|
POLITICA
La doble moral:
un arma de defensa
Jaime Rodríguez, Cubanacán
Press
SANTA CLARA, mayo (www.cubanet.org) - Esto de
las marchas del pueblo displicente -digo, "combatiente"-
no es agua pasada; aunque, en realidad, no mueve
molinos. Todo cubano conoce de sobra lo que sucede
a un obrero o estudiante, y hasta a un simple
trabajador por cuenta propia, si no asiste a las
convocatorias del régimen.
La experiencia ha demostrado lo absurdo y descabellado
de tales "iniciativas" -la única,
por cierto- lanzadas por el todopoderoso señor
de la feudo-isla cada vez que siente tambalear
las bases de su trono.
A juzgar por las acciones precipitadas del régimen
cuando se dieron a conocer las quince medidas
que al gobierno se le ocurrió tomar para
enfrentar la supuesta crisis que provocarán
las que, con relación a Cuba, anunció
el gobierno de los Estados Unidos de América.,
se supone que la premisa debía ser la protección
de la economía pues, la reducción
significativa en la entrada de divisas convertibles
sugiere mesura en los gastos. Pero no ha sucedido
así. Lo único que se le ocurrió
al Don fue, precisamente, derrochar combustible
a diestra y siniestra para que un millón
de cubanos escuchara su misiva a George W. Bush,
desfilara por frente a la Sección de Intereses
y desahogara así, ante el destinatario
equivocado, las ansias incontrolables de protesta.
Por cierto, me asalta una duda: ¿Cuántos
de los participantes en la marcha estarán
esperando entrevista en esa dependencia para viajar
temporal o definitivamente a Estados Unidos?
Todavía está latente la experiencia
vivida por este pueblo en la primera de estas
marchas; aquélla que se efectuó
el 17 de mayo de 1980, y en la que muchos hicieron
a un lado sus pancartas y se aferraron a la cerca
de la Embajada de Perú o a la de la propia
Sección de Intereses para sumarse a la
lista de "escorias" -epíteto
escogido por el régimen para calificar
a quienes prefirieron ser libres en aquella ocasión-
en lo que, a mi juicio, fue la primera demostración
abierta de la doble moral que existe en la mayor
de las Antillas.
Desde entonces, el pueblo ha seguido el juego
para no verse acosado por aquéllos a quienes
les conviene mantener una imagen favorable del
régimen.
La última, ocurrida este 14 de mayo, no
fue la excepción. Para lograr una visión
del supuesto irrestricto apoyo a la revolución
fue necesario situar cientos de ómnibus
y camiones en diferentes puntos de Ciudad de La
Habana y provincia Habana. A propósito,
si la provincia Ciudad Habana tiene dos millones
de habitantes, ¿por qué fue necesario
movilizar trabajadores y estudiantes de la hermana
provincia Habana, o lo que se conoce como "Habana
campo" y de otras provincias?
Cuando usted pregunta a un participante en esta
o cualquier otra marcha el motivo de su asistencia,
la respuesta, en la mayoría de los casos
coincide: "Porque no quiero problemas";
"porque no tengo que trabajar ese día";
o "porque estoy aspirando a una casa en la
micro brigada". Ahora bien, si la misma pregunta
la hace Gladys Rubio frente a una cámara
de la televisión cubana, la respuesta es
otra bien diferente: "Porque estamos dispuestos
a dar hasta la última gota de sangre por
la revolución y por Fidel".
Estas respuestas podrán parecer contradictorias,
pero no lo son. Se trata de un mecanismo de defensa
muy peculiar desarrollado por los cubanos, convertidos
en hojas de caimito por obra y gracia de la revolución.
Otros, los más osados, se dejan ver en
los puntos de concentración y comienzan
a desfilar en sentido contrario hasta perderse
de vista, para regresar a casa y dedicar el día
al "forrajeo". Esos, ante la segura
interrogante del secretario del partido de su
centro de trabajo que lo echó de menos
al terminar el desfile y se interesa por saber
dónde estuvo, responden sin titubear: "¡En
la marcha!"
Y es que la realidad es otra, muy diferente a
la que pretende vender al mundo el gobierno cubano.
A nadie le preocupa la revolución, o el
destino de sus dirigentes. El pueblo de lo único
que entiende es de fórmulas mágicas
para resolver las acuciantes necesidades que esa
misma revolución le ha impuesto por más
de cuarenta y cinco años, en los que ha
sacrificado el bienestar de sus ciudadanos para
lograr una imagen política que la venda
como buena ante un mundo que cada vez cree menos
en ella.
Por eso asisten, o simulan asistir a las marchas,
y acuden displicentes para no perder lo que en
cualquier lugar del mundo es derecho propio y
que acá representan "beneficios"
o "recompensa" del régimen por
apoyarlo. Asisten y agitan banderitas, y gritan
ofensas a un presidente -que no sea el de aquí,
por supuesto- porque saben que, aún haciéndolo,
un joven proveniente de cualquier país
latinoamericano, o del África, tiene más
derecho que los cubanos a obtener becas en nuestras
universidades, y porque no queda otra alternativa
que mantener el vínculo laboral para enmascarar
las actividades económicas ilícitas
que son, sin lugar a dudas, las que mantienen
viviendo a la mayoría de la población.
Esa es la verdadera imagen de Cuba: un pueblo
que vive de milagros y que ha encontrado en la
doble moral un arma de defensa para no sucumbir.
|