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CULTURA
El lente sobre la llaga
Miguel Saludes
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LA HABANA, noviembre (www.cubanet.org) - El 30
de octubre finalizó la exposición
fotográfica titulada Con el Lente en la
Yaga, realizada por la joven Diana Montero. La
muestra se mantuvo abierta al público desde
el pasado septiembre en un salón anexo
al cine Yara, en una de las zonas más concurridas
de La Habana. Los que en esos días pasaron
por la esquina de L y 23, bien porque iban a ver
la función cinematográfica o con
el ánimo de ir a Coppelia, quizás
se sintieron atraídos por el sugerente
anuncio de esta exhibición gráfica.
En uno de los carteles que promocionaba la exposición,
aparecía una anciana cubierta de harapos,
durmiendo en una acera de la ciudad. Desde otro
nos contemplaban fijamente los ojos de la artista,
parapetados tras la tapa de un tomo de las Obras
Completas de José Martí. Ambos elementos,
el lente indagador y el objetivo que ha llamado
su atención, tienen la suficiente fuerza
como para provocar el detenimiento de los paseantes
y el deseo de conocer todas las imágenes
que fueron atrapadas por la cámara.
Las fotos, trabajadas mediante técnica
de plata sobre gelatina unas y mediante impresión
digital otras, hablan por sí mismas. En
ellas se nos revela de manera general de una situación
con la que los habaneros y los visitantes ocasionales
de la capital tropiezan cada vez con mayor frecuencia
en estos días. A veces ni siquiera nos
percatamos de estas realidades, sea por la indiferencia
que nos va ganando o por la costumbre de lo cotidiano,
que nos hace indiferentes ante las cosas más
terribles. Lo cierto es que a cada paso nos sorprende
la presencia de un mendigo, un demente o alguien
sentado en los portales, que bajo el pretexto
de una promesa mantiene a su lado una cajita dispuesta
a recibir lo que le echen. Este cepillo improvisado
puede estar acompañado de la imagen de
un santo de devoción popular -San Lázaro
preferentemente- o de un cartel donde se informa
la razón que lleva al desgraciado a solicitar
estas limosnas. Quizás son mecanismos utilizados
por estas personas para elevar la autoestima de
su dignidad herida, como si ellas mismas se negaran
a aceptar que viven de la mendicidad.
Este es el caso del Malgenioso, quien exhibe
un cartón explicativo de su situación.
El escrito, donde sobreabundan las faltas ortográficas
y barbarismos, constituye casi un alegato de reproche
contra la sociedad.
Doce fotos, como doce apóstoles, nos descubren
la herida purulenta que se va abriendo dolorosamente
en nuestro entorno. El negro, La señora
1, La señora 2, La muchacha de Reina, Con
San Lázaro en Galiano, La siesta, Durmiendo
en Reina, Muchacha con perro y acompañante,
son algunos de los nombres que identifican a estos
personajes anónimos que han quedado eternizados
en las imágenes. El negro del Capitolio
o el Capitolio del negro, es una ingeniosa reseña
que complementa la descripción visual que
nos muestra cómo este joven, evidentemente
fuera de sus cabales, se ha posesionado de uno
de los boquetes inferiores existentes en la fachada
del clásico edificio. El durmiente ha encajado
su cuerpo dentro del rectángulo de la abertura
como si él formara parte de la edificación.
Otra imagen impresionante y bien lograda es la
secuencia de La señora de Cuatro Caminos.
La cámara nos va descubriendo en tres tomas
al ser humano que duerme plácidamente confundido
entre la suciedad de los desperdicios. Son viejos
y jóvenes, de ambos sexos. Mayoritariamente
de raza negra. Diana capta con su lente un mundo
que preferimos ignorar y que ella nos arroja como
un reto.
Mientras observo las instantáneas, pienso
en mi sobrino Omar Rodríguez Saludes, fotoreportero
independiente, condenado a 27 años de prisión,
principalmente por el ejercicio de la denuncia
gráfica de verdades como las que estoy
contemplando. Retratar basureros fue el testimonio
en su contra presentado por los testigos de la
fiscalía durante el proceso.
Pienso en esta muchacha y en las dificultades
que debe de haber afrontado mientras hacía
las fotos. En días posteriores ella me
confesaría de las incomprensiones recibidas
durante la realización del trabajo. "Primero
pensaban que era extranjera y me aceptaban, pero
cuando veían que era cubana me increpaban
que yo quería mostrar lo feo y lo sucio
de Cuba para propagandizarlo negativamente."
Algo parecido le ocurrió a un amigo aficionado
a la fotografía, miembro de la UNEAC, bajado
de un ómnibus por un diligente celador
que lo había seguido minutos después
de haber retratado una escena similar.
La mirada de estos lentes no trata en definitiva
de hurgar en la lesión con el morboso fin
de hacer brotar el pus sanguinolento para escarnio
de la nación. Su misión no debe
ser vista como la realización de un acto
de sadismo anti patriótico, sino como el
esfuerzo sano por detectar los males que aquejan
a la sociedad, haciéndolos visibles en
aras de despertar la sensibilidad de los que puedan
solucionarlos. Cada accionar del obturador es
un golpe, cada relampagueo del flash, debe ser
un signo que llame la atención de la gente,
no sobre la persona del fotógrafo, sino
sobre la herida descubierta, con la finalidad
de buscarle remedio. No es ocultando la llaga
la mejor manera de lograr su curación.
Es una tarea valiente, justa y llena de humanidad
la asumida por esta jovencita de apenas 18 años,
estudiante de informática, que se declara
una apasionada de los estudios de letras. Los
grandes ojos que resaltan en su rostro mestizo,
manifiestan el asombro de lo que han logrado ver.
Transparentan además limpieza interior
del alma. Mirándola comprendes que no todo
está perdido en este mundo y que existen
personas con la suficiente disposición
y generosidad para colaborar al mejoramiento humano,
enfrentando los retos y barreras que siempre suelen
aparecer. Te dan deseos de abrazarla, de decirle
que no desfallezca y que se mantenga con esa disposición
siempre.
La presentación de la muestra reza en
uno de sus párrafos la intención
de "descubrir y mostrar una parte dura de
nuestra ciudad, donde se habla de la demencia,
de la senectud y de otras cosas." Mendigos
hay en todas partes, aún en los países
más desarrollados. Pero los nuestros están
ahí, en medio de nuestras calles. Sabemos
que nunca podremos erradicar por entero las causas
que provocan su existencia. Pero en algo podemos
contribuir para cambiarlas o mejorarlas. Las fotos
de Diana, como las de amigo de la UNEAC, las de
Omar y las de tantos artistas gráficos
del país, son un primer paso esperanzador
que nos anima a dar otros más audaces,
en nuestro andar hacia la utopía del mejoramiento
humano.
Junto con las fotos aparecen dos carteles que
recogen ideas filosóficas contrapuestas.
Una, con las letras en fondo negro, contiene el
pensamiento nihilista de Ragnan Redber. Para este
señor el universo es un enorme campo de
batalla donde hay vencedores y vencidos. Los derrotados
son precisamente estas personas, los más
débiles de la sociedad, a los que hay que
despreciar y expoliar sin misericordia. Es la
tarea que corresponde a los audaces vencedores,
ésos que pasan por su lado sin siquiera
conmoverse de su estado. El otro cartel, con el
color rojo que simboliza la vida, nos describe
las ideas de Leonard Corning, con un profundo
contenido humanista y cristiano. Es el mismo personaje
que llamara la atención de nuestro Apóstol,
quien le dedicó un artículo titulado
"Cansancio del cerebro" en las páginas
que contienen sus crónicas sobre Estados
Unidos. (tomo 13, pag. 427)
Diana Montero ha conformado una especie de balanza
en las que se reúnen estos escritos y las
imágenes de las fotos expuestas. Ellas
y aún con las que faltan por tomar nos
están avisando que el triunfo sobre la
pobreza, la falta de derechos, la explotación
y la intolerancia, entre otros, dependerá
del peso de estas dos ideas colgadas opuestamente
en los platillos. Desde un lado ejercen su empuje
los que propugnan la deshumanización y
el odio. En el otro se afanan los que se cargan
de amor y vida. De nosotros, todos, depende de
qué lado se va a inclinar la báscula.
Demos gracias a Diana Montero por llamarnos la
atención sobre esa verdad.
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