PRENSA INDEPENDIENTE
Noviembre 8, 2004
 

AGRICULTURA
Matarifes en la mira

Ariel Delgado Covarrubias, UPECI

LA HABANA, noviembre (www.cubanet.org) - Una vieja canción, "Makarios el Carnicero" famosa en Cuba por los años 50 decía en uno de sus estribillos: "Ya Makarios, carnicero/ de la cárcel se escapó/ con un cuchillo muy filoso / que a un guardia en la panza le clavó".

Quizás muchos de los que la oyeron ya ni la recuerden. ¡Son tantas las melodías de esos años que han pasado al olvido, negadas como por encanto, por la negación de esa misma época! Sin embargo, la letra vuelve a estar de moda, aunque el final no sea tan trágico para los guardianes de las prisiones.

Los matarifes, los Makarios de nuestra época, vuelven a resurgir. Y con fuerza. Hay un incremento del sacrificio ilegal de ganado mayor, un delito que viene desde los tiempos de la colonia, pero que ahora ha adquirido una categoría de epidemia nacional. Antes se mataban ilegalmente algunas reses, pero la masa ganadera crecía. Ahora decrece, pero no sólo por cuenta de los afilados cuchillos de los Makarios contemporáneos.

Antes de ser un país con una economía azucarera, Cuba poseía una economía ganadera en ascenso. Eran los finales del siglo XVIII. El tabaco era un producto exclusivo, y su siembra se limitaba al interior de la provincia Habana y a Pinar del Río. El ganado se extendía por toda la isla y la colonia abastecía de carnes saladas a los buques de las grandes flotas que carenaban en La Habana, y sus pieles eran famosas por su calidad.

Pese a las guerras independentistas, donde muchas reses fueron "víctimas colaterales" de los acontecimientos bélicos como parte del aseguramiento de las tropas contendientes, el ganado continuó su crecimiento. En la etapa republicana rivalizaba con la caña de azúcar y fue responsable, junto a ella, de la gran deforestación vivida en el país.

Ya en el siglo XX la producción ganadera se concentró en terrenos dedicados al pasto y alcanzó un alto grado de desarrollo con razas plenamente definidas que respondían íntegramente a su utilidad y destino económico. Desde los Estados Unidos los ganaderos cubanos importaban sementales para mejorar sus pies de crías, práctica que se remonta al siglo anterior.

En 1960, a menos de un año de la instauración de la Ley de Reforma Agraria que expropió las grandes haciendas ganaderas del país, se contabilizaban casi 7 millones de cabezas, equivalentes a una por habitante.

La llamada economía socialista dirigió los esfuerzos ganaderos en especial hacia la producción de leche y en búsqueda de nuevas variedades de razas más productivas invirtió miles de millones de dólares en el transcurso de cuatro décadas. Los resultados han sido una disminución sustancial de la masa ganadera.

En 1995 el Registro de Control Pecuario reportaba la existencia de 4,632,000 cabezas, que para una población de algo más de 11 millones de habitantes, correspondía a casi tres habitantes por cabeza de ganado. ¡Menudo y significativo logro de la revolución!

Esta situación generó el decrecimiento en el consumo de la carne de res entre los cubanos. Antes, la dieta nacional tenía como plato de referencia la carne vacuna en distintas formas, de acuerdo a los ingresos de cada consumidor. Hoy el Estado argumenta que se dedica al consumo de niños y ancianos enfermos y a los que padecen de diabetes o cáncer. Pero todo el mundo sabe que ni para ellos llega a constituir un elemento importante en su alimentación, por lo menguado de su distribución.

Entre 1990 y el 2001 la producción de carne vacuna disminuyó el 62 % y la carne pasó a ser un artículo de lujo que sólo se podía adquirir en dólares y a un precio mucho más elevado que otros alimentos proteicos de similar calidad.

Numerosas medidas organizativas han sido adoptadas en las unidades pecuarias para evitar el robo y sacrifico ilegal, llegando inclusive a la organización de patrullas armadas que han ocasionado no pocas víctimas entre los arriesgados matarifes. Y las sanciones contra ese delito se ampliaron a 10 años de privación de libertad sin derecho al cumplimiento correccional por buena conducta penitenciaria.

Pero a pesar de ello, la acción depredadora continúa. Según fuentes del ministerio de la Agricultura entre los años 1999 y 2003 las pérdidas por esta vía fluctúan entre 30 y 36 mil cabezas anuales, y la tendencia actual es a incrementarse.

A tal punto ha llegado este problema que observadores estiman que el 18 % de la población penal del país cumple condena por este tipo de delito, aunque sólo se reportó un 20 % de esclarecimiento de estos hechos por las autoridades pertinentes.

¿Adonde irá aparar la masa ganadera del país, ya de por sí amenazada de hambruna por la sequía que afecta a provincias claves en esta producción como son Camagüey y Las Tunas? Paradójicamente los matarifes son esencialmente campesinos. Y sobre ellos las autoridades ya desarrollan planes represivos que incluyen arrestos por convicción, aunque no se dispongan de las pruebas necesarias para su procesamiento.

Pero mientras tanto los nuevos Makarios afilan sus cuchillos para al amparo de la noche continuar su macabra acción. ¿Los detendrán las acciones punitivas de las autoridades? La experiencia ha demostrado lo contrario, y ya se levantan voces que aconsejan liberalizar la venta de la carne de res en el mercado agropecuario para así incentivar su producción, pero todavía no tienen el eco necesario para hacerse sentir y cambiar una de las tantas políticas erradas de este sistema.

Al parecer, la sangre va a seguir fluyendo y ojalá sea sólo la de las vacas. Sólo un cambio detendrá el holocausto ganadero. Y todo indica que tendrá que ser no un cambio de política agropecuaria, sino un cambio general de toda la sociedad.


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