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SOCIEDAD
A la sombra
de un caballero
Juan González Febles
LA HABANA, junio (www.cubanet.org) - El Caballero
de París, detenido en el tiempo y con afán
andariego, volvió a las calles. La negra
gorda vestida de blanco, la de amarillos collares,
pañuelo azul anudado en la cabeza y que
muerde su hoja torcida de buen tabaco (aunque
de dudosa procedencia comercial) lo confirmó:
"Párate sobre la sombra de su estatua
y pídele que te ayude a salir de este país".
La magia empresarial del Historiador de la Ciudad
(ex monaguillo, secretario, investigador, parlamentario,
etc.) devenido hábil hacedor de divisas,
lo hizo posible. El Sr. Eusebio Leal Spengler
devolvió a La Habana uno de sus más
emblemáticos símbolos. Como resultado
de esto, el Caballero de París reposa sus
huesos, señorial y definitivamente, en
la Basílica Menor de San Francisco de Asís
en la capital.
Por otra parte, en uno de los espacios más
céntricos del llamado Casco Histórico
de la ciudad, frente a la antes mencionada Basílica,
su estatua parece retomar su andar errante por
nuestras calles.
El Caballero, de origen español, perdió
contacto con la realidad a partir de un turbio
asunto comercial que le lanzó a la cárcel.
Ese fue el inicio de la leyenda. Con aires de
realeza y con la agudeza incierta de los que habitan
un lugar no determinado, más allá
de la cordura media, el Caballero se insertó
por derecho propio en el imaginario popular de
La Habana.
Su mito nació y creció
junto
al auge económico en la cresta de una ola
democratizadora en los años ingenuos de
aquella república de la primera mitad del
pasado siglo XX cubano.
El Caballero de París nunca practicó
la mendicidad. Su dignidad no se lo permitió.
Los propietarios restoranes, fondas, bares y cafeterías
regalaban su apetito con los mejores exponentes
de su oferta. El los recibía con gravedad,
como correspondía a un "noble hidalgo
venido a menos de rancio abolengo y aristocrática
estirpe ibérica".
Al homenaje se sumaron algunas parroquias católicas
y ciudadanos a título particular. el Caballero
encontró amor en todos los estratos sociales
de aquella Habana noble, frívola, elegante,
superficial y alegre.
En 1959, el Caballero saludó a los vencedores
verdeolivo, guardando las distancias. Respetó
el sentir popular por los advenedizos, pero se
mantuvo a recatada distancia de las nuevas autoridades
en correspondencia con su rango. Observó
y decidió no integrar el coro de alabanzas
de la plebe al poder recién constituido.
Alguna prensa de la época reflejó,
aunque sin destacarlo, su premonitoria reticencia.
Cuando la vida se hizo difícil para todos,
la asumió con dignidad de realeza. Se hizo
de una cantidad impresionante de periódicos
viejos, que releía silencioso y señorial.
Acompañó a La Habana en su calvario
y deterioro irreversible desde los refugios urbanos
que se agenció en los lugares más
concurridos de la capital. Los dos últimos,
a saber, en las esquinas de Infanta y San Lázaro,
en Centro Habana, y 23 y 12, en el Vedado.
En un momento de la conclusión del llamado
decenio gris o poco después, fue sacado
de las calles. La opción totalitaria por
la uniformidad lo marcó como blanco. Se
parecía demasiado a Mezclilla, el Banano,
el Plátano, el Apache y otros iconos de
la contracultura habanera de esos años.
Fue unido a hippies, cocheros, friáis,
gays, lesbianas y otros blancos de la intolerancia
oficial contra los diferentes o los "raros",
como también eran llamados.
Le condujeron al Hospital Siquiátrico
de La Habana, conocido como Mazorra. Allí
"disfrutó de hogar, alimentación
y de asistencia médica especializada gratuita".
La misma que el estado socialista impone a todos
los ciudadanos, aún cuando éstos
la rechacen o no la hayan solicitado en forma
alguna. Cayó víctima de los beneficios
sociales más caros del mundo entero.
Tanta generosidad le mató. O quizás
fue la edad algo avanzada o el hecho que los espíritus
libres no pueden vivir en jaulas, aunque éstas
sean de oro. Todo muere un día, pero sólo
los elegidos regresan para trascender y quedar.
La santera dolarizada de la Habana Vieja, la
que parecía escapada de un lienzo de Landaluce,
fue categórica: "Es un espíritu
liberto muy fuerte, que ayuda a salir y a volver".
En el espacio virtual y dolarizado, sólo
para turistas, de la ciudad vieja, otro gancho
sostiene la ilusión y ayuda a vivir, a
la sombra de un Caballero patrón de los
marginados, encontrará lo que necesita.
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