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OLA
REPRESIVA
Doble condena
Emilio Rodríguez. Cubanacán
Press
SANTA CLARA, julio (www.cubanet.org) - Es realmente
increíble para quien no ha experimentado
la penosa necesidad de visitar a un familiar en
prisión, lo que suele suceder en estos
lugares. Y si se es familiar de un prisionero
político y de conciencia, la pena es doblemente
cruel.
Por más de un año he sido testigo
de los pesares que agobian a las esposas de los
reos de conciencia recluidos en cárceles
de la ciudad de Santa Clara que, como los familiares
del resto de los condenados en la oleada represiva
de marzo de 2003 diseminados por toda la isla,
sufren los malos tratos de las autoridades carcelarias.
Laura Pollán acaba de regresar de su visita
conyugal con Héctor Maseda, uno de los
75 disidentes condenados en la "Primavera
negra de Cuba", confinado en una celda de
la penitenciaría "La Pendiente",
ubicada al noroeste de la capital villaclareña.
Se ve extenuada. Su rostro delata la interminable
jornada sufrida para tener acceso a las tres horas
que, cada cinco meses, le "obsequia"
el reglamento penitenciario para compartir quizás,
tan sólo un beso con su esposo.
A las 9 y 10 de la mañana de este 1 de
julio arribó al salón de espera
de la prisión. Siempre lo hace a esa hora,
pero nunca logra el acceso hasta pasado el medio
día. En esta ocasión su suerte parecía
haber cambiado, pues la llamaron a requisa apenas
unos minutos después de su llegada.
Cuando el oficial a cargo del chequeo terminó,
la pasaron al pasillo que conduce al interior
de la prisión. Todo indicaba que esta vez
el ardiente sol de la tarde no haría estragos
en su piel, pero algo rompió el encanto:
el oficial que la conducía la regresó
al salón, y le dijo que tenía que
esperar.
Siempre sucede así. No importa cuántos
sacrificios debe hacer ella para llegar a tiempo
a una visita, ni los kilómetros que debe
recorrer. No importa que las autoridades hayan
tenido más de cinco meses para preparar,
de acuerdo a sus "necesidades", la enrejada
habitación que ocupa junto a su esposo
en cada visita conyugal. Lo que importa es hacerla
sufrir, como parte de la condena que le impusieron
a Maseda; así la pena es doble.
Tanto tiempo transcurrió, que la espera
le alcanzó para redactar una queja y depositarla
en el buzón destinado a esos efectos en
la recepción del penal. Es la segunda ocasión
en que Laura se ve impelida a tomar tal decisión,
aunque la respuesta que recibió anteriormente
estaba plagada de justificaciones y reproches.
Así, abrasada por un calor de 34 grados,
la esposa del disidente encarcelado tuvo que esperar
hasta las 2 y 10 de la tarde para ser trasladada
a la habitación donde vería a su
cónyuge, pero a Maseda no lo llevaron hasta
las 2 y 30.
Tanta fue la espera y las conjeturas lógicas
que afloran a la mente de quien la sufre, que
Laura no veía en aquella habitación
más que escuchas y cámaras dispuestas
por todas partes. ¿Qué otra cosa
sugiere tanta morosidad? Cualquiera puede imaginar
el monólogo que me confesó haber
interpretado entre aquellas cuatro paredes, según
ella, "por si acaso".
Por fin apareció Maseda ante la reja que
precede a la puerta del improvisado y desagradable
lecho matrimonial. El guardia que lo condujo cerró
la habitación con llave, y quedaron uno
frente al otro a punto de abrazarse en un intento
por fundir cuerpos y almas. Allí transcurrieron
tres horas de dedicación y afecto puro,
durante las cuales, quizás sin saberlo,
entregaron la intimidad de sus actos a la impía
mirada de los celadores.
Esta es la historia; la misma historia que se
repite una y otra vez con cada esposa o familiar
que visita a los disidentes encarcelados. Así
los hacen cumplir doble condena.
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