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OLA
REPRESIVA
El tiro le salió
por la culata
Emilio Rodríguez. Cubanacán
Press
SANTA CLARA, junio (www.cubanet.org) - Mucho
se ha especulado sobre el objetivo real perseguido
por el gobierno cubano al desatar la ola represiva
de marzo de 2003, en la que 75 periodistas independientes
y disidentes de la mayor de las Antillas fueron
condenados a penas de entre 6 y 28 años
de cárcel.
Para algunos, se trataba de un ardid destinado
a lograr a corto o mediano plazo un canje por
los cinco espías cubanos condenados por
una corte de los Estados Unidos. Para otros, el
motivo era la pujanza que venía tomando
la oposición interna, y la necesidad de
neutralizarla en aras de que no peligrara la existencia
del régimen. Lo cierto es que, por una
razón u otra, lo que le falló al
gobierno fue el resultado de su maniobra.
A simple vista la cuenta se redondea fácil:
75 disidentes encarcelados es igual a 75 familias
que se suman al descontento hacia el sistema,
para ser conservador y no decir que son 75 familias
que se suman a la oposición.
Pero existe otro cálculo que falló
a la hora de arremeter en esa magnitud contra
simples y pacíficos opositores, y es el
de la unidad y la fraternidad que generó
aquel disparate, porque nadie es ajeno a las múltiples
diferencias que existían hasta entonces
entre las diferentes tendencias y facciones de
la disidencia interna, muchas veces trasladadas
al exilio o a la inversa.
A partir de ese día se comenzó
a experimentar un sentimiento de unidad nunca
antes visto. A lo largo y ancho de la Isla las
diferentes organizaciones opositoras comenzaron
a preparar condiciones para recibir a los familiares
de los disidentes encarcelados que habían
sido desterrados a cientos de kilómetros
de sus hogares, sin importar qué línea
o tendencia política defendieran.
En la ciudad de Santa Clara, el Movimiento Cívico
Nacionalista Cubano, con la colaboración
oportuna del Presidio Político Histórico
Cubano (Casa del Preso) primero, y de la organización
Plantados hasta la Libertad y la Democracia en
Cuba después, emprendieron la ingente labor
de brindar hogar y afecto a las angustiadas familias.
Recuerdo que el primero de los "75"
en tener acceso a la conocida visita de aseo,
reglamentada en las prisiones cubanas para aquéllos
que ingresan a un centro penitenciario, fue Héctor
Maseda Gutiérrez, el día 9 de abril
de 2003. Para esa fecha, la dirección nacional
del Movimiento Cívico Nacionalista Cubano
había hecho las coordinaciones necesarias
con la esposa del reo de conciencia, Laura Pollán
Toledo, quien resultó ser el primer huésped
de lo que se denomina "Programa de atención
a familiares de presos políticos".
Pero también recuerdo un caso doloroso
que, por desconocimiento, o por aquello de no
"molestar", no se acogió a la
ayuda que el proyecto ofrecía; me refiero
a los familiares del prisionero de conciencia
Alfredo Felipe Fuentes, y traigo a colación
el caso, porque en él se ejemplifican la
unidad y la fraternidad que provocó el
dislate del régimen.
La dirección del proyecto tuvo conocimiento
de que Loida Valdés, esposa de Felipe Fuentes,
y su cuñado pernoctaban en la terminal
de ómnibus de Santa Clara. Ahí esperaban
el amanecer para asistir a la visita del reo de
conciencia, confinado desde su llegada a la provincia
de Villa Clara en la prisión de Guamajal.
Los alimentos destinados al disidente encarcelado
venían elaborados desde Artemisa, en la
provincia Habana, a más de 300 kilómetros
de Santa Clara. Nunca lo dijo, quizás por
esa humildad que la caracteriza, pero es lógico
que muchos de esos alimentos llegaran en mal estado.
Por otra parte, Loida padece de epilepsia, que
la obliga a mantenerse siempre acompañada
por su cuñado.
Conocido el caso y logrado el contacto, Loida
fue esperada por miembros del Movimiento Cívico
Nacionalista Cubano en la estación de ómnibus
en septiembre de 2003, y alojada en el domicilio
de Celestino Hernández Gutiérrez
quien, desde entonces, es su anfitrión.
Muchas han sido las experiencias vividas por
quienes intervienen en el proyecto. El primer
encuentro con cada familiar -y lo sé porque
he sido parte de ello- fue muy emocionante. Tanto
Laura Pollán como Beatriz del Carmen Pedroso
o la propia Loida Valdés, incluso Yolanda
Vera, la esposa del también prisionero
de conciencia Pedro Argüelles Morán,
que ya no está en Santa Clara, pero también
recibió esa atención, recordarán
el primer arribo a la estación de ferrocarriles
de Santa Clara, donde un pequeño grupo
de personas a las que jamás habían
visto, las esperaban sosteniendo en alto un letrero
con el nombre de cada una de ellas, para que pudiesen
identificarse.
Pero también se han vivido momentos aciagos,
en los que las autoridades decidieron suspender
la visita por cualquier motivo, o en los que fue
expulsado del salón de espera de la prisión
alguno de los miembros del proyecto que las ha
acompañado en cada visita para ayudar con
los paquetes. No obstante, todo ello es recompensado
con la atención que reciben. Ninguno de
nosotros olvidará a "Nenito",
un hombre que hace muchos años dejó
de ser joven, corriendo en bicicleta bajo un torrencial
aguacero para que Julio César Gálvez
pudiese tener el pomo de refresco que con el apuro
y las preocupaciones Beatriz del Carmen había
dejado sin darse cuenta en el refrigerador.
Y es eso precisamente lo que ha logrado el régimen
con su obstinado proceder: una hermandad sin límites,
en la que todos se han ido convirtiendo en una
gran familia. Nadie sabe cuánto tiempo
durará el martirio de los presos políticos
en las cárceles cubanas, pero lo que sí
es un hecho es que la unidad, la hermandad y la
fraternidad entre aquéllos que comparten
el mismo dolor serán por siempre. Después
de todo, y a pesar de sus maquinaciones, al régimen
el tiro le salió por la culata.
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