|
HISTORIA
El
hombre de la hermosa cara fea
Miguel Saludes
LA HABANA, diciembre (www.cubanet.org) - "Me
voy a descansar, mañana tendré un
día difícil. Habrá batalla
en el Congreso." Fueron últimas palabras
pronunciadas por Andrei Sajárov la noche
del 14 de diciembre de 1989 a su esposa y visitantes.
Estaba en juego la estabilidad de las reformas
iniciadas en la antigua Unión Soviética,
así como su reafirmación frente
a las fuerzas reaccionarias de la derecha, como
denominaban los perestroikistas a los conservadores
de extrema izquierda. El científico soviético,
el participante más activo y enérgico
de aquel proceso de transformaciones ocurrido
en Rusia, no pudo cumplir con esa última
cita. Su corazón, fatigado por el peso
de sufrimiento, incomprensiones, ataques personales
y otros miles de combates que tuvo que lidiar,
dejó de latir ese día.
Bastan dos opiniones de importantes líderes
de ese momento para definir la grandeza del hombre
que acababa de morir. Mijaíl Gorbachov
lo describiría como excelente científico
de ideas inigualables que formaron la base de
importantísimos descubrimientos y proyectos
ingenieriles, destacado además por ser
un hombre de gran corazón y responsabilidad,
que sobrevivió muchas vicisitudes haciendo
suyo el pesar ajeno. Por su parte, el presidente
norteamericano George Bush distinguió su
valentía y fidelidad a los ideales de la
libertad en los momentos más duros de la
lucha por los derechos humanos en la Unión
Soviética, donde encarnó los mejores
valores de la honestidad y dignidad del espíritu
humano.
A los quince años de su desaparición
física, el mundo ha cambiado considerablemente,
y esto ha sido posible en alguna medida gracias
al accionar de hombres como Andréi Dmitriévich
Sajárov. El rol protagónico jugado
por el físico nuclear, escritor y disidente
político soviético, premio Nobel
de la Paz en 1975, fue vital en el desenlace de
los sucesos que dieron un nuevo rostro a la historia
de su patria y el resto de las naciones.
Nadie podría imaginar que el recién
graduado de Física en 1942, doctor en ciencias
en 1953, cuyos trabajos ayudarían en la
construcción de la bomba de hidrógeno
soviética, haciéndole acreedor de
premios como el Stalin en Primera Categoría,
el Lenin y tres Estrellas de Héroe del
Trabajo Socialista, se convertiría en el
principal propulsor del desarme, la lucha contra
las pruebas nucleares y por el respeto de los
derechos humanos.
Este nuevo derrotero en su agitada vida comenzó
en 1961, cuando formalizó una protesta
pública contra la experimentación
en la atmósfera de una prueba nuclear realizada
por su país. En 1968 orientó sus
esfuerzos hacia la defensa de las libertades cívicas,
el desarme internacional y el control de las armas
nucleares. Por esas iniciativas se le concedió
el Premio Nobel de la Paz, pero el gobierno soviético
no le permitió acudir a Noruega para recogerlo.
Convertido en disidente, Andrei Sajárov
ocupó las primeras planas de la prensa
mundial cuando en 1980 fue deportado a la ciudad
rusa de Gorki por su activismo en pro de la democracia.
Allí permanecería aislado y sometido
a una rigurosa vigilancia hasta que Mijaíl
Gorbachov le permitió regresar a Moscú
en diciembre de 1986.
El contexto conformado por las reformas propugnadas
por el nuevo liderazgo del Kremlin hizo posible
que Sajárov se postulara y saliera electo
diputado por su ciudad natal para el Congreso
del Pueblo en abril de 1989, donde fue el portavoz
de los derechos humanos y de la reforma política
y económica de su país hasta sus
últimos minutos de vida.
Su programa político proponía la
ampliación de la perestroika, el afianzamiento
de la democratización de la sociedad soviética
con la implementación del pluralismo, la
garantía plena de los derechos ciudadanos
y el desarrollo de una economía eficaz
y ecológicamente inocua. Planteaba su respaldo
a la libertad de asociaciones, la celebración
de mítines y manifestaciones, así
como el criterio de "un hombre, un voto"
para los futuros procesos electorales, defendiendo
que en los mismos existieran al menos dos candidatos.
Solía repetir su convicción de
que era absolutamente necesario decir siempre
la verdad. De esta manera, su cara, descrita por
sus cronistas como inobjetablemente fea, jamás
se perdió en la multitud sin rostro que
deambulaba en el sistema gris preconizado por
el totalitarismo estalinista, que todavía
muchos insisten en llamar comunismo.
Cuentan que al regresar del destierro las autoridades
le ofrecieron un lujoso apartamento, en correspondencia
a su dignidad, pero él prefirió
el viejo inmueble construido después de
terminada la guerra donde residía su suegra.
La única prebenda que solicitó fue
una habitación en el piso inferior donde
estableció su despacho. La puerta de su
vivienda permanecía habitualmente atarugada
con un periódico para evitar que se abriera
por sí sola. Era la manera de no molestar
al resto de los inquilinos a la vez que indicaba
su presencia a quienes acudían a verle.
Estos sólo tenían que empujar y
pasar. Si alguno, desconocedor de las costumbres
del científico, tocaba el timbre por prudencia,
la respuesta recibida era rotunda: "La puerta
esta abierta".
En cierta ocasión alguien le criticó
por su manera despreocupada y anticuada de vestir.
"¿Acaso sabe usted cómo debe
vestir un académico?", preguntó
al impertinente que pretendía darle lecciones
sobre su indumentaria. Era característico
verle en jersey de lana, camisa a cuadros y vaqueros
confeccionados en la URSS, calzando sandalias
de cuero desgastadas por el uso. Quienes le conocieron
de cerca reseñan lo sencillo de su alimentación.
Col en salmueras, borsch, papas, requesón
y verduras constituían su dieta cotidiana.
Los domingos hacía personalmente las compras
en el mercado. Otra tarea que asumía con
placer era el fregado de los platos. Cuando le
preguntaban la razón por la que asumía
esta sencilla tarea hogareña, argumentaba
que no todos son capaces de lavar la vajilla concienzudamente.
Vivió su vida a un ritmo sumamente intenso.
Llamadas por teléfono, entrevistas, visitas
para consultas científicas o de cualquier
otro tipo. Las peticiones de ayuda se escuchaban
constantemente en su hogar. A veces declaraba
en broma que quería regresar a Gorki para
librarse de tanto agobio.
Además de sus tareas sociales mantuvo
siempre su colaboración con el Fondo de
la Supervivencia y Desarrollo de la Humanidad.
En su última etapa trabajó los problemas
de la física de partículas elementales
de la cosmología. Esta investigación
le ocupaba hasta altas horas de la noche y a veces
el amanecer le sorprendía enfrascado en
ella.
La propaganda soviética trató muchas
veces de desprestigiarle. La gastada temática
del millonario pagado por Occidente no estuvo
ausente en el menú cocinado en las oficinas
de la KGB. Al producirse los cambios se supo que
realmente poseía cerca de medio millón
de rublos, producto de premios estatales y ahorros
personales, que transfirió a la Cruz Roja
para construir un centro oncológico, en
recuerdo de su primera esposa, que murió
de cáncer.
Junto con su compañera Elena Bonner, cuyos
padres fueron víctima de las represiones
estalinistas en 1937, recibió multitud
de difamaciones orquestadas por el sistema. En
cierta ocasión el autor de una de estas
campañas de calumnias difundidas por la
prensa soviética, le visitó para
entrevistarle. Sajárov puso ante él
un ejemplar del libelo, proponiendo al escritor
que se retractara. Ante la negativa de éste
le propinó una bofetada, lamentando que
los duelos fueran cosa del pasado. A los que le
recriminaron esta singular reacción en
un hombre de ciencias, les contestó que
su acción, de una sola tirada, no balanceaba
la edición millonaria del libro calumnioso.
Aún en vida de Andrei Sajárov,
el Parlamento Europeo creó el premio que
lleva su nombre, con el que anualmente se honra
a personalidades y organizaciones que se han distinguido
por la defensa de los derechos humanos, la libertad
de expresión y la lucha contra la intolerancia
y la injusticia. Hace dos años un compatriota
nuestro, Oswaldo Payá Sardiñas,
fue destacado con este galardón, que lo
colocó entre varias figuras prominentes
del mundo, entre ellos Nelson Mandela, Alexander
Dubcek y Aung San Suu Kyi, premiados en años
anteriores.
En momentos en que está a las puertas
otra entrega del importante premio, y a quince
años de su desaparición física,
es oportuno recordar el aporte que hizo a la Humanidad
aquel hombre que mantuvo en un mismo nivel su
responsabilidad científica y social, que
supo apreciar valores fundamentales como el don
de la vida, la justicia y la libertad, a los que
valoró incluso por encima de consideraciones
de carácter científico que muchas
veces ponen en primer lugar los supuestos avances
de la ciencia en detrimento del hombre.
Su sacrificio desinteresado le hace digno del
reconocimiento agradecido y la memoria imperecedera
por parte de todos los pueblos del planeta.
|