PRENSA INDEPENDIENTE
Julio 8, 2004
 

CULTURA
El amor y el espanto de Borges

Serafín Descalzo

LA HABANA, julio (www.cubanet.org) - Calificado por la prensa oficialista cubana como un "enemigo acérrimo de la revolución" y criticado por la izquierda latinoamericana por su aversión a todo proyecto colectivista, lo cierto es que el escritor argentino Jorge Luis Borges tuvo razones para desconfiar de todo sistema que intentara traer la felicidad terrena.

Convencido de que cada hombre es un sueño de otro y de que el mundo es un error cabalístico y disparatado, un día fue sacado de la biblioteca donde trabajaba por el gobierno peronista por no comulgar con las ideas redentoras del nuevo régimen.

Enviado a una granja para inspeccionar ferias y animales, Borges conocería en carne propia los desmanes de un régimen enemigo de la escritura como placer y libertad de decir lo que se quiera.

Espantado de la idiotez masificada que le rodeaba, decidió refugiarse en unos amores que nunca le traicionaron: su fantasía, la escritura y sus libros de Quijotes y jardines laberínticos.

Así nos lo muestra la película El amor y el espanto, exhibida recientemente por la televisión cubana. De impecable factura, delirante como el mismo mundo borgiano, la cinta nos pasea por la galería que afecta a todo escritor.

El estado como juez de lo que se debe decir y no, el censor amable que aconseja qué se debe escribir y no, y la vida de uno colgando de la voluntad de un amo al que no se le puede contradecir.

Esta también puede la historia de la fantasía y la fría razón. El temible aviso de que no todo anda bien, de que todavía la escritura es una travesura que puede costar la vida o años de cárcel, en dependencia del monarca que se moleste.

Aunque años después un Borges no del todo complaciente fuera agasajado por la tiranía de Videla, no hay que olvidar que él mismo confesó ser un hombre desgarrado hasta el escándalo por sucesivas y contrarias deslealtades, y que a pesar de todo siempre dijo lo que pensó.

Ni la ceguera que le afectó pudo impedir que siguiera escribiendo. Gesto suficiente para conocer la voluntad de alguien que desafió cualquier autoritarismo que le impidiera su oficio.

Es raro que la televisión cubana muestre un filme donde el estado es acusado de asesinar con una mano invisible a todos aquéllos que descubran los hilos que los mueven.

Y más en el preciso instante en que un régimen parecido al que condenó a Borges trata de encarcelar la palabra, sin saber que ésta, cuando se le ama, no puede ser silenciada por cadenas, muros y verjas.



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