Congreso en Madrid (II)
Adolfo Rivero Caro. El
Nuevo Herald, 13 de febrero de 2004.
Referirme, aunque fuera someramente, a tantas
ricas ponencias del Congreso Cultural Cubano de
Madrid requeriría muchas columnas. Me limitaré,
por consiguiente, a comentar algunos temas polémicos
que considero importantes y en los que tuve alguna
participación. En relación con las
causas de una revolución comunista en Cuba
quisiera referir mis lectores a la breve y contundente
ponencia de Pedro Roig, que pueden leer en www.neolibe
ralismo.com.
En relación con la situación del
comunismo cubano tras la caída del muro
de Berlín, me tocó discrepar de
algunas ideas expuestas con mucha brillantez.
Y, sin embargo, ¿será cierto que
la revolución cubana se ha quedado sin
ideología? ¿Será cierto que
en Cuba las ideas carecen de importancia? No lo
creo. Insistir en este presunto vacío ideológico
abre la puerta de peligrosas esperanzas. ¿Por
qué no puede ser posible entonces un viraje
hacia el nacionalismo burgués? ¿No
pudiera Castro empezar con privatizaciones? ¿Y
acaso no pudiera abrir, de paso, el tránsito
hacia una lenta democratización? En esas
condiciones de irrelevancia ideológica,
¿qué importancia tiene el antiamericanismo?
Después de todo, ¿qué falta
nos hacen los Estados Unidos? ¿Y acaso
no es una bendición que no nos hagan falta
cuando están siendo tan universalmente
criticados?
Insisto en que Fidel Castro es una marxista-leninista
no porque crea que sea un intelectual, sino porque
esta ideología le viene como anillo al
dedo. Justifica su gusto por el robo (¿acaso
no está "expropiando a los expropiadores''?),
su carencia de principios morales (¿acaso
no es sólo "moral burguesa''?) y su
afición a la violencia (¿acaso ésta
no es "la partera de la historia''?). Castro
jamás renunciará a una ideología
tan popular y tan útil. Es cierto que no
era posible dejar en circulación los viejos
manuales de enseñanza soviéticos,
pero la tesis de la lucha de clases (Marx) y la
lucha antiimperialista (Lenin) siguen enarbolándose
con la misma pasión de siempre. ¿Por
qué habría de renunciar a las que
quizás sean las ideas más populares
del mundo?
Querer reducir a Castro a un hombre desconcertado
y sin ideas tiende a fortalecer el espejismo de
un viejecillo senil. ¿No es lógico
entonces esperar por su muerte? Y si su régimen
se está desmigajando solo, ¿no es
razonable esperar a cuando las estructuras de
gobierno castristas (o postcastristas) empiecen
a autodisolverse, como le oímos decir a
un español, amigo de Cuba, antes del Congreso?
Fidel Castro se burla públicamente de estas
especulaciones, y con toda razón. Yo las
encuentro peligrosamente anestésicas y
desmovilizadoras.
Uno tiene que preguntarse, ¿en base a
qué se formulan estas especulaciones? ¿A
la edad de Castro? Pudiera durar 10 años
más. ¿A la devastación de
Cuba? La miseria sola no propicia revoluciones.
¿Y acaso alguien ve la emergencia de condiciones
políticas favorables para un cambio democrático
en Cuba? Me temo que no.
Quisiera referirme en particular a lo que apenas
se mencionó, a un vacío que me pareció
ominoso. Me refiero a la nueva época que
nos ha tocado vivir: a la guerra mundial contra
el terrorismo. Fidel Castro es uno de los grandes
líderes de la subversión internacional.
Ha sido, y seguirá siendo, un aliado de
los terroristas porque todos tienen el mismo enemigo
irreconciliable en Estados Unidos. Es ese odio
el que une a Castro con la OLP y con Osama bin
Laden, con los cocaleros bolivianos y con las
guerrillas colombianas. No hay guerra contra Estados
Unidos en lo que no venga participando desde hace
45 años, como ha documentado Juan Benemelis
en Las guerras secretas de Fidel Castro. Y sigue
promoviendo los ataques contra Estados Unidos,
en todos los frentes, con la misma energía
de siempre. Es por eso que su dictadura forma
parte indisoluble del ''eje del mal'' planteado
por el presidente Bush. Esta nueva realidad convierte
a la disidencia cubana en una vanguardia de la
guerra mundial contra el terrorismo. Nuestra disidencia
está peleando contra el que probablemente
sea el núcleo de subversión más
importante del mundo. Y que nadie se asuste porque
así es como Castro la ha considerado siempre.
A pesar de esto, sin embargo, el gobierno de
EEUU considera no tener condiciones políticas
favorables para ejercer medidas radicales contra
la dictadura cubana. Medidas que no tienen que
ser militares. aunque tampoco deben descartarse
a priori, puesto que Castro rechaza toda solución
pacífica y negociada. Creo que es un grave
error confundir esta evaluación del gobierno
de Bush con desinterés o indiferencia.
Castro, por su parte, no se equivoca en esto.
Se suele decir en Miami que si hubiera petróleo
en la isla, EEUU hubiera tomado medidas más
enérgicas. Por favor. ¿Qué
petróleo había en Afganistán?
¿O en Haití o en Panamá o
en Somalia o en los Balcanes? Lo que había
en todos esos lugares no era petróleo,
sino interés de la comunidad internacional
en que los Estados Unidos resolvieran el problema.
Interés que nunca ha existido en el caso
de Cuba.
¿Por qué un embargo comercial logró
derrocar al régimen del apartheid en Africa
del Sur y no ha conseguido derrocar a la dictadura
comunista en Cuba? Porque el embargo contra Africa
del Sur tenía un apasionado apoyo. Porque
las ideas del racismo eran profundamente impopulares.
En el caso de Cuba, por el contrario, cualquier
medida enérgica es considerada como prepotencia
norteamericana. Las empresas extranjeras en Cuba
ni siquiera han dado una batalla por obligar al
gobierno cubano a respetar los derechos elementales
de los trabajadores. En el fondo, la oposición
a Castro ha sido internacionalmente débil
porque éste es un caudillo mundial del
antiamericanismo y las ideas del antiamericanismo
siguen siendo enormemente populares. Este ha sido
y sigue siendo, a mi juicio, el gran obstáculo
para conseguir su derrocamiento.
Estoy convencido de que el Congreso Cultural
Cubano de Madrid fue, pese a penosas ausencias,
un tremendo esfuerzo que va a dinamizar y fortalecer
nuestra lucha común por la liberación.
Creo que el intercambio de ideas fue particularmente
útil. Al terminar mis comentarios sobre
este evento, no puedo hacerlo sin recordar la
luminosa presencia en Madrid de Marta Frayde,
esa mujer extraordinaria a la que todos debemos
un homenaje. Humanista ejemplar, infatigable luchadora,
sigue hoy, a los 80 años, encarnando como
nadie los mejores valores de aquella república
que todos hemos aprendido a amar, tras haberla
perdido.
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