PRENSA INDEPENDIENTE
Junio 8, 2004
 

SOCIEDAD
A la sombra de un caballero

Juan González Febles

LA HABANA, junio (www.cubanet.org) - El Caballero de París, detenido en el tiempo y con afán andariego, volvió a las calles. La negra gorda vestida de blanco, la de amarillos collares, pañuelo azul anudado en la cabeza y que muerde su hoja torcida de buen tabaco (aunque de dudosa procedencia comercial) lo confirmó: "Párate sobre la sombra de su estatua y pídele que te ayude a salir de este país".

La magia empresarial del Historiador de la Ciudad (ex monaguillo, secretario, investigador, parlamentario, etc.) devenido hábil hacedor de divisas, lo hizo posible. El Sr. Eusebio Leal Spengler devolvió a La Habana uno de sus más emblemáticos símbolos. Como resultado de esto, el Caballero de París reposa sus huesos, señorial y definitivamente, en la Basílica Menor de San Francisco de Asís en la capital.

Por otra parte, en uno de los espacios más céntricos del llamado Casco Histórico de la ciudad, frente a la antes mencionada Basílica, su estatua parece retomar su andar errante por nuestras calles.

El Caballero, de origen español, perdió contacto con la realidad a partir de un turbio asunto comercial que le lanzó a la cárcel. Ese fue el inicio de la leyenda. Con aires de realeza y con la agudeza incierta de los que habitan un lugar no determinado, más allá de la cordura media, el Caballero se insertó por derecho propio en el imaginario popular de La Habana.

Su mito nació y creció… junto al auge económico en la cresta de una ola democratizadora en los años ingenuos de aquella república de la primera mitad del pasado siglo XX cubano.

El Caballero de París nunca practicó la mendicidad. Su dignidad no se lo permitió. Los propietarios restoranes, fondas, bares y cafeterías regalaban su apetito con los mejores exponentes de su oferta. El los recibía con gravedad, como correspondía a un "noble hidalgo venido a menos de rancio abolengo y aristocrática estirpe ibérica".

Al homenaje se sumaron algunas parroquias católicas y ciudadanos a título particular. el Caballero encontró amor en todos los estratos sociales de aquella Habana noble, frívola, elegante, superficial y alegre.

En 1959, el Caballero saludó a los vencedores verdeolivo, guardando las distancias. Respetó el sentir popular por los advenedizos, pero se mantuvo a recatada distancia de las nuevas autoridades en correspondencia con su rango. Observó y decidió no integrar el coro de alabanzas de la plebe al poder recién constituido.

Alguna prensa de la época reflejó, aunque sin destacarlo, su premonitoria reticencia.

Cuando la vida se hizo difícil para todos, la asumió con dignidad de realeza. Se hizo de una cantidad impresionante de periódicos viejos, que releía silencioso y señorial. Acompañó a La Habana en su calvario y deterioro irreversible desde los refugios urbanos que se agenció en los lugares más concurridos de la capital. Los dos últimos, a saber, en las esquinas de Infanta y San Lázaro, en Centro Habana, y 23 y 12, en el Vedado.

En un momento de la conclusión del llamado decenio gris o poco después, fue sacado de las calles. La opción totalitaria por la uniformidad lo marcó como blanco. Se parecía demasiado a Mezclilla, el Banano, el Plátano, el Apache y otros iconos de la contracultura habanera de esos años. Fue unido a hippies, cocheros, friáis, gays, lesbianas y otros blancos de la intolerancia oficial contra los diferentes o los "raros", como también eran llamados.

Le condujeron al Hospital Siquiátrico de La Habana, conocido como Mazorra. Allí "disfrutó de hogar, alimentación y de asistencia médica especializada gratuita". La misma que el estado socialista impone a todos los ciudadanos, aún cuando éstos la rechacen o no la hayan solicitado en forma alguna. Cayó víctima de los beneficios sociales más caros del mundo entero.

Tanta generosidad le mató. O quizás fue la edad algo avanzada o el hecho que los espíritus libres no pueden vivir en jaulas, aunque éstas sean de oro. Todo muere un día, pero sólo los elegidos regresan para trascender y quedar.

La santera dolarizada de la Habana Vieja, la que parecía escapada de un lienzo de Landaluce, fue categórica: "Es un espíritu liberto muy fuerte, que ayuda a salir y a volver".

En el espacio virtual y dolarizado, sólo para turistas, de la ciudad vieja, otro gancho sostiene la ilusión y ayuda a vivir, a la sombra de un Caballero patrón de los marginados, encontrará lo que necesita.


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