PRENSA INDEPENDIENTE
Diciembre 8, 2004
 

CULTURA
Rapsodia de perdón en una noche de noviembre

Miguel Saludes

LA HABANA, diciembre (www.cubanet.org) - La propuesta fílmica escogida para cerrar la programación de noviembre en La séptima puerta nos ofreció una realización del director Akiro Kurosawa, sin dudas el más emblemático artífice de la cinematografía japonesa. En esta ocasión se trataba del estreno en nuestro país de la película Rapsodia de Agosto, rodada en 1991 y que según expresó Rolando Pérez Betancourt, conductor del programa, no ha sido exhibida en Estados Unidos y aún en Japón no fue muy divulgada.

El crítico de cine señaló entre las posibles razones del congelamiento de esta producción de Kurosawa, el cuidado de los norteamericanos en tocar un tema tan sensible como el que recoge esta cinta, cuyo argumento gira en torno a las secuelas psicológicas, además de las físicas, dejadas por el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Precisamente la trama del filme se desarrolla en esta última ciudad, donde una anciana, sobreviviente del bombardeo en el que su esposo murió, se debate entre la persistencia del recuerdo de aquel terrible suceso y los intereses de las nuevas generaciones, un tanto ajenas por el paso del tiempo al dolor sufrido por las víctimas del ataque atómico. Los personajes más jóvenes, incluso los nacidos poco después de la tragedia, muestran una actitud reservada y hasta se diría que evitan tratar el asunto. Tal vez Kurosawa quiso reflejar a través de estos personajes una cierta tendencia a olvidar el pasado entre las nuevas generaciones niponas.

El espectador puede pensar que se va a encontrarse un material de espíritu revanchista que tanto abunda por ahí. Nada más alejado de lo que uno encuentra en Rapsodia de Agosto. El único hermano que le queda a la anciana señora vive en Hawai. Allí se fue cuando la guerra terminó, para formar familia con una norteamericana. Viejo y enfermo, transita por los últimos momentos de su vida, por lo cual quiere que su hermana vaya a verlo. Sin embargo, ella no quiere saber de ese hermano al que considera un traidor por haberse refugiado en la nación de donde provino la muerte en forma de hongo aquel 9 de agosto de 1945. Para hacer cambiarle de actitud se llegará hasta Nagasaki su sobrino Clark, interpretado por un Richard Gere que hasta habla en japonés, hijo del moribundo.

El joven norteamericano conocerá a su tía y de paso visitará el lugar devastado durante la guerra con su país. El forastero, además de reunirse con sus parientes, experimenta el reencuentro con el pasado a través de las secuelas del ataque, aún latentes en aquel sitio. Estos testimonios vivos provocan en el hawaiano una mezcla de sentimientos que le mueven a la comprensión y el pesar ante algo que es realmente irreparable. Sólo queda una salida, y Kurosawa la presenta con el diálogo entre la víctima y el descendiente ligado a la estirpe de los antiguos enemigos. La escena en que ambos se cogen de las manos sin apenas pronunciar palabras, es un elocuente discurso de perdón y compasión entre dos seres cuyo pasado está vinculado por el odio y la muerte. Ya en una escena anterior la mujer había dicho a sus nietos que la culpa de lo ocurrido era de la guerra, que consumió la vida de millones de compatriotas y contrincantes.

La sabiduría milenaria sintetizada en las frases pronunciadas por la abuela expresa el craso error cometido al creer que con las bombas se concluía la guerra. Aquella paz era un simple paréntesis seguido por nuevas confrontaciones. La violencia ejercida para terminar con otra violencia no consigue su propósito, pues produce una cadena imparable donde su labor macabra nunca queda satisfecha.

En pantalla aparecen los ciegos, los tullidos, los enfermos terminales que heredaron el mal desde el nefasto día, quienes acuden cada 9 de agosto a poner flores y limpiar la losa donde quedó inscrita la fecha y hora en que la muerte devoró a miles de inocentes.

La propuesta televisiva fue realmente afortunada y providencial en momentos en que el lenguaje de rencor predomina en la sociedad cubana. Lejos de sumarse a esta carrera ideologizante contra el enemigo, el filme exhibido no nos propone el odio hacia Norteamérica, ni constituye un nuevo discurso anti yanqui como los que a diario escuchamos y vemos por diferentes vías y canales de comunicación nacional. Akiro Kurosawa, además de rendir tributo a las víctimas de aquella acción injustificable, nos está diciendo que el perdón termina de imponerse sobre el odio; el amor florece siempre sobre el rencor. Que puede más un gesto de reconciliación que miles envenados de violento encono.

Una escena nos muestra a los habitantes de la localidad conmemorando el día cero. Entre los orantes se encuentra el visitante nacido en Estados Unidos y la gente le saluda con el típico gesto japonés. No hay masas concentradas en un acto condenatorio del brutal hecho, ni lanzando consignas donde se hacen reclamos de venganza o justicia. Simplemente se escucha la letanía de la oración por los muertos. En esta comunión de fe ellos encuentran el camino valedero que les lleva a superar el presente marcado por un pasado de dolor. Nos está mostrando además que lo pretérito no puede ser utilizado nunca como obstáculo que impida el desarrollo del presente, ni debe ser trinchera perenne de enfrentamiento donde los viejos odios sigan librando su interminable combate. Sí debe ser una guía que señala peligros ya superados y que nos haga estar en vela contra los nuevos que llegan. Es un acto irresponsable enarbolar el pasado como estandarte reivindicativo para actualizarlo en el presente, logrando que las heridas nunca cierren y continúen sangrando.

Si lo afirmado por Pérez Betancourt es cierto y esta producción japonesa ha encontrado las barreras de las autoridades culturales norteamericanas para que el público de ese país no pueda verla -algo que contradice la amplia divulgación de Fahrenheit 11/09 en el propio Estados Unidos- creo que los estadounidenses pueden ver esta película sin sonrojarse o quedar atrapados bajo el peso de las determinaciones que otros tomaron antes. Esta, sin ser en mi opinión comparable a otras realizaciones magistrales del desaparecido director oriundo del país del Sol naciente, resulta importante por lo que expresa. Y precisamente es que los fallos cometidos son responsabilidad de un grupo de hombres, pero no de todos los hombres. Ello sucede en un marco determinado de tiempo, pudiendo causar terribles consecuencias, y cuando trascienden por su enormidad es para que los hombres de futuras generaciones no sean sorprendidos.

Hoy los pueblos enfrentados por un conflicto cruel son amigos y sus gobiernos aliados. La guerra y aquellas bombas no han sido óbice para ello. El mundo debe asimilar esta gran enseñanza escrita por dos pueblos tan diferentes en cultura, religión y filosofía de la vida. Nada es imposible cuando los hombres se abren a una dimensión trascendente de aceptación, respeto y amistad sincera. Pero para ello hace falta sinceridad y buena voluntad entre las partes.


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