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AGRICULTURA
Matarifes en la mira
Ariel Delgado Covarrubias, UPECI
LA HABANA, noviembre (www.cubanet.org) - Una
vieja canción, "Makarios el Carnicero"
famosa en Cuba por los años 50 decía
en uno de sus estribillos: "Ya Makarios,
carnicero/ de la cárcel se escapó/
con un cuchillo muy filoso / que a un guardia
en la panza le clavó".
Quizás muchos de los que la oyeron ya
ni la recuerden. ¡Son tantas las melodías
de esos años que han pasado al olvido,
negadas como por encanto, por la negación
de esa misma época! Sin embargo, la letra
vuelve a estar de moda, aunque el final no sea
tan trágico para los guardianes de las
prisiones.
Los matarifes, los Makarios de nuestra época,
vuelven a resurgir. Y con fuerza. Hay un incremento
del sacrificio ilegal de ganado mayor, un delito
que viene desde los tiempos de la colonia, pero
que ahora ha adquirido una categoría de
epidemia nacional. Antes se mataban ilegalmente
algunas reses, pero la masa ganadera crecía.
Ahora decrece, pero no sólo por cuenta
de los afilados cuchillos de los Makarios contemporáneos.
Antes de ser un país con una economía
azucarera, Cuba poseía una economía
ganadera en ascenso. Eran los finales del siglo
XVIII. El tabaco era un producto exclusivo, y
su siembra se limitaba al interior de la provincia
Habana y a Pinar del Río. El ganado se
extendía por toda la isla y la colonia
abastecía de carnes saladas a los buques
de las grandes flotas que carenaban en La Habana,
y sus pieles eran famosas por su calidad.
Pese a las guerras independentistas, donde muchas
reses fueron "víctimas colaterales"
de los acontecimientos bélicos como parte
del aseguramiento de las tropas contendientes,
el ganado continuó su crecimiento. En la
etapa republicana rivalizaba con la caña
de azúcar y fue responsable, junto a ella,
de la gran deforestación vivida en el país.
Ya en el siglo XX la producción ganadera
se concentró en terrenos dedicados al pasto
y alcanzó un alto grado de desarrollo con
razas plenamente definidas que respondían
íntegramente a su utilidad y destino económico.
Desde los Estados Unidos los ganaderos cubanos
importaban sementales para mejorar sus pies de
crías, práctica que se remonta al
siglo anterior.
En 1960, a menos de un año de la instauración
de la Ley de Reforma Agraria que expropió
las grandes haciendas ganaderas del país,
se contabilizaban casi 7 millones de cabezas,
equivalentes a una por habitante.
La llamada economía socialista dirigió
los esfuerzos ganaderos en especial hacia la producción
de leche y en búsqueda de nuevas variedades
de razas más productivas invirtió
miles de millones de dólares en el transcurso
de cuatro décadas. Los resultados han sido
una disminución sustancial de la masa ganadera.
En 1995 el Registro de Control Pecuario reportaba
la existencia de 4,632,000 cabezas, que para una
población de algo más de 11 millones
de habitantes, correspondía a casi tres
habitantes por cabeza de ganado. ¡Menudo
y significativo logro de la revolución!
Esta situación generó el decrecimiento
en el consumo de la carne de res entre los cubanos.
Antes, la dieta nacional tenía como plato
de referencia la carne vacuna en distintas formas,
de acuerdo a los ingresos de cada consumidor.
Hoy el Estado argumenta que se dedica al consumo
de niños y ancianos enfermos y a los que
padecen de diabetes o cáncer. Pero todo
el mundo sabe que ni para ellos llega a constituir
un elemento importante en su alimentación,
por lo menguado de su distribución.
Entre 1990 y el 2001 la producción de
carne vacuna disminuyó el 62 % y la carne
pasó a ser un artículo de lujo que
sólo se podía adquirir en dólares
y a un precio mucho más elevado que otros
alimentos proteicos de similar calidad.
Numerosas medidas organizativas han sido adoptadas
en las unidades pecuarias para evitar el robo
y sacrifico ilegal, llegando inclusive a la organización
de patrullas armadas que han ocasionado no pocas
víctimas entre los arriesgados matarifes.
Y las sanciones contra ese delito se ampliaron
a 10 años de privación de libertad
sin derecho al cumplimiento correccional por buena
conducta penitenciaria.
Pero a pesar de ello, la acción depredadora
continúa. Según fuentes del ministerio
de la Agricultura entre los años 1999 y
2003 las pérdidas por esta vía fluctúan
entre 30 y 36 mil cabezas anuales, y la tendencia
actual es a incrementarse.
A tal punto ha llegado este problema que observadores
estiman que el 18 % de la población penal
del país cumple condena por este tipo de
delito, aunque sólo se reportó un
20 % de esclarecimiento de estos hechos por las
autoridades pertinentes.
¿Adonde irá aparar la masa ganadera
del país, ya de por sí amenazada
de hambruna por la sequía que afecta a
provincias claves en esta producción como
son Camagüey y Las Tunas? Paradójicamente
los matarifes son esencialmente campesinos. Y
sobre ellos las autoridades ya desarrollan planes
represivos que incluyen arrestos por convicción,
aunque no se dispongan de las pruebas necesarias
para su procesamiento.
Pero mientras tanto los nuevos Makarios afilan
sus cuchillos para al amparo de la noche continuar
su macabra acción. ¿Los detendrán
las acciones punitivas de las autoridades? La
experiencia ha demostrado lo contrario, y ya se
levantan voces que aconsejan liberalizar la venta
de la carne de res en el mercado agropecuario
para así incentivar su producción,
pero todavía no tienen el eco necesario
para hacerse sentir y cambiar una de las tantas
políticas erradas de este sistema.
Al parecer, la sangre va a seguir fluyendo y
ojalá sea sólo la de las vacas.
Sólo un cambio detendrá el holocausto
ganadero. Y todo indica que tendrá que
ser no un cambio de política agropecuaria,
sino un cambio general de toda la sociedad.
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