PRENSA INDEPENDIENTE
Julio 19, 2004
 

CULTURA
Reminiscencias con Aceituna sin Hueso

Javier Machado, Cubanacán Press

SANTA CLARA, julio (www.cubanet.org) - Ayer recordé mis años mozos, aquéllos de los años 70 cuando estudiaba en la universidad, y aunque la penuria nos envolvía a todos, Santa Clara era una plaza obligada para los artistas y agrupaciones musicales que visitaban nuestro país, principalmente del campo socialista.

A cada rato unos melenudos y hermosas muchachas de rubio deleitaban a los santaclareños con sus interpretaciones musicales. Venían con todo sus instrumentos, efectos de luces, ropas de espectáculos, etc, con el fin de hacer valer su obra entre jóvenes que no entendían nada de lo que hablaban, excepto algunas piezas interpretadas en inglés y que para nosotros eran -y son- como himnos.

Recuerdo en este justo minuto a la checa Eva Pilarova, el grupo polaco NOTOCO, al impresionante Joseph Laufer con su grupo o al búlgaro Bisser Kirov. Tenían una forma impresionante de actuación aunque vinieran de la RDA, Checoslovaquia o Bulgaria.

Los tickets de entrada se vendían momentos antes de las actuaciones, lo que provocaba que desde horas tempranas los aficionados a la "W" (que no era una, sino tres como apunta mi colega Luis Cino), nos concentrábamos a los alrededores del teatro La Caridad, escenario donde siempre actuaban estas estrellas del rock, pop y flock europeo.

Más tarde sería la pelea por obtener uno de los boletos. Por mucho que se esforzara la policía con bastones, empujones y la jaula parqueada en el lateral del teatro, siempre se formaba la molotera y el desorden. Con el dinero en la boca, yo era uno de los que mi grupo levantaba por los pies y apoyado en los hombros y cabezas de los más próximos a la taquilla, avanzaba horizontalmente por encima de ellos.

Cuando la distancia lo permitía, con la mano derecha agarraba uno de los balaustres de la taquilla, e introducía la otra mano en ella para comprar los tickets. Ya con ellos, regresaba, entre aplausos y vítores, al grupo de amigos que me apoyaban incondicionalmente. Era una odisea, pero lo hacía con gusto porque valía la pena.

Después durante la función, ya menos estrujado y sudoroso, desbordaba todas las energías cantando o bailando o gritando al compás de aquella música electrizante. Recuerdo las versiones de Let it be de Los Beatles, American Woman de Guees Who, La Bamba, La Cucaracha o de los temas de Credence Claerwater Revival, Rolling Stones, Beach Boys, etc. Cuando Laufer en el tema La Cucaracha cambiaba algunas de las frases en un chapurreado español, para en vez de decir: "La cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar, porque no tiene, por que le falta… la patica principal", decía "marihuana que fumar", el público deliraba y el graderío se venía abajo en medio de aquellas chispas de ironía.

Dentro de un clima tan enrarecido por la arrogancia revolucionaria donde se negaba todo lo que procediera del mundo occidental, los cubanos nos dábamos cuenta de que en los países paradigmas del socialismo las cosas no funcionaban así. A veces los artistas traían plegables de promoción donde podíamos informarnos sobre sus giras, grabaciones, etc. No todo era tan radical como se predicaba y como exigían los postulados del Congreso Nacional de Educación y Cultura.

Pasaron los años y las presentaciones se fueron dilatando hasta caer en el olvido. Por Santa Clara después pasaron artistas de la talla de Luis Gardey, Lucecita Benítez, Sonia Silvestre o Danny Rivera, pero ésos no tenían el brillo de los primeros; además, comenzaron a ponerlos a actuar en plazas al aire libre.

Después de tanto tiempo quería regresar al teatro para al menos por un rato evadirme y sentirme persona. Allí en la cola, detrás del cine teatro Camilo Cienfuegos, escenario donde tantas veces repetí el modus operandi del Caridad para obtener los tickets, observé sus paredes olvidadas de las pinturas a diferencia de la parte frontal, pero recordé cuando en este cine se exhibieron las películas de Billy el Niño, La Vida Sigue Igual de Julio Iglesias o El Mañana Dirá de la Massiel allá a principios la década del '70. ¿Qué diferencia de público? Aquél era arriesgado y daba muestras de falta de educación.

En medio de mis reminiscencias, pasé la vista lentamente por los chicos y chicas que delante de mí esperaban pacientemente su turno, y percibo no sólo otra conducta, sino nueva imagen. La mayoría con aire intelectual, cortes de cabello largo y rizado, vestidos con jeans, zapatos descalzados, hablar pausado. Ese es el público de Aceituna sin Hueso, como la propia imagen de Mariela, la líder del grupo.

Caramba, pienso, en mi época todos pudieran haber sido catalogados como diversionistas ideológicos. ¿Qué se hubiera dicho entonces de esos muchachos con melenas, chivos exagerados o aretes en las orejas? Gracias a Dios ha pasado el tiempo, el inexorable paso de los años para que estos jóvenes de hoy no sufran lo que yo sufrí en mi juventud, aunque ellos aún necesitan mucho más.

¿Qué sucedería si en vez de Aceituna, el recital fuera de la Charanga Habanera o de los Van Van? Creo que el público no fuera el mismo y el orden mucho menos.

Es difícil que en un aniversario de la ciudad de Santa Clara no llueva, acción de la naturaleza que quizás sea para recordar la belleza de la vegetación circundante en el lugar y las aguas cristalinas de los ríos de entonces. Cuando llueve, las actividades al aire libre se entorpecen, como la Sesión Ordinaria de la Asamblea del Poder Popular que debió funcionar a las 9 de la noche, en el parque El Carmen, y se transfirió para el propio teatro donde dentro de una hora actuaría Aceituna.

La aglomeración para la entrada se llenó de empujones, sufrimiento y gritos. También de carteristas y sonadores. La policía invadió la entrada, pero ante la avalancha humana, se limitaron a cuidar los cristales del Camilo Cienfuegos. Dentro, a teatro lleno, exactamente a las 10 comenzó el espectáculo de la singular agrupación santaclareña, que ahora se radica en La Habana por resortes de mercado y publicidad.

Ocho jóvenes y talentosos músicos, vestidos corrientemente recordaban la música oeste americana apoyados en instrumentos percutivos, dos guitarras acústicas españolas, un violín y un bajo eléctrico. Eran las versiones a lo Aceituna sin Hueso de canciones de los Beatles como la singular Don't Let me Down y o el reagge de Bob Manley Woman No Cry. El espectáculo, de 1 hora y 40 minutos, recorrió su repertorio haciendo énfasis en la melodías del CD Marginales.Com.

Mariela compartió con el público y tiró sus pullitas. Dijo que ella caía mal por decir siempre verdades, pero ésa era ella y había que soportarla. Criticó la censura que sufrió la música de los Beatles, lamentó que no podían vender sus discos en moneda nacional, para terminar la función declarándole a los santaclareños que les regalaría un estreno especial e inmediatamente comenzaron los acordes del tema central del disco, laureado varias veces en los Premios Lucas de la TV nacional. La algarabía no se hizo esperar. Se levantó un hermoso coro de miles de voces para cantar Marginales.

Reminiscencias de mi juventud volvieron a recorrer mi cuerpo. También viví las verdades de hoy, pero créanme que valió la pena.



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