medio.
A dos años de su muerte, Polo Montañez
sigue prendido firme en la memoria colectiva de
los cubanos como la más tenaz de las enredaderas
de nuestros campos.
Su vida fue como un cuento de hadas. Se desarrolló
en el más inusual y árido de los
escenarios: la Cuba del período especial.
De los bueyes, el carbón, los cerdos,
el azadón y el machete, brincó a
la fama internacional. De las lomas pinareñas
a París y Bogotá.
Un empresario musical extranjero trajo la vara
mágica. Ya Dios había tocado a Polo.
El sello disquero Lusáfrica aportó
la suerte. El talento estaba ahí. A Polo
Montañez se le dio silvestre, como un don
divino con olor a hierba húmeda por el
rocío matinal.
Desde los tiempos de Benny Moré, en la
música cubana no ocurría algo así.
Lo necesitaba con urgencia.
A diferencia de los ancianos de Buena Vista Social
Club, rescatados del olvido por Ry Cooder, Polo
no era veterano en otra cosa que no fueran las
labores agrícolas. Se dedicaba a la música
hacía pocos años. La familia, los
amigos y algunos vecinos fueron los primeros en
conocer las canciones que serían hits.
Entre tantas poses y alboroto de salseros, raperos,
trovadores y rockeros, queriendo decir amordazados,
la voz de Polo Montañez fue un soplo de
sinceridad y autenticidad. Estábamos sobresaturados
de cantautores "profundos".
Sin rebuscamientos formales ni pretensiones filosóficas,
sus canciones, entre lo novedoso y lo tradicional,
tenían la poesía ingenua de Juan
Luis Guerra, la cubanía de María
Teresa Vera, la simplicidad de Juan Pardo, el
sentimiento de Cesárea Évora, la
susceptibilidad de James Taylor y la pegada conjunta
de Elvis Presley y José Feliciano. Todo
al unísono, y sonaba como Polo Montañez.
Llegó en la más desacostumbrada
de las envolturas. Era miope y usaba camisas claras.
No era joven ni esbelto. Aparentaba más
edad que los 47 años que tenía.
No era estrafalario. Sus actuaciones, cual guateque,
no eran aparatosas. Parecía un áspero
fruto de la tierra arenosa de Pinar del Río.
Sobraba sombrero para un guajiro natural.
En un país machista, de galanes y ligones,
se atrevió a confesar, en la más
popular de sus canciones, que en el amor era un
idiota que había sufrido mil derrotas.
"Un millón de estrellas", en
el cancionero cubano, es la apoteosis del antihéroe
galante.
En Cuba todo se perdona, menos caer pesado. Polo
se ganó a todos con su sencillez y simpatía.
Se convirtió en héroe popular sin
que lo orientara el Partido. No hubo pesadeces
ni agravio que perdonarle. Jamás dejó
de ser un guajiro de Las Terrazas que, además,
cantaba.
Los cuentos de hadas suelen ser cortos. Este
duro poco más de dos años. No tuvo
un final feliz. La fatalidad acechó a Polo
en la autopista una fría noche de noviembre
de 2002.
Cuentan que varias personas del poblado Candelaria
encendieron velas a Santa Bárbara y rogaron
a Dios por la vida del cantante, apostadas en
las afueras del hospital militar Carlos J. Finlay,
en Marianao, hasta que anunciaron su muerte. No
fueron las únicas en el país.
La buena noticia y el consuelo para ellos es
que Polo sigue cantando y componiendo. En el cielo
hay un sitio reservado para los guajiros buenos
y la gente llana que nunca hizo daño. Los
que alguna vez ayudaron a su gente a gozar y olvidar
las penas en tiempos difíciles.
Allá, con ron peleón, brinda por
nosotros.
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