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CULTURA
Reminiscencias con
Aceituna sin Hueso
Javier Machado, Cubanacán
Press
SANTA CLARA, julio (www.cubanet.org) - Ayer recordé
mis años mozos, aquéllos de los
años 70 cuando estudiaba en la universidad,
y aunque la penuria nos envolvía a todos,
Santa Clara era una plaza obligada para los artistas
y agrupaciones musicales que visitaban nuestro
país, principalmente del campo socialista.
A cada rato unos melenudos y hermosas muchachas
de rubio deleitaban a los santaclareños
con sus interpretaciones musicales. Venían
con todo sus instrumentos, efectos de luces, ropas
de espectáculos, etc, con el fin de hacer
valer su obra entre jóvenes que no entendían
nada de lo que hablaban, excepto algunas piezas
interpretadas en inglés y que para nosotros
eran -y son- como himnos.
Recuerdo en este justo minuto a la checa Eva
Pilarova, el grupo polaco NOTOCO, al impresionante
Joseph Laufer con su grupo o al búlgaro
Bisser Kirov. Tenían una forma impresionante
de actuación aunque vinieran de la RDA,
Checoslovaquia o Bulgaria.
Los tickets de entrada se vendían momentos
antes de las actuaciones, lo que provocaba que
desde horas tempranas los aficionados a la "W"
(que no era una, sino tres como apunta mi colega
Luis Cino), nos concentrábamos a los alrededores
del teatro La Caridad, escenario donde siempre
actuaban estas estrellas del rock, pop y flock
europeo.
Más tarde sería la pelea por obtener
uno de los boletos. Por mucho que se esforzara
la policía con bastones, empujones y la
jaula parqueada en el lateral del teatro, siempre
se formaba la molotera y el desorden. Con el dinero
en la boca, yo era uno de los que mi grupo levantaba
por los pies y apoyado en los hombros y cabezas
de los más próximos a la taquilla,
avanzaba horizontalmente por encima de ellos.
Cuando la distancia lo permitía, con la
mano derecha agarraba uno de los balaustres de
la taquilla, e introducía la otra mano
en ella para comprar los tickets. Ya con ellos,
regresaba, entre aplausos y vítores, al
grupo de amigos que me apoyaban incondicionalmente.
Era una odisea, pero lo hacía con gusto
porque valía la pena.
Después durante la función, ya
menos estrujado y sudoroso, desbordaba todas las
energías cantando o bailando o gritando
al compás de aquella música electrizante.
Recuerdo las versiones de Let it be de Los Beatles,
American Woman de Guees Who, La Bamba, La Cucaracha
o de los temas de Credence Claerwater Revival,
Rolling Stones, Beach Boys, etc. Cuando Laufer
en el tema La Cucaracha cambiaba algunas de las
frases en un chapurreado español, para
en vez de decir: "La cucaracha, la cucaracha
ya no puede caminar, porque no tiene, por que
le falta
la patica principal", decía
"marihuana que fumar", el público
deliraba y el graderío se venía
abajo en medio de aquellas chispas de ironía.
Dentro de un clima tan enrarecido por la arrogancia
revolucionaria donde se negaba todo lo que procediera
del mundo occidental, los cubanos nos dábamos
cuenta de que en los países paradigmas
del socialismo las cosas no funcionaban así.
A veces los artistas traían plegables de
promoción donde podíamos informarnos
sobre sus giras, grabaciones, etc. No todo era
tan radical como se predicaba y como exigían
los postulados del Congreso Nacional de Educación
y Cultura.
Pasaron los años y las presentaciones
se fueron dilatando hasta caer en el olvido. Por
Santa Clara después pasaron artistas de
la talla de Luis Gardey, Lucecita Benítez,
Sonia Silvestre o Danny Rivera, pero ésos
no tenían el brillo de los primeros; además,
comenzaron a ponerlos a actuar en plazas al aire
libre.
Después de tanto tiempo quería
regresar al teatro para al menos por un rato evadirme
y sentirme persona. Allí en la cola, detrás
del cine teatro Camilo Cienfuegos, escenario donde
tantas veces repetí el modus operandi del
Caridad para obtener los tickets, observé
sus paredes olvidadas de las pinturas a diferencia
de la parte frontal, pero recordé cuando
en este cine se exhibieron las películas
de Billy el Niño, La Vida Sigue Igual de
Julio Iglesias o El Mañana Dirá
de la Massiel allá a principios la década
del '70. ¿Qué diferencia de público?
Aquél era arriesgado y daba muestras de
falta de educación.
En medio de mis reminiscencias, pasé la
vista lentamente por los chicos y chicas que delante
de mí esperaban pacientemente su turno,
y percibo no sólo otra conducta, sino nueva
imagen. La mayoría con aire intelectual,
cortes de cabello largo y rizado, vestidos con
jeans, zapatos descalzados, hablar pausado. Ese
es el público de Aceituna sin Hueso, como
la propia imagen de Mariela, la líder del
grupo.
Caramba, pienso, en mi época todos pudieran
haber sido catalogados como diversionistas ideológicos.
¿Qué se hubiera dicho entonces de
esos muchachos con melenas, chivos exagerados
o aretes en las orejas? Gracias a Dios ha pasado
el tiempo, el inexorable paso de los años
para que estos jóvenes de hoy no sufran
lo que yo sufrí en mi juventud, aunque
ellos aún necesitan mucho más.
¿Qué sucedería si en vez
de Aceituna, el recital fuera de la Charanga Habanera
o de los Van Van? Creo que el público no
fuera el mismo y el orden mucho menos.
Es difícil que en un aniversario de la
ciudad de Santa Clara no llueva, acción
de la naturaleza que quizás sea para recordar
la belleza de la vegetación circundante
en el lugar y las aguas cristalinas de los ríos
de entonces. Cuando llueve, las actividades al
aire libre se entorpecen, como la Sesión
Ordinaria de la Asamblea del Poder Popular que
debió funcionar a las 9 de la noche, en
el parque El Carmen, y se transfirió para
el propio teatro donde dentro de una hora actuaría
Aceituna.
La aglomeración para la entrada se llenó
de empujones, sufrimiento y gritos. También
de carteristas y sonadores. La policía
invadió la entrada, pero ante la avalancha
humana, se limitaron a cuidar los cristales del
Camilo Cienfuegos. Dentro, a teatro lleno, exactamente
a las 10 comenzó el espectáculo
de la singular agrupación santaclareña,
que ahora se radica en La Habana por resortes
de mercado y publicidad.
Ocho jóvenes y talentosos músicos,
vestidos corrientemente recordaban la música
oeste americana apoyados en instrumentos percutivos,
dos guitarras acústicas españolas,
un violín y un bajo eléctrico. Eran
las versiones a lo Aceituna sin Hueso de canciones
de los Beatles como la singular Don't Let me Down
y o el reagge de Bob Manley Woman No Cry. El espectáculo,
de 1 hora y 40 minutos, recorrió su repertorio
haciendo énfasis en la melodías
del CD Marginales.Com.
Mariela compartió con el público
y tiró sus pullitas. Dijo que ella caía
mal por decir siempre verdades, pero ésa
era ella y había que soportarla. Criticó
la censura que sufrió la música
de los Beatles, lamentó que no podían
vender sus discos en moneda nacional, para terminar
la función declarándole a los santaclareños
que les regalaría un estreno especial e
inmediatamente comenzaron los acordes del tema
central del disco, laureado varias veces en los
Premios Lucas de la TV nacional. La algarabía
no se hizo esperar. Se levantó un hermoso
coro de miles de voces para cantar Marginales.
Reminiscencias de mi juventud volvieron a recorrer
mi cuerpo. También viví las verdades
de hoy, pero créanme que valió la
pena.
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