PRENSA INDEPENDIENTE
Julio 2, 2004
 

SOCIEDAD
Wan dólar, plis

Miguel Saludes

LA HABANA, julio (www.cubanet.org) - Adentrarse por las céntricas calles del casco histórico en la Habana Vieja plantea, además del encuentro con nuestro pasado colonial, la posibilidad de conocer experiencias más recientes en el tiempo y supuestamente superadas. La confluencia de turistas que visitan esta zona de la capital y la situación socioeconómica imperante en el país, han incidido en ese renacimiento.

Después de instaurado el proceso revolucionario, los cubanos quedamos con la visión del turismo congelada en la imagen de un señor gordo, muy blanco y rubicundo que vistiendo una camisa de flores y bajo un sombrero de yarey disfrutaba indolentemente de las maravillas naturales de nuestro país. A su lado una bella señora, delgada y con grandes gafas, sonreía tontamente mientras contemplaban a los hábiles nativos afanados en la búsqueda de las monedas que tan dadivosamente los simpáticos visitantes les habían arrojado al mar. Como es lógico suponer, estos turistas venían de Norteamérica y se nos decía que para ellos la mejor distracción era ver a los ágiles negritos zambulléndose en las aguas costeras para rescatar en su beneficio la reluciente pieza con el águila imperial grabada en una de sus caras.

Después de 1959 todo lo relacionado con el turismo en Cuba tenía ese sello de negatividad, con marcado sabor imperialista. Quizás por ello cuando nuestros hermanos en ideología acudieron en tropel para disfrutar de nuestra tropicalidad, se les llamó vacacionistas y las excursiones provenientes del Este europeo tomaron el nombre de "turismo socialista" a manera de distinción.

Con los cambios ocurridos en los albores de fin de siglo, el turismo pasó a ocupar lugar preponderante en Cuba y salió con nuevo lustre del ostracismo a que había sido condenado. Dejó de ser una mala palabra para convertirse en vocablo de excelencia. Con cierto espanto contemplaban algunos las primeras arribazones de viajeros occidentales ávidos de conocer las bellezas y de qué manera se vivía en la isla socialista. Canadienses, españoles y alemanes mayoritariamente, demostraron sin embargo que los turistas ni son siempre personas gordas, ni eran el ogro que nos dibujaron durante años, ni dispensan tan magnánimamente su dinero por el mundo.

Pero con el resurgimiento del turismo comenzaron a aflorar los males que vienen aparejados con esta forma de economía de la que se mantienen tantos países. Así un día nos sorprendimos con la prostitución, la droga y la mendicidad, germinando en nuestro ambiente. Es sobre esta última a la que quiero referirme en esta ocasión.

Para pedir dinero no necesariamente hay que extender la mano o andar de harapos. Aunque pueda haber alguna que otra abuelita pidiendo, casi de manera imperativa, un dólar al turista, las formas adoptadas en nuestro caso no coinciden con el clásico pedigüeñeo. Ahora se emplea todo tipo de habilidades que puedan parecer curiosas a los visitantes, o simplemente la propuesta de pobres suovenirs del último bastión del marxismo en el mundo. A cambio la gente solicita el billete que exhibe el austero rostro de Washington Ya no basta conseguir una simple monedita, aunque algunos las pidan como último recurso. One Dólar quiere por el privilegio de posar para una foto la viejecita negra o mulata que fuma un estrepitoso tabaco, largo y exageradamente grueso. Estas fumadoras, que invierten dinero y salud muchas veces sin recompensa alguna, se han multiplicado en las aceras de la vieja Habana. Ellas se autoproponen, sin decirlo, como modelos de una típica estampa cubana digna de quedar en el recuerdo, tal vez parecida a la que contemplaron con asombro los primeros hispanos que llegaron por Baracoa. Cuando algún paseante se tira una foto con ellas, sin perder tiempo les solicitan sin tapujos con peculiar pronunciación spanglish: wan dólar plis. Y si el turista hace uso de incomprensión idiomática para no desatar el bolsillo, la andanada de malas palabras e insultos que recibe en buen cubano y hasta en su lengua natal, no se hace esperar.

En la comercial Obispo un anciano, vívida estampa de aquellos esclavos africanos que formaban parte del color colonial, todavía movía sus pies rítmicamente al sonido de la música de un establecimiento. Algunos turistas le observan y hasta le ayudan con unos centavos. Él no bailaba con fines lucrativos. Su aspecto senil denota lo que resta de un empedernido bailador que, a pesar de su estado físico y años, todavía vibra al escuchar el son. Pero otros menos viejos y más pícaros han descubierto una nueva forma de obtener uan dólar. Estos competidores del anciano bailador, flexionan sus cuerpos de manera poco natural para ver si tienen igual suerte y hasta se desata cierta rivalidad entre ellos.

Por las calles céntricas de la Habana Vieja se puede encontrar la bufonada de un payaso que retrata a los extranjeros con su cámara de madera. Con muy poca suerte puede obtener algún dólar, gracias a la candidez o a la bondad del forastero. También recorren las remozadas vías incansables vendedores de la prensa cubana, quienes pregonan números de cualquier fecha atrasada al módico precio del uan dólar. Con ellos se mezclan los que proponen toda una gama de billetes cubanos, preferentemente los de tres pesos con el rostro impreso del Che. Sin importar el número que denomine el papel moneda, su costo turístico invariable es One Dólar.

Existen también los que buscan la divisa enemiga con aires de oficialidad. Muchachas vestidas artificiosamente a la moda colonial, cargan grandes cestas de flores. Pretenden ser estampas de la mulata cubana. Algunos turistas se retratan con una a cada lado y hasta pueden llevarse en sus mejillas la huella estampada de un esplendoroso beso, que deja marcado en el rostro de algún vejete el creyón de labios de una jacarandosa cubana, todo por el desembolso de uan dólar.

En ocasiones alrededor de las guaguas turísticas se pasean despreocupadamente algunas mujeres con niños en los brazos. Parece casual su estancia en el lugar donde arriben los grupos de visitantes extranjeros. Éstos juegan con los chicos, esos lindos negritos de ojos grandes que sin pedir nada requieren mucho. Al menos con uan dólar se puede remediar algo y muchas veces lo consiguen. Para todas estas situaciones se ha creado un delito llamado acoso al turista. Parece ridículo, pero se aplica para que los paseantes foráneos no sientan durante su paseo la presión de las necesidades existentes. Muchas veces la policía sólo se limita a espantar a los pedigüeños. Pero la realidad no puede ser expulsada por decreto ni por intenciones.

No critico la manera honrada que estos hombres y mujeres han encontrado para solventar las duras condiciones en que viven. La mayoría son ancianos que sólo perciben una exigua jubilación y otras son personas sin posibilidades de acceder a ayudas desde el extranjero. Sin embargo, necesitan el dólar, no only one, sino muchos, para poder obtener artículos de primera necesidad. Casi todos viven en situaciones de pobreza aguda. De nada vale el hostigamiento para evitar que estos buscadores de divisa por cuenta propia sigan desarrollando su actividad. Pedir no es un delito, pero si quien pide lo hace de manera que parece estar brindado un servicio, entonces es mucho más difícil acusarle de algo. Si además desarrolla la acción con la dignidad de quien debe percibir algo por lo que oferta o hace, entonces ni siquiera necesita añadir el please cuando solicita one dólar.



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