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DEPORTES
Ampalla, loco y
mendigo
Orlando Chinea Paret, Cubanacán
Press
SANTIAGO DE CUBA, mayo (www.cubanet.org) - Eran
las 7:35 de la mañana del domingo 16 de
enero de 2000. La muerte de Armando Heredia Brito,
"El Cúcara" sorprendió
a todos los que nos congregábamos frente
al pequeño estadio de béisbol "Hermanos
Maristas" del reparto Bengochea, rebautizado
con el nombre de una fecha sangrienta: "26
de Julio".
La fría mañana calaba las oquedades
de Santa Clara, la ciudad de la patricia y benefactora
doña Marta Abreu de Estévez y cuna
del mejor center field cubano: Alejandro Oms,
a quien tanto "El Cúcara" admiró.
Ese día un grupo de peloteros por cuenta
propia esperábamos el camión para
trasladarnos hasta Taguasco, provincia de Sancti
Spíritus, donde habíamos pactado
un juego con la novena local. Él tenía
la costumbre de acompañarnos siempre, y
entre bromas y risas, de repente "El Cúcara"
cayó hacia atrás, fulminado sobre
la acera. Convulsionaba, emitía ronquidos
y la saliva brotó de su boca convertida
en espuma.
Luchamos a brazo partido para salvarlo. Masajes
en el pecho del ampalla, hasta la respiración
asistida sin la presencia de escrúpulos,
pero el infarto masivo, mortal, se lo llevó
de entre los vivos antes que pudiera llegar al
hospital, acompañado de quienes lo asistimos.
Pero, ¿quién fue Armando Heredia
Brito, conocido como Cucaracha o sencillamente
El Cúcara?
Había nacido en los primeros años
de la década del 40 en Remedios, provincia
de Las Villas. Vinculado desde casi adolescente
al ejército de Batista como "casquito",
nunca alcanzó grados militares en su lucha
por la supervivencia debido a que era analfabeto
y tenía desde entonces perturbaciones funcionales
mentales.
Conocido por toda la costa norte desde Yaguajay
hasta Camajuaní, aparece en Santa Clara
en los años finales de la década
del 70, convertido en todo un personaje pintoresco,
especialmente dentro de la familia de béisbol
y se autotitulaba ampalla oficial de cuanto "pitén"
o "periquito ripiao" se organizara.
Trabajaba tanto en la "Liga de la Manigua"
como en un juego entre Hatillo o Manajanabo, la
tierra natal de Gerardo Machado. Su única
condición era la de ampallar detrás
del home.
Armando murió conforme vivió, en
la calle. Su casa eran los graderíos de
los estadios de pelota como si fuera el "homeless
revolucionario". La asistencia social nunca
llegó a sus manos, por eso al finalizar
cada "piten" pasaba el cepillo con su
gorra de color indeterminado. Andaba siempre con
sus pertenencias personales y sus destartalados
arreos de ampalla a cuestas, presto a usarlos
en cualquier momento.
Personas sin escrúpulos abusando de su
enajenación mental le regalaban una peseta
o quizás un peso a cambio de que pronunciara
en alta voz un discurso incoherente, imitando
satíricamente la elocuencia tribunicia
y lenguaje tautalógico del Coma-andante.
Era afable e inofensivo. Por momentos tenía
destellos de lucidez porque reconocía que
Armando Maestri había sido el mejor ampalla
de todos los tiempos en su país y que Alfredo
Paz era el segundo, mientras que él, "El
Cúcara" era el tercero. Su sentido
común lo acercaba a la sensatez y la ética,
cuando reconocía las virtudes de otros
seres humanos.
Sin embargo, a otros lúcidos, leídos,
estudiados y graduados, les cuesta trabajo admitir
que la sencillez y la humildad son el fruto de
cada bien, por lo que prefieren esclavizarse al
renunciar a su genuina identidad para someterse.
Es ésa una forma hipócrita y cobarde
que denigra y prostituye al hombre.
Nadie sabe si "El Cúcara" murió
a consecuencia del hambre o del frío. Nadie
lo sabrá. Pero sus más allegados
saben que murió en la calle con todo su
universo de fantasías y propiedades dentro
del raído maletín que portaba. Nunca
ocultó nada ni simuló lealtad.
En su ética de ampalla loco, nunca agredió
a nadie, ni dio puñetazos, ni estrallones
que mancharan su integridad en el campo de juego,
a cambio de posiciones sociales que lo hicieran
"digno" o merecedor de viajes, un techo
o un automóvil, que hoy obsequian como
premio a algunos árbitros por su defensa
a los principios del socialismo.
"El Cúcara" murió en
su casa, la calle, demente, marginado, sucio,
hambriento y necesitado. Quizás murió
como él quería, rodeado de gente
que cada domingo le pedían ampallar. Murió
sin remordimientos ni arrepentimientos, loco en
su infinito deseo de ampallar el último
juego.
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