PRENSA INDEPENDIENTE
Julio 14, 2004
 

SOCIEDAD
Heladería Coppelia

Oscar Mario González, Grupo Decoro

LA HABANA, julio (www.cubanet.org) - La inauguración de la heladería Coppelia en la esquina de L y 23, el 4 de junio de 1966 con la oferta de 25 sabores fue todo un acontecimiento.

El público acogió el suceso con entusiasmo, pues ya en ese entonces, a siete escasos años de poder revolucionario, habían desaparecido las numerosas y variadas ofertas de bebidas refrescantes no alcohólicas que saturaban el mercado y estaban al alcance de todos. Ya no quedaban granizaderos, y los vendedores de duro frío empezaban a ser tachados de enemigos del proceso. El comunismo es increíblemente eficiente en su capacidad destructiva.

Antes de la revolución tres marcas de helados se disputaban el mercado: Guarina, Hatuey y San Bernardo. La activa competencia entre ellos no sólo favorecía la calidad y variedad, sino la distribución.

Era así como por toda la ciudad estaban diseminadas las heladerías fijas que, además, ofertaban otras golosinas; las móviles que solían estacionarse en lugares bien concurridos, como el Malecón habanero; los carros automotores, y los simpáticos carritos de mano cuyo tintineo alborotaba a pequeños y mayores. Porque en Cuba, casi todos tomaban helado: popsicle, coco-glacé, barquillos, pintas y vasitos. Había para todos los gustos y todos los bolsillos. Y si usted tenía un gusto muy refinado, o era amante de las frutas naturales, acudía al puesto de helado donde un chino bien aplatanado le llenaba, por tres centavos, un vaso del néctar cremoso con olor a campiña y sabor a guayaba, mango, guanábana, mamey o chirimoya.

Pero todo esto son hechos pasados, que sin duda volverán, adaptados a los nuevos tiempos, cuando las cosas dejen de estar viradas de cabeza y sean como deben ser.

Por el momento es Coppelia con su inconfundible rostro circular, sus cuatro canchas al aire libre y sus áreas techadas, el único lugar de la ciudad donde puede disfrutarse de un helado que valga la pena.

Claro, llegar allí es bien difícil en estos tiempos de desbarajuste en el transporte y de salarios que apenas alcanzan para una comida diaria. Ir al lugar con la familia es un sacrificio económico, y un martirio físico si va en guagua; si lo hace alquilando un carro será un verdadero lujo que sólo tiene sentido si su solvencia económica le permite disfrutar de la cancha dolarizada.

Allí, en el área de moneda dura es donde único se garantizan ocho o diez sabores de helados coppelia. Para ello existe un servicio las 24 horas del día, en una cancha improvisada con acceso por la calle 23, que con sus 14 mesas y 56 sillas espera por el turista extranjero o el cubano de Miami o Madrid. Además del cremoso producto que acredita su marca, se le dispensará una sonrisa y el mejor de los tratos, no porque las dependientas sean más amables, sino porque la intensidad de las propinas es mayor.

En los restantes espacios del comercio, que abarcan el 90 por ciento del total, se congrega la clientela criolla. La del patio. La huérfana de divisas y que portando a los próceres de la república reclama un poco de crema helada para refrescar las tripas y despejar la mollera.

Es la cola de Coppelia fiel e inclaudicable desde las 11 de la mañana hasta las 10 y media de la noche.

Es la cola 100 por ciento cubana. Legítima. Sin alteraciones. Médicos, maestros, sacerdotes, plomeros, cerrajeros, piruleros, tamaleras y amoladores de cuchillos. Y muchos más que harían interminable la lista, incluyendo a jamoneros y carteristas.

Sólo allí avanzan los patriotas cubanos; pero en el terreno no existe generalmente el helado preferido, sino uno de mucha menor calidad, aunque de nombre también bonito: varadero.

Es el helado varadero al que tiene acceso la moneda nacional. Pero sea uno u otro, cuando el indio solar anda a medio camino del cielo y el calor de arriba se encuentra a medio camino con el ardor que sube del pavimento, cualquier helado sirve para aplacar la calentura.



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