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ECOLOGIA
Azúcar versus ambiente
Ariel Delgado Covarrubias, UPECI
LA HABANA, diciembre (www.cubanet.org) - En la
prensa oficiosa cubana se publican artículos
sobre los trabajos de reanimación y recuperación
ambiental que se realizan en la Isla, que resultan
del interés y regocijo de todos los que
aman al planeta y su futuro.
Pero lamentablemente esas páginas no recogen
todo lo que todavía hay que hacer en esa
actividad, y que es mucho. Porque en los ecosistemas
y los campos cubanos el daño ocasionado
en menos de medio siglo resulta impresionante
y preocupante a la vez por todo lo que queda por
hacer.
Un ejemplo de ello es la actividad agrícola
e industrial desarrollada en la producción
de azúcar, que en un tiempo bastante prolongado
fue la primera industria cubana. Para su gigantesca
y millonaria producción se destinaron las
mejores tierras del país y su parque industrial,
de transporte y mecanización no evolucionó
acorde al avance de esas tecnologías, con
el consecuente daño a las tierras, las
aguas y en general al medio ambiente cubano.
El cierre de casi la mitad de esa industria en
la llamada Reestructuración del 2002 fue
recibido con alivio y agrado entre los que vivían
preocupados por sus efectos nocivos a los campos
y ciudades cubanas, aparte de las consecuencias
negativas de privar de sus trabajos tradicionales
a muchos miles de obreros y la afectación
socioeconómica causada a los bateyes que
debían su existencia a esos destartalados
ingenios.
Pero esa decisión administrativa gubernamental
por sí sola no resuelve el problema. Queda
mucho por hacer en la recuperación por
los daños causados y más preocupación
por las zonas que continúan bajo la presión
de una campaña azucarera.
Informes del Ministerio de la Industria Azucarera,
MINAZ, centro rector de la actividad productiva
y al mismo tiempo encargado de velar por el mantenimiento
de la calidad ambiental en sus campos y empresas,
y que posee mecanismos especializados en esas
funciones, han divulgado datos que llaman la atención
por el perjuicio que puede ocasionar a la naturaleza.
A partir de la Reestructuración cuentan
con 71 empresas azucareras, 14 mieleras, 25 agropecuarias,
13 destilerías y 11 fábricas de
torula, estas últimas altamente contaminantes.
Disponen además de 2,180,000 hectáreas
de las mejores tierras del país, dedicadas
818,800 a la caña, 736,200 a forestales
y frutas y 594,800 a producciones agropecuarias.
Un verdadero gigante productivo con un ejército
de trabajadores y empleados.
La producción azucarera y sus derivados
generan 230 mil metros cúbicos de aguas
residuales por día. Y una producción
de 4 millones de toneladas de azúcar (potencial
de lo que quedó en funcionamiento) produciría
1,260 toneladas de cachaza, 439 mil toneladas
de ceniza, y 10,080 de bagazo. Ello sin contar
los gases que se vierten, producto de la combustión
de sus calderas, que se lanzan a la atmósfera.
Es la contaminación de las aguas terrestres
y marinas el mayor problema que genera la industria.
Diseminados por la mayoría de los municipios
del país, aportan a la labor contaminante
130 fuentes generadoras de residuos líquidos
y sólidos que se vierten en las cuencas
hidrográficas, bahías, zonas costeras
y aguas terrestres interiores, afectando con ello
también a los suelos aledaños a
los canales cuando éstos están en
mal estado.
La cachaza, que constituye el 4 % de toda la
caña molida, es el principal contaminante
sólido y posee un elevado contenido de
materia orgánica, en el orden de los 30
kilogramos por metro cúbico en término
de demanda química de oxígeno, afectando
con ello a las aguas. Se agrega a eso la deficiente
gestión ambiental por parte de las fuentes
generadoras en lo relacionado con la caracterización,
segregación de sustancias nocivas y tratamiento
de dichos residuales.
También afecta sobremanera a las fuentes
hidrográficas los residuales de combustibles
y lubricantes que se generan en las empresas de
transporte y talleres de maquinaria agrícola
del sector. Y hasta se reporta el vertimiento
de residuos de fertilizantes y herbicidas en las
orillas de los caminos o cerca de fuentes de abasto
de agua, lo que es sumamente peligroso por su
carácter biocida.
Contaminación aparte, otro serio problema
que genera ese organismo es el consumo de altas
cantidades de agua por sus instalaciones, que
regresan contaminadas a la tierra. Se calcula
que la industria consume 200 mil metros cúbicos
de agua por día, el equivalente al necesario
para una población de 4,300,000 habitantes.
En medio de la pertinaz sequía que hace
una década afecta los campos cubanos, se
han realizado serios esfuerzos por ahorrar el
agua en los centrales, lo que ha permitido reducir
el índice de consumo promedio de 1,69 metros
cúbico por día a 0,72 metros cúbicos
en los últimos cinco años. Esto
ha permitido reducir el volumen de aguas contaminantes
de la industria, pero se ha incrementado su densidad
contaminante.
La contaminación atmosférica de
la industria, aunque ha disminuido en algo, continúa
como uno de los males causados a la naturaleza
cubana. En muchos lugares hay una incorrecta ubicación
de la industria con respecto a los asentamientos
humanos, lo que provoca una deficiente calidad
del aire que respiran los de bateyes y poblados.
En la actualidad 85 centrales utilizan el bagazo
como combustible para sus calderas en tiempo de
zafra, pero al concluir la contienda las refinerías
continúan su trabajo con el consumo de
ciertas cantidades de combustibles fósiles.
El organismo central ha orientado la utilización
de los residuos agrícolas cañeros,
la paja y la biomasa para generar electricidad,
ya que permiten que los gases emitidos por la
combustión sean menos contaminantes.
Afectan también a la atmósfera
los gases producidos por la quema de campos de
caña, actividad que aunque se ha reducido
al 10 %, todavía continúa alta,
y se ha señalado como uno de los aspectos
negativos de la última cosecha. Esa acción
también afecta a los suelos y a los insectos
beneficiosos.
Camiones y locomotoras de tecnología obsoleta
también contaminan el aire con la emisión
de los gases de sus motores de combustión
interna, contribuyendo de esa forma a la destrucción
de la naturaleza.
Pero no sólo se reduce este inventario
de calamidades a las afectaciones a las aguas
y la atmósfera. Más perjudicial
resulta la actividad sobre los suelos, que merece
tratamiento aparte.
¿Podrá el Ministerio de la Industria
Azucarera erradicar los males acumulados durante
más de un siglo e incrementados en la última
mitad por las razones conocidas? Dicen ellos que
voluntad y conocimientos existen, pero faltan
recursos. La realidad es que ese trabajo va más
allá de sus posibilidades, y el nivel de
responsabilidad hay que buscarlo más arriba.
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