PRENSA INDEPENDIENTE
Mayo 21, 2004
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POLITICA
La doble moral: un arma de defensa

Jaime Rodríguez, Cubanacán Press

SANTA CLARA, mayo (www.cubanet.org) - Esto de las marchas del pueblo displicente -digo, "combatiente"- no es agua pasada; aunque, en realidad, no mueve molinos. Todo cubano conoce de sobra lo que sucede a un obrero o estudiante, y hasta a un simple trabajador por cuenta propia, si no asiste a las convocatorias del régimen.

La experiencia ha demostrado lo absurdo y descabellado de tales "iniciativas" -la única, por cierto- lanzadas por el todopoderoso señor de la feudo-isla cada vez que siente tambalear las bases de su trono.

A juzgar por las acciones precipitadas del régimen cuando se dieron a conocer las quince medidas que al gobierno se le ocurrió tomar para enfrentar la supuesta crisis que provocarán las que, con relación a Cuba, anunció el gobierno de los Estados Unidos de América., se supone que la premisa debía ser la protección de la economía pues, la reducción significativa en la entrada de divisas convertibles sugiere mesura en los gastos. Pero no ha sucedido así. Lo único que se le ocurrió al Don fue, precisamente, derrochar combustible a diestra y siniestra para que un millón de cubanos escuchara su misiva a George W. Bush, desfilara por frente a la Sección de Intereses y desahogara así, ante el destinatario equivocado, las ansias incontrolables de protesta.

Por cierto, me asalta una duda: ¿Cuántos de los participantes en la marcha estarán esperando entrevista en esa dependencia para viajar temporal o definitivamente a Estados Unidos?

Todavía está latente la experiencia vivida por este pueblo en la primera de estas marchas; aquélla que se efectuó el 17 de mayo de 1980, y en la que muchos hicieron a un lado sus pancartas y se aferraron a la cerca de la Embajada de Perú o a la de la propia Sección de Intereses para sumarse a la lista de "escorias" -epíteto escogido por el régimen para calificar a quienes prefirieron ser libres en aquella ocasión- en lo que, a mi juicio, fue la primera demostración abierta de la doble moral que existe en la mayor de las Antillas.

Desde entonces, el pueblo ha seguido el juego para no verse acosado por aquéllos a quienes les conviene mantener una imagen favorable del régimen.

La última, ocurrida este 14 de mayo, no fue la excepción. Para lograr una visión del supuesto irrestricto apoyo a la revolución fue necesario situar cientos de ómnibus y camiones en diferentes puntos de Ciudad de La Habana y provincia Habana. A propósito, si la provincia Ciudad Habana tiene dos millones de habitantes, ¿por qué fue necesario movilizar trabajadores y estudiantes de la hermana provincia Habana, o lo que se conoce como "Habana campo" y de otras provincias?

Cuando usted pregunta a un participante en esta o cualquier otra marcha el motivo de su asistencia, la respuesta, en la mayoría de los casos coincide: "Porque no quiero problemas"; "porque no tengo que trabajar ese día"; o "porque estoy aspirando a una casa en la micro brigada". Ahora bien, si la misma pregunta la hace Gladys Rubio frente a una cámara de la televisión cubana, la respuesta es otra bien diferente: "Porque estamos dispuestos a dar hasta la última gota de sangre por la revolución y por Fidel".

Estas respuestas podrán parecer contradictorias, pero no lo son. Se trata de un mecanismo de defensa muy peculiar desarrollado por los cubanos, convertidos en hojas de caimito por obra y gracia de la revolución.

Otros, los más osados, se dejan ver en los puntos de concentración y comienzan a desfilar en sentido contrario hasta perderse de vista, para regresar a casa y dedicar el día al "forrajeo". Esos, ante la segura interrogante del secretario del partido de su centro de trabajo que lo echó de menos al terminar el desfile y se interesa por saber dónde estuvo, responden sin titubear: "¡En la marcha!"

Y es que la realidad es otra, muy diferente a la que pretende vender al mundo el gobierno cubano. A nadie le preocupa la revolución, o el destino de sus dirigentes. El pueblo de lo único que entiende es de fórmulas mágicas para resolver las acuciantes necesidades que esa misma revolución le ha impuesto por más de cuarenta y cinco años, en los que ha sacrificado el bienestar de sus ciudadanos para lograr una imagen política que la venda como buena ante un mundo que cada vez cree menos en ella.

Por eso asisten, o simulan asistir a las marchas, y acuden displicentes para no perder lo que en cualquier lugar del mundo es derecho propio y que acá representan "beneficios" o "recompensa" del régimen por apoyarlo. Asisten y agitan banderitas, y gritan ofensas a un presidente -que no sea el de aquí, por supuesto- porque saben que, aún haciéndolo, un joven proveniente de cualquier país latinoamericano, o del África, tiene más derecho que los cubanos a obtener becas en nuestras universidades, y porque no queda otra alternativa que mantener el vínculo laboral para enmascarar las actividades económicas ilícitas que son, sin lugar a dudas, las que mantienen viviendo a la mayoría de la población.

Esa es la verdadera imagen de Cuba: un pueblo que vive de milagros y que ha encontrado en la doble moral un arma de defensa para no sucumbir.



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