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HISTORIA
Tomás Romay, precursor de las ciencias médicas
en Cuba
Miguel Saludes
LA HABANA, diciembre (www.cubanet.org) - En Cuba
el último mes del año reserva un
momento especial para el tributo a dos profesionales
que siempre han contado con el mayor aprecio social
en la Isla. El tercer día del mes ha sido
escogido para dedicar un justo homenaje a los
médicos y trabajadores de la salud y antes
que termine el año, en la antesala de la
Navidad, queda reservada una jornada para festejar
a los maestros.
El nacimiento del sabio camagüeyano Carlos
Juan Finlay, acontecido el 3 de diciembre de 1833,
sirve de marco para reconocer el desempeño
de los médicos de América.
Carlos J. Finlay centra en su persona la labor
abnegada de todos los titulares de Cuba, y se
hizo acreedor de ello fundamentalmente por la
lucha que libró contra el agente transmisor
de la fiebre amarilla, al que identificó.
Pero además dio su aporte para vencer otros
azotes, como el tétanos infantil en 1903,
proponiendo la cura del ombligo de los recién
nacidos. También intervino en los esfuerzos
contra la filaria, el cólera, la disentería
y la tuberculosis. Por esa causa la efeméride
es ideal para que los galenos y personal paramédico
reciban la felicitación y el cariño
de sus pacientes y amigos. Dentro de la misma,
es ya una tradición de los cubanos hacerles
un obsequio, aunque sea sencillo, a estas personas
en quienes depositan confiadamente su salud y
que en los momentos duros de la enfermedad dan
aliento dispuestos a servir con sus conocimientos
en el noble propósito de curar los cuerpos
dañados.
Dentro del mismo mes se conmemora el nacimiento
de otra figura grande de la medicina cubana, tal
vez algo olvidada. El 21 de diciembre de 1764,
en Empedrado 71, hoy marcado con el 360, nació
Tomás Romay, hijo del médico Lorenzo
Romay y de María de los Ángeles
Valdés Chacón.
Aunque Tomás Romay ocupa un lugar en las
páginas donde están inscritos los
grandes hijos de Cuba, en mi opinión su
figura no ha sido destacada en toda su dimensión.
El hecho que le coloca en lugar cimero de la ciencia
médica cubana es la introducción
que hizo en la Isla de la inoculación de
vacunas, método desconocido por sus colegas
coterráneos, hasta que el científico
lo hace en 1802. La inoculación del pus
de la viruela o variolización tuvo muchos
detractores, pero la tenaz defensa hecha por su
promotor, quien dio el ejemplo aplicándola
en su propia familia, fue decisiva para aplicarla
en nuestra patria.
Hombre de amplios conocimientos y cultura, no
quedó circunscrito a su papel de médico,
desarrollando una amplia actividad en diversos
ámbitos del mundo sociocultural de su época.
Fundó el Papel Periódico de La Habana,
fue miembro directivo de la Sociedad Económica
de Amigos del País, protector de estudiantes,
promotor de la enseñanza de artes, profesor
activo y médico en ejercicio. Podemos decir
sin temor a parecer exagerados que Romay acometió
una profunda labor como trabajador social, poniéndose
al completo servicio de la comunidad que le rodeaba.
Pero la materia que absorberá la vida
del joven Romay será la medicina. En 1789
se gradúa de Bachiller en esta ciencia
en la Universidad de San Jerónimo, tres
años después obtiene la cátedra
de Patología y se gradúa de Licenciado.
El 24 de junio de 1792 obtiene el doctorado, y
pasa a ofrecer su servicio en numerosos centros
hospitalarios e instituciones benéficas.
Fue médico auxiliar en los hospitales de
Marina, de la sala de enfermos en el Convento
de Belén, médico general de la real
Casa de Beneficencia, médico del convento
de Santo Domingo, del colegio de niñas
de San Francisco de Sales, del monasterio de Santa
Catalina, del Real Colegio Seminario San Carlos,
del Hospital Militar de San Ambrosio y el de extramuros.
El contacto directo con el mundo de los enfermos
le caracteriza como profesor, al sacar a sus alumnos
para que ejercieran el aprendizaje en las salas
de los hospitales y para que realizaran autopsias
en la morgue.
Su actuar como científico tampoco quedó
restringido dentro del campo de la medicina. Su
discurso sobre los obstáculos que impedían
el progreso de colmenas melíferas en la
isla de Cuba y las medidas para fomentarlas es
apreciado por los doctos colegas de la sociedad
habanera. Incursiona en el periodismo, la poesía
y la oratoria. Luchó contra el escolasticismo,
favoreciendo una reforma de la enseñanza
y la aplicación de métodos experimentales
y de observación en las investigaciones
médicas. Publicó un discurso sobre
la conveniencia de ubicar las sepulturas fuera
de las áreas pobladas, diez años
antes de que el obispo Espada lograra ese objetivo.
Uno de los primeros estudios realizados en Cuba
sobre la fiebre amarilla fue hecho por el Dr.
Romay. El trabajo quedó plasmado en la
conferencia Disertación sobre la fiebre
maligna llamada vulgarmente Vómito Negro,
del 5 de abril de 1797. Con ella quedó
inaugurada la literatura médica científica
cubana y el primer ciclo del estudio de la terrible
enfermedad. Los resultados de su investigación,
volcados en una copiosa bibliografía, sirvieron
años después a Finlay como antecedente
para descubrir el vector transmisor. En muchos
casos la disertación de Tomás Romay
sobre esta materia supera la de otros autores
extranjeros, sosteniendo con firmeza el criterio
de la no-contagiosidad del mal.
Quizás las convicciones religiosas y el
respeto que profesaba, a veces de manera desmedida,
hacia los derechos de la Metrópoli elevándolos
a la categoría de terrenos, ensombrecieron
su personalidad. Pero esto no fue óbice
para el amor que demostró a su tierra,
a la que quiso ver grande, rica y próspera.
Si por una parte es cierto que no subvirtió
el sistema colonial, es indudable que abrió
los caminos que llevarían a ese fin.
Odiaba la injusticia y el despotismo, pero no
encaró adecuadamente la solución
a sus causas, una contradicción común
a muchos hombres atrapados en la contradicción
de ver las cosas, comprenderlas pero sin decidirse
a cambiarlas enteramente. No obstante, no se puede
soslayar su contribución al tránsito
hacia la nacionalidad, a la que ayudó a
dar forma y sentido.
El concepto que tuvo sobre la enorme responsabilidad
y la humanidad que identifican el trabajo de un
médico está en plena vigencia: "
todo
exige impetuosamente la más constante y
eficaz asistencia, una compasión sin límites,
una afabilidad inalterable y todos los auxilios
y consuelos que puede dispensar la ciencia más
benéfica y la sensibilidad más oficiosa.
Sí, lo merecen todos los enfermos, porque
todos son hombres y pertenecen a la misma especie."
Este pensamiento expresado por Romay será
asumido en la realidad cuando ya en la ancianidad
-murió en 1849- acude a servir contra el
cólera morbo en momentos en que faltaban
médicos y ciudadanos dispuestos a enfrentar
la epidemia, mientras no pocos huían aterrorizados
para evitar contaminarse.
Estos dos médicos ilustres, glorias de
Cuba y de América, pusieron su obra al
calor del Evangelio, que les sirvió de
fuente de fortalecimiento e inspiración.
De la fe profunda de estos hombres apenas se habla
en el presente. Pero es bueno saber y constatar,
cómo en la actualidad muchos de los médicos
que reciben el homenaje de la gente agradecida,
acuden a su vez a dar tributo a Carlos J. Finlay
a través de misas hechas en su memoria.
Una gran parte de nuestros profesionales de la
salud, lejos de ser ateos, reconocen el don que
el Señor ha puesto en sus manos y lo manifiestan
en su día.
De Finlay a Romay puede ser una bella jornada,
de ésas que tanto se suelen hacer en Cuba,
donde además de congratular la consagración
de los médicos se aprecie en todo su valor
la figura de uno de los precursores de la medicina
cubana, quien también puede ser considerado
maestro de generaciones, incluyendo la nuestra.
Fuentes bibliográficas.
José López Sánchez. Tomás
Romay y el origen de la ciencia en Cuba. A. de
Ciencias de Cuba. La Habana. 1964.
Palabra Nueva No 120.
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