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DESDE
LA CARCEL
"El destino de mi
país, de mi pueblo, se me ha convertido en obsesión":
Manuel Vázquez Portal
LA HABANA, mayo (www.cubanet.org)
- "Alma de carretero atascado que aguijonea
a sus bueyes, tengo que pensar -con lo peligroso
que se torna pensar- en el destino de una nación
que su sátrapa expolia, y niega desvergonzadamente
que lo hace, y nos la roba sin dejarnos ninguna
alternativa, abusando de una titularidad que hace
mucho tiempo el verdadero soberano le retiró,
pero que él detenta a pura fuerza castrense",
escribió a su esposa el poeta y periodista
independiente Manuel Vázquez Portal, condenado
a 18 años de prisión.
Cárcel de Boniato, 21 de abril de 2004
Sra: Yolanda Huerga Cedeño
Puchita:
¿Por qué no puedo yo darle reposo
a esta cabeza mía que, mientras más
vieja, más indagadora, inconforme y sumida
siempre en meditaciones complicadas?
¿Qué fatum terrible me signa y
no me permite las banalidades que, tan cómodamente,
se apoltronan en la mayoría de las cabezas?
Hoy me gustaría, como el poeta español
que tanto significó para la poesía
cubana -piensa en el grupo Orígenes-, Juan
Ramón Jiménez, exclamar: "Dios
mío, dame la mediocridad", aunque
Dios se burlara preguntándome: ¿más?
Es que no puedo dejar de pensar. El destino de
mi país, de mi pueblo, se me ha convertido
en obsesión, en un rittornello abrumador
y pertinaz. Fácil -aunque muy doloroso
en mis circunstancias presentes- sería
imaginar lo que hace nuestro Gabriel en este instante,
evocar lo que te apesadumbra o contenta en esta
hora, colegir las aspiraciones de Manolito, barruntar
los sueños esperanzadores -no conoce todavía
la crueldad y vacuidad de cuando la esperanza
se convierte en espera- de mi hija Tairelsy para
su hijo Samuel; en fin esa cotidianidad que hace
feliz a tanto ser común.
Pero yo, no. Alma de carretero atascado que aguijonea
a sus bueyes, tengo que pensar -con lo peligroso
que se torna pensar- en el destino de una nación
que su sátrapa expolia, y niega desvergonzadamente
que lo hace, y nos la roba sin dejarnos ninguna
alternativa, abusando de una titularidad que hace
mucho tiempo el verdadero soberano le retiró,
pero que él detenta a pura fuerza castrense.
Pienso. No puedo dejar de pensar en el triple
peligro -aunque se avizora otro, un cuarto- que
se cierne sobre ella: la permanencia en ese estado
limbático en que el tiempo parece haberse
congelado, la asechanza de que el limbo se rompa
y dé paso al infierno de una insurrección
interior que sería reprimida con fiereza
y recrudecería el estado de plaza sitiada
que padece la ciudadanía y por último,
el tan anunciado Apocalipsis de una agresión
armada por parte del "enemigo histórico",
más bien, conseguido por la necesidad que
todo principado absolutista requiere para mantener
el espíritu de confrontación de
que depende su existencia.
Ante esa necia tozudez partisana -no tan necia
como impostada- de quien hace de lo confrontacional
el único asidero para la supervivencia
de su política, convocando sin escrúpulos
al holocausto, no resta otra opción que
acrecentar la sabia, prudente y paciente civilidad,
para no ser cómplice, o marioneta ciega,
del crimen que supone un estado de guerra real
en las circunstancias actuales. La mayor aspiración
de todo psicópata belicoso -recordar a
la recomendación (petición) a Nikita
Jruschov en l962- es ver al mundo envuelto en
pólvora. Hay que evitarlo a toda costa.
La pólvora y la guerrilla son, ahora mismo,
una metáfora, una reminiscencia del pasado
en que se quiere, como fósil viviente,
eternizar el magno. Es estúpido olvidar
que la modernidad ha dotado al hombre de una tecnología
de exterminio que deja muy estrecho margen a las
utopías espartanas. No es la arrogante
intransigencia caudillista, el espíritu
de sacrificio, la heroicidad a ultranza lo que
determina el desenlace de las batallas en esta
hora, aceptar como inteligente que se puede desafiar
con el pecho -ajeno casi siempre de quien lo preconiza-
un misil de lanzamiento digital o una aviación
pilotada por computadoras remotas. Pero esa postura
numantina -que implantada en la conciencia como
providencial, nos viene desde que los mambises
del siglo XIX incendiaron la ciudad de Bayamo
antes que entregarla al enemigo español-
no es auténtica ya en la élite que
la alimenta con plena conciencia del verso del
himno, también bayamés: "al
combate, corred" (vosotros, ustedes) y asumen
una socarrona actitud de "capitanes arañas".
A la hora cero todos huyen bajo el pretexto de
continuar la sagrada lucha -fundamentalismo también
impostado. Ese imaginario no es más que
el discurso enmascarado tras el cual se esconde
una selección muy racional -maquiavélica
diría yo- del arsenal simbólico
de la memoria histórica para redespertar
un entusiasmo muerto desde la década de
los sesenta, que les permita la perpetuación
de una usura, ya traspasada -menos en los niveles
más altos de la pirámide- a los
herederos ortodoxos y dogmáticos que la
usufructúan y aprendieron a defenderla
con las mismas trácalas.
Frente a eso, qué cabeza honrada puede
darse el lujo de reposar. El cuarto peligro -el
más horripilante- sería, a la desaparición
de nuestro Pitaco particular, el establecimiento
de sus vástagos en esa ortodoxia dogmática
que elevaría el nepotismo a alturas insospechables.
No puedo dejar de pensar. No hay espacio en mi
cerebro para quejas personales, acoquinamientos
ideológicos individuales, ¿seré
estúpido o estaré infectado por
ese virus providencialista que aqueja a la nación
romántica que somos, cuando ya el mundo
anda en pos multiculturalidad postmoderna que
permita la existencia, reconocida y legitimada,
de las pequeñas comunidades que conforman
la unidad, en mi caso la familia?
No te caliento más la cabeza. Con la mía
que bulla basta. Soy el único culpable
de llevarla todavía sobre los hombros,
y no hay ninguna deidad aquí, como en Las
cabezas trocadas, de Thomas Mann, que me la pueda
permutar, aunque sea por un coco seco, pero que
me permita una mullida inconciencia para dedicarla
únicamente a soñarte.
Te amo,
Yo
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