PRENSA INDEPENDIENTE
Noviembre 3, 2004
 

CULTURA
El lente sobre la llaga

Miguel Saludes

LA HABANA, noviembre (www.cubanet.org) - El 30 de octubre finalizó la exposición fotográfica titulada Con el Lente en la Yaga, realizada por la joven Diana Montero. La muestra se mantuvo abierta al público desde el pasado septiembre en un salón anexo al cine Yara, en una de las zonas más concurridas de La Habana. Los que en esos días pasaron por la esquina de L y 23, bien porque iban a ver la función cinematográfica o con el ánimo de ir a Coppelia, quizás se sintieron atraídos por el sugerente anuncio de esta exhibición gráfica. En uno de los carteles que promocionaba la exposición, aparecía una anciana cubierta de harapos, durmiendo en una acera de la ciudad. Desde otro nos contemplaban fijamente los ojos de la artista, parapetados tras la tapa de un tomo de las Obras Completas de José Martí. Ambos elementos, el lente indagador y el objetivo que ha llamado su atención, tienen la suficiente fuerza como para provocar el detenimiento de los paseantes y el deseo de conocer todas las imágenes que fueron atrapadas por la cámara.

Las fotos, trabajadas mediante técnica de plata sobre gelatina unas y mediante impresión digital otras, hablan por sí mismas. En ellas se nos revela de manera general de una situación con la que los habaneros y los visitantes ocasionales de la capital tropiezan cada vez con mayor frecuencia en estos días. A veces ni siquiera nos percatamos de estas realidades, sea por la indiferencia que nos va ganando o por la costumbre de lo cotidiano, que nos hace indiferentes ante las cosas más terribles. Lo cierto es que a cada paso nos sorprende la presencia de un mendigo, un demente o alguien sentado en los portales, que bajo el pretexto de una promesa mantiene a su lado una cajita dispuesta a recibir lo que le echen. Este cepillo improvisado puede estar acompañado de la imagen de un santo de devoción popular -San Lázaro preferentemente- o de un cartel donde se informa la razón que lleva al desgraciado a solicitar estas limosnas. Quizás son mecanismos utilizados por estas personas para elevar la autoestima de su dignidad herida, como si ellas mismas se negaran a aceptar que viven de la mendicidad.

Este es el caso del Malgenioso, quien exhibe un cartón explicativo de su situación. El escrito, donde sobreabundan las faltas ortográficas y barbarismos, constituye casi un alegato de reproche contra la sociedad.

Doce fotos, como doce apóstoles, nos descubren la herida purulenta que se va abriendo dolorosamente en nuestro entorno. El negro, La señora 1, La señora 2, La muchacha de Reina, Con San Lázaro en Galiano, La siesta, Durmiendo en Reina, Muchacha con perro y acompañante, son algunos de los nombres que identifican a estos personajes anónimos que han quedado eternizados en las imágenes. El negro del Capitolio o el Capitolio del negro, es una ingeniosa reseña que complementa la descripción visual que nos muestra cómo este joven, evidentemente fuera de sus cabales, se ha posesionado de uno de los boquetes inferiores existentes en la fachada del clásico edificio. El durmiente ha encajado su cuerpo dentro del rectángulo de la abertura como si él formara parte de la edificación.

Otra imagen impresionante y bien lograda es la secuencia de La señora de Cuatro Caminos. La cámara nos va descubriendo en tres tomas al ser humano que duerme plácidamente confundido entre la suciedad de los desperdicios. Son viejos y jóvenes, de ambos sexos. Mayoritariamente de raza negra. Diana capta con su lente un mundo que preferimos ignorar y que ella nos arroja como un reto.

Mientras observo las instantáneas, pienso en mi sobrino Omar Rodríguez Saludes, fotoreportero independiente, condenado a 27 años de prisión, principalmente por el ejercicio de la denuncia gráfica de verdades como las que estoy contemplando. Retratar basureros fue el testimonio en su contra presentado por los testigos de la fiscalía durante el proceso.

Pienso en esta muchacha y en las dificultades que debe de haber afrontado mientras hacía las fotos. En días posteriores ella me confesaría de las incomprensiones recibidas durante la realización del trabajo. "Primero pensaban que era extranjera y me aceptaban, pero cuando veían que era cubana me increpaban que yo quería mostrar lo feo y lo sucio de Cuba para propagandizarlo negativamente." Algo parecido le ocurrió a un amigo aficionado a la fotografía, miembro de la UNEAC, bajado de un ómnibus por un diligente celador que lo había seguido minutos después de haber retratado una escena similar.

La mirada de estos lentes no trata en definitiva de hurgar en la lesión con el morboso fin de hacer brotar el pus sanguinolento para escarnio de la nación. Su misión no debe ser vista como la realización de un acto de sadismo anti patriótico, sino como el esfuerzo sano por detectar los males que aquejan a la sociedad, haciéndolos visibles en aras de despertar la sensibilidad de los que puedan solucionarlos. Cada accionar del obturador es un golpe, cada relampagueo del flash, debe ser un signo que llame la atención de la gente, no sobre la persona del fotógrafo, sino sobre la herida descubierta, con la finalidad de buscarle remedio. No es ocultando la llaga la mejor manera de lograr su curación.

Es una tarea valiente, justa y llena de humanidad la asumida por esta jovencita de apenas 18 años, estudiante de informática, que se declara una apasionada de los estudios de letras. Los grandes ojos que resaltan en su rostro mestizo, manifiestan el asombro de lo que han logrado ver. Transparentan además limpieza interior del alma. Mirándola comprendes que no todo está perdido en este mundo y que existen personas con la suficiente disposición y generosidad para colaborar al mejoramiento humano, enfrentando los retos y barreras que siempre suelen aparecer. Te dan deseos de abrazarla, de decirle que no desfallezca y que se mantenga con esa disposición siempre.

La presentación de la muestra reza en uno de sus párrafos la intención de "descubrir y mostrar una parte dura de nuestra ciudad, donde se habla de la demencia, de la senectud y de otras cosas." Mendigos hay en todas partes, aún en los países más desarrollados. Pero los nuestros están ahí, en medio de nuestras calles. Sabemos que nunca podremos erradicar por entero las causas que provocan su existencia. Pero en algo podemos contribuir para cambiarlas o mejorarlas. Las fotos de Diana, como las de amigo de la UNEAC, las de Omar y las de tantos artistas gráficos del país, son un primer paso esperanzador que nos anima a dar otros más audaces, en nuestro andar hacia la utopía del mejoramiento humano.

Junto con las fotos aparecen dos carteles que recogen ideas filosóficas contrapuestas. Una, con las letras en fondo negro, contiene el pensamiento nihilista de Ragnan Redber. Para este señor el universo es un enorme campo de batalla donde hay vencedores y vencidos. Los derrotados son precisamente estas personas, los más débiles de la sociedad, a los que hay que despreciar y expoliar sin misericordia. Es la tarea que corresponde a los audaces vencedores, ésos que pasan por su lado sin siquiera conmoverse de su estado. El otro cartel, con el color rojo que simboliza la vida, nos describe las ideas de Leonard Corning, con un profundo contenido humanista y cristiano. Es el mismo personaje que llamara la atención de nuestro Apóstol, quien le dedicó un artículo titulado "Cansancio del cerebro" en las páginas que contienen sus crónicas sobre Estados Unidos. (tomo 13, pag. 427)

Diana Montero ha conformado una especie de balanza en las que se reúnen estos escritos y las imágenes de las fotos expuestas. Ellas y aún con las que faltan por tomar nos están avisando que el triunfo sobre la pobreza, la falta de derechos, la explotación y la intolerancia, entre otros, dependerá del peso de estas dos ideas colgadas opuestamente en los platillos. Desde un lado ejercen su empuje los que propugnan la deshumanización y el odio. En el otro se afanan los que se cargan de amor y vida. De nosotros, todos, depende de qué lado se va a inclinar la báscula. Demos gracias a Diana Montero por llamarnos la atención sobre esa verdad.


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