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AGRICULTURA
El bramido de los toros
Ariel Delgado Covarrubias, UPECI
LA HABANA, noviembre (www.cubanet.org) - En medio
de la lamentable y preocupante situación
que atraviesa la ganadería bovina cubana,
los machos llevan la peor parte, una discriminación
que tiene una causa social. Y más que social,
política y económica.
En los años iniciales del proceso castrista
la política ganadera se centró en
fortalecer la producción de leche por encima
de la de carne, en un intento de dirigir la planificación
de los recursos en la dirección deseada.
En 1963, al surgir la llamada Libreta de Abastecimientos,
se estableció una cuota para todos los
ciudadanos que era vendida semanalmente. Luego,
se prolongó a nueve días el ciclo
-la famosa novena- y a finales de los 70 se decidió
alternar la carne roja con otros tipos, como el
pollo. Ya en los 80 el suministro se alargó
a 15 días. Y para los 90, con el llamado
Período Especial en Tiempo de Paz, sencillamente
desapareció, dando paso a uno de los principales
inventos de la época, el consabido picadillo
de soya, con más soya que carne.
Pero esta desaparición de la carne de
res de la dieta nacional, como por arte de magia,
no está vinculada a decisiones estatales
con el fin de aumentar la salud y la longevidad
de los cubanos, dado lo dañino que ese
alimento resulta, para evitar enfermedad tan perniciosa
como la gota. Por gotas sería entonces
la unidad de medida para su distribución
a la población.
Popularmente se calificó a la carne de
res como "compañeros internacionalistas",
calificativo que más se ajusta a la langosta
y los camarones que iban a ultramar a saciar el
exquisito paladar de burgueses adinerados de otros
países, en búsqueda de los tan necesitados
dólares. Es más, la situación
era a la inversa, a Cuba llegaron ejemplares como
Rosafé Signet, de origen canadiense, para
mejorar la calidad del ganado cubano, y de una
de esas mezclas cuya letra identificativa era
la F (¡¿qué casualidad, verdad?!),
surgió la inolvidable Ubre Blanca, la recordista
mundial en la producción de leche.
De esa campeona quedan en laboratorios parte
de su cuerpo y sus ovarios para tratar de lograr
cruces que permitan la continuidad de sus récords,
y recientemente se exploró la posibilidad
de clonarla. En fin, nadie sabe quién degustó
sus apetecibles chuletas y filetes cuando le llegó
la hora mortuoris.
Pero bueno, volvamos con los toros, para no caer
por inducción electro política en
la discriminación que se critica.
Mientras que a las hembras se les dedica especial
atención desde que nacen en la mayoría
de los casos, con los toros, terneros y novillos
ocurre lo contrario. Y volviendo a las hembras
(¡que impertinencia!), decimos "en
la mayoría de los casos", porque hay
muchas terneras que llegan a novillas y añojas
sin alcanzar el peso necesario para introducirlas
a la reproducción, y no son pocos los casos
que mueren vírgenes (¡qué
horror!). Imagínense entonces lo que sucede
en esos lugares con los machos.
Los descendientes del Adán vacuno tienen
un destino dirigido en tres direcciones: el matadero,
a donde va la mayoría, y casi siempre llegan
depauperados. La segunda es la reproducción.
Los escogidos como sementales, casi siempre hijos
de papá, una nomenklatura que viene marcada
no por un carné, sino por los genes, son
los que mejor viven, comen y por supuesto gozan
de la vida y del placer. Los que no clasifican
como sementales se les ubica como celadores, siendo
previamente adulterados en el quirófano
del veterinario, con una desviación en
su verga que los deja siempre insatisfechos, para
que las vacas sean inseminadas, pese a las protestas
de la vaquita Pijirigua de la canción del
defenestrado Pedro Luis Ferrer.
La tercera dirección es más cruel,
aunque pueden alargar un poco sus años
de vida. Se les practica la castración,
y no precisamente a lo Farinelli, ya que no van
a bramar más ni mejor, sino para que aumenten
su fuerza de trabajo y sean enyugados diariamente.
Son los tradicionales bueyes, autores de la revolución
anti mecanización de la agricultura cubana
de los años 90.
Hay que significar que el país hasta finales
de los años 90 del pasado siglo producía
anualmente más de 400 mil toneladas de
carne de res, y que en la actualidad los registros
ubican un promedio anual que no supera las 150
mil.
Pero no se llame a engaño, querido lector.
Las reses no viven por esto más, al contrario,
viven menos. Resultan víctimas del hambre
por falta de alimentos, de la sed por falta de
lluvias y de enfermedades evitables por desnutrición.
Y el temible cuchillo de los Makarios de la nueva
era causa verdaderos estragos.
Los productores pecuarios dedican sus mejores
esfuerzos a la producción de leche, mejor
remunerada. El Estado, único comprador
y distribuidor de la carne vacuna, paga el kilogramo
de un toro en pie a 3.50 pesos cubanos, mientras
que en el mercado negro la libra del sacrificado
ilegalmente se cotiza hasta a 1.50 dólar
americano.
¿Podrán los delegados al Segundo
Simposium Internacional de Ganadería Agroecológica
hacer entender a las autoridades de este país
lo desacertado de su política en la producción
ganadera?
Mientras tanto, los toros braman sufriendo de
hambre, martirizados por la sed, humillados por
el abandono en que se encuentran sumidos por quienes
deben cuidarlos y engordarlos, y por el siempre
temor al cuchillo nocturno de los matarifes.
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