PRENSA INDEPENDIENTE
Mayo 17, 2004
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CULTURA
La ostra de Dulce María Loynaz

Ariel Delgado Covarrubias

LA HABANA, mayo (www.cubanet.org) - Pocos días faltan para la inauguración del Centro Cultural Dulce María Loynaz, ubicado en la céntrica zona capitalina del Vedado, en el palacete de 19 esquina a E, donde vivió sus últimos años la singular poetisa.

El proverbial ajetreo constructivo ahora en la fase de terminación de esa obra llama a la consideración de numerosos aspectos que se mueven alrededor de tan exquisita personalidad de la cultura cubana, la más alta expresión del verso femenino en el pasado siglo. Esa casona sirvió de refugio en su ostracismo voluntario en décadas de una agitación política y cultural que sacudió a la nación cubana.

Allá, en el exilio, algunos la criticaron por no abandonar el país como muestra de rechazo a las autoridades impuestas por la violencia a la República, y dentro otros la criticaban por no renunciar definitivamente a su clase social y mostrar un apoyo público y decidido al proceso que se desarrollaba. En fin, su vida fue como un poema, incomprendido por una mayoría que no podían, o no querían entender que la causa de su actitud fue siempre su amor entrañable a Cuba.

La Premio Cervantes 1992 y Nacional de Literatura 1987 ya se encontraba en su ostracismo antes de 1959. Vivió una larga pero intensa vida, cuidadosa de sus vivencias y sentimientos íntimos, con una sabiduría que a todos maravillaba y un conocimiento del idioma que la llevó a ser miembro de la Real Academia Española y presidenta de su filial cubana.

En entrevista concedida a una publicación cubana en los años de mayor "lucha ideológica" tuvo el valor de declarar: "Yo soy burguesa y me doy cuenta de que mi mundo se derrumbó en Cuba. Esa es mi realidad y me percato de ella. Lo cierto es que me he quedado sola en el mundo, por mi gusto, es verdad, pero sola. El mundo burgués al que yo estaba habituada ha desaparecido."

En los primeros años del castrismo su casa fue sometida a vigilancia y registros por esa condición de "burguesa" y sus comunicaciones telefónicas interceptadas. Con menos presiones muchos emigraron del país, al sentirse acosados por la dictadura "del proletariado". Su compañero de la vida, el destacado periodista de origen canario Pedro Alvarez de Cañas, salvador de la gran mayoría de sus manuscritos, abandonó el país en 1961, pero ella no le siguió. Once años más tarde su esposo regresó para morir a su lado y en su patria adoptiva.

Todo cambió cuando cerca de dos décadas después, al ver la cubanía sin par de la descendiente del ilustre general Loynaz y Castillo, creador de la Marcha Invasora, fue "descubierta" por una generación de jóvenes poetas e intelectuales cubanos y gracias al marcado interés que las autoridades españolas demostraban por esa "viejita del Vedado".

Hablar de la poetisa y su obra abarcaría mucho espacio y el tema que nos ocupa es el de su residencia terrenal. Dulce María siempre vivió en el Vedado, nació junto a ese aristocrático barrio. En 1946 adquirió la "casona" (un verdadero palacete) que le sirvió de refugio hasta sus últimos días. A diferencia de la casa de Calzada entre 14 y 16, que le sirvió de inspiración para su novela El Jardín, la de 19 y E según la autora "no tenía alma".

En ella recibió a destacadas personalidades de la cultura mundial, entre ellos Federico García Lorca y Gabriela Mistral, y en el recibidor de su casa se mantiene una escultura en bronce de un águila imperial que un embajador americano una vez quiso comprar para decorar su embajada. Muchas son las obras de arte que posee el inmueble, propias del exquisito gusto de tan renombrada dama.

A su muerte, en abril de 1997, cuando tenía 97 años de edad, un policía fue apostado de forma permanente frente a la casa. La vigilancia era no sólo para impedir robos, sino para frustrar cualquier intento de sus descendientes de sacar obras consideradas "patrimonio nacional". Sólo después que su sobrina María del Carmen Herrera negoció con el Historiador de la Ciudad, el señor Eusebio Leal, la casa fue abierta para darle una utilidad social.

Inicialmente se pensó convertirla en un museo (¡uno más!) pero por último se decidió habilitarla como un centro cultural cuyo destino específico todavía no se ha anunciado. La reparación capital, ya que la casa estaba literalmente en ruinas, corrió a cargo de la empresa de construcción del Historiador de la Ciudad, restauradora del casco histórico de la ciudad, y con capital español.

"Mira eso, si eso lo hubieran hecho en vida de dulce María, qué contenta se abría puesto", comentó una anciana vecina de la ilustre cubana. Pero todos los vecinos ven con satisfacción que se le haga justicia a la memoria de una mujer que tuvo entre sus más altos pilares a Cuba y la poesía.

Dulce María Loynaz es, tanto como su mejor verso, un símbolo. Ella arremetió contra todos, incomprendida, en busca de su verdad, la verdad de todos, la que generaciones anteriores no comprendieron en su lucha por un poder económico y político: que el respeto al derecho ajeno es la paz, como proclamó el prócer mexicano.

Cuando recibió el Premio Cervantes en Madrid de manos del Rey, citó una frase del Apóstol: "Los hombres se miden por la intensidad de lo que se le opone". Entonces ella es de lo más grande de la cultura cubana contemporánea. Su ostracismo fue su táctica de defensa. Y en su ostra la veneramos y recordamos hoy.

 



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