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PRISIONES
Algo más que un
simple reto
Tomás González-Coya
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| Guillermo Fariñas
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SANTA CLARA, abril (www.cubanet.org) - Mucho
se ha hablado -y tendrá que hablarse aún-
del presidio político cubano, esa cantera
inagotable de admirables hechos e ilimitado dolor.
Ha sido y es, indiscutiblemente, el presidio político,
fragua de ideas y empeños loables nacidos
de la ingente necesidad de ser libres. A uno de
esos hechos admirables quiero referirme, porque
no siempre se producen en el momento apropiado
para ser conocidos con la intensidad que merecen.
Guillermo Fariñas Hernández, psicólogo
de profesión y master en ciencias, fue
detenido en junio del año 2002, bajo supuestos
cargos de atentado y desorden público,
cuando sostuvo un fuerte altercado con un ex preso
político devenido agente de la Seguridad
del Estado. Desde el momento de su detención
se declaró en huelga de hambre.
"El Coco" -así prefiere que
le llamen- ha hecho de la abstinencia de alimentos
un arma eficaz de protesta cívica, y lo
avalan las numerosas y extensas huelgas de hambre
protagonizadas en años anteriores. Pero
en ésta, su última versión,
la extensión dio al traste con su ya deteriorado
estado de salud.
De la prisión La Pendiente, ubicada en
la ciudad de Santa Clara, donde lo internaron
para cumplir los 6 años y medio de condena,
fue remitido a la Sala de Penados del hospital
provincial Celestino Hernández Robau, y
más tarde a su homóloga del hospital
militar Dr. Carlos J. Finlay en La Habana. Había
decidido morir. Su alto nivel académico
y los 41 años de vida no le eran suficientes
para no aceptar la injusticia cometida contra
él, en lo que califica como "juicio
amañado".
Su demanda era sencilla: quería un nuevo
juicio, en el que se examinaran los testigos de
su defensa; algo que no ocurrió en la vista
celebrada el día 2 de abril del año
2003, en la Sección Primera Penal del tribunal
municipal de Santa Clara.
Las autoridades no accedían a sus peticiones;
entonces arreció la protesta dejando de
ingerir líquidos. Pero realmente quería
morir. No anunciaba su nueva postura, sino hasta
tres días después de haberla adoptado.
Así fue deteriorando a extremos su salud.
Se agudizó la polineuropatía que
ya venía padeciendo; aparecieron, además,
la gastritis y la epilepsia, hasta perder totalmente
su locomoción, quedando reducido a un sillón
de ruedas.
Por otra parte, el encarcelamiento de 75 periodistas
independientes y disidentes centró sobre
el gobierno cubano la presión internacional.
Al parecer las autoridades no querían agregar
un nombre a la extensa lista que conforma el martirologio
y decidieron concederle una licencia extrapenal.
Doña Alicia, su mamá, me avisó;
el día 5 de diciembre al medio día
lo trajeron. La calle Alemán entre Hospital
y Misionero en Santa Clara se convirtió
en un hervidero. Todos querían ver al hombre
que logró sobrevivir a un total de más
de 400 días de huelga de hambre.
Nuestro reencuentro no fue nada agradable. Emotivo
sí, por la dicha de saberlo vivo, pero
doloroso al ver en lo que se había convertido
aquel cuerpo: un manojo de huesos, coronado a
intervalos por la protuberancia de sus articulaciones,
y un par de ojos que miraban desconcertados desde
la profundidad de sus cavidades. Un par de brazos
descarnados que abandonaban la función
de biela en las ruedas de su silla, para abrazarme
en un desmayo.
Y no es que Guillermo desprecie su vida; la ama
como cualquiera, pero no pone reparos si tiene
que entregarla exigiendo justicia. "Lo que
hice no es nuevo -me dijo- es la forma que tengo
de protestar, y lo seguiré haciendo cada
vez que sea necesario, porque mi lucha es algo
más que un simple reto".
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