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CRIMEN
Los pagadores de
promesas
Lucas Garve, Fundación
por la Libertad de Expresión
LA HABANA, mayo (www.cubanet.org) - Los pagadores
de promesas han proliferado en La Habana a medida
que la crisis mostró su rostro por allá
por los años 90. Hoy no es extraño
para nadie tropezar con individuos que invocan
el apego religioso a un santo o a la devoción
de cualquiera que lo cruce en la acera o el portal.
La crisis trajo entre otras consecuencias, la
de exhibir la mendicidad como medio de ablandar
la decisión del transeúnte, jugar
con el sentimiento de solidaridad que todos llevamos
dentro y hacerle introducir su mano en el bolsillo
para que deposite una ofrenda en la cestita que
siempre tienen preparada.
La devoción por San Lázaro en Cuba
propició que abunden quienes en nombre
del santo deambulen por las calles, sobre todo
las arterias de la zona comercial de Centro Habana,
con el fin de recoger dinero a nombre del santo.
La tradición religiosa de la cual surgió
el culto popular del San Lázaro, llagado
y acompañado por perros, propone como ofrendas
los centavos, los tabacos (habanos) y el vino
seco. En la actualidad, los precios subieron tanto
que no se devuelve en moneda fraccionaria de a
centavo. Generalmente, la moneda fraccionaria
de menor valor utilizada es la de cinco centavos
y se obtienen al aceptar la devolución
cuando se paga el pasaje del ómnibus. ¿En
Cuba qué valen 5 o 10 centavos? Nada.
Sucede entonces que los pedidos de contribución
de limosna han subido con la mal disimulada carestía
de la vida cubana. Ya ningún mendigante
pide un medio (5 centavos). Hoy en día,
la dádiva debe comenzar por un peso. Y
el caso es que en tres cuadras de recorrido, usted
puede tropezar con cinco o seis sujetos con imágenes
de San Lázaro u otro santo, clamando por
la magnanimidad de un bolsillo, el suyo, en ningún
modo a salvo de pagar también las consecuencias
de las mismas necesidades.
Llama la atención la ausencia de estos
pagadores de promesas en barrios alejados del
centro, en repartos, en zonas donde no hay red
comercial. Claro, en su mayoría, el público
que transita por las calles que cuentan con mayor
cantidad de establecimientos comerciales debe,
por lógica, de llevar en sus bolsillos
algún dinero.
La masividad de este fenómeno es tal que
no vale más el gesto de pedir con la mano.
Ahora mismo, hay necesidad de una real puesta
en escena -cachorrillos incluidos- para enfrentar
al transeúnte devoto a un proceso de manipulación
tal que lo obligue a desembolsar la dádiva
solidaria con una tragedia posible y no muy ajena
a la suya propia. Estas son también trampas
al corazón.
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