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SOCIEDAD
Wan dólar, plis
Miguel Saludes
LA HABANA, julio (www.cubanet.org) - Adentrarse
por las céntricas calles del casco histórico
en la Habana Vieja plantea, además del
encuentro con nuestro pasado colonial, la posibilidad
de conocer experiencias más recientes en
el tiempo y supuestamente superadas. La confluencia
de turistas que visitan esta zona de la capital
y la situación socioeconómica imperante
en el país, han incidido en ese renacimiento.
Después de instaurado el proceso revolucionario,
los cubanos quedamos con la visión del
turismo congelada en la imagen de un señor
gordo, muy blanco y rubicundo que vistiendo una
camisa de flores y bajo un sombrero de yarey disfrutaba
indolentemente de las maravillas naturales de
nuestro país. A su lado una bella señora,
delgada y con grandes gafas, sonreía tontamente
mientras contemplaban a los hábiles nativos
afanados en la búsqueda de las monedas
que tan dadivosamente los simpáticos visitantes
les habían arrojado al mar. Como es lógico
suponer, estos turistas venían de Norteamérica
y se nos decía que para ellos la mejor
distracción era ver a los ágiles
negritos zambulléndose en las aguas costeras
para rescatar en su beneficio la reluciente pieza
con el águila imperial grabada en una de
sus caras.
Después de 1959 todo lo relacionado con
el turismo en Cuba tenía ese sello de negatividad,
con marcado sabor imperialista. Quizás
por ello cuando nuestros hermanos en ideología
acudieron en tropel para disfrutar de nuestra
tropicalidad, se les llamó vacacionistas
y las excursiones provenientes del Este europeo
tomaron el nombre de "turismo socialista"
a manera de distinción.
Con los cambios ocurridos en los albores de fin
de siglo, el turismo pasó a ocupar lugar
preponderante en Cuba y salió con nuevo
lustre del ostracismo a que había sido
condenado. Dejó de ser una mala palabra
para convertirse en vocablo de excelencia. Con
cierto espanto contemplaban algunos las primeras
arribazones de viajeros occidentales ávidos
de conocer las bellezas y de qué manera
se vivía en la isla socialista. Canadienses,
españoles y alemanes mayoritariamente,
demostraron sin embargo que los turistas ni son
siempre personas gordas, ni eran el ogro que nos
dibujaron durante años, ni dispensan tan
magnánimamente su dinero por el mundo.
Pero con el resurgimiento del turismo comenzaron
a aflorar los males que vienen aparejados con
esta forma de economía de la que se mantienen
tantos países. Así un día
nos sorprendimos con la prostitución, la
droga y la mendicidad, germinando en nuestro ambiente.
Es sobre esta última a la que quiero referirme
en esta ocasión.
Para pedir dinero no necesariamente hay que extender
la mano o andar de harapos. Aunque pueda haber
alguna que otra abuelita pidiendo, casi de manera
imperativa, un dólar al turista, las formas
adoptadas en nuestro caso no coinciden con el
clásico pedigüeñeo. Ahora se
emplea todo tipo de habilidades que puedan parecer
curiosas a los visitantes, o simplemente la propuesta
de pobres suovenirs del último bastión
del marxismo en el mundo. A cambio la gente solicita
el billete que exhibe el austero rostro de Washington
Ya no basta conseguir una simple monedita, aunque
algunos las pidan como último recurso.
One Dólar quiere por el privilegio de posar
para una foto la viejecita negra o mulata que
fuma un estrepitoso tabaco, largo y exageradamente
grueso. Estas fumadoras, que invierten dinero
y salud muchas veces sin recompensa alguna, se
han multiplicado en las aceras de la vieja Habana.
Ellas se autoproponen, sin decirlo, como modelos
de una típica estampa cubana digna de quedar
en el recuerdo, tal vez parecida a la que contemplaron
con asombro los primeros hispanos que llegaron
por Baracoa. Cuando algún paseante se tira
una foto con ellas, sin perder tiempo les solicitan
sin tapujos con peculiar pronunciación
spanglish: wan dólar plis. Y si el turista
hace uso de incomprensión idiomática
para no desatar el bolsillo, la andanada de malas
palabras e insultos que recibe en buen cubano
y hasta en su lengua natal, no se hace esperar.
En la comercial Obispo un anciano, vívida
estampa de aquellos esclavos africanos que formaban
parte del color colonial, todavía movía
sus pies rítmicamente al sonido de la música
de un establecimiento. Algunos turistas le observan
y hasta le ayudan con unos centavos. Él
no bailaba con fines lucrativos. Su aspecto senil
denota lo que resta de un empedernido bailador
que, a pesar de su estado físico y años,
todavía vibra al escuchar el son. Pero
otros menos viejos y más pícaros
han descubierto una nueva forma de obtener uan
dólar. Estos competidores del anciano bailador,
flexionan sus cuerpos de manera poco natural para
ver si tienen igual suerte y hasta se desata cierta
rivalidad entre ellos.
Por las calles céntricas de la Habana
Vieja se puede encontrar la bufonada de un payaso
que retrata a los extranjeros con su cámara
de madera. Con muy poca suerte puede obtener algún
dólar, gracias a la candidez o a la bondad
del forastero. También recorren las remozadas
vías incansables vendedores de la prensa
cubana, quienes pregonan números de cualquier
fecha atrasada al módico precio del uan
dólar. Con ellos se mezclan los que proponen
toda una gama de billetes cubanos, preferentemente
los de tres pesos con el rostro impreso del Che.
Sin importar el número que denomine el
papel moneda, su costo turístico invariable
es One Dólar.
Existen también los que buscan la divisa
enemiga con aires de oficialidad. Muchachas vestidas
artificiosamente a la moda colonial, cargan grandes
cestas de flores. Pretenden ser estampas de la
mulata cubana. Algunos turistas se retratan con
una a cada lado y hasta pueden llevarse en sus
mejillas la huella estampada de un esplendoroso
beso, que deja marcado en el rostro de algún
vejete el creyón de labios de una jacarandosa
cubana, todo por el desembolso de uan dólar.
En ocasiones alrededor de las guaguas turísticas
se pasean despreocupadamente algunas mujeres con
niños en los brazos. Parece casual su estancia
en el lugar donde arriben los grupos de visitantes
extranjeros. Éstos juegan con los chicos,
esos lindos negritos de ojos grandes que sin pedir
nada requieren mucho. Al menos con uan dólar
se puede remediar algo y muchas veces lo consiguen.
Para todas estas situaciones se ha creado un delito
llamado acoso al turista. Parece ridículo,
pero se aplica para que los paseantes foráneos
no sientan durante su paseo la presión
de las necesidades existentes. Muchas veces la
policía sólo se limita a espantar
a los pedigüeños. Pero la realidad
no puede ser expulsada por decreto ni por intenciones.
No critico la manera honrada que estos hombres
y mujeres han encontrado para solventar las duras
condiciones en que viven. La mayoría son
ancianos que sólo perciben una exigua jubilación
y otras son personas sin posibilidades de acceder
a ayudas desde el extranjero. Sin embargo, necesitan
el dólar, no only one, sino muchos, para
poder obtener artículos de primera necesidad.
Casi todos viven en situaciones de pobreza aguda.
De nada vale el hostigamiento para evitar que
estos buscadores de divisa por cuenta propia sigan
desarrollando su actividad. Pedir no es un delito,
pero si quien pide lo hace de manera que parece
estar brindado un servicio, entonces es mucho
más difícil acusarle de algo. Si
además desarrolla la acción con
la dignidad de quien debe percibir algo por lo
que oferta o hace, entonces ni siquiera necesita
añadir el please cuando solicita one dólar.
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