PRENSA INDEPENDIENTE
Junio 22, 2004
 

OLA REPRESIVA
El tiro le salió por la culata

Emilio Rodríguez. Cubanacán Press

SANTA CLARA, junio (www.cubanet.org) - Mucho se ha especulado sobre el objetivo real perseguido por el gobierno cubano al desatar la ola represiva de marzo de 2003, en la que 75 periodistas independientes y disidentes de la mayor de las Antillas fueron condenados a penas de entre 6 y 28 años de cárcel.

Para algunos, se trataba de un ardid destinado a lograr a corto o mediano plazo un canje por los cinco espías cubanos condenados por una corte de los Estados Unidos. Para otros, el motivo era la pujanza que venía tomando la oposición interna, y la necesidad de neutralizarla en aras de que no peligrara la existencia del régimen. Lo cierto es que, por una razón u otra, lo que le falló al gobierno fue el resultado de su maniobra.

A simple vista la cuenta se redondea fácil: 75 disidentes encarcelados es igual a 75 familias que se suman al descontento hacia el sistema, para ser conservador y no decir que son 75 familias que se suman a la oposición.

Pero existe otro cálculo que falló a la hora de arremeter en esa magnitud contra simples y pacíficos opositores, y es el de la unidad y la fraternidad que generó aquel disparate, porque nadie es ajeno a las múltiples diferencias que existían hasta entonces entre las diferentes tendencias y facciones de la disidencia interna, muchas veces trasladadas al exilio o a la inversa.

A partir de ese día se comenzó a experimentar un sentimiento de unidad nunca antes visto. A lo largo y ancho de la Isla las diferentes organizaciones opositoras comenzaron a preparar condiciones para recibir a los familiares de los disidentes encarcelados que habían sido desterrados a cientos de kilómetros de sus hogares, sin importar qué línea o tendencia política defendieran.

En la ciudad de Santa Clara, el Movimiento Cívico Nacionalista Cubano, con la colaboración oportuna del Presidio Político Histórico Cubano (Casa del Preso) primero, y de la organización Plantados hasta la Libertad y la Democracia en Cuba después, emprendieron la ingente labor de brindar hogar y afecto a las angustiadas familias.

Recuerdo que el primero de los "75" en tener acceso a la conocida visita de aseo, reglamentada en las prisiones cubanas para aquéllos que ingresan a un centro penitenciario, fue Héctor Maseda Gutiérrez, el día 9 de abril de 2003. Para esa fecha, la dirección nacional del Movimiento Cívico Nacionalista Cubano había hecho las coordinaciones necesarias con la esposa del reo de conciencia, Laura Pollán Toledo, quien resultó ser el primer huésped de lo que se denomina "Programa de atención a familiares de presos políticos".

Pero también recuerdo un caso doloroso que, por desconocimiento, o por aquello de no "molestar", no se acogió a la ayuda que el proyecto ofrecía; me refiero a los familiares del prisionero de conciencia Alfredo Felipe Fuentes, y traigo a colación el caso, porque en él se ejemplifican la unidad y la fraternidad que provocó el dislate del régimen.

La dirección del proyecto tuvo conocimiento de que Loida Valdés, esposa de Felipe Fuentes, y su cuñado pernoctaban en la terminal de ómnibus de Santa Clara. Ahí esperaban el amanecer para asistir a la visita del reo de conciencia, confinado desde su llegada a la provincia de Villa Clara en la prisión de Guamajal.

Los alimentos destinados al disidente encarcelado venían elaborados desde Artemisa, en la provincia Habana, a más de 300 kilómetros de Santa Clara. Nunca lo dijo, quizás por esa humildad que la caracteriza, pero es lógico que muchos de esos alimentos llegaran en mal estado. Por otra parte, Loida padece de epilepsia, que la obliga a mantenerse siempre acompañada por su cuñado.

Conocido el caso y logrado el contacto, Loida fue esperada por miembros del Movimiento Cívico Nacionalista Cubano en la estación de ómnibus en septiembre de 2003, y alojada en el domicilio de Celestino Hernández Gutiérrez quien, desde entonces, es su anfitrión.

Muchas han sido las experiencias vividas por quienes intervienen en el proyecto. El primer encuentro con cada familiar -y lo sé porque he sido parte de ello- fue muy emocionante. Tanto Laura Pollán como Beatriz del Carmen Pedroso o la propia Loida Valdés, incluso Yolanda Vera, la esposa del también prisionero de conciencia Pedro Argüelles Morán, que ya no está en Santa Clara, pero también recibió esa atención, recordarán el primer arribo a la estación de ferrocarriles de Santa Clara, donde un pequeño grupo de personas a las que jamás habían visto, las esperaban sosteniendo en alto un letrero con el nombre de cada una de ellas, para que pudiesen identificarse.

Pero también se han vivido momentos aciagos, en los que las autoridades decidieron suspender la visita por cualquier motivo, o en los que fue expulsado del salón de espera de la prisión alguno de los miembros del proyecto que las ha acompañado en cada visita para ayudar con los paquetes. No obstante, todo ello es recompensado con la atención que reciben. Ninguno de nosotros olvidará a "Nenito", un hombre que hace muchos años dejó de ser joven, corriendo en bicicleta bajo un torrencial aguacero para que Julio César Gálvez pudiese tener el pomo de refresco que con el apuro y las preocupaciones Beatriz del Carmen había dejado sin darse cuenta en el refrigerador.

Y es eso precisamente lo que ha logrado el régimen con su obstinado proceder: una hermandad sin límites, en la que todos se han ido convirtiendo en una gran familia. Nadie sabe cuánto tiempo durará el martirio de los presos políticos en las cárceles cubanas, pero lo que sí es un hecho es que la unidad, la hermandad y la fraternidad entre aquéllos que comparten el mismo dolor serán por siempre. Después de todo, y a pesar de sus maquinaciones, al régimen el tiro le salió por la culata.



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