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RELIGION
La figura del Carmen
en Cuba
Miguel Saludes
LA HABANA, julio (www.cubanet.org) - Enclavada
en uno de los puntos más elevados de la
capital de Cuba se encuentra la Iglesia de Nuestra
Señora del Carmen. En el cruce de las céntricas
calles Infanta y Neptuno se alza la torre de este
templo católico, coronada en la cúspide
con una enorme figura en bronce de la Virgen del
Monte Carmelo. No es el único santuario
cubano dedicado a esta advocación mariana.
Por eso el 16 de julio, solamente en La Habana
se efectuaron al menos tres procesiones autorizadas
para festejar el evento religioso: la que recorrería
las calles aledañas a la sede de la orden
carmelita en la mayor de las Antillas y las tradicionales
de Casablanca y Cojímar. También
en Aguacate, Guanabo, y en varios pueblos y localidades
de todas las provincias de la Isla que tienen
a la Virgen María del Carmen como su patrona,
celebraron por todo lo alto este día. Miles
de mujeres que en nuestro suelo, o en muchos otros
países, llevan el hermoso nombre de Carmen,
son ejemplo elocuente de lo extendido de esta
devoción a la Madre de Jesús.
El padre Teodoro Becerril o.c.d. explica que
la razón de que sea la imagen del Carmen
y no la de la Caridad la que se enseñoree
sobre el paisaje habanero, así como el
fervor difundido por todo el país, es que
desde los primeros inicios de la colonización
fue la que acompañó a los españoles
en su travesía hacia el Nuevo Mundo. Señala
el superior de los carmelitas que los padres de
la orden de San Agustín fueron quienes
la entronizaron en nuestra Isla en 1651. Con la
llegada de las religiosas de la orden carmelitana
en 1702 y de los padres el 31 de diciembre de
1880, se refuerza esta veneración mariana.
Agrega el padre Becerrill, quien lleva 48 años
de servicio misionero en la patria que ha hecho
suya por amor a Dios y los hombres, que al proponerse
el nombre que debería identificar a la
patrona cubana fue precisamente el del Carmen
uno de los primeros en tenerse en cuenta junto
al de la Inmaculada. La gestión de los
mambises, promotores de la idea cuya propuesta
llevaba el nombre de la Señora del Cobre,
y la propia historia de la aparición de
la pequeña figura tan arraigada a nuestra
identidad fundacional, dieron la primacía
al nombre por el que todos los cubanos reconocen
a su Madre espiritual.
En Cojímar, a pesar de la pertinaz llovizna
numerosas personas se congregaron a lo largo del
recorrido de la procesión religiosa, la
que estaba precedida por la Banda Municipal de
Música de Guanabacoa y por las banderas
de Cuba, del Vaticano y de la orden de los carmelitas
descalzos fundada en el siglo XIII. En tres ocasiones
los sacerdotes Juan Rumin o.f.m. e Israel Pérez
Tuero, en función de párroco en
estos momentos, oraron ante la imagen de la Madre
de Dios poniendo ante ella las necesidades de
sus hijos en esta localidad habanera, y las de
todo el pueblo cubano. El pequeño templo
acogió a fieles venidos de diferentes partes
para celebrar con pleno sentido eclesial la fiesta
de la patrona de este pueblo de pescadores. Hermanos
de Alamar, Jaruco, Guanabacoa, del reparto Bahía
y una nutrida representación del coro de
la Iglesia de San José, ubicada en Ayestarán,
dieron su apoyo a los cantos, y se unieron en
la eucaristía.
La misa solemne estuvo presidida por el párroco
de la Catedral de La Habana Rolando Cabrera, quien
junto a sus dos hermanos en el sacerdocio Israel
y Juan, el diácono Margarito Hernández
y la feligresía, celebraron la festividad
mariana.
Las palabras del joven presbítero estuvieron
centradas en la persona de María bajo esta
advocación carmelitana, así como
todo el valor simbólico que encierra el
signo del monte Carmelo al que está asociado
este nombre de la Virgen. Remarcó el padre
Rolando la importancia de esta elevación
en la historia de la Salvación, escenario
de la actuación de Elías para vencer
la idolatría. También desde aquel
punto el profeta mayor, a través de su
oración a Dios, obtuvo el milagro de traer
una nube desde el mar, para que descargara la
lluvia sobre la tierra sedienta. Los momentos
más trascendentales de la fe ocurren por
lo general en las alturas de un monte: la entrega
de las tablas de la Ley a Moisés, la oración
íntima de Jesús al Padre, la Transfiguración,
la promulgación de la ley del amor por
el Mesías, y finalmente el sacrificio del
Hijo del hombre, suceden en puntos elevados de
la geografía de Israel. La imagen de María
en el Monte Carmelo nos llega igualmente desde
la altura y desde esa dimensión catequética
nos recuerda que su hijo, como montaña
viva, es quien nos eleva para aproximarnos a Dios,
siendo la roca firme sobre la que se tiene que
asentar nuestras vidas.
Señaló también el padre
Cabrera en su homilía que aquella salvadora
nube invocada por Elías está reflejada
en la actitud de la Madre del Señor, manto
que nos cubre con protección maternal.
Finalmente resaltó tres actitudes de María
que debemos tener presente los cristianos. Ellas
son el hágase tu voluntad (fiat), glorificación
de Dios con nuestras vidas (magnificat) y el estar
o permanecer (estabat), siempre ante el Señor
en todas las circunstancias, aún en las
peores. Basándose en una tradición
que dice que al pedir tres deseos se garantiza
al menos que uno de ellos se cumpla, el padre
Rolando oró para que la comunidad cojimera
ponga en práctica la fe de María
y la imite siempre. Tres veces repitió
el mismo deseo. No puede haber otra opción
para el que pretenda seguir el camino recorrido
por aquella jovencita que se puso por entero a
disposición del Señor.
Signos no faltaron en la fiesta del Carmen de
Cojímar. Primero fue el hermoso arco iris
que cubrió el cielo cuando la imagen de
la Virgen se encontraba a las puertas de la iglesia,
al concluir el modesto recorrido por las calles
del pueblo. Minutos antes había cesado
la lluvia. Por la noche sobre el cielo oscuro
se observó una extraña claridad
que en forma de raya vertical resplandecía
en tonos que iban del rojizo al marrón.
Mientras, el padre Teodoro se ve feliz. Hoy la
iglesia que acoge en Cuba a la orden fundada en
el siglo XIII por San Simón Stock, y reformada
por San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús
en el XVII, se viste de gala. Hace unos minutos
ofició una temprana misa el padre Juan
Jiménez o.c.d. Momentos después
la preside Monseñor Ramón Suárez
Polcari y le seguirán en otras celebraciones
con el padre Manuel Valls, el propio superior
de la orden, y al concluir la procesión
presidirán la solemne eucaristía
el Presidente de la Conferencia Episcopal Latino
Americana (CELAM) José Guadalupe Martín
Rábago y el purpurado cubano arzobispo
Jaime Ortega y Alamino.
En su homilía Monseñor Polcari
llamó a buscar en María, la principal
colaboradora de Jesús, la manera de corregir
el sentido de nuestra fe. Fe que debe estar centrada
en Dios, en medio de un mundo que dice tener necesidad
de creer pero sigue buscando en qué creer.
Señaló el Canciller de la archidiócesis
habanera que los cubanos tenemos que tener la
disposición de practicar la fe contra toda
esperanza.
La Virgen en lo alto del Monte señaló
un camino. La subida a su encuentro es alegoría
de la ascensión en medio de la oscuridad
que nos cubre de duda y de temor. Es el camino
de la búsqueda de una luz que nos permita
vencer la noche que cubre nuestra fe, esa misma
negrura que no nos deja vislumbrar el futuro o
que nos llena el corazón de pesimismo.
Sólo el encuentro con la Verdad puede devolvernos
la confianza y la seguridad en el amanecer renovador.
Eso fue lo que encontraron los místicos
Juan y Teresa en su oración a Jesús
a través de la manifestación del
Monte Carmelo.
La imagen vestida con ropajes oscuros es identificada
también como patrona de pescadores y marineros.
Además la tradición cristiana la
ha nombrado abogada de las almas del Purgatorio.
Puede parecer esto una extraña combinación,
pero los que navegan por el mar saben que siempre
enfrentan el encuentro con lo desconocido en un
reino que les supera en poder y les depara inesperados
peligros. La muerte a su vez constituye un ir
a lo desconocido. La fuerza del espíritu
y la confianza son los únicos recursos
con los que cuenta quien se dirige hacia un sitio
ignoto como el que se nos representa en las imágenes
de la muerte y de la soledad oceánica.
Quizás sea el mensaje que la Madre del
Salvador, empinada en el Carmelo o en un punto
alto de La Habana, nos quiere dar a todos los
hombres y en especial al pueblo cubano: el peligro
y la muerte no significan nada si ustedes han
acogido a mi Hijo como único guía
en el camino de sus vidas.
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