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SOCIEDAD
Recuerdos de mi padre
Tania Díaz Castro
LA HABANA, noviembre (www.cubanet.org) - Mi padre
fue poeta y periodista autodidacta. Lo recuerdo
siempre hablando mal del comunismo. Con cuánta
vehemencia desconfiaba de los políticos
que se proclamaban defensores de los humildes
sólo para obtener un poder vitalicio y
convertirse en tiranos, dictando leyes impopulares,
puesto que todas las riquezas eran suyas.
Para los pobres, un pedazo de pan viejo y un
libro que los convenciera de ser dóciles.
Mi padre siempre tuvo debajo del cristal de su
buró una foto de George Washington y otra
de José Martí. Admiraba a Washington
porque el padre de la independencia norteamericana
consideraba nefasto el poder de por vida de un
gobernante, no sólo para él mismo,
sino también para su pueblo. Mi padre repetía
lo que hoy admiten prestigiosos sicólogos
del mundo: que la suerte de los hombres no depende
del azar, sino del esfuerzo que realizan y de
la actitud que toman ante la vida. Nunca soñó
con ser rico porque prefería como tesoro
sus libros viejos, pero comprendía que
cualquier sociedad del mundo, por ley natural,
debe componerse de pobres y ricos. No todos -expresaba-
son los que ven el lado positivo de la vida; no
todos tienen el mismo carácter emprendedor;
no todos son los que se esfuerzan.
Cuando caía la tarde comentaba con mi
madre el malgasto que hacía Fidel Castro
con el subsidio soviético otorgado a Cuba
cada año, ascendente a miles de millones
de dólares a lo largo de tres décadas.
Y el pueblo viviendo en la miseria. Entonces yo
lo escuchaba quejarse de que durante el castrismo
jamás se había comprado una corbata
en las tiendas, una guayabera o un traje con chaleco,
porque todo eso y mucho más había
desaparecido de la faz de Cuba.
Sus argumentos sobre el exceso de leyes castristas
se basaban en que eran un obstáculo para
el espíritu constructivo y competitivo
del ser humano con habilidad para crear algo,
y señalaba cómo se marchaban los
cubanos del país en busca de prosperidad
y fortuna, puesto que en Cuba nadie podía
soñar con ser rico, algo que beneficia
el desarrollo social de cualquier país.
Pero en mi juventud, debo confesarlo, no me dejé
convencer por mi padre y subí al tren de
la revolución. No me importaba que no fuera
cómodo y moderno, que estuviera sucio,
maloliente, sin asientos, sin luz, sin agua, sin
comida, sin libertad. Cantábamos consignas
a grito pelado y con eso nos conformábamos.
Pero no siempre, también lo confieso,
pensaba que lo que hacía estaba bien. Un
día decidí bajar al andén,
mirar el tren desde afuera. ¡Qué
horror! Comencé a preguntarme por qué
había viajado tanto tiempo en él,
a darle la razón en todo a mi padre. Por
suerte se lo dije, mucho antes de que marchara
al exilio, donde murió a los 84 años.
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