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REPRESION
El precio que tenemos
que pagar
Diolexys Rodriguez Hurtado, Cubanacán
Press
SANTA CLARA, abril (www.cubanet.org) - Bia era
una niña como las demás. Sonreía
y jugaba sin temores, con la inocencia propia
de sus escasos años. Hasta que un día,
una interminable lluvia de piedras envueltas en
papeles con todo tipo de obscenidades la hizo
despertar sobresaltada.
Aquella noche del 10 de diciembre del año
2000 su vida cambió para siempre. La puerta
del cuarto que sirve de vivienda a la familia
se partió en dos pedazos, quedando padres
e hija a merced de la turba, que no cesaba su
agresión. Ni policías, ni nada que
fuera capaz de protegerlos apareció por
el humilde hogar, ubicado en la calle 6ta. número
193 interior del reparto Camacho en la ciudad
de Santa Clara.
A duras penas lograron salir de aquel infierno
para llevar a la asustada niña al hospital
Infantil José Luis Miranda, donde fue necesario
aplicar un sedante para calmarla. Lloraba sin
cesar, y se aferraba con sus manitas a la espalda
de su padre en busca de refugio.
Pero esa no fue la última vez. A la noche
del 10 de diciembre del año 2000 le siguieron
otras noches: la del 13 de julio de 2001; la del
5 de marzo de 2004 y la del 17 de marzo del propio
año, hace sólo unas semanas. Y surgieron
nuevas modalidades para reprimir a esta familia:
Comenzaron las llamadas anónimas, con amenazas
de agresiones físicas, incluso de muerte.
No ha existido piedad. No ha importado quién
es el interlocutor; si los padres -supuestamente
los destinatarios de tan brutal represión-
o la infeliz niña, que se ha visto obligada
a soportar los improperios contra sus padres,
porque no se detienen ante nada ni nadie.
Su rostro es el reflejo de los momentos amargos
que ha vivido al presenciar las detenciones de
sus padres, o la ausencia prolongada de su mamá
las dos ocasiones en que fue detenida arbitrariamente
por oficiales de la Seguridad del Estado, en plena
vía pública, sin orden de arresto,
y conducida a lugares apartados de la ciudad,
donde la dejaron abandonada y sin medios para
regresar. La noche del 2 de enero último,
una motocicleta de placa estatal embistió
a sus padres, cerca de la estación de ferrocarriles.
La niña no sufrió lesiones por pura
casualidad: su tío la había adelantado
hasta su casa en una bicicleta. Tomás González-Coya
Rodríguez y Beatriz Pacheco Núñez,
sus progenitores, fueron arrastrados varios metros
sobre el pavimento de la calle Unión.
El sábado 3 de abril estuve en su casa.
Bia intentaba dormir, pues de noche no lo logra.
Nadie me lo ha contado, yo lo vi con mis propios
ojos. Las pesadillas la hacían despertar
sobresaltada y gritaba visiblemente aterrada.
Por supuesto, me asusté tanto que salí
corriendo de aquella habitación, donde
cielo y tierra me parecían una sola cosa.
Me pregunto cómo podrán sentirse
sus padres. Si yo quedé perplejo en sólo
un instante, ellos deben sufrir eternamente. Esta
es la cruda realidad de aquéllos que se
oponen al sistema imperante en nuestra patria.
Este es el precio que tenemos que pagar.
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