PRENSA INDEPENDIENTE
Julio 20, 2004
 

RELIGION
La figura del Carmen en Cuba

Miguel Saludes

LA HABANA, julio (www.cubanet.org) - Enclavada en uno de los puntos más elevados de la capital de Cuba se encuentra la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen. En el cruce de las céntricas calles Infanta y Neptuno se alza la torre de este templo católico, coronada en la cúspide con una enorme figura en bronce de la Virgen del Monte Carmelo. No es el único santuario cubano dedicado a esta advocación mariana. Por eso el 16 de julio, solamente en La Habana se efectuaron al menos tres procesiones autorizadas para festejar el evento religioso: la que recorrería las calles aledañas a la sede de la orden carmelita en la mayor de las Antillas y las tradicionales de Casablanca y Cojímar. También en Aguacate, Guanabo, y en varios pueblos y localidades de todas las provincias de la Isla que tienen a la Virgen María del Carmen como su patrona, celebraron por todo lo alto este día. Miles de mujeres que en nuestro suelo, o en muchos otros países, llevan el hermoso nombre de Carmen, son ejemplo elocuente de lo extendido de esta devoción a la Madre de Jesús.

El padre Teodoro Becerril o.c.d. explica que la razón de que sea la imagen del Carmen y no la de la Caridad la que se enseñoree sobre el paisaje habanero, así como el fervor difundido por todo el país, es que desde los primeros inicios de la colonización fue la que acompañó a los españoles en su travesía hacia el Nuevo Mundo. Señala el superior de los carmelitas que los padres de la orden de San Agustín fueron quienes la entronizaron en nuestra Isla en 1651. Con la llegada de las religiosas de la orden carmelitana en 1702 y de los padres el 31 de diciembre de 1880, se refuerza esta veneración mariana. Agrega el padre Becerrill, quien lleva 48 años de servicio misionero en la patria que ha hecho suya por amor a Dios y los hombres, que al proponerse el nombre que debería identificar a la patrona cubana fue precisamente el del Carmen uno de los primeros en tenerse en cuenta junto al de la Inmaculada. La gestión de los mambises, promotores de la idea cuya propuesta llevaba el nombre de la Señora del Cobre, y la propia historia de la aparición de la pequeña figura tan arraigada a nuestra identidad fundacional, dieron la primacía al nombre por el que todos los cubanos reconocen a su Madre espiritual.

En Cojímar, a pesar de la pertinaz llovizna numerosas personas se congregaron a lo largo del recorrido de la procesión religiosa, la que estaba precedida por la Banda Municipal de Música de Guanabacoa y por las banderas de Cuba, del Vaticano y de la orden de los carmelitas descalzos fundada en el siglo XIII. En tres ocasiones los sacerdotes Juan Rumin o.f.m. e Israel Pérez Tuero, en función de párroco en estos momentos, oraron ante la imagen de la Madre de Dios poniendo ante ella las necesidades de sus hijos en esta localidad habanera, y las de todo el pueblo cubano. El pequeño templo acogió a fieles venidos de diferentes partes para celebrar con pleno sentido eclesial la fiesta de la patrona de este pueblo de pescadores. Hermanos de Alamar, Jaruco, Guanabacoa, del reparto Bahía y una nutrida representación del coro de la Iglesia de San José, ubicada en Ayestarán, dieron su apoyo a los cantos, y se unieron en la eucaristía.

La misa solemne estuvo presidida por el párroco de la Catedral de La Habana Rolando Cabrera, quien junto a sus dos hermanos en el sacerdocio Israel y Juan, el diácono Margarito Hernández y la feligresía, celebraron la festividad mariana.

Las palabras del joven presbítero estuvieron centradas en la persona de María bajo esta advocación carmelitana, así como todo el valor simbólico que encierra el signo del monte Carmelo al que está asociado este nombre de la Virgen. Remarcó el padre Rolando la importancia de esta elevación en la historia de la Salvación, escenario de la actuación de Elías para vencer la idolatría. También desde aquel punto el profeta mayor, a través de su oración a Dios, obtuvo el milagro de traer una nube desde el mar, para que descargara la lluvia sobre la tierra sedienta. Los momentos más trascendentales de la fe ocurren por lo general en las alturas de un monte: la entrega de las tablas de la Ley a Moisés, la oración íntima de Jesús al Padre, la Transfiguración, la promulgación de la ley del amor por el Mesías, y finalmente el sacrificio del Hijo del hombre, suceden en puntos elevados de la geografía de Israel. La imagen de María en el Monte Carmelo nos llega igualmente desde la altura y desde esa dimensión catequética nos recuerda que su hijo, como montaña viva, es quien nos eleva para aproximarnos a Dios, siendo la roca firme sobre la que se tiene que asentar nuestras vidas.

Señaló también el padre Cabrera en su homilía que aquella salvadora nube invocada por Elías está reflejada en la actitud de la Madre del Señor, manto que nos cubre con protección maternal. Finalmente resaltó tres actitudes de María que debemos tener presente los cristianos. Ellas son el hágase tu voluntad (fiat), glorificación de Dios con nuestras vidas (magnificat) y el estar o permanecer (estabat), siempre ante el Señor en todas las circunstancias, aún en las peores. Basándose en una tradición que dice que al pedir tres deseos se garantiza al menos que uno de ellos se cumpla, el padre Rolando oró para que la comunidad cojimera ponga en práctica la fe de María y la imite siempre. Tres veces repitió el mismo deseo. No puede haber otra opción para el que pretenda seguir el camino recorrido por aquella jovencita que se puso por entero a disposición del Señor.

Signos no faltaron en la fiesta del Carmen de Cojímar. Primero fue el hermoso arco iris que cubrió el cielo cuando la imagen de la Virgen se encontraba a las puertas de la iglesia, al concluir el modesto recorrido por las calles del pueblo. Minutos antes había cesado la lluvia. Por la noche sobre el cielo oscuro se observó una extraña claridad que en forma de raya vertical resplandecía en tonos que iban del rojizo al marrón.

Mientras, el padre Teodoro se ve feliz. Hoy la iglesia que acoge en Cuba a la orden fundada en el siglo XIII por San Simón Stock, y reformada por San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús en el XVII, se viste de gala. Hace unos minutos ofició una temprana misa el padre Juan Jiménez o.c.d. Momentos después la preside Monseñor Ramón Suárez Polcari y le seguirán en otras celebraciones con el padre Manuel Valls, el propio superior de la orden, y al concluir la procesión presidirán la solemne eucaristía el Presidente de la Conferencia Episcopal Latino Americana (CELAM) José Guadalupe Martín Rábago y el purpurado cubano arzobispo Jaime Ortega y Alamino.

En su homilía Monseñor Polcari llamó a buscar en María, la principal colaboradora de Jesús, la manera de corregir el sentido de nuestra fe. Fe que debe estar centrada en Dios, en medio de un mundo que dice tener necesidad de creer pero sigue buscando en qué creer. Señaló el Canciller de la archidiócesis habanera que los cubanos tenemos que tener la disposición de practicar la fe contra toda esperanza.

La Virgen en lo alto del Monte señaló un camino. La subida a su encuentro es alegoría de la ascensión en medio de la oscuridad que nos cubre de duda y de temor. Es el camino de la búsqueda de una luz que nos permita vencer la noche que cubre nuestra fe, esa misma negrura que no nos deja vislumbrar el futuro o que nos llena el corazón de pesimismo. Sólo el encuentro con la Verdad puede devolvernos la confianza y la seguridad en el amanecer renovador. Eso fue lo que encontraron los místicos Juan y Teresa en su oración a Jesús a través de la manifestación del Monte Carmelo.

La imagen vestida con ropajes oscuros es identificada también como patrona de pescadores y marineros. Además la tradición cristiana la ha nombrado abogada de las almas del Purgatorio. Puede parecer esto una extraña combinación, pero los que navegan por el mar saben que siempre enfrentan el encuentro con lo desconocido en un reino que les supera en poder y les depara inesperados peligros. La muerte a su vez constituye un ir a lo desconocido. La fuerza del espíritu y la confianza son los únicos recursos con los que cuenta quien se dirige hacia un sitio ignoto como el que se nos representa en las imágenes de la muerte y de la soledad oceánica. Quizás sea el mensaje que la Madre del Salvador, empinada en el Carmelo o en un punto alto de La Habana, nos quiere dar a todos los hombres y en especial al pueblo cubano: el peligro y la muerte no significan nada si ustedes han acogido a mi Hijo como único guía en el camino de sus vidas.



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