PRENSA INDEPENDIENTE
Abril 8, 2004

REPRESION
El precio que tenemos que pagar

Diolexys Rodriguez Hurtado, Cubanacán Press

SANTA CLARA, abril (www.cubanet.org) - Bia era una niña como las demás. Sonreía y jugaba sin temores, con la inocencia propia de sus escasos años. Hasta que un día, una interminable lluvia de piedras envueltas en papeles con todo tipo de obscenidades la hizo despertar sobresaltada.

Aquella noche del 10 de diciembre del año 2000 su vida cambió para siempre. La puerta del cuarto que sirve de vivienda a la familia se partió en dos pedazos, quedando padres e hija a merced de la turba, que no cesaba su agresión. Ni policías, ni nada que fuera capaz de protegerlos apareció por el humilde hogar, ubicado en la calle 6ta. número 193 interior del reparto Camacho en la ciudad de Santa Clara.

A duras penas lograron salir de aquel infierno para llevar a la asustada niña al hospital Infantil José Luis Miranda, donde fue necesario aplicar un sedante para calmarla. Lloraba sin cesar, y se aferraba con sus manitas a la espalda de su padre en busca de refugio.

Pero esa no fue la última vez. A la noche del 10 de diciembre del año 2000 le siguieron otras noches: la del 13 de julio de 2001; la del 5 de marzo de 2004 y la del 17 de marzo del propio año, hace sólo unas semanas. Y surgieron nuevas modalidades para reprimir a esta familia: Comenzaron las llamadas anónimas, con amenazas de agresiones físicas, incluso de muerte. No ha existido piedad. No ha importado quién es el interlocutor; si los padres -supuestamente los destinatarios de tan brutal represión- o la infeliz niña, que se ha visto obligada a soportar los improperios contra sus padres, porque no se detienen ante nada ni nadie.

Su rostro es el reflejo de los momentos amargos que ha vivido al presenciar las detenciones de sus padres, o la ausencia prolongada de su mamá las dos ocasiones en que fue detenida arbitrariamente por oficiales de la Seguridad del Estado, en plena vía pública, sin orden de arresto, y conducida a lugares apartados de la ciudad, donde la dejaron abandonada y sin medios para regresar. La noche del 2 de enero último, una motocicleta de placa estatal embistió a sus padres, cerca de la estación de ferrocarriles. La niña no sufrió lesiones por pura casualidad: su tío la había adelantado hasta su casa en una bicicleta. Tomás González-Coya Rodríguez y Beatriz Pacheco Núñez, sus progenitores, fueron arrastrados varios metros sobre el pavimento de la calle Unión.

El sábado 3 de abril estuve en su casa. Bia intentaba dormir, pues de noche no lo logra. Nadie me lo ha contado, yo lo vi con mis propios ojos. Las pesadillas la hacían despertar sobresaltada y gritaba visiblemente aterrada. Por supuesto, me asusté tanto que salí corriendo de aquella habitación, donde cielo y tierra me parecían una sola cosa.

Me pregunto cómo podrán sentirse sus padres. Si yo quedé perplejo en sólo un instante, ellos deben sufrir eternamente. Esta es la cruda realidad de aquéllos que se oponen al sistema imperante en nuestra patria. Este es el precio que tenemos que pagar.



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