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POLITICA
Testigos de Varela
Miguel Saludes
LA HABANA, mayo (www.cubanet.org) - Cuando este
lunes 10 de mayo amanezca sobre Cuba, se completarán
dos años desde que se realizara aquella
entrega de 10 mil firmas que avalaban al primer
proyecto cívico realizado en cuatro décadas
de sistema totalitario en Cuba. Tras ardua labor,
durante poco más de un año, se había
movido la conciencia de miles de personas que
dijeron sí a la propuesta de referendo.
Realmente la campaña de promoción
y recogida de firmas comenzó algunos años
antes, pues la idea estaba materializada desde
1996. Pero no es la historia del proyecto el objetivo
de esta reflexión. Es simplemente recordar
ese momento memorable, que ha quedado suspendido
en el tiempo y que permanece latente porque todo
lo que inhumanamente se hizo por desvirtuarlo,
destruirlo y aplastarlo, no ha sido suficiente
para suprimir la necesidad y justeza de las cinco
propuestas en que se sustenta.
Ahora tratan de hacer ver que la letra del Proyecto
Varela está muerta, que es cuestión
finita y solucionada. Sin embargo, ahí
permanecen los justos reclamos sin respuesta.
Seguimos sin libertades cívicas, económicas
y políticas. En las cárceles cubanas
se encuentra un grupo numeroso de los que llevaron
adelante este Proyecto, y que no fueron solamente
los Testigos de Payá, como les llama Roberto
Luque Escalona a los que apoyan, supuestamente
de manera incondicional, al líder disidente
cubano. Fueron muchos los que, a pesar de las
maniobras realizadas por extraños opositores,
se impusieron a las divisiones existentes, y más
que seguidores de una persona se convirtieron
en animadores de la sociedad democrática
en ciernes. Dejando actitudes de pequeñez
política y cerrazones grupales o de partido,
se sumaron a la campaña ciudadana por el
Proyecto Varela, haciendo lo que al menos yo siempre
anhelé: hacerlo suyo. Fue éste el
factor que hizo posible que aquel signo hecho
realidad el 10 de mayo.
Cuando los portadores de las cajas conteniendo
las boletas llegaron a la sede de la Asamblea
Nacional del Poder Popular, puede decirse que
había comenzado una nueva etapa en la historia
de Cuba. Esa imagen recogida en la memoria nacional,
tiene desde ahora una página reservada
en el libro donde se graban los acontecimientos
de nuestra gesta como pueblo. No fue un hecho
trasplantado desde el exterior, ni mucho menos
elaborado por superagentes de la inteligencia
occidental. Soy testigo de la autenticidad que
inspiró la hechura del Proyecto Varela;
su creación desde las más profundas
raíces de nuestra cubanidad. De nada vale
que se les haya llamado mercenarios a los que
colaboraron en su puesta en marcha. No hay dinero
en el mundo que pueda pagar los desvelos, sinsabores
e incomprensiones sufridas por los que asumieron
esa tarea, quizás sin saber la magnitud
de lo que hacían. Posiblemente en eso tenga
razón el articulista del Diario de las
Américas. Sólo los testigos de algo
pueden predicar a tiempo y destiempo en lo que
creen. La diferencia es que no es un grupo de
fanáticos, prestos a entronizar otra nueva
leyenda personal. Si de algo han sido testigos
los seguidores del Proyecto Varela, es de una
historia dura en la que se han compartido días
difíciles. Son también testimonio
de que la libertad es una palabra que se pronuncia
fácilmente, pero el costo de hacerla posible
a veces llena volúmenes de historia.
Aún recuerdo las emociones vividas ese
día cuando el mundo conoció que
se había logrado lo que parecía
imposible. Las reacciones de cubanos, tanto de
la isla como de los que viven fuera de ella. Sobre
todo la alegría de estos últimos
expresada en sus llamadas. Desde México,
Honduras, Argentina, Nueva York, Berlín
y Estocolmo, se recibían palabras de ánimo
y solidaridad. Cuántas esperanzas despertaron
aquella mañana. Sólo con ello bastaría
para sentir la satisfacción de haber puesto
un grano de arena en tan magno evento.
A pesar de los agoreros, testigos de la ilegitimidad,
que siguen haciendo su labor proselitista tratando
aún de demostrar que el Proyecto Varela
no está acorde con lo estipulado dentro
de la Constitución, este proceso mantiene
su vigencia plena. A pesar de nuevas iniciativas,
listas de peticiones, propuestas para establecer
oficinas representativas reconocidas por el Estado,
proyectos que propongan el cielo cuando aún
no tenemos la tierra, el instrumento que sigue
marcando las pautas para el camino democratizador
de nuestra sociedad sigue abierto a la respuesta,
validado por cientos de firmas de opositores,
de ciudadanos simples, de los que desdichadamente
han muerto durante el proceso o se han marchado
del país. El derecho reclamado pacífica
y constitucionalmente está expresado en
esas boletas. En ellas permanecen los que siguen
presentes, los ausentes y aquéllos que
cada nuevo 10 de mayo se levantan con el deseo
renovado de que se produzcan cambios que mejoren
sus vidas. No es una utopía inalcanzable.
Son las propuestas razonables a que aspira cualquier
sociedad basada en el respeto y en las libertades
ciudadanas. Son las expresadas en los cinco puntos
del Proyecto Varela aún por alcanzar.
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