PRENSA INDEPENDIENTE
Julio 9, 2004
 

OLA REPRESIVA
Doble condena

Emilio Rodríguez. Cubanacán Press

SANTA CLARA, julio (www.cubanet.org) - Es realmente increíble para quien no ha experimentado la penosa necesidad de visitar a un familiar en prisión, lo que suele suceder en estos lugares. Y si se es familiar de un prisionero político y de conciencia, la pena es doblemente cruel.

Por más de un año he sido testigo de los pesares que agobian a las esposas de los reos de conciencia recluidos en cárceles de la ciudad de Santa Clara que, como los familiares del resto de los condenados en la oleada represiva de marzo de 2003 diseminados por toda la isla, sufren los malos tratos de las autoridades carcelarias.

Laura Pollán acaba de regresar de su visita conyugal con Héctor Maseda, uno de los 75 disidentes condenados en la "Primavera negra de Cuba", confinado en una celda de la penitenciaría "La Pendiente", ubicada al noroeste de la capital villaclareña.

Se ve extenuada. Su rostro delata la interminable jornada sufrida para tener acceso a las tres horas que, cada cinco meses, le "obsequia" el reglamento penitenciario para compartir quizás, tan sólo un beso con su esposo.

A las 9 y 10 de la mañana de este 1 de julio arribó al salón de espera de la prisión. Siempre lo hace a esa hora, pero nunca logra el acceso hasta pasado el medio día. En esta ocasión su suerte parecía haber cambiado, pues la llamaron a requisa apenas unos minutos después de su llegada.

Cuando el oficial a cargo del chequeo terminó, la pasaron al pasillo que conduce al interior de la prisión. Todo indicaba que esta vez el ardiente sol de la tarde no haría estragos en su piel, pero algo rompió el encanto: el oficial que la conducía la regresó al salón, y le dijo que tenía que esperar.

Siempre sucede así. No importa cuántos sacrificios debe hacer ella para llegar a tiempo a una visita, ni los kilómetros que debe recorrer. No importa que las autoridades hayan tenido más de cinco meses para preparar, de acuerdo a sus "necesidades", la enrejada habitación que ocupa junto a su esposo en cada visita conyugal. Lo que importa es hacerla sufrir, como parte de la condena que le impusieron a Maseda; así la pena es doble.

Tanto tiempo transcurrió, que la espera le alcanzó para redactar una queja y depositarla en el buzón destinado a esos efectos en la recepción del penal. Es la segunda ocasión en que Laura se ve impelida a tomar tal decisión, aunque la respuesta que recibió anteriormente estaba plagada de justificaciones y reproches.

Así, abrasada por un calor de 34 grados, la esposa del disidente encarcelado tuvo que esperar hasta las 2 y 10 de la tarde para ser trasladada a la habitación donde vería a su cónyuge, pero a Maseda no lo llevaron hasta las 2 y 30.

Tanta fue la espera y las conjeturas lógicas que afloran a la mente de quien la sufre, que Laura no veía en aquella habitación más que escuchas y cámaras dispuestas por todas partes. ¿Qué otra cosa sugiere tanta morosidad? Cualquiera puede imaginar el monólogo que me confesó haber interpretado entre aquellas cuatro paredes, según ella, "por si acaso".

Por fin apareció Maseda ante la reja que precede a la puerta del improvisado y desagradable lecho matrimonial. El guardia que lo condujo cerró la habitación con llave, y quedaron uno frente al otro a punto de abrazarse en un intento por fundir cuerpos y almas. Allí transcurrieron tres horas de dedicación y afecto puro, durante las cuales, quizás sin saberlo, entregaron la intimidad de sus actos a la impía mirada de los celadores.

Esta es la historia; la misma historia que se repite una y otra vez con cada esposa o familiar que visita a los disidentes encarcelados. Así los hacen cumplir doble condena.



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