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CULTURA
Rapsodia de perdón en una noche de noviembre
Miguel Saludes
LA HABANA, diciembre (www.cubanet.org) - La propuesta
fílmica escogida para cerrar la programación
de noviembre en La séptima puerta nos ofreció
una realización del director Akiro Kurosawa,
sin dudas el más emblemático artífice
de la cinematografía japonesa. En esta
ocasión se trataba del estreno en nuestro
país de la película Rapsodia de
Agosto, rodada en 1991 y que según expresó
Rolando Pérez Betancourt, conductor del
programa, no ha sido exhibida en Estados Unidos
y aún en Japón no fue muy divulgada.
El crítico de cine señaló
entre las posibles razones del congelamiento de
esta producción de Kurosawa, el cuidado
de los norteamericanos en tocar un tema tan sensible
como el que recoge esta cinta, cuyo argumento
gira en torno a las secuelas psicológicas,
además de las físicas, dejadas por
el lanzamiento de las bombas atómicas sobre
Hiroshima y Nagasaki. Precisamente la trama del
filme se desarrolla en esta última ciudad,
donde una anciana, sobreviviente del bombardeo
en el que su esposo murió, se debate entre
la persistencia del recuerdo de aquel terrible
suceso y los intereses de las nuevas generaciones,
un tanto ajenas por el paso del tiempo al dolor
sufrido por las víctimas del ataque atómico.
Los personajes más jóvenes, incluso
los nacidos poco después de la tragedia,
muestran una actitud reservada y hasta se diría
que evitan tratar el asunto. Tal vez Kurosawa
quiso reflejar a través de estos personajes
una cierta tendencia a olvidar el pasado entre
las nuevas generaciones niponas.
El espectador puede pensar que se va a encontrarse
un material de espíritu revanchista que
tanto abunda por ahí. Nada más alejado
de lo que uno encuentra en Rapsodia de Agosto.
El único hermano que le queda a la anciana
señora vive en Hawai. Allí se fue
cuando la guerra terminó, para formar familia
con una norteamericana. Viejo y enfermo, transita
por los últimos momentos de su vida, por
lo cual quiere que su hermana vaya a verlo. Sin
embargo, ella no quiere saber de ese hermano al
que considera un traidor por haberse refugiado
en la nación de donde provino la muerte
en forma de hongo aquel 9 de agosto de 1945. Para
hacer cambiarle de actitud se llegará hasta
Nagasaki su sobrino Clark, interpretado por un
Richard Gere que hasta habla en japonés,
hijo del moribundo.
El joven norteamericano conocerá a su
tía y de paso visitará el lugar
devastado durante la guerra con su país.
El forastero, además de reunirse con sus
parientes, experimenta el reencuentro con el pasado
a través de las secuelas del ataque, aún
latentes en aquel sitio. Estos testimonios vivos
provocan en el hawaiano una mezcla de sentimientos
que le mueven a la comprensión y el pesar
ante algo que es realmente irreparable. Sólo
queda una salida, y Kurosawa la presenta con el
diálogo entre la víctima y el descendiente
ligado a la estirpe de los antiguos enemigos.
La escena en que ambos se cogen de las manos sin
apenas pronunciar palabras, es un elocuente discurso
de perdón y compasión entre dos
seres cuyo pasado está vinculado por el
odio y la muerte. Ya en una escena anterior la
mujer había dicho a sus nietos que la culpa
de lo ocurrido era de la guerra, que consumió
la vida de millones de compatriotas y contrincantes.
La sabiduría milenaria sintetizada en
las frases pronunciadas por la abuela expresa
el craso error cometido al creer que con las bombas
se concluía la guerra. Aquella paz era
un simple paréntesis seguido por nuevas
confrontaciones. La violencia ejercida para terminar
con otra violencia no consigue su propósito,
pues produce una cadena imparable donde su labor
macabra nunca queda satisfecha.
En pantalla aparecen los ciegos, los tullidos,
los enfermos terminales que heredaron el mal desde
el nefasto día, quienes acuden cada 9 de
agosto a poner flores y limpiar la losa donde
quedó inscrita la fecha y hora en que la
muerte devoró a miles de inocentes.
La propuesta televisiva fue realmente afortunada
y providencial en momentos en que el lenguaje
de rencor predomina en la sociedad cubana. Lejos
de sumarse a esta carrera ideologizante contra
el enemigo, el filme exhibido no nos propone el
odio hacia Norteamérica, ni constituye
un nuevo discurso anti yanqui como los que a diario
escuchamos y vemos por diferentes vías
y canales de comunicación nacional. Akiro
Kurosawa, además de rendir tributo a las
víctimas de aquella acción injustificable,
nos está diciendo que el perdón
termina de imponerse sobre el odio; el amor florece
siempre sobre el rencor. Que puede más
un gesto de reconciliación que miles envenados
de violento encono.
Una escena nos muestra a los habitantes de la
localidad conmemorando el día cero. Entre
los orantes se encuentra el visitante nacido en
Estados Unidos y la gente le saluda con el típico
gesto japonés. No hay masas concentradas
en un acto condenatorio del brutal hecho, ni lanzando
consignas donde se hacen reclamos de venganza
o justicia. Simplemente se escucha la letanía
de la oración por los muertos. En esta
comunión de fe ellos encuentran el camino
valedero que les lleva a superar el presente marcado
por un pasado de dolor. Nos está mostrando
además que lo pretérito no puede
ser utilizado nunca como obstáculo que
impida el desarrollo del presente, ni debe ser
trinchera perenne de enfrentamiento donde los
viejos odios sigan librando su interminable combate.
Sí debe ser una guía que señala
peligros ya superados y que nos haga estar en
vela contra los nuevos que llegan. Es un acto
irresponsable enarbolar el pasado como estandarte
reivindicativo para actualizarlo en el presente,
logrando que las heridas nunca cierren y continúen
sangrando.
Si lo afirmado por Pérez Betancourt es
cierto y esta producción japonesa ha encontrado
las barreras de las autoridades culturales norteamericanas
para que el público de ese país
no pueda verla -algo que contradice la amplia
divulgación de Fahrenheit 11/09 en el propio
Estados Unidos- creo que los estadounidenses pueden
ver esta película sin sonrojarse o quedar
atrapados bajo el peso de las determinaciones
que otros tomaron antes. Esta, sin ser en mi opinión
comparable a otras realizaciones magistrales del
desaparecido director oriundo del país
del Sol naciente, resulta importante por lo que
expresa. Y precisamente es que los fallos cometidos
son responsabilidad de un grupo de hombres, pero
no de todos los hombres. Ello sucede en un marco
determinado de tiempo, pudiendo causar terribles
consecuencias, y cuando trascienden por su enormidad
es para que los hombres de futuras generaciones
no sean sorprendidos.
Hoy los pueblos enfrentados por un conflicto
cruel son amigos y sus gobiernos aliados. La guerra
y aquellas bombas no han sido óbice para
ello. El mundo debe asimilar esta gran enseñanza
escrita por dos pueblos tan diferentes en cultura,
religión y filosofía de la vida.
Nada es imposible cuando los hombres se abren
a una dimensión trascendente de aceptación,
respeto y amistad sincera. Pero para ello hace
falta sinceridad y buena voluntad entre las partes.
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