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CULTURA
La ostra de Dulce
María Loynaz
Ariel Delgado Covarrubias
LA HABANA, mayo (www.cubanet.org) - Pocos días
faltan para la inauguración del Centro
Cultural Dulce María Loynaz, ubicado en
la céntrica zona capitalina del Vedado,
en el palacete de 19 esquina a E, donde vivió
sus últimos años la singular poetisa.
El proverbial ajetreo constructivo ahora en la
fase de terminación de esa obra llama a
la consideración de numerosos aspectos
que se mueven alrededor de tan exquisita personalidad
de la cultura cubana, la más alta expresión
del verso femenino en el pasado siglo. Esa casona
sirvió de refugio en su ostracismo voluntario
en décadas de una agitación política
y cultural que sacudió a la nación
cubana.
Allá, en el exilio, algunos la criticaron
por no abandonar el país como muestra de
rechazo a las autoridades impuestas por la violencia
a la República, y dentro otros la criticaban
por no renunciar definitivamente a su clase social
y mostrar un apoyo público y decidido al
proceso que se desarrollaba. En fin, su vida fue
como un poema, incomprendido por una mayoría
que no podían, o no querían entender
que la causa de su actitud fue siempre su amor
entrañable a Cuba.
La Premio Cervantes 1992 y Nacional de Literatura
1987 ya se encontraba en su ostracismo antes de
1959. Vivió una larga pero intensa vida,
cuidadosa de sus vivencias y sentimientos íntimos,
con una sabiduría que a todos maravillaba
y un conocimiento del idioma que la llevó
a ser miembro de la Real Academia Española
y presidenta de su filial cubana.
En entrevista concedida a una publicación
cubana en los años de mayor "lucha
ideológica" tuvo el valor de declarar:
"Yo soy burguesa y me doy cuenta de que mi
mundo se derrumbó en Cuba. Esa es mi realidad
y me percato de ella. Lo cierto es que me he quedado
sola en el mundo, por mi gusto, es verdad, pero
sola. El mundo burgués al que yo estaba
habituada ha desaparecido."
En los primeros años del castrismo su
casa fue sometida a vigilancia y registros por
esa condición de "burguesa" y
sus comunicaciones telefónicas interceptadas.
Con menos presiones muchos emigraron del país,
al sentirse acosados por la dictadura "del
proletariado". Su compañero de la
vida, el destacado periodista de origen canario
Pedro Alvarez de Cañas, salvador de la
gran mayoría de sus manuscritos, abandonó
el país en 1961, pero ella no le siguió.
Once años más tarde su esposo regresó
para morir a su lado y en su patria adoptiva.
Todo cambió cuando cerca de dos décadas
después, al ver la cubanía sin par
de la descendiente del ilustre general Loynaz
y Castillo, creador de la Marcha Invasora, fue
"descubierta" por una generación
de jóvenes poetas e intelectuales cubanos
y gracias al marcado interés que las autoridades
españolas demostraban por esa "viejita
del Vedado".
Hablar de la poetisa y su obra abarcaría
mucho espacio y el tema que nos ocupa es el de
su residencia terrenal. Dulce María siempre
vivió en el Vedado, nació junto
a ese aristocrático barrio. En 1946 adquirió
la "casona" (un verdadero palacete)
que le sirvió de refugio hasta sus últimos
días. A diferencia de la casa de Calzada
entre 14 y 16, que le sirvió de inspiración
para su novela El Jardín, la de 19 y E
según la autora "no tenía alma".
En ella recibió a destacadas personalidades
de la cultura mundial, entre ellos Federico García
Lorca y Gabriela Mistral, y en el recibidor de
su casa se mantiene una escultura en bronce de
un águila imperial que un embajador americano
una vez quiso comprar para decorar su embajada.
Muchas son las obras de arte que posee el inmueble,
propias del exquisito gusto de tan renombrada
dama.
A su muerte, en abril de 1997, cuando tenía
97 años de edad, un policía fue
apostado de forma permanente frente a la casa.
La vigilancia era no sólo para impedir
robos, sino para frustrar cualquier intento de
sus descendientes de sacar obras consideradas
"patrimonio nacional". Sólo después
que su sobrina María del Carmen Herrera
negoció con el Historiador de la Ciudad,
el señor Eusebio Leal, la casa fue abierta
para darle una utilidad social.
Inicialmente se pensó convertirla en un
museo (¡uno más!) pero por último
se decidió habilitarla como un centro cultural
cuyo destino específico todavía
no se ha anunciado. La reparación capital,
ya que la casa estaba literalmente en ruinas,
corrió a cargo de la empresa de construcción
del Historiador de la Ciudad, restauradora del
casco histórico de la ciudad, y con capital
español.
"Mira eso, si eso lo hubieran hecho en vida
de dulce María, qué contenta se
abría puesto", comentó una
anciana vecina de la ilustre cubana. Pero todos
los vecinos ven con satisfacción que se
le haga justicia a la memoria de una mujer que
tuvo entre sus más altos pilares a Cuba
y la poesía.
Dulce María Loynaz es, tanto como su mejor
verso, un símbolo. Ella arremetió
contra todos, incomprendida, en busca de su verdad,
la verdad de todos, la que generaciones anteriores
no comprendieron en su lucha por un poder económico
y político: que el respeto al derecho ajeno
es la paz, como proclamó el prócer
mexicano.
Cuando recibió el Premio Cervantes en
Madrid de manos del Rey, citó una frase
del Apóstol: "Los hombres se miden
por la intensidad de lo que se le opone".
Entonces ella es de lo más grande de la
cultura cubana contemporánea. Su ostracismo
fue su táctica de defensa. Y en su ostra
la veneramos y recordamos hoy.
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