PRENSA INDEPENDIENTE
Marzo 18, 2004

OLA REPRESIVA
A un año

Miguel Saludes

LA HABANA, marzo (www.cubanet.org) - Aquella mañana del 18 de marzo del 2003 amaneció como un día cualquiera en La Habana. Un bello sol anunciaba la cercanía de la primavera, aunque ahora se me antoja que había cierta atmósfera depresiva hasta en el color del astro rey. Ese día Omar y yo nos habíamos citado en las cercanías del Cementerio Judío de Guanabacoa para visitar al preso Arturo Suárez Ramos, que en esos momentos se encontraba en la prisión de La Lima, especie de centro penitenciario de menor rigor. En ese centro, próximo al lugar de nuestra cita, los reclusos pueden recibir visitas de familiares y amigos sin distinción. El motivo del encuentro era sostener una conversación con Suárez Ramos, para promover su situación tras 16 años encerrado, destacar la larga condena ya cumplida y hacer un llamado a la misericordia de los hombres, que en pasados años había fallado ante una posible amnistía del recluso. Lejos estábamos de imaginar que un drama similar se estaba preparando sobre nuestras vidas.

No sé si por efectos de la atmósfera que respirábamos en el lugar, o por ese temor que nunca nos abandona a pesar de haber superado niveles de miedo generalizado, algo hacía sentir en el ambiente cierta carga hostil. Es como esas tormentas que se preparan en la lejanía y aún sin dejarse ver, sin que exista una nube en el firmamento, de manera misteriosa nos anuncian el furor que se prepara. Una vez llegado Omar nos dirigimos al punto de control de la granja, y sin grandes dificultades pasamos a un amplio salón donde pudimos hablar con Arturo. Allí compartimos unos minutos y le planteamos nuestra idea respecto a su situación y lo que pensábamos hacer en su favor. El encuentro se vio limitado por la presencia de un extraño visitante que argüía ser amigo del preso, y haber compartido la misma celda en los primeros meses de prisión. Sin embargo, Arturo no le recordaba. Algunas frases dichas por el supuesto compañero de cárcel levantaron sospechas sobre su verdadera personalidad. Decidimos partir y en la puerta el posta nos esperaba con nuestras identidades en la mano sin necesidad de pedírselas. Un nuevo elemento que no tuvimos en cuenta entonces.

Mientras esperábamos la guagua, conversamos de diferentes temas. La guerra de Irak que todo parecía indicar se desataría en breve, así como algunos hechos del acontecer interno, en específico la famosa clase magistral de periodismo dada por Manuel David Orrio en casa del jefe de la Oficina de Intereses de Estado Unidos en La Habana. Sentados en el autobús retomamos el hilo de la conversación, que recayó nuevamente en la cuestión iraquí. El tercer aldabonazo avizor lo dio un pasajero que sin darnos cuenta había estado atento a todas nuestras palabras. De manera entrometida y con cierta soberbia nos interpeló sobre la posibilidad real del conflicto en la región árabe y sobre nuestra opinión sobre la posesión de armas estratégicas por parte de Sadan Hussein. Era tan evidente el acento provocativo de nuestro involuntario interlocutor, que decidimos ni siquiera contestarle, haciendo caso omiso de su impuesta presencia.

En pleno centro de Guanabacoa, Omar descendió del transporte. Nos dimos la mano por última vez ese día. A través de la ventanilla le miré alejarse entre las sinuosas calles de la villa habanera sin saber que tardaría nueve meses en volverle a ver. Mientras, el intruso ocupó el asiento dejado vacante. Trató de reiniciar el diálogo, pero en la parada siguiente un acompañante que hasta ese momento no se había hecho sentir, le reclamó para bajarse juntos.
Horas más tarde el timbre del teléfono me hizo saltar del sillón. La voz de la esposa de Omar desde la otra parte de la línea me llegaba con un acento preocupado, dando a conocer que algo raro ocurría en su casa. Un fuerte operativo se había desplegado en el vecindario, como jamás ella lo viera antes. Omar no había llegado. Llamé a la hermana de aquél para hacerle saber el suceso y le avisaran en caso de que pasara primero por aquella casa. De forma casual le interceptaron en plena calle. Decidió dejar pasar un tiempo prudencial y permaneció en casa de su hermana hasta la noche. Pensando que todo habría pasado, regresó a su casa al cerrar la noche. En el hogar todo permanecía en aparente calma. Durmió con los suyos una vez más. En esos momentos decenas de periodistas y opositores de diferentes partes de la Isla se encontraban detenidos, mientras que en Irak empezaban a caer las primeras bombas y misiles.

El 19 le sorprendería con la disposición de salir temprano como siempre. Pero en el mismo pasillo, a la salida de su casa, fue interceptado por dos agentes de civil que le conminaron a regresar al domicilio. Estaba bajo arresto domiciliario. Vendría el largo registro que llegaría hasta altas hora de la noche y finalmente la detención y el adiós a sus hijos y esposa, presintiendo que sería por largo tiempo. En todo el país seguían las detenciones y en Bagdad los bombardeos apenas cesaban.

Desde entonces ha transcurrido un año. Omar y el resto de los detenidos en aquellos aciagos días recordarán aquellos acontecimientos encerrados en las celdas donde cumplen larga condenas de cárcel. En Irak la guerra ha terminado hace meses. Focos de conflicto subsisten aún y Sadan Hussein ha sido capturado. Pero la guerra como tal ha concluido. Sin embargo, el conflicto humano de Cuba continúa.

 



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