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CULTURA
El amor y el espanto
de Borges
Serafín Descalzo
LA HABANA, julio (www.cubanet.org) - Calificado
por la prensa oficialista cubana como un "enemigo
acérrimo de la revolución"
y criticado por la izquierda latinoamericana por
su aversión a todo proyecto colectivista,
lo cierto es que el escritor argentino Jorge Luis
Borges tuvo razones para desconfiar de todo sistema
que intentara traer la felicidad terrena.
Convencido de que cada hombre es un sueño
de otro y de que el mundo es un error cabalístico
y disparatado, un día fue sacado de la
biblioteca donde trabajaba por el gobierno peronista
por no comulgar con las ideas redentoras del nuevo
régimen.
Enviado a una granja para inspeccionar ferias
y animales, Borges conocería en carne propia
los desmanes de un régimen enemigo de la
escritura como placer y libertad de decir lo que
se quiera.
Espantado de la idiotez masificada que le rodeaba,
decidió refugiarse en unos amores que nunca
le traicionaron: su fantasía, la escritura
y sus libros de Quijotes y jardines laberínticos.
Así nos lo muestra la película
El amor y el espanto, exhibida recientemente por
la televisión cubana. De impecable factura,
delirante como el mismo mundo borgiano, la cinta
nos pasea por la galería que afecta a todo
escritor.
El estado como juez de lo que se debe decir y
no, el censor amable que aconseja qué se
debe escribir y no, y la vida de uno colgando
de la voluntad de un amo al que no se le puede
contradecir.
Esta también puede la historia de la fantasía
y la fría razón. El temible aviso
de que no todo anda bien, de que todavía
la escritura es una travesura que puede costar
la vida o años de cárcel, en dependencia
del monarca que se moleste.
Aunque años después un Borges no
del todo complaciente fuera agasajado por la tiranía
de Videla, no hay que olvidar que él mismo
confesó ser un hombre desgarrado hasta
el escándalo por sucesivas y contrarias
deslealtades, y que a pesar de todo siempre dijo
lo que pensó.
Ni la ceguera que le afectó pudo impedir
que siguiera escribiendo. Gesto suficiente para
conocer la voluntad de alguien que desafió
cualquier autoritarismo que le impidiera su oficio.
Es raro que la televisión cubana muestre
un filme donde el estado es acusado de asesinar
con una mano invisible a todos aquéllos
que descubran los hilos que los mueven.
Y más en el preciso instante en que un
régimen parecido al que condenó
a Borges trata de encarcelar la palabra, sin saber
que ésta, cuando se le ama, no puede ser
silenciada por cadenas, muros y verjas.
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