PRENSA INDEPENDIENTE
Mayo 19, 2004
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CRIMEN
Los pagadores de promesas

Lucas Garve, Fundación por la Libertad de Expresión

LA HABANA, mayo (www.cubanet.org) - Los pagadores de promesas han proliferado en La Habana a medida que la crisis mostró su rostro por allá por los años 90. Hoy no es extraño para nadie tropezar con individuos que invocan el apego religioso a un santo o a la devoción de cualquiera que lo cruce en la acera o el portal. La crisis trajo entre otras consecuencias, la de exhibir la mendicidad como medio de ablandar la decisión del transeúnte, jugar con el sentimiento de solidaridad que todos llevamos dentro y hacerle introducir su mano en el bolsillo para que deposite una ofrenda en la cestita que siempre tienen preparada.

La devoción por San Lázaro en Cuba propició que abunden quienes en nombre del santo deambulen por las calles, sobre todo las arterias de la zona comercial de Centro Habana, con el fin de recoger dinero a nombre del santo.

La tradición religiosa de la cual surgió el culto popular del San Lázaro, llagado y acompañado por perros, propone como ofrendas los centavos, los tabacos (habanos) y el vino seco. En la actualidad, los precios subieron tanto que no se devuelve en moneda fraccionaria de a centavo. Generalmente, la moneda fraccionaria de menor valor utilizada es la de cinco centavos y se obtienen al aceptar la devolución cuando se paga el pasaje del ómnibus. ¿En Cuba qué valen 5 o 10 centavos? Nada.

Sucede entonces que los pedidos de contribución de limosna han subido con la mal disimulada carestía de la vida cubana. Ya ningún mendigante pide un medio (5 centavos). Hoy en día, la dádiva debe comenzar por un peso. Y el caso es que en tres cuadras de recorrido, usted puede tropezar con cinco o seis sujetos con imágenes de San Lázaro u otro santo, clamando por la magnanimidad de un bolsillo, el suyo, en ningún modo a salvo de pagar también las consecuencias de las mismas necesidades.

Llama la atención la ausencia de estos pagadores de promesas en barrios alejados del centro, en repartos, en zonas donde no hay red comercial. Claro, en su mayoría, el público que transita por las calles que cuentan con mayor cantidad de establecimientos comerciales debe, por lógica, de llevar en sus bolsillos algún dinero.

La masividad de este fenómeno es tal que no vale más el gesto de pedir con la mano. Ahora mismo, hay necesidad de una real puesta en escena -cachorrillos incluidos- para enfrentar al transeúnte devoto a un proceso de manipulación tal que lo obligue a desembolsar la dádiva solidaria con una tragedia posible y no muy ajena a la suya propia. Estas son también trampas al corazón. 



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