PRENSA INDEPENDIENTE
Noviembre 12, 2004
 

AGRICULTURA
El bramido de los toros

Ariel Delgado Covarrubias, UPECI

LA HABANA, noviembre (www.cubanet.org) - En medio de la lamentable y preocupante situación que atraviesa la ganadería bovina cubana, los machos llevan la peor parte, una discriminación que tiene una causa social. Y más que social, política y económica.

En los años iniciales del proceso castrista la política ganadera se centró en fortalecer la producción de leche por encima de la de carne, en un intento de dirigir la planificación de los recursos en la dirección deseada.

En 1963, al surgir la llamada Libreta de Abastecimientos, se estableció una cuota para todos los ciudadanos que era vendida semanalmente. Luego, se prolongó a nueve días el ciclo -la famosa novena- y a finales de los 70 se decidió alternar la carne roja con otros tipos, como el pollo. Ya en los 80 el suministro se alargó a 15 días. Y para los 90, con el llamado Período Especial en Tiempo de Paz, sencillamente desapareció, dando paso a uno de los principales inventos de la época, el consabido picadillo de soya, con más soya que carne.

Pero esta desaparición de la carne de res de la dieta nacional, como por arte de magia, no está vinculada a decisiones estatales con el fin de aumentar la salud y la longevidad de los cubanos, dado lo dañino que ese alimento resulta, para evitar enfermedad tan perniciosa como la gota. Por gotas sería entonces la unidad de medida para su distribución a la población.

Popularmente se calificó a la carne de res como "compañeros internacionalistas", calificativo que más se ajusta a la langosta y los camarones que iban a ultramar a saciar el exquisito paladar de burgueses adinerados de otros países, en búsqueda de los tan necesitados dólares. Es más, la situación era a la inversa, a Cuba llegaron ejemplares como Rosafé Signet, de origen canadiense, para mejorar la calidad del ganado cubano, y de una de esas mezclas cuya letra identificativa era la F (¡¿qué casualidad, verdad?!), surgió la inolvidable Ubre Blanca, la recordista mundial en la producción de leche.

De esa campeona quedan en laboratorios parte de su cuerpo y sus ovarios para tratar de lograr cruces que permitan la continuidad de sus récords, y recientemente se exploró la posibilidad de clonarla. En fin, nadie sabe quién degustó sus apetecibles chuletas y filetes cuando le llegó la hora mortuoris.

Pero bueno, volvamos con los toros, para no caer por inducción electro política en la discriminación que se critica.

Mientras que a las hembras se les dedica especial atención desde que nacen en la mayoría de los casos, con los toros, terneros y novillos ocurre lo contrario. Y volviendo a las hembras (¡que impertinencia!), decimos "en la mayoría de los casos", porque hay muchas terneras que llegan a novillas y añojas sin alcanzar el peso necesario para introducirlas a la reproducción, y no son pocos los casos que mueren vírgenes (¡qué horror!). Imagínense entonces lo que sucede en esos lugares con los machos.

Los descendientes del Adán vacuno tienen un destino dirigido en tres direcciones: el matadero, a donde va la mayoría, y casi siempre llegan depauperados. La segunda es la reproducción. Los escogidos como sementales, casi siempre hijos de papá, una nomenklatura que viene marcada no por un carné, sino por los genes, son los que mejor viven, comen y por supuesto gozan de la vida y del placer. Los que no clasifican como sementales se les ubica como celadores, siendo previamente adulterados en el quirófano del veterinario, con una desviación en su verga que los deja siempre insatisfechos, para que las vacas sean inseminadas, pese a las protestas de la vaquita Pijirigua de la canción del defenestrado Pedro Luis Ferrer.

La tercera dirección es más cruel, aunque pueden alargar un poco sus años de vida. Se les practica la castración, y no precisamente a lo Farinelli, ya que no van a bramar más ni mejor, sino para que aumenten su fuerza de trabajo y sean enyugados diariamente. Son los tradicionales bueyes, autores de la revolución anti mecanización de la agricultura cubana de los años 90.

Hay que significar que el país hasta finales de los años 90 del pasado siglo producía anualmente más de 400 mil toneladas de carne de res, y que en la actualidad los registros ubican un promedio anual que no supera las 150 mil.

Pero no se llame a engaño, querido lector. Las reses no viven por esto más, al contrario, viven menos. Resultan víctimas del hambre por falta de alimentos, de la sed por falta de lluvias y de enfermedades evitables por desnutrición. Y el temible cuchillo de los Makarios de la nueva era causa verdaderos estragos.

Los productores pecuarios dedican sus mejores esfuerzos a la producción de leche, mejor remunerada. El Estado, único comprador y distribuidor de la carne vacuna, paga el kilogramo de un toro en pie a 3.50 pesos cubanos, mientras que en el mercado negro la libra del sacrificado ilegalmente se cotiza hasta a 1.50 dólar americano.

¿Podrán los delegados al Segundo Simposium Internacional de Ganadería Agroecológica hacer entender a las autoridades de este país lo desacertado de su política en la producción ganadera?

Mientras tanto, los toros braman sufriendo de hambre, martirizados por la sed, humillados por el abandono en que se encuentran sumidos por quienes deben cuidarlos y engordarlos, y por el siempre temor al cuchillo nocturno de los matarifes.


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