PRENSA INDEPENDIENTE
Noviembre 9, 2004
 

SOCIEDAD
Recuerdos de mi padre

Tania Díaz Castro

LA HABANA, noviembre (www.cubanet.org) - Mi padre fue poeta y periodista autodidacta. Lo recuerdo siempre hablando mal del comunismo. Con cuánta vehemencia desconfiaba de los políticos que se proclamaban defensores de los humildes sólo para obtener un poder vitalicio y convertirse en tiranos, dictando leyes impopulares, puesto que todas las riquezas eran suyas.

Para los pobres, un pedazo de pan viejo y un libro que los convenciera de ser dóciles.

Mi padre siempre tuvo debajo del cristal de su buró una foto de George Washington y otra de José Martí. Admiraba a Washington porque el padre de la independencia norteamericana consideraba nefasto el poder de por vida de un gobernante, no sólo para él mismo, sino también para su pueblo. Mi padre repetía lo que hoy admiten prestigiosos sicólogos del mundo: que la suerte de los hombres no depende del azar, sino del esfuerzo que realizan y de la actitud que toman ante la vida. Nunca soñó con ser rico porque prefería como tesoro sus libros viejos, pero comprendía que cualquier sociedad del mundo, por ley natural, debe componerse de pobres y ricos. No todos -expresaba- son los que ven el lado positivo de la vida; no todos tienen el mismo carácter emprendedor; no todos son los que se esfuerzan.

Cuando caía la tarde comentaba con mi madre el malgasto que hacía Fidel Castro con el subsidio soviético otorgado a Cuba cada año, ascendente a miles de millones de dólares a lo largo de tres décadas. Y el pueblo viviendo en la miseria. Entonces yo lo escuchaba quejarse de que durante el castrismo jamás se había comprado una corbata en las tiendas, una guayabera o un traje con chaleco, porque todo eso y mucho más había desaparecido de la faz de Cuba.

Sus argumentos sobre el exceso de leyes castristas se basaban en que eran un obstáculo para el espíritu constructivo y competitivo del ser humano con habilidad para crear algo, y señalaba cómo se marchaban los cubanos del país en busca de prosperidad y fortuna, puesto que en Cuba nadie podía soñar con ser rico, algo que beneficia el desarrollo social de cualquier país.

Pero en mi juventud, debo confesarlo, no me dejé convencer por mi padre y subí al tren de la revolución. No me importaba que no fuera cómodo y moderno, que estuviera sucio, maloliente, sin asientos, sin luz, sin agua, sin comida, sin libertad. Cantábamos consignas a grito pelado y con eso nos conformábamos.

Pero no siempre, también lo confieso, pensaba que lo que hacía estaba bien. Un día decidí bajar al andén, mirar el tren desde afuera. ¡Qué horror! Comencé a preguntarme por qué había viajado tanto tiempo en él, a darle la razón en todo a mi padre. Por suerte se lo dije, mucho antes de que marchara al exilio, donde murió a los 84 años.


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