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SOCIEDAD
Heladería Coppelia
Oscar Mario González,
Grupo Decoro
LA HABANA, julio (www.cubanet.org) - La inauguración
de la heladería Coppelia en la esquina
de L y 23, el 4 de junio de 1966 con la oferta
de 25 sabores fue todo un acontecimiento.
El público acogió el suceso con
entusiasmo, pues ya en ese entonces, a siete escasos
años de poder revolucionario, habían
desaparecido las numerosas y variadas ofertas
de bebidas refrescantes no alcohólicas
que saturaban el mercado y estaban al alcance
de todos. Ya no quedaban granizaderos, y los vendedores
de duro frío empezaban a ser tachados de
enemigos del proceso. El comunismo es increíblemente
eficiente en su capacidad destructiva.
Antes de la revolución tres marcas de
helados se disputaban el mercado: Guarina, Hatuey
y San Bernardo. La activa competencia entre ellos
no sólo favorecía la calidad y variedad,
sino la distribución.
Era así como por toda la ciudad estaban
diseminadas las heladerías fijas que, además,
ofertaban otras golosinas; las móviles
que solían estacionarse en lugares bien
concurridos, como el Malecón habanero;
los carros automotores, y los simpáticos
carritos de mano cuyo tintineo alborotaba a pequeños
y mayores. Porque en Cuba, casi todos tomaban
helado: popsicle, coco-glacé, barquillos,
pintas y vasitos. Había para todos los
gustos y todos los bolsillos. Y si usted tenía
un gusto muy refinado, o era amante de las frutas
naturales, acudía al puesto de helado donde
un chino bien aplatanado le llenaba, por tres
centavos, un vaso del néctar cremoso con
olor a campiña y sabor a guayaba, mango,
guanábana, mamey o chirimoya.
Pero todo esto son hechos pasados, que sin duda
volverán, adaptados a los nuevos tiempos,
cuando las cosas dejen de estar viradas de cabeza
y sean como deben ser.
Por el momento es Coppelia con su inconfundible
rostro circular, sus cuatro canchas al aire libre
y sus áreas techadas, el único lugar
de la ciudad donde puede disfrutarse de un helado
que valga la pena.
Claro, llegar allí es bien difícil
en estos tiempos de desbarajuste en el transporte
y de salarios que apenas alcanzan para una comida
diaria. Ir al lugar con la familia es un sacrificio
económico, y un martirio físico
si va en guagua; si lo hace alquilando un carro
será un verdadero lujo que sólo
tiene sentido si su solvencia económica
le permite disfrutar de la cancha dolarizada.
Allí, en el área de moneda dura
es donde único se garantizan ocho o diez
sabores de helados coppelia. Para ello existe
un servicio las 24 horas del día, en una
cancha improvisada con acceso por la calle 23,
que con sus 14 mesas y 56 sillas espera por el
turista extranjero o el cubano de Miami o Madrid.
Además del cremoso producto que acredita
su marca, se le dispensará una sonrisa
y el mejor de los tratos, no porque las dependientas
sean más amables, sino porque la intensidad
de las propinas es mayor.
En los restantes espacios del comercio, que abarcan
el 90 por ciento del total, se congrega la clientela
criolla. La del patio. La huérfana de divisas
y que portando a los próceres de la república
reclama un poco de crema helada para refrescar
las tripas y despejar la mollera.
Es la cola de Coppelia fiel e inclaudicable desde
las 11 de la mañana hasta las 10 y media
de la noche.
Es la cola 100 por ciento cubana. Legítima.
Sin alteraciones. Médicos, maestros, sacerdotes,
plomeros, cerrajeros, piruleros, tamaleras y amoladores
de cuchillos. Y muchos más que harían
interminable la lista, incluyendo a jamoneros
y carteristas.
Sólo allí avanzan los patriotas
cubanos; pero en el terreno no existe generalmente
el helado preferido, sino uno de mucha menor calidad,
aunque de nombre también bonito: varadero.
Es el helado varadero al que tiene acceso la
moneda nacional. Pero sea uno u otro, cuando el
indio solar anda a medio camino del cielo y el
calor de arriba se encuentra a medio camino con
el ardor que sube del pavimento, cualquier helado
sirve para aplacar la calentura.
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