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POLITICA
El dilema del cubano
Amarilis C. Rey, Cuba Verdad
LA HABANA, julio (www.cubanet.org) - Con el triunfo
de la insurrección armada en enero de 1959,
enormes grietas se abrieron en la sociedad cubana,
que se han mantenido durante estas cuatro décadas.
La popularidad con que contó el cambio
de sistema en la isla por los años 60 del
siglo pasado no impidió las discusiones
en el seno de los hogares por temas políticos
o religiosos, y las fricciones entre familiares,
vecinos y amigos se hacían cada vez más
evidentes, por su apoyo a las distintas tendencias
que se propulsaban de forma masiva debido a las
nacientes imposiciones del nuevo sistema.
Esto fue aprovechado por el gobierno, que catalogó
de traidor, gusano, mercenario, vendepatria y
otros calificativos a todos aquéllos que
mostraban una opinión adversa a la nueva
ideología, política que ha continuado
hasta nuestros días.
Los letreros colocados en las puertas de las
viviendas en los que podía leerse "Gracias
Fidel" mientras se trasladaba a los últimos
rincones de los hogares al Cristo de la cruz,
marcaron una pauta entre lo que sería callarse
o ser callado a la fuerza, y muchos prefirieron
el camino del exilio antes que enfrentar o aceptar
una realidad impuesta.
Muy pocas familias cubanas no fueron separadas
por el síndrome de la partida. Amistades,
relaciones, todo quedaba roto cuando el avión
levantaba vuelo, o hundido en los mares del Estrecho
de la Florida. Muchos jamás volvieron a
ver a sus seres queridos, otros fueron obligados
por el sistema a no tener comunicación
alguna con sus familiares que habían marchado
al exilio. Dos preguntas eran obligatorias entonces
en Cuba cuando se quería estudiar o trabajar:
¿Tiene usted familia en el extranjero?,
¿tiene relaciones con ella? Una respuesta
afirmativa invalidaba notablemente.
Ha pasado ya casi medio siglo de toda esta tragedia,
y hoy programas televisivos transmiten las protestas
de exiliados ante las nuevas medidas del gobierno
norteamericano.
Sin embargo, para los que quedaron soportando
el gobierno en Cuba, la protesta es algo cancelado
en sus instintos humanos. Nadie en Cuba es capaz
de protestar públicamente, y mucho menos
frente a una cámara que lo divulgará
por el mundo, si suben los precios de los artículos
de primera necesidad, si no hay en qué
transportarse, si los niños son llevados
a actos políticos sin contar con la opinión
de sus padres, o si un apagón de ocho horas
te mantiene en una guardia forzosa toda la noche.
Protestar o rebelarse es algo que sólo
lo hacen los cubanos cuando salen unas cuantas
millas del territorio nacional. Es como si un
antídoto contra esto estuviera incluido
en la cuota alimentaria del mes. Muy caro han
tenido que pagar los que, a pesar de todo, se
enfrentan al gobierno, defendiendo sus ideas y
derechos.
Según datos gubernamentales, más
del 90 por ciento de los cubanos ratificaron que
querían el sistema socialista para siempre,
mientras miles de estos ciudadanos se aprestan
a seguir desesperadamente el camino del exilio
como única vía para sentirse libres.
Y éste es precisamente el gran dilema
del cubano de estos tiempos: decir que desea un
sistema que detesta, escapar de él y después
contribuir a su supervivencia.
Los motivos son bien conocidos, pero esta conducta
se ha convertido en un ciclo que aparenta no tener
fin. Es como aquel cuento que se repite hasta
el cansancio sin que parezca tener fin. Es el
cuento de la buena pipa.
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